El salón de baile estaba abarrotado. De detalles blancos y negros en el suelo y con las paredes de papel pintado y oro, y dos enormes lámparas de araña coronando la escena. Los vestidos ajustados y los peinados cortos reinaban en las mujeres, y las pajaritas en trajes de estricto negro acompañados de sombreros daban una bonita imagen a los hombres que allí se encontraban. Camareros vestidos de blanco paseaban con bandejas de plata llenas de copas para que cualquiera se hiciera con una, o para que dejaran la que ya habían terminado. Miré mi reloj de muñeca cuando cogí un cóctel que atrapé a la carrera de un camarero que se dirigía a rellenar existencias. Las diez, tal y como me indicaron. Era el momento, y busqué por todo el salón de baile mientras parejas de personas se movían al ritmo de la orquesta que se encontraba en el centro de la estancia en un pequeño escenario escalonado y redondo. Y allí estaba, mezclado con un grupo de distinguidos señores que discutían sobre economía y sobre sociedad, además del trabajo diario.
- Ya he llegado, amigos -dije en cuanto me acerqué al círculo -espero no haberles hecho esperar demasiado.
- No, Pablo, llegaste justo a tiempo -repuso uno de los allí presentes. Era alto, con una pose de autoridad. Tenía el cabello algo canoso por la edad y denso bigote. Fumaba un puro y bebía de su copa con calma -¿cómo te encuentras?
- Bueno, creo que este traje no es del todo mi estilo -todos los presentes rieron acompasadamente, igual que yo -pero bien, deseando disfrutar de la fiesta.
- Es un lujo compartir momentos tan animados contigo, Pablo -dijo otro. Éste era de piel morena, barba arreglada de corte muy fino, cabello negro muy bien peinado y una figura esbelta -creo que a todos nos viene bien este tipo de reuniones.
- ¿Dónde está el último integrante? -preguntó el señor mayor, mirando alrededor -parece que llega tarde.
- Ya sabes cómo es -dijo el señor moreno -llega cuando quiere, se va cuando quiere... Vive alejado de este mundo.
- Las mujeres le pueden, eso es una realidad -todos rieron ante el comentario del hombre mayor.
- Bueno, ¿qué me he perdido, amigos? -bebí de mi copa mirando alrededor.
- ¡Todo son buenas noticias, querido Pablo! -dijo el mayor -Estamos haciendo unos grandes progresos, todo beneficios. Si seguimos así no habrá quien nos pare.
- Eso son maravillosas noticias -sonreí sin pensarlo un momento -me alegra saber que todo marcha.
- Aunque tengo algunas noticias de arriba. Ya sabes, el jefe...
- ¿El jefe? -estaba extrañado, no sabía de la existencia de ningún jefe, de hecho pensaba que mandaba el señor de pelo canoso.
- Si, Pablo. Hay alguien por encima. ¡Ni yo le conozco! Pero es él quien lo lleva todo -miró preocupado su copa y la apuró de un trago, y miró alrededor buscando un camarero para reponerla -Nos manda órdenes internas y a veces no hay quien las entienda.
- Bueno, ¿y qué dice? -pregunté con curiosidad.
- Luego te lo cuento, en privado, lo prefiero -parecía mirar alrededor no solo por el camarero.
- De acuerdo, cuando salgamos de la fiesta. ¿Y cómo te van las cosas a ti, amigo? -miré al chico moreno que fumaba un cigarro sin filtro y bebía ginebra.
- Bueno, no tan bien por desgracia -respondió mirando al suelo y cambiando el gesto -Temas sentimentales, sin solucionar, ya sabes.
- Te entiendo perfectamente -dije -estoy pasando por lo mismo.
- Es normal que me entiendas -me miró y sonrió de medio lado.
- ¿Por qué?
- Es normal que me entiendas porque...
- ¡Ya ha llegado el alma de la fiesta! -el grito interrumpió al señor moreno. Se acercó con los brazos abiertos un hombre con un esmóquin azul oscuro, corbata y gafas de sol. Era de estatura media, alrededor del metro ochenta, pero con una musculatura bastante pronunciada -¿alguien preguntó por mí?
- ¡Al fin! -dijo el señor mayor levantando su copa -¿dónde te habías metido?
- Ya sé, ya sé, nunca llego a la hora -él miró su reloj -pero sabéis que soy impredecible. ¡Ese es mi estilo!
- Hacía tiempo que no te veía, pequeñín -le sonreí y le abrí los brazos.
- ¡Pablo! ¡Cuánto tiempo, compañero! -me abrazó con tanta fuerza que casi se me cae la copa -Me tienes abandonado.
- Lo siento, amigo, estoy que no estoy...
La fiesta siguió muy animada y comenzó a parecer más un guateque, todo el mundo empezó a bailar y eso mismo hice yo. También hubo momento para las mujeres. El señor mayor las analizaba y el grandote iba lanzado a por ellas. El moreno y yo observábamos la escena entre risas.
No recuerdo cuantas horas pasaron, pero recuerdo salir y observar la playa que se extendía a lo ancho de la parte trasera del gran edificio. Con mi copa a medio llenar, se acercó el señor mayor y puso su mano en mi hombro como signo de complicidad.
- Pablo, gracias por pasar este rato con nosotros -dijo, muy sonriente -necesitábamos saber que seguías confiando en nuestro trabajo.
- Creo que os defraudé -miré al suelo algo abrumado -os he tenido muy de lado durante un tiempo. Tú mejor que yo conoces la situación.
- La conozco, camarada -después de decir esto miró al infinito -y te ayudaremos a salir adelante, ¿verdad chicos?
- ¡Claro! -la poderosa voz del grande me asustó un poco, pero me hizo sentir más arropado. Venía acompañado del chico moreno.
- Es un placer disfrutar de vuestra compañía -sonreí a mis tres amigos -y sentirnos unidos y con fuerzas para todo.
- Vamos a arreglar lo que nos depara el futuro -el hombre moreno puso su mano en mi pecho y me miró a los ojos -no nos vamos a permitir perder lo más importante.
- ¿Qué es lo más importante? -mantuve fija la mirada en sus oscuros ojos, pero también veía a los otros dos.
- Tú. Y Sara.
- Sara... Es algo que tengo que terminar de arreglar.
- ¿Qué te dice el Corazón, Pablo? -preguntó el señor mayor
- Pues...
- Te digo que ahora que todo está arreglado en lo laboral, tenemos que ir a por ella -el señor moreno respondió rápidamente.
- Hay que usar el cerebro -dijo el tío grande -¿Qué opinas?
- Creo que lo mejor es ir poco a poco -contestó el señor mayor mirando al horizonte -un contacto leve, y después mayor, hasta recuperarla. Con paciencia, y sin dejar que piense ese -y señaló al tío grande.
- Cuando llegue el momento yo seré el centro de todas las miradas y besos -su carcajada sonó muy alto en la zona.
- Y dime, Cerebro -miré a los tres después de reírme -¿cual era el mensaje del jefe?
- Ah, si, el jefe -el Cerebro caminó hasta acercarse a la puerta del salón de baile -dice que, por ahora, este sueño se ha acabado. Y que no te levantes con mucha fuerza, que tienes al gato durmiendo encima y no es plan de hacerle volar.
Y abrí los ojos. Y ahí estaba Nuka, tumbado en mi pecho, ronroneando.
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martes, 28 de enero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
36. Maldito Alcohol
- Y entonces le dije "Haga ese informe o arrodíllese" y se fue indignada. ¡Ya no queda quién entienda mis bromas!
- Ángel Luis, en serio, eres de lo que no hay. Pobre chica...
- Si te soy sincero, Pablo, eras lo más efectivo que había en toda la puta oficina, y ahora les vas a dar por el culo a todos con tu ascenso a Consejero Delegado de Cuentas. Nos vamos a forrar, nene.
La borrachera era de campeonato. Habíamos cantado, bailado y vaciado varias de las botellas del minibar del Señor Fernández, y estábamos tirados en los sofás riendo a lo bestia escuchando heavy metal a todo volumen. Ángel Luis ya no tenía alas de demonio, ahora había caído al suelo del pedo que llevaba. Era gracioso ver a mi jefe contando anécdotas de cama con un tono difícil de entender y una pronunciación bastante rara.
- Pablo, esta noche te voy a dar una enseñanza que jamás olvidarás. ¡Ayúdame a levantarme! -me acerqué como pude hasta él y le levante. Cogió una copa grande, la llenó de Coñac y se sentó en un sillón de orejas -Venga, siéntate aquí en el suelo.
- Claro, jefe -cogí mi cubata y me senté a sus pies. Él comenzó a mover su copa removiendo el contenido como si de un ricachón se tratara. De hecho, de una caja cercana, cogió un puro y lo encendió. Me ofreció uno y, supongo que de la borrachera, acepté.
- Hay un arte milenario, Pablo Espinosa, que hoy debes aprender -su voz de pez gordo era muy graciosa. Empecé a pensar que fue actor en algún momento de su vida -Ahora eres un jefe. Ahora debes mandar sobre tus subordinados. Y este arte que te voy a enseñar es sencillo. Escucha: Cuando uno de tus súbditos tenga que hacer algo para ti, tienes que pedírselo... ¡Para ayer! Si contigo ha funcionado, funcionará con los tuyos.
- Es un honor aprender de usted, su excelencia -bebí otro largo trago de mi vaso y le di una calada a aquel Habano. Había que admitir que estaba rico.
- Serás un buen jefe, Pablo -Fernández se recostó aún más en el sillón -de eso no tengo duda... -y terminó de caerse.
- ¡Hola a todos, colegas! -dijo el Cerebro casi a gritos
- ¡Ese jefe bueno ahí! -dijeron los pies que no sabían dónde colocarse -Está to' loco, qué ordenes más raras está mandando...
- ¿Órdenes? ¡Órdenes, dice! -el Corazón bombeaba sangre como podía -¡Este está tan borracho como yo! Hijo de puta...
- ¡Tú si que eres un hijo de puta, que me tienes abandonado!
- ¿Qué quieres, imbécil? -Corazón seguía de cachondeo -¿un pinchito con tu jefe?
- ¡No me jodas, yo también quiero divertirme, pero no soy maricón! -el Pene asomó la cabeza como pudo -No como tú... "Oh, mi amada, como la quiero, bésame..."
- Tú no sabes ser sentimental, capullo.
- Si, tengo un buen capullo. Y si, soy sentimental. Pregúntale al Cerebro si no.
- Tiene razón, Corazón -Cerebro seguía moviéndose al compás de la música -lleva días sin pedir ayuda a las manos...
- Vaya, vaya, vaya, así que el colgajo tiene emociones... -Corazón estaba sorprendido, pero se seguía riendo -Pues toma sangre, que te la mereces.
- ¡Cerebro, es urgente!
- ¿Cómo de urgente, Hígado? ¿No puede esperar un poquito?
- Esperemos que lo justo para que reacciones y nos lleves al baño más cercano...
- ¿Qué...?
- ¡NO PUEDO MÁS! -gritó el Estómago, que lanzó su contenido al exterior.
Y allí estaba yo, en el baño del Señor Fernández. Vomité. Vomité tanto que no recuerdo cuánto tiempo estuve de rodillas con la cabeza metida en el váter. Aunque no me sentí tan mal. En el otro baño estaba él con el mismo proceso. Se ve que los puros Habanos se disfrutan con una copa o dos. A partir de la tercera botella se hace excesivo. Pero como en cualquier orgía romana, nos servimos otra copa y nos sentamos en la mesa mientras jugábamos a las cartas.
- Has recuperado tu trabajo -dijo Ángel Luis -y a un amigo, porque me puedo considerar un amigo, creo...
- No te emborrachas bien si no estás con un amigo, desde luego -repuse mirando mi mano
- Dime... ¿Qué es lo próximo? -me quedé congelado y le miré -¿Hay algo más que desees recuperar?
- Pues... -si, claro que había algo -Creo que primero la cordura.
- ¿Cordura?
- Llevo medicándome durante meses, desde que Susana... Bueno...
- Creo que te pediré lo que tomas -Fernández bebió de su vaso y puso otra carta en juego -Dudo que de esto se salga fáci.
- El dolor es inevitable, Señor Fernández...
- Pero sufrir es opcional, Señor Espinosa -Ángel Luis sonrió -y tu cara dice que hay una pérdida aún mayor...
- Gracias a que Susana me perseguía y me acosaba, con el beso que me dio, perdí al amor de mi vida -el recuerdo no sentaba bien, y bebí la copa hasta terminarla -Ese día, casualmente, había venido a recogerme al trabajo.
- Vaya... No me fijé en aquello. Estaba tan enfadado que ni me percaté -Ángel también terminó su copa y rellenó ambas -pues haré un brindis.
- ¿Ahora? ¿Por qué será? -y levanté mi copa buscando golpear la de mi interlocutor.
- Porque este sea el primer paso de tu reconquista. Y que pronto tengamos a quien merecemos a nuestro lado.
- Amén, hermano.
Y el sonido al chocar de los vasos rebotó por las paredes de aquella enorme casa.
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- Ángel Luis, en serio, eres de lo que no hay. Pobre chica...
- Si te soy sincero, Pablo, eras lo más efectivo que había en toda la puta oficina, y ahora les vas a dar por el culo a todos con tu ascenso a Consejero Delegado de Cuentas. Nos vamos a forrar, nene.
La borrachera era de campeonato. Habíamos cantado, bailado y vaciado varias de las botellas del minibar del Señor Fernández, y estábamos tirados en los sofás riendo a lo bestia escuchando heavy metal a todo volumen. Ángel Luis ya no tenía alas de demonio, ahora había caído al suelo del pedo que llevaba. Era gracioso ver a mi jefe contando anécdotas de cama con un tono difícil de entender y una pronunciación bastante rara.
- Pablo, esta noche te voy a dar una enseñanza que jamás olvidarás. ¡Ayúdame a levantarme! -me acerqué como pude hasta él y le levante. Cogió una copa grande, la llenó de Coñac y se sentó en un sillón de orejas -Venga, siéntate aquí en el suelo.
- Claro, jefe -cogí mi cubata y me senté a sus pies. Él comenzó a mover su copa removiendo el contenido como si de un ricachón se tratara. De hecho, de una caja cercana, cogió un puro y lo encendió. Me ofreció uno y, supongo que de la borrachera, acepté.
- Hay un arte milenario, Pablo Espinosa, que hoy debes aprender -su voz de pez gordo era muy graciosa. Empecé a pensar que fue actor en algún momento de su vida -Ahora eres un jefe. Ahora debes mandar sobre tus subordinados. Y este arte que te voy a enseñar es sencillo. Escucha: Cuando uno de tus súbditos tenga que hacer algo para ti, tienes que pedírselo... ¡Para ayer! Si contigo ha funcionado, funcionará con los tuyos.
- Es un honor aprender de usted, su excelencia -bebí otro largo trago de mi vaso y le di una calada a aquel Habano. Había que admitir que estaba rico.
- Serás un buen jefe, Pablo -Fernández se recostó aún más en el sillón -de eso no tengo duda... -y terminó de caerse.
- ¡Hola a todos, colegas! -dijo el Cerebro casi a gritos
- ¡Ese jefe bueno ahí! -dijeron los pies que no sabían dónde colocarse -Está to' loco, qué ordenes más raras está mandando...
- ¿Órdenes? ¡Órdenes, dice! -el Corazón bombeaba sangre como podía -¡Este está tan borracho como yo! Hijo de puta...
- ¡Tú si que eres un hijo de puta, que me tienes abandonado!
- ¿Qué quieres, imbécil? -Corazón seguía de cachondeo -¿un pinchito con tu jefe?
- ¡No me jodas, yo también quiero divertirme, pero no soy maricón! -el Pene asomó la cabeza como pudo -No como tú... "Oh, mi amada, como la quiero, bésame..."
- Tú no sabes ser sentimental, capullo.
- Si, tengo un buen capullo. Y si, soy sentimental. Pregúntale al Cerebro si no.
- Tiene razón, Corazón -Cerebro seguía moviéndose al compás de la música -lleva días sin pedir ayuda a las manos...
- Vaya, vaya, vaya, así que el colgajo tiene emociones... -Corazón estaba sorprendido, pero se seguía riendo -Pues toma sangre, que te la mereces.
- ¡Cerebro, es urgente!
- ¿Cómo de urgente, Hígado? ¿No puede esperar un poquito?
- Esperemos que lo justo para que reacciones y nos lleves al baño más cercano...
- ¿Qué...?
- ¡NO PUEDO MÁS! -gritó el Estómago, que lanzó su contenido al exterior.
Y allí estaba yo, en el baño del Señor Fernández. Vomité. Vomité tanto que no recuerdo cuánto tiempo estuve de rodillas con la cabeza metida en el váter. Aunque no me sentí tan mal. En el otro baño estaba él con el mismo proceso. Se ve que los puros Habanos se disfrutan con una copa o dos. A partir de la tercera botella se hace excesivo. Pero como en cualquier orgía romana, nos servimos otra copa y nos sentamos en la mesa mientras jugábamos a las cartas.
- Has recuperado tu trabajo -dijo Ángel Luis -y a un amigo, porque me puedo considerar un amigo, creo...
- No te emborrachas bien si no estás con un amigo, desde luego -repuse mirando mi mano
- Dime... ¿Qué es lo próximo? -me quedé congelado y le miré -¿Hay algo más que desees recuperar?
- Pues... -si, claro que había algo -Creo que primero la cordura.
- ¿Cordura?
- Llevo medicándome durante meses, desde que Susana... Bueno...
- Creo que te pediré lo que tomas -Fernández bebió de su vaso y puso otra carta en juego -Dudo que de esto se salga fáci.
- El dolor es inevitable, Señor Fernández...
- Pero sufrir es opcional, Señor Espinosa -Ángel Luis sonrió -y tu cara dice que hay una pérdida aún mayor...
- Gracias a que Susana me perseguía y me acosaba, con el beso que me dio, perdí al amor de mi vida -el recuerdo no sentaba bien, y bebí la copa hasta terminarla -Ese día, casualmente, había venido a recogerme al trabajo.
- Vaya... No me fijé en aquello. Estaba tan enfadado que ni me percaté -Ángel también terminó su copa y rellenó ambas -pues haré un brindis.
- ¿Ahora? ¿Por qué será? -y levanté mi copa buscando golpear la de mi interlocutor.
- Porque este sea el primer paso de tu reconquista. Y que pronto tengamos a quien merecemos a nuestro lado.
- Amén, hermano.
Y el sonido al chocar de los vasos rebotó por las paredes de aquella enorme casa.
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miércoles, 22 de enero de 2014
35. Jaque Mate
- Buenas tardes, Señor Fernández -dije, mostrando una botella de Lambrusco -Espero no haber llegado tarde.
- Son las siete en punto, Espinosa -respondió, abriendo la puerta de su lujoso chalet -parece que no se ha perdido.
- La magia de los GPS, no ha sido todo cosa mía.
Mi sonrisa iba de oreja a oreja, pero su mirada era seria, defensiva, bastante preocupada. La casa era enorme, y me senté en aquel salón gigantesco lleno de cuadros, muebles antiguos y sofás de seis plazas de cuero negro. La pantalla de televisión era casi tan grande como mi cama, y las estanterías estaban pobladas de libros, grandes clásicos de la literatura. Sonaba de fondo la obertura de la Ópera 49 de Tchaikovsky, muy apropiada para un acto como aquel. Solo podía recordar una frase de película, que dije en alto al recordarla.
- "¿Cuántas veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo?"
- Vaya, veo que conoce la obra de Shakespeare -dijo el Señor Fernández, acercándose a una enorme barra de madera que hacía las funciones de mini bar -¿qué quiere beber?
- No precisamente. La he leído, Hamlet es para mí un imprescindible, pero no hacía referencia a ese texto -miré al minibar -Tomaré Jack Daniel's "on the rocks"
- ¿Y a qué hace referencia exactamente? -Fernández sirvió dos vasos de "Single Barrel" en vasos con hielo y se acercó a mí.
- Diré que... "Este concierto se lo dedico a la señora Justicia en honor a las vacaciones que parece se está tomando... y en reconocimiento al impostor que ha ocupado su lugar." -y comencé a mover las manos como si fuera el director de la orquesta en pleno Crescendo.
- No pierde el humor ni en las situaciones de mayor tensión -me tendió el vaso para brindar -"Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre. Conspiración, pólvora y traición. No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación".
- Vaya, me ha pillado -repuse, brindando y bebiendo un sorbo de aquella delicia -Pensé que no era muy cinéfilo...
- Adoro el arte, como puede observar -Fernández se dirigió al sofá y me señaló amablemente el otro para tomar asiento -y creo que el cine, y el cómic, son también parte de las mejores creaciones.
- En eso compartimos gustos, no lo voy a negar -bebí otro sorbo y miré alrededor -¿y dónde se encuentra su acompañante?
- Está en camino -Fernández miró su Rolex -debe estar al caer.
- ¿Le dijo que venía? -pregunté con curiosidad.
- En absoluto. Si no, no hubiera accedido.
- ¿Tanto confía en ella, Ángel Luis? -traté de poner complicidad con mi interlocutor.
- Ya se lo dije, es lo mejor que me ha pasado nunca -Fernández apuró su vaso y lo dejó sobre la mesa -y creo que actuó de forma incorrecta en la puerta.
- Le repito: No fue cosa mía -yo también lo apuré y me recosté sobre el sofá -Tengo aquí algo que dará la vuelta a la conversación -y saqué aquel folio doblado de mi bolsillo.
- ¿Puedo? -Fernández tendió la mano para cogerlo, pero aparté el papel de su alcance.
- Esto solo podrá entrar en escena cuando llegue el momento. ¿Imagina al fantasma del padre de Hamlet llegando demasiado pronto a escena? Esto es igual.
- No creo que sea trascendente -Fernández se levantó y se estiró
- Ya lo veremos, jefe. Ya lo veremos...
Y sonó el timbre. Por la puerta, radiante, entró Susana, ataviada con un vestido de noche largo y escotado de color negro, tacones a juego y maquillada. Abrazó al Señor Fernández y lo besó con pasión, pero vi con bastante gusto que había plantado la semilla de la duda en su corazón, porque no fue respondido de la misma forma. Con toda la galantería del mundo, Fernández se dio la vuelta y tomó de la mano a Susana acercándola a mí, que me había posicionado estratégicamente mirando a los libros para que no viera mi rostro.
- Susana, amada mía, te presento a mi colaborador... -y me giré, y su cara fue digna de foto -el señor Pablo Espinosa.
- Un placer, Susana -sonreí y le tendí mi mano, que estrechó dubitativa.
- Ángel, cariño... ¿Qué hace él aquí? -la voz de Susana temblaba como la de un pecador en el confesionario, de hecho una gota de sudor cayó por su frente.
- Concertamos la cita ayer para hablar de negocios y le traje a mi humilde morada para compartir una velada entretenida -Fernández era un "Gentleman", tenía que admitir -Actué sin conocimiento hace un tiempo y quería arreglar las diferencias con algo de cena y charla. Ha recuperado, de hecho, su puesto.
- ¡Qué alegría! -el tono de Susana era una mezcla perfecta entre sarcasmo, nervios y algo de enfado -¿y qué cenaremos, amor mío?
- Espero que no marisco -dije sonriente -la señorita Susana es alérgica -Primera al estómago. Fernández se quedó de piedra y bajó la mirada segundos después.
- Veo que es cierto que ya se conocían... -Fernández comenzó a caminar en dirección al comedor, seguido de Susana, que me lanzó una mirada que podría haber matado a un elefante si contuviera una bala.
La cena fueron manjares tras manjares y, ciertamente, no había ni pizca de marisco. Una pena, porque a mí me encanta. Todo tipo de ibéricos, de carnes y pescados, el mejor vino... Yo miraba mi Lambrusco con pena, el pobre no estaba a la altura de esta cena. Pero yo estaba pendiente de la conversación. Ciertamente hubo tiempo para el trabajo, pero miraba de reojo a Susana, que no miraba más que a su plato. No probó casi bocado.
- Bueno Susana, cambiando de tema -miré a nuestra acompañante que ni siquiera se dignó en devolverme la mirada -¿cómo va la tienda de ropa?
- Bien, bueno -repuso, comiendo algo de pan -funciona. Es suficiente.
- ¿Te has fijado que llevo la ropa que compré allí? -es fue un Crochet con la izquierda. Si, el señor Fernández se percataba de que era la ropa que Susana vendía en su tienda.
- Me halaga -cada vez parecía más enfadada.
- ¡Cambiemos de tema! -el señor Fernández se sirvió más vino -¿os gusta viajar?
- Por supuesto, Ángel -mi sonrisa se amplió. Había bajado la guardia -La última vez que salí de la Península fue por el Mediterráneo. Una bella ciudad.
- ¿Dónde fue? -Fernández me miró. La balanza se inclinaba a mi lado.
- Bueno, fue una historia dura. Allí perdí a mi querida, que decidió marcharse con un amante cuando le pedí casarme con ella...
- Una pena lo de Venecia. ¿Cambiamos de tema? -Susana dejó sus cubiertos con violencia en la mesa y abrió la solitaria botella de Lambrusco que había traído.
- ¿Venecia? Cariño, él no ha dicho que fuera Venecia... -Eso era un gancho. A la mandíbula.
- ¿Y yo qué sé? Venecia, Atenas, Egipto, cualquier ciudad vale -Susana bebió directamente de la botella.
- ¿Sabes algo de su viaje, Susana? -Fernández la miró directamente.
- No, claro que no -dejó la botella en la mesa salpicando alrededor y haciendo que la espuma saliera a borbotones.
- Vaya, qué casualidad... -Era la hora del golpe de gracia -Conservo esto con cariño, del día que me abandonaron...
Y saqué el folio, que tendí al Señor Fernández. Susana, sintiéndose amenazada, se levantó y con un grito intentó hacerse con aquel papel, pero Ángel fue más rápido y la cogió. Abrió lentamente el papel mientras Susana soltaba una serie de improperios no aptos para la lectura casual y fue cuando mi jefe cayó en la lona. Comenzó la cuenta de diez...
Uno...
Dos...
Tres...
- Cariño, fue el pasado, ahora te quiero a ti, y lo sabes...
Cuatro...
Cinco...
Seis...
- Me persiguió durante semanas, señor Fernández. Era su estratagema, quería recuperarme... Incluso estando con usted.
Siete...
Ocho...
Nueve...
- ¡Lárgate de aquí, hijo de la gran puta! ¡Eres lo peor que me ha pasado jamás!
...
Diez.
- No, Pablo -dijo Ángel Luis, levantándose de la mesa -Quédate a tomar una copa. Pero tú, zorra asquerosa, lárgate de mi casa antes de que te saque yo.
- Ángel, por favor, déjame que te explique...
- ¡No, se acabó! ¡No más engaños! ¡No más mentiras! ¡Fuera de mi puta casa ahora mismo!
Susana se quedó petrificada. Miró al señor Fernández un momento, pero se dio cuenta que no había vuelta atrás. Se dirigió al salón, cogió su chaqueta y se marchó. Ángel Luis se fue a la cocina y volvió con una deliciosa tarta de chocolate y la botella de Jack Daniel's.
- Espinosa...
- Dígame, señor Fernández -respondí raudo, era mejor no enfadarle.
- Tutéame, por favor
- Claro, como quieras, Ángel...
- Debo pedirte mis más sinceras disculpas -cortó la tarta en pedazos y sirvió whisky en los vasos con hielo -pero a partir de ahora, ya sé en quién debo confiar de verdad. Has demostrado no fallarme.
- Me alegra haberte librado de esta carga, de verdad -levanté la copa para brindar.
- ¿Por qué brindamos, Pablo?
Y sonreí. Tenía que hacer una última cita.
"El único veredicto es venganza, vendetta, como voto, y no en vano, pues la valía y veracidad de ésta un día vindicará al vigilante y al virtuoso."
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- Son las siete en punto, Espinosa -respondió, abriendo la puerta de su lujoso chalet -parece que no se ha perdido.
- La magia de los GPS, no ha sido todo cosa mía.
Mi sonrisa iba de oreja a oreja, pero su mirada era seria, defensiva, bastante preocupada. La casa era enorme, y me senté en aquel salón gigantesco lleno de cuadros, muebles antiguos y sofás de seis plazas de cuero negro. La pantalla de televisión era casi tan grande como mi cama, y las estanterías estaban pobladas de libros, grandes clásicos de la literatura. Sonaba de fondo la obertura de la Ópera 49 de Tchaikovsky, muy apropiada para un acto como aquel. Solo podía recordar una frase de película, que dije en alto al recordarla.
- "¿Cuántas veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo?"
- Vaya, veo que conoce la obra de Shakespeare -dijo el Señor Fernández, acercándose a una enorme barra de madera que hacía las funciones de mini bar -¿qué quiere beber?
- No precisamente. La he leído, Hamlet es para mí un imprescindible, pero no hacía referencia a ese texto -miré al minibar -Tomaré Jack Daniel's "on the rocks"
- ¿Y a qué hace referencia exactamente? -Fernández sirvió dos vasos de "Single Barrel" en vasos con hielo y se acercó a mí.
- Diré que... "Este concierto se lo dedico a la señora Justicia en honor a las vacaciones que parece se está tomando... y en reconocimiento al impostor que ha ocupado su lugar." -y comencé a mover las manos como si fuera el director de la orquesta en pleno Crescendo.
- No pierde el humor ni en las situaciones de mayor tensión -me tendió el vaso para brindar -"Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre. Conspiración, pólvora y traición. No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación".
- Vaya, me ha pillado -repuse, brindando y bebiendo un sorbo de aquella delicia -Pensé que no era muy cinéfilo...
- Adoro el arte, como puede observar -Fernández se dirigió al sofá y me señaló amablemente el otro para tomar asiento -y creo que el cine, y el cómic, son también parte de las mejores creaciones.
- En eso compartimos gustos, no lo voy a negar -bebí otro sorbo y miré alrededor -¿y dónde se encuentra su acompañante?
- Está en camino -Fernández miró su Rolex -debe estar al caer.
- ¿Le dijo que venía? -pregunté con curiosidad.
- En absoluto. Si no, no hubiera accedido.
- ¿Tanto confía en ella, Ángel Luis? -traté de poner complicidad con mi interlocutor.
- Ya se lo dije, es lo mejor que me ha pasado nunca -Fernández apuró su vaso y lo dejó sobre la mesa -y creo que actuó de forma incorrecta en la puerta.
- Le repito: No fue cosa mía -yo también lo apuré y me recosté sobre el sofá -Tengo aquí algo que dará la vuelta a la conversación -y saqué aquel folio doblado de mi bolsillo.
- ¿Puedo? -Fernández tendió la mano para cogerlo, pero aparté el papel de su alcance.
- Esto solo podrá entrar en escena cuando llegue el momento. ¿Imagina al fantasma del padre de Hamlet llegando demasiado pronto a escena? Esto es igual.
- No creo que sea trascendente -Fernández se levantó y se estiró
- Ya lo veremos, jefe. Ya lo veremos...
Y sonó el timbre. Por la puerta, radiante, entró Susana, ataviada con un vestido de noche largo y escotado de color negro, tacones a juego y maquillada. Abrazó al Señor Fernández y lo besó con pasión, pero vi con bastante gusto que había plantado la semilla de la duda en su corazón, porque no fue respondido de la misma forma. Con toda la galantería del mundo, Fernández se dio la vuelta y tomó de la mano a Susana acercándola a mí, que me había posicionado estratégicamente mirando a los libros para que no viera mi rostro.
- Susana, amada mía, te presento a mi colaborador... -y me giré, y su cara fue digna de foto -el señor Pablo Espinosa.
- Un placer, Susana -sonreí y le tendí mi mano, que estrechó dubitativa.
- Ángel, cariño... ¿Qué hace él aquí? -la voz de Susana temblaba como la de un pecador en el confesionario, de hecho una gota de sudor cayó por su frente.
- Concertamos la cita ayer para hablar de negocios y le traje a mi humilde morada para compartir una velada entretenida -Fernández era un "Gentleman", tenía que admitir -Actué sin conocimiento hace un tiempo y quería arreglar las diferencias con algo de cena y charla. Ha recuperado, de hecho, su puesto.
- ¡Qué alegría! -el tono de Susana era una mezcla perfecta entre sarcasmo, nervios y algo de enfado -¿y qué cenaremos, amor mío?
- Espero que no marisco -dije sonriente -la señorita Susana es alérgica -Primera al estómago. Fernández se quedó de piedra y bajó la mirada segundos después.
- Veo que es cierto que ya se conocían... -Fernández comenzó a caminar en dirección al comedor, seguido de Susana, que me lanzó una mirada que podría haber matado a un elefante si contuviera una bala.
La cena fueron manjares tras manjares y, ciertamente, no había ni pizca de marisco. Una pena, porque a mí me encanta. Todo tipo de ibéricos, de carnes y pescados, el mejor vino... Yo miraba mi Lambrusco con pena, el pobre no estaba a la altura de esta cena. Pero yo estaba pendiente de la conversación. Ciertamente hubo tiempo para el trabajo, pero miraba de reojo a Susana, que no miraba más que a su plato. No probó casi bocado.
- Bueno Susana, cambiando de tema -miré a nuestra acompañante que ni siquiera se dignó en devolverme la mirada -¿cómo va la tienda de ropa?
- Bien, bueno -repuso, comiendo algo de pan -funciona. Es suficiente.
- ¿Te has fijado que llevo la ropa que compré allí? -es fue un Crochet con la izquierda. Si, el señor Fernández se percataba de que era la ropa que Susana vendía en su tienda.
- Me halaga -cada vez parecía más enfadada.
- ¡Cambiemos de tema! -el señor Fernández se sirvió más vino -¿os gusta viajar?
- Por supuesto, Ángel -mi sonrisa se amplió. Había bajado la guardia -La última vez que salí de la Península fue por el Mediterráneo. Una bella ciudad.
- ¿Dónde fue? -Fernández me miró. La balanza se inclinaba a mi lado.
- Bueno, fue una historia dura. Allí perdí a mi querida, que decidió marcharse con un amante cuando le pedí casarme con ella...
- Una pena lo de Venecia. ¿Cambiamos de tema? -Susana dejó sus cubiertos con violencia en la mesa y abrió la solitaria botella de Lambrusco que había traído.
- ¿Venecia? Cariño, él no ha dicho que fuera Venecia... -Eso era un gancho. A la mandíbula.
- ¿Y yo qué sé? Venecia, Atenas, Egipto, cualquier ciudad vale -Susana bebió directamente de la botella.
- ¿Sabes algo de su viaje, Susana? -Fernández la miró directamente.
- No, claro que no -dejó la botella en la mesa salpicando alrededor y haciendo que la espuma saliera a borbotones.
- Vaya, qué casualidad... -Era la hora del golpe de gracia -Conservo esto con cariño, del día que me abandonaron...
Y saqué el folio, que tendí al Señor Fernández. Susana, sintiéndose amenazada, se levantó y con un grito intentó hacerse con aquel papel, pero Ángel fue más rápido y la cogió. Abrió lentamente el papel mientras Susana soltaba una serie de improperios no aptos para la lectura casual y fue cuando mi jefe cayó en la lona. Comenzó la cuenta de diez...
Uno...
Dos...
Tres...
- Cariño, fue el pasado, ahora te quiero a ti, y lo sabes...
Cuatro...
Cinco...
Seis...
- Me persiguió durante semanas, señor Fernández. Era su estratagema, quería recuperarme... Incluso estando con usted.
Siete...
Ocho...
Nueve...
- ¡Lárgate de aquí, hijo de la gran puta! ¡Eres lo peor que me ha pasado jamás!
...
Diez.
- No, Pablo -dijo Ángel Luis, levantándose de la mesa -Quédate a tomar una copa. Pero tú, zorra asquerosa, lárgate de mi casa antes de que te saque yo.
- Ángel, por favor, déjame que te explique...
- ¡No, se acabó! ¡No más engaños! ¡No más mentiras! ¡Fuera de mi puta casa ahora mismo!
Susana se quedó petrificada. Miró al señor Fernández un momento, pero se dio cuenta que no había vuelta atrás. Se dirigió al salón, cogió su chaqueta y se marchó. Ángel Luis se fue a la cocina y volvió con una deliciosa tarta de chocolate y la botella de Jack Daniel's.
- Espinosa...
- Dígame, señor Fernández -respondí raudo, era mejor no enfadarle.
- Tutéame, por favor
- Claro, como quieras, Ángel...
- Debo pedirte mis más sinceras disculpas -cortó la tarta en pedazos y sirvió whisky en los vasos con hielo -pero a partir de ahora, ya sé en quién debo confiar de verdad. Has demostrado no fallarme.
- Me alegra haberte librado de esta carga, de verdad -levanté la copa para brindar.
- ¿Por qué brindamos, Pablo?
Y sonreí. Tenía que hacer una última cita.
"El único veredicto es venganza, vendetta, como voto, y no en vano, pues la valía y veracidad de ésta un día vindicará al vigilante y al virtuoso."
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
34. Jaque al Rey
Me miré al espejo. Mi rostro era la completa imagen del demacre. Un arañazo prominente y algo hinchado en el pómulo derecho, el ojo izquierdo débilmente amoratado por el puñetazo que recibí y una barba descuidada, además del pelo muy enmarañado. Con cuidado de las heridas de la cara me afeité y después me metí en la ducha. El agua caliente recorría mi cuerpo y lo activaba. Hacía tiempo que no me sentía así de vivo. El champú mentolado abrió mis fosas nasales de nuevo, y el gel de chocolate endulzó mi amargado corazón. Me movía al ritmo de una canción que recordaba en la cabeza, una canción ya olvidada que apareció sin más. "Y bailar y bailar, y tomar y tomar, una cerveza tras otra..."
Con mi traje gris, mi camisa blanca y una corbata a juego con el cinturón negro y mis zapatos llegué a aquel lugar donde pasé todas las mañanas durante los últimos años. Todos me saludaron y sonrieron. Por lo visto, la sustituta no era del entero agrado del Señor Fernández, que bramaba cada mañana lo incompetente que era. Y allí me dirigía yo, al despacho del enfadado Señor Fernández.
- Señor Fernandez -dijo su secretaria al entrar -Tiene usted una visita de urgencia.
- Pues la urgencia es parte de mi vida, así que dudo que sea más urgente que los informes que esa incompetente no sabe hacer -gritó Fernández desde su asiento.
- Veo que, aunque poco, me echa de menos -dije, al entrar detrás de la secretaria -no sabía que la nueva empleada no supiera cómo tener un informe para ayer...
- Pablo Espinosa, ¿qué cojones hace aquí? -espetó el jefe, levantándose de la silla amenazador -le despedí y no tiene derecho a estar aquí.
- De hecho, Señor Fernández -mi acompañante emergió de la puerta. Con el pelo castaño, ojos marrones y un rostro angelical, y ataviada con americana, camisa y una falda de tubo rojas, colocó su maletín de cuero encima del escritorio -mi cliente tiene todo el derecho del mundo a estar aquí. Soy Raquel Alcázar, la abogada del señor Espinosa.
- ¿Qué es todo esto, Espinosa? -Fernández bajó los humos casi mágicamente, y se sentó de nuevo en su amplio asiento de cuero
- El Señor Espinosa me ha contado la historia ocurrida hace una semana, y estudiando el caso, diría que podríamos acusarle de despido improcedente y agresión, además de los daños y perjuicios que esto puede provocar.
- No fue ningún despido improcedente -alegó Fernández, asustado -En su finiquito venía bien explicado cual eran los motivos.
- Oh, claro, aquí lo tengo -Raquel Alcázar sacó los papeles de su maletín y leyó detenidamente -Usted despidió a mi cliente por "Alterar el entorno de trabajo por motivos sentimentales", además de "bajo rendimiento" y también pone que "mala educación con sus superiores". Pues bien, le responderé a esto. El entorno de trabajo lo alteró usted golpeando a mi cliente por un malentendido que usted no tomó con la debida corrección. El rendimiento bajo es una cosa que no termino de tragarme, de hecho por lo que he escuchado por sus allegados del trabajo están bajando la producción, y me consta que es desde la llegada de la nueva empleada que sustituyó a mi cliente, el señor Espinosa -Creo que esto, sinceramente, daba para paja, con perdón de la sensibilidad del lector. El Señor Fernández sudando en su despacho y viendo su trabajo tirado a la basura por un pique sentimental mientras yo sonreía apoyado en la pared disfrutando del espectáculo -y lo de la mala educación ante sus superiores ya es una calumnia con este edificio de grande. ¿Quiere decirme que mi cliente, atendiendo a sus necesidades sentimentales, se portaba mal con usted? Por favor, ¿es usted adulto? Porque con estos papeles no me lo parece en absoluto.
- Está bien. ¿Qué queréis? ¿Cuánto dinero os tengo que pagar para que os larguéis de aquí y me dejéis vivir tranquilo? -el Señor Fernandez sacó su chequera de un cajón.
- ¿Intenta sobornarnos? -mi abogada era una fiera -¿Sabe que todavía podría caerle entre tres y cinco años de prisión?
- ¡¿Y qué espera que haga?!
- Devolverme mi puesto -dije, interviniendo en la acalorada discusión -¿tan difícil es?
- No pienso tener a alguien como usted, tan desconsiderado y tan traidor, en mi entorno laboral -dijo el Señor Fernández, enfadado.
- Mire, hagamos lo siguiente -esta negociación tenía pinta de ser interesante... -Usted me devuelve el puesto y yo pido el traslado a otro departamento. Es eso o poner una querella en este instante...
- Y créame que tengo pruebas para incriminarle, Señor Fernández -dijo Raquel sonriente.
- Pero mejor aún -me apoyé sobre la mesa con algo de chulería -quiero demostrarle que yo juego al doble o nada. Quiero demostrarle que se equivocó conmigo y, sobre todo... Con Susana.
- No me equivoqué con ella, pero si con usted -Fernández bufaba. Estaba contra las cuerdas.
- Hagamos una cosa: Me invita a cenar, donde quiera, y le demuestro que Susana es la que no merece la pena. Si se lo consigo demostrar, me devuelve el puesto y me asciende. Si pierdo yo, pido el traslado a otro lugar y aquí Paz y después Gloria. Ambos saldremos ganando, créame.
- Y si usted no decide ninguna de esas dos -mi abogada sacó más papeles del maletín -Le llevaremos a un juicio en el que perderá su trabajo, muchísimo dinero e, incluso, la libertad.
- Usted decide, señor Fernández...
Y se hizo el silencio. Mi antiguo jefe se dio la vuelta en su silla y miró por la ventana. Las gotas de lluvia emborronaban la visión de la maravillosa Madrid desde ese lugar, iluminada por una tenue luz oculta por las nubes que poblaban el cielo de la capital.
- Mañana. En mi casa. A las siete de la tarde. Zanjemos esto de una vez.
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Con mi traje gris, mi camisa blanca y una corbata a juego con el cinturón negro y mis zapatos llegué a aquel lugar donde pasé todas las mañanas durante los últimos años. Todos me saludaron y sonrieron. Por lo visto, la sustituta no era del entero agrado del Señor Fernández, que bramaba cada mañana lo incompetente que era. Y allí me dirigía yo, al despacho del enfadado Señor Fernández.
- Señor Fernandez -dijo su secretaria al entrar -Tiene usted una visita de urgencia.
- Pues la urgencia es parte de mi vida, así que dudo que sea más urgente que los informes que esa incompetente no sabe hacer -gritó Fernández desde su asiento.
- Veo que, aunque poco, me echa de menos -dije, al entrar detrás de la secretaria -no sabía que la nueva empleada no supiera cómo tener un informe para ayer...
- Pablo Espinosa, ¿qué cojones hace aquí? -espetó el jefe, levantándose de la silla amenazador -le despedí y no tiene derecho a estar aquí.
- De hecho, Señor Fernández -mi acompañante emergió de la puerta. Con el pelo castaño, ojos marrones y un rostro angelical, y ataviada con americana, camisa y una falda de tubo rojas, colocó su maletín de cuero encima del escritorio -mi cliente tiene todo el derecho del mundo a estar aquí. Soy Raquel Alcázar, la abogada del señor Espinosa.
- ¿Qué es todo esto, Espinosa? -Fernández bajó los humos casi mágicamente, y se sentó de nuevo en su amplio asiento de cuero
- El Señor Espinosa me ha contado la historia ocurrida hace una semana, y estudiando el caso, diría que podríamos acusarle de despido improcedente y agresión, además de los daños y perjuicios que esto puede provocar.
- No fue ningún despido improcedente -alegó Fernández, asustado -En su finiquito venía bien explicado cual eran los motivos.
- Oh, claro, aquí lo tengo -Raquel Alcázar sacó los papeles de su maletín y leyó detenidamente -Usted despidió a mi cliente por "Alterar el entorno de trabajo por motivos sentimentales", además de "bajo rendimiento" y también pone que "mala educación con sus superiores". Pues bien, le responderé a esto. El entorno de trabajo lo alteró usted golpeando a mi cliente por un malentendido que usted no tomó con la debida corrección. El rendimiento bajo es una cosa que no termino de tragarme, de hecho por lo que he escuchado por sus allegados del trabajo están bajando la producción, y me consta que es desde la llegada de la nueva empleada que sustituyó a mi cliente, el señor Espinosa -Creo que esto, sinceramente, daba para paja, con perdón de la sensibilidad del lector. El Señor Fernández sudando en su despacho y viendo su trabajo tirado a la basura por un pique sentimental mientras yo sonreía apoyado en la pared disfrutando del espectáculo -y lo de la mala educación ante sus superiores ya es una calumnia con este edificio de grande. ¿Quiere decirme que mi cliente, atendiendo a sus necesidades sentimentales, se portaba mal con usted? Por favor, ¿es usted adulto? Porque con estos papeles no me lo parece en absoluto.
- Está bien. ¿Qué queréis? ¿Cuánto dinero os tengo que pagar para que os larguéis de aquí y me dejéis vivir tranquilo? -el Señor Fernandez sacó su chequera de un cajón.
- ¿Intenta sobornarnos? -mi abogada era una fiera -¿Sabe que todavía podría caerle entre tres y cinco años de prisión?
- ¡¿Y qué espera que haga?!
- Devolverme mi puesto -dije, interviniendo en la acalorada discusión -¿tan difícil es?
- No pienso tener a alguien como usted, tan desconsiderado y tan traidor, en mi entorno laboral -dijo el Señor Fernández, enfadado.
- Mire, hagamos lo siguiente -esta negociación tenía pinta de ser interesante... -Usted me devuelve el puesto y yo pido el traslado a otro departamento. Es eso o poner una querella en este instante...
- Y créame que tengo pruebas para incriminarle, Señor Fernández -dijo Raquel sonriente.
- Pero mejor aún -me apoyé sobre la mesa con algo de chulería -quiero demostrarle que yo juego al doble o nada. Quiero demostrarle que se equivocó conmigo y, sobre todo... Con Susana.
- No me equivoqué con ella, pero si con usted -Fernández bufaba. Estaba contra las cuerdas.
- Hagamos una cosa: Me invita a cenar, donde quiera, y le demuestro que Susana es la que no merece la pena. Si se lo consigo demostrar, me devuelve el puesto y me asciende. Si pierdo yo, pido el traslado a otro lugar y aquí Paz y después Gloria. Ambos saldremos ganando, créame.
- Y si usted no decide ninguna de esas dos -mi abogada sacó más papeles del maletín -Le llevaremos a un juicio en el que perderá su trabajo, muchísimo dinero e, incluso, la libertad.
- Usted decide, señor Fernández...
Y se hizo el silencio. Mi antiguo jefe se dio la vuelta en su silla y miró por la ventana. Las gotas de lluvia emborronaban la visión de la maravillosa Madrid desde ese lugar, iluminada por una tenue luz oculta por las nubes que poblaban el cielo de la capital.
- Mañana. En mi casa. A las siete de la tarde. Zanjemos esto de una vez.
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33. Código Rojo
Las sábana que cubría mi mullida almohada estaba encharcada. El sudor que desprendí, las lágrimas que derramé y el profundo arañazo que Nuka me propinó para despertarme tiñeron de rojo las telas blancas, al igual que mi pijama, mi pelo y parte incluso de la pared del cabecero de la cama. Me encontraba atrapado por la colcha, y el resto de prendas de cama se retorcían en un húmedo gesto sobre mi amplio colchón, cuya mancha oscura denotaba que él también había sufrido mi terrible pesadilla. Nuka estaba maullando con fuerza mientras me miraba nervioso, pero calmó su tensión y se acurrucó a mi lado cuando estiré la mano para acariciar suavemente su lomo. Ronrroneaba más de la cuenta, incluso para lo que él era.
Me acerqué al salón, donde mi móvil estaba en pleno proceso de carga, y miré la fecha. Después de aquel sueño había perdido la noción del tiempo y de los acontecimientos, pero haciendo cálculos poco precisos pude determinar que estuve alrededor de veinticuatro horas durmiendo. También entendí por qué Nuka me arañó, y no fue sólo porque estuviera revolviéndome en mi cama: Sus cuencos de comida y de agua estaban vacíos. A pesar de ser las cinco de la mañana, busqué a oscuras su comida y llené su cuenco de agua, el cual mi gato asaltó con voracidad.
Recostado en el sofá miré a la televisión apagada. El arañazo escocía en mi rostro como si las garras de mi gato estuvieran hechas del acero más duro jamás forjado. Eso me hizo recordar que tenía que cortarle las uñas. Aunque ese pequeño detalle que olvidé durante la semana que llevaba en casa consiguió, posiblemente, sacarme de aquella pesadilla. La peor pesadilla que jamás he tenido. La única pesadilla que, a pesar de saber que estaba despierto, seguía palpable en el ambiente. Porque, si miraba, creía seguir viendo las dos figuras de pie en la puerta, mirándome maliciosamente.
- ¡Hora de pasar lista! -gritó el cerebro -¡Situación de emergencia, código rojo! ¡Quien no haga recuento y no diga su situación recibirá una reprimenda de parte del jefe!
- ¿Quién es el jefe? -dijeron las manos, acomodadas en el cuerpo de Pablo -Pensaba que mandabas tú.
- Las órdenes vienen de arriba. Yo soy la parte racional, pero... -el cerebro paró y suspiró -al fin y al cabo, hay alguien detrás.
- Pues si no nos explicas, no sabremos ayudarte -dijeron los ojos, buscando un punto en el infinito para atender al cerebro.
- Yo soy el consciente. Pero me controlan desde atrás. No conozco a ese otro ser, pero debe ser horrible, porque su representación de los sueños nos hacen sufrir.
- Dímelo a mí -dijo el Corazón, latiendo con algo más de fuerza -¿sabes lo que es bombear sangre a un cuerpo dormido? Es horrible...
- Bueno, lo dicho. Presente y situación -ordenó el Cerebro
- Aquí las manos, portavoces de los brazos. Estamos bien, aunque llenas de sangre -dijeron, levantando las palmas.
- Aquí los pies portavoces de las piernas. Tenemos frío, pero todo correcto, señor -movieron los dedos en señal de funcionalidad.
- Aquí los ojos, en nombre de la cara. Es difícil recibir estímulos, estamos muy sobrecargados, pero esta oscuridad y este silencio nos viene bien, señor -parpadearon para volver a sentir que estaban activos.
- Aquí Corazón, hablo por mis compañeros, los órganos internos. Estómago está vacío, los pulmones ya respiran con normalidad y tus compañeros los nervios no atinan con los impulsos.
- Perfecto, todo en orden... Pero me sigue faltando alguien -repuso el Cerebro, mandando un estímulo por la columna hasta llegar a la entrepierna -¿estás ahí?
- Aquí el pene, en nombre de los Genitales -Corazón y Cerebro se sintieron más tranquilos. Por fin daba señales -perdón por la ausencia. No somos simples excretores, pero durante un tiempo no queríamos funcionar para otra cosa.
- ¿Cual es tu situación, amigo? -preguntó el Cerebro.
- Bueno, tengo que estirarme un poco. Estoy entumecido...
- Marchando -dijo el Corazón -necesitas un buen empujón...
Miré mi entrepierna extrañado. ¿Por qué demonios ahora...? Bueno, tampoco era algo preocupante, suele ir por su cuenta, pero no entendía por qué. Cosas de mi cuerpo. El caso es que tenía que empezar a moverme, a solucionar todo esto. La parte sentimental sería lo último, antes necesitaba recuperar mi vida inicial, mi dedicación... mi trabajo.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Me acerqué al salón, donde mi móvil estaba en pleno proceso de carga, y miré la fecha. Después de aquel sueño había perdido la noción del tiempo y de los acontecimientos, pero haciendo cálculos poco precisos pude determinar que estuve alrededor de veinticuatro horas durmiendo. También entendí por qué Nuka me arañó, y no fue sólo porque estuviera revolviéndome en mi cama: Sus cuencos de comida y de agua estaban vacíos. A pesar de ser las cinco de la mañana, busqué a oscuras su comida y llené su cuenco de agua, el cual mi gato asaltó con voracidad.
Recostado en el sofá miré a la televisión apagada. El arañazo escocía en mi rostro como si las garras de mi gato estuvieran hechas del acero más duro jamás forjado. Eso me hizo recordar que tenía que cortarle las uñas. Aunque ese pequeño detalle que olvidé durante la semana que llevaba en casa consiguió, posiblemente, sacarme de aquella pesadilla. La peor pesadilla que jamás he tenido. La única pesadilla que, a pesar de saber que estaba despierto, seguía palpable en el ambiente. Porque, si miraba, creía seguir viendo las dos figuras de pie en la puerta, mirándome maliciosamente.
- ¡Hora de pasar lista! -gritó el cerebro -¡Situación de emergencia, código rojo! ¡Quien no haga recuento y no diga su situación recibirá una reprimenda de parte del jefe!
- ¿Quién es el jefe? -dijeron las manos, acomodadas en el cuerpo de Pablo -Pensaba que mandabas tú.
- Las órdenes vienen de arriba. Yo soy la parte racional, pero... -el cerebro paró y suspiró -al fin y al cabo, hay alguien detrás.
- Pues si no nos explicas, no sabremos ayudarte -dijeron los ojos, buscando un punto en el infinito para atender al cerebro.
- Yo soy el consciente. Pero me controlan desde atrás. No conozco a ese otro ser, pero debe ser horrible, porque su representación de los sueños nos hacen sufrir.
- Dímelo a mí -dijo el Corazón, latiendo con algo más de fuerza -¿sabes lo que es bombear sangre a un cuerpo dormido? Es horrible...
- Bueno, lo dicho. Presente y situación -ordenó el Cerebro
- Aquí las manos, portavoces de los brazos. Estamos bien, aunque llenas de sangre -dijeron, levantando las palmas.
- Aquí los pies portavoces de las piernas. Tenemos frío, pero todo correcto, señor -movieron los dedos en señal de funcionalidad.
- Aquí los ojos, en nombre de la cara. Es difícil recibir estímulos, estamos muy sobrecargados, pero esta oscuridad y este silencio nos viene bien, señor -parpadearon para volver a sentir que estaban activos.
- Aquí Corazón, hablo por mis compañeros, los órganos internos. Estómago está vacío, los pulmones ya respiran con normalidad y tus compañeros los nervios no atinan con los impulsos.
- Perfecto, todo en orden... Pero me sigue faltando alguien -repuso el Cerebro, mandando un estímulo por la columna hasta llegar a la entrepierna -¿estás ahí?
- Aquí el pene, en nombre de los Genitales -Corazón y Cerebro se sintieron más tranquilos. Por fin daba señales -perdón por la ausencia. No somos simples excretores, pero durante un tiempo no queríamos funcionar para otra cosa.
- ¿Cual es tu situación, amigo? -preguntó el Cerebro.
- Bueno, tengo que estirarme un poco. Estoy entumecido...
- Marchando -dijo el Corazón -necesitas un buen empujón...
Miré mi entrepierna extrañado. ¿Por qué demonios ahora...? Bueno, tampoco era algo preocupante, suele ir por su cuenta, pero no entendía por qué. Cosas de mi cuerpo. El caso es que tenía que empezar a moverme, a solucionar todo esto. La parte sentimental sería lo último, antes necesitaba recuperar mi vida inicial, mi dedicación... mi trabajo.
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