jueves, 1 de marzo de 2012
32. Nuka
El ruido del despertador inundó mi habitación. Lancé mi mano y golpeé con fuerza la parte superior, hasta que dejó de sonar. Hice un gruñido suave y una respuesta apareció a mi lado, en forma de ronroneo. Nuka estaba sobre la cama, tumbado, y con la misma cara de sueño que yo. Fuera llovía sin cesar, y me dolía la cabeza, seguramente por lo poco que había dormido la noche anterior. Me revolví entre las sábanas y terminé saliendo de la cama con más ganas de quedarme en ella que de costumbre. También me dolía el cuerpo en general, pero supuse que fue por la noche tan movidita que tuve con Sara. Aún estaban los resquicios de aquel acto apasionado alrededor del salón.
Me duché con desgana, aunque el agua caliente me invitó a despertar y a despejar mi mente revuelta. Muchas imágenes me venían suavemente a la cabeza, recuerdos del sueño de la noche anterior. En todas ellas aparecía Susana. Una y otra vez... Sentía aquel beso como si me lo acabaran de dar. Sentía el calor de sus labios en los míos y el sabor de su aliento en el fondo de mi garganta...
Y de repente casi me mato. Fue lo más extraño que me ha pasado nunca en casa: Nuka estaba detrás de la mampara observándome. Admito que mi gato es curioso, pero no hasta ese punto, y no después de casi cuatro años juntos. Cuando asomé la cabeza y le miré, no reaccionó. Sólo cuando salí de la ducha y me agaché, Nuka se apoyó sobre mi rodilla y comenzó a golpearme suavemente la cara.
Llegué al trabajo asustado. Tenía la imagen de Nuka en la cabeza, sus ojos me decían algo, era la primera vez que un sentimiento más allá de la supuesta fidelidad gatuna era trasmitido por su mirada. ¿Qué quería decir? Intentaba sacar sentido a aquellos ojos azules, pero no sabía responder a lo que me pedían...
- ¡Espinosa! -como cada mañana, la voz del señor Fernández me sacó del trance.
- Los informes, si -dije, buscando entre los papeles -Le aseguro que los tenía por aquí...
- ¿Sabe? Algún día usted tendrá algo directo para entregar sin demora y sin perderlo junto con su atención -Fernández se apoyó sobre la pared a la espera.
- Lo siento, tuve algunos problemas en casa y estaba abstraído en...
- ¡Espinosa, esto no es su casa! -me gritó Fernández. Noté como mis compañeros miraban y ponían atención -En esta oficina trabajamos a destajo, y necesitamos gente competente. Si usted tiene problemas háblelo con su pareja, con su madre o con su gato, pero no venga aquí a perder el tiempo. ¿Ha quedado lo suficientemente claro?
- Si, señor... -tendí aquellos papeles y él los agarró con fuerza.
- Si tengo que sacrificar a alguien para mejorar el rendimiento de mi empresa, será a usted y sólo a usted.
No sé por qué motivo, cuando se dio la vuelta me pareció ver que dos alas le salían de la espalda.
Volví a casa desganado y triste. El día no fue mucho mejor de lo que había sido aquella discusión, y la lluvia golpeó con fuerza durante toda la mañana. Llovía, llovía y llovía...
Abrí la puerta y el olor a comida recién hecha me levantó un poco el ánimo. Sara iba ataviada con unos pantalones muy cortos, mi camiseta del Atletic y nada más. Estaba poniendo la mesa cuando llegué a la cocina. Me recibió con un dulce beso y me sirvió algo de cerveza en un vaso.
- Te he pedido cita para el médico -dijo, sentándose en la mesa conmigo -El lunes a las doce te atenderá.
- Gracias cariño -respondí, dando un trago a mi vaso -¿qué tal el día?
- Bueno, normal -empezó a juguetear con un cubierto - ¿y el tuyo?
- Fernández me ha gritado. He tenido un día de mierda...
- No te preocupes -me acarició, y sentí el calor de sus dedos en mi rostro -Aunque aún no estás a salvo.
- ¿Eh?
- No, nada. ¿Te has fijado en Nuka?
Y me fijé. Estaba mirándome fijamente. Cuando le miré, se subió a la mesa, apoyó sus patas delanteras en mi hombro y, con una de ellas, me golpeó el rostro. Tal y como había hecho esa mañana.
- Esto no es normal... ¿Por qué hará esto? -mi pregunta quedó lanzada al aire. No había nadie sentado en la mesa.
Con mucho miedo cogí a Nuka, que siguió golpeándome el rostro con su pata. Empecé a buscar por la casa un signo de la presencia de Sara, pero no encontré ningún rastro. Decidí dejar al gato en en suelo y me dirigí a la salida, a la calle. Cerré la puerta y sentía la mirada en la espalda, sentía su necesidad de decirme algo...
Llovía intensamente, pero eso no me preocupaba. Empecé a llamar a Sara sin parar, pero nadie respondía a mi llamada. Salí a la Gran Vía y bajé mirando a todo el mundo, gritando su nombre. Miraba a todos lados, e incluso en los locales. Pero el reflejo del cristal de uno de ellos me sobrecogió...
La catedral se alzaba imponente sobre los restos de escombros de Plaza de España. Aquella catedral gótica y oscura me estremeció. ¡Y nadie se había percatado de su presencia! Empecé a pensar que estaba loco, pero crucé la calle y me dirigí hacia allí.
La puerta, como en mi sueño, estaba entreabierta. Moví lo suficiente la hoja para dejarme paso y cerré tras de mí. Para asombro mío, me encontraba de nuevo en casa. Llovía de forma intensa, y la luz de mi habitación estaba encendida. Asustado me adentré en ella y encontré a Nuka, en mi cama, mirándome. Fue entonces cuando sentí lo que me quería decir. Su mirada era de preocupación, de miedo... Y la luz se fue.
Me di la vuelta lentamente y encontré dos figuras en mi salón. Sara y Susana. Las dos me miraban fijamente, sonrientes. Sus ojos expresaban maldad. Mis piernas fallaron y me caí al suelo. Nuka se acercó a mí, trepó por mi cuerpo y continuó golpeándome la cara.
La ventana de repente estalló en mil pedazos. La figura demoníaca del Señor Fernández se adueñó de mi salón, y me miró con una sonrisa.
Nuka se erizó y me arañó.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
domingo, 8 de enero de 2012
31. Abrir los ojos
Abrí los ojos en mitad de la noche. Estaba todo muy oscuro, llovía fuera y las luces de la calle no alumbraban mi habitación. Me levanté poco a poco y miré por la ventana: Se había ido la luz en todo el vecindario. A tientas volví a la cama y cogí el móvil para ver la hora. Eran las cinco y media de la mañana, y tenía una llamada perdida. Era de Sara. Aunque era un poco tarde, decidí responder a aquella llamada, pero algo sonó de repente en el salón. Era un ruido intermitente. Me acerqué lentamente, aún con mi móvil pegado a mi oreja, y detecté el ruido sobre el mueble de la entrada. Asustado me asomé, y descubrí qué era: El móvil de Sara.
Aún me estaba preguntando qué demonios hacía ahí cuando noté una mano congelada posarse sobre mi espalda desnuda. Grité a todo volumen, salté y sin querer lancé mi móvil contra la pared, con el consiguiente sonido de cristal resquebrajarse. Me di la vuelta tras quedarme en la entrada hiperventilando y escudriñé en la oscuridad buscando esa presencia.
- ¿Qué haces aquí? Se ha ido la luz en todo el barrio, no puedes hacer nada.
- ¿Qué coño ocurre? - mi voz era temblorosa, mientras veía que la presencia se acomodaba en el sofá.
- ¿Qué coño te ocurre a ti? No me seas gilipollas y vente, que encima que me despiertas me tratas así.
- Espera... No puede ser...
Mágicamente la luz de la calle volvió en ese momento, iluminando el rostro de Sara, que se encontraba recostada en el sofá mirando a la entrada, mirándome a mí.
- ¿Por qué estás aquí? -pregunté, aún desde la puerta, asombrado
- Cariño, en serio, me estás preocupando -dijo ella, incorporándose -Siéntate y me explicas.
- No sé cómo has llegado hasta aquí, pero llevo casi una semana sufriendo después del incidente...
- ¿Qué incidente?
- ¿No lo recuerdas? ¿No te acuerdas de Susana besándome en la puerta del trabajo?
- ¿De qué hablas? Voy a por tus pastillas, anda...
- Espera, ¿qué día es hoy? -algo no me cuadraba... era muy extraño.
- Es jueves. Bueno, por la hora que es, ya es viernes -respondió con un vaso de agua en la mano.
- Jueves... - tomé la pastilla y bebí hasta apurar el vaso
- ¿Es que te ha sentado algo mal de la cena? ¿No te ha gustado conocer a mi padre?
- Es que... ¿cómo? ¿tu padre? ¿Qué pinta tu padre en todo esto?
- Mi padre ha venido esta noche a cenar...
- Venga, no me jodas...
- ¿Más? Ya hemos roto el cuadro del Atlétic y desordenado toda la casa...
- Pero... pero...
- Has pasado una noche horrible. Has dado más vueltas que de costumbre, y a eso de las cinco te has calmado y me he podido dormir. Aunque veo que poco, porque ya estás despierto y alucinando...
- ¿Me estás diciendo que era todo un sueño?
- Hombre, hace una semana no te vi besándote con Susana... Creo que está claro que si, ha sido una pesadilla...
- Tengo que ir al médico, esto se está agravando.
- ¿Y si...? -Sara empezó a agachar la cabeza - ¿Y si tu problema soy yo, Pablo?
- ¿Eh? - mi corazón volvía a latir con fuerza, con la misma que se mostraba cuando esa inocencia tan irresistible hacía mella en mis sentidos.
- ¿Y si la culpable de tus terrores nocturnos soy yo? No querría ser el motivo de tus pesadillas...
- No, mi amor -respondí abrazándola, sonriente - Sólo eres la mayor de mis alegrías. Y el motivo por el que sigo vivo.
- Anda, vamos a dormir. Mañana te pediré una cita para el médico cuando vaya a trabajar. No te preocupes por nada, no me separaré de ti si es preciso.
- Esto si es de verdad un sueño...
- Y ojalá que no despertemos nunca, mi amor -fue la respuesta de Sara antes de besarme con ternura.
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