De todas las magníficas ideas que has tenido a lo largo de tu vida, Pablo Espinosa, esta es la que podría doctorarte con honores en la Universidad del Retraso Mental Avanzado. Pero para qué mentir, me has impresionado. Esto es algo divertido para mí, porque lo que vas a vivir hoy es puro sufrimiento, y qué cojones, seguramente esta noche y durante muchas más dormirás solo. Bueno, solo no. Dormirás conmigo. ¿Crees que una mierda de pastillas te van a salvar de mí? No, amigo, no. Estás muy equivocado. Las drogas me potencian, y que te dejen más gilipollas de lo que ya eres solo me beneficia. Estás perdido, Pablo...
- Joder, ¿quieres callarte de una puta vez?
- Esto... Solo le dije que era un euro con treinta y cinco... -el farmacéutico me miraba asustado. Pero no tanto como Sara.
- Oh, eh... -me acerqué al hombre que me atendía bajo la mirada de toda la Farmacia -sufro de doble personalidad. Mi doctor dijo que era temporal, lo siento muchísimo.
- Tranquilo, no pasa nada -metió el medicamento en la bolsa y me la dio junto con el cambio, y me marché de aquel lugar seguido por Sara, que seguía estupefacta.
- ¿Qué cojones te ha pasado? -abrí la puerta del coche y la miré queriendo aparentar que no me pasaba nada, aunque si me pasaba
- No sé, supongo que estaba escuchando a la gente de alrededor y me puse nervioso -la mentira no se te da nada bien, amigo mío -Estas jodidas pastillas me están afectando.
- ¿Y cuándo podrás dejar de tomarlas? -ambos cerramos la puerta y metí las llaves en el contacto.
- Cuando me sienta mejor. Espero que dentro de poco...
¿Dentro de poco? Ya te gustaría, pedazo de subnormal. Vas a vivir pegado a esas pastillas, vas a vivir conmigo, ¡vamos a ser muy buenos compañeros de piso! Tú y yo, juntos, peleando siempre. ¿Te imaginas las escenas cotidianas? Eso si, tú serás la mujer. Y te azotaré cuando te portes mal. Y siempre te estás portando mal...
- Más te vale que te calles o te juro que vas a pagarlo. ¡No me voy a dejar vencer por ti!
Ah, ¿no? Pablo, Pablo... Yo hace mucho que gané, hace mucho que te gané. ¿No lo ves? Estás hablando solo, gritando a la luna de tu coche y a punto de atropellar a dos viejos que están cruzando el paso de peatones. Esta te la aviso, a la próxima no.
- ¡Joder, Pablo, frena! -y frené a milímetros de la pareja de ancianos. Sara estaba agarrada donde podía, y yo respiraba de forma acelerada -¡Nos vamos a matar como sigas hablando solo y haciendo estupideces!
- Necesito una pastilla... -cogí la caja y me tomé una Tiadipona. Me sentí más tranquilo al instante, quizá por la costumbre.
- En serio, Cariño, esto es grave...
- El doctor me ha dicho que es temporal. Me tomaré otra, mejor -recordé que en casa esperaba Blanca y me tomé otra más. Necesitaba sentirme drogado.
Drogadicto. Eres un drogadicto. Toxicómano, adicto, un yonki. Oh, si, me encanta, te has degradado al máximo, ¡has conseguido excitarme! Venga, Pablito, sube a casa, este momento será épico. Yo te llevo hasta la puerta y abro, no te preocupes. Mira a Sara, qué sonrisa, me encanta verla así de feliz... Se va a llevar una verdadera decepción, y lo sabes. Mírala, te está acariciando el rostro preocupada. ¿Sabes por qué? Porque me está viendo a mí. Venga, que llega el gran momento... Deja que lo disfrute en primera persona... Serás tú el que lo haga todo. Adelante, entra.
- Sara, antes de abrir -recobré el conocimiento justo cuando metí la llave en la cerradura -antes de entrar, quiero que me prometas que, pase lo que pase, esto no ha sido algo que he buscado.
- ¿A qué te refieres, Pablo?
- A esto... -y abrí -Hola Blanca, he llegado, y traigo visita.
- ¡Ah, hola! -su voz sonó en el descansillo, y cuando miré de nuevo a Sara estaba pálida -¿quién es?
- Es Sara -esa no era mi voz, ese no era yo... -y ha vuelto a casa.
- ¿Quién coño es esa, Pablo? -Sara no quería entrar.
- Ah, si, se me olvidó comentarte que me la he estado follando estos días que tú no estabas -¡no! ¡Ese no soy yo! Recupera el control... -te repito que no lo he buscado, Cielo. Pero quiero solucionar este entuerto, y para eso necesito que pases.
- Estás loco, Pablo -Sara me miraba a la cara, y veía en mí mi gran problema.
- ¡No, Sara, es solo temporal!
- ¿Qué es temporal, Pablo? -Blanca entró en escena. Recordadme que apuñale a mi doctor repetidas veces con un bisturí.
- El médico me ha diagnosticado doble personalidad temporal debido a mis actuales problemas emocionales -me apoyé en el marco de la puerta y respiré hondo. Las pastillas no estaban funcionando -os pido amablemente a las dos que os sentéis en el salón y que me escuchéis, tengo que hablar con vosotras.
¡Bueno, par de zorritas! Bienvenidas a mi guarida. Ese par de chochos bien follados va a escuchar lo que digo ahora mismo porque aquí manda ni nabo grande y jugoso, el cual las dos os habéis comido con ganas. El gilipollas aquí presente se cree un héroe juntándoos a las dos gatitas para que luchen por él, pero lo divertido es que os veo las caras y solo siento odio. Personalmente a mí el odio me la pone muy dura, y solo tengo la tentación de meteros en la cama y montarme un trío tan épico que no os olvidéis de mí jamás, pero...
- ¡Joder, basta ya! -grité y me eché las manos a la cara, bajo la mirada de Sara y Blanca, que no podían creer lo que oían -Eso no soy yo, las pastillas no están haciendo efecto, y para nada es lo que yo pienso.
- Así que para eso me has traído aquí -Sara se cruzó de brazos y miró a un lado -para ver si con un poco de llantina y de intentar quedar bien podías llevarnos al catre a las dos, porque vamos, mucho no te ha costado...
- ¡Para nada, Sara! -aparté las manos de mi cara y golpeé la mesita, que dio un bote y sobresaltó a las dos chicas y a Nuka, que pasaba por allí -Venía a dar una sencilla explicación de lo que ha ocurrido durante este tiempo y arreglar todo esto.
- Pues estoy esperando, Pablo -Blanca seguía cruzada de brazos mirándome desde una esquina.
- Vale, empiezo. Si de repente digo algo fuera de lo común, no soy yo. Sabéis como soy, y sabéis que no soy capaz de decir nada como lo que he dicho hace un momento, es efecto de las pastillas.
- Que empieces, tío -Blanca gritó, y a esto reaccionó Sara mirándola.
- ¿Te quieres calmar? -¡me estaba defendiendo! buena señal -Tiene problemas, ¿vale?
- Si, ya te digo que si los tiene. No sabe con quién ha estado jugando...
- Espera, espera, ¿eso es una amenaza? -Sara se levantó de su asiento -Espera... Yo te he visto antes...
- Vivo por Fuentebella, claro que te sueno -cosas de parleñas. Y yo ahí, mirando, luchando contra aquello que se hacía sitio por salir -y este gilipollas nos ha engañado a las dos.
- Cuidado con lo que dices, guapa -Sara me miró de nuevo -Te habrá engañado a ti, pero a mí este no me torea, y en cuanto lo haga me largo.
- Sara, me dejaste cuando Susana me besó, y eso por suerte ya lo hemos hablado. Pero después estuve mal, muy mal. Necesitaba las pastillas a todas horas, solo era capaz de ahogarme en lágrimas, y cuando solucioné el problema con Fernández y me ascendieron ella era una de mis empleadas. Y entonces un día entró en mi oficina provocando con esas tetas que tiene y ese culo y me la puso enhiesta. ¡Mírala! ¿No te la follarías? ¡Yo lo he hecho!
- ¡Pablo! -Sara me sacó del trance, y lloré. Acababa de hacerlo de nuevo.
- Así que eso era, ¡solo me querías para follar! -Blanca se metió en la habitación sin cerrar la puerta y empezó a meter sus cosas en la mochila.
- ¡No, Blanca! No era solo eso -miré a Sara -yo te echaba de menos, yo te quería, y te quiero, pero ella vino a casa y me conquistó... No sé cómo pasó, pero me vi en la cama con ella y todo parecía indicar que tenía que pasar, ¡pero ella era solo una amiga! ¡Le conté lo nuestro y me aconsejó seguir adelante!
- Espera, espera, ¿ella sabía de mi existencia? -Sara ya estaba enfadada, pero ahora estaba rabiosa. Se levantó y miró a la habitación -Y aún sabiendo que yo estaba en su vida, que había una persona, ¿fuiste tan zorra de venir a por él?
- ¡Me invitó a cenar! ¡Y yo tenía novio! -Blanca salió de la habitación y le gritó a Sara. Mala idea, Blanca.
- ¿Y teniendo novio eres tan guarra de meterte en su cama? Dime Cielo, ¿cómo ocurrió? -si algo me estaba ayudando a salir adelante era saber que Sara estaba conmigo.
- Bueno, cenamos juntos, se me cayó el batido encima y cuando me estaba duchando para quitármelo ella se resbaló limpiando y se hizo daño en el tobillo.
- ¡No me jodas! ¿Y caíste en esa mierda? -empezó a reírse sonoramente. Blanca parecía muy enfadada, y yo empezaba a asustarme -"Oh, Pablo, estoy herida, ayúdame, mi hérore..." Cariño, a veces eres muy pavo.
- ¿De qué coño vas, hija de la gran puta?
- ¡Chicas, silencio! -grité yo, y muy alto. Nuka estaba escondido detrás de un mueble y temblando. Me acerqué a él y lo acaricié un instante. Ronroneó y lo cogí para llevarlo a la habitación y cerrar la puerta. No se merecía sufrir esto -La ocasión nos invitó a ambos a dar el paso, y después de problemas con su ahora ex, me la traje a casa porque no tiene dónde vivir.
- Espera, que esta también me la sé -Sara se levantó y se acercó a Blanca -No tienes dónde vivir, pero llamaste a Pablo para que te recogiera, le lloraste un poquito y con la excusa de que ibas a buscar dónde vivir te viniste aquí. ¿Me equivoco?
- Yo quería buscar un sitio donde vivir, pero fue él quien me lo propuso -Blanca era notablemente más alta que Sara, y se acercó un poco más haciendo que ésta tuviera que levantar la mirada -y tenía la esperanza de que no aparecieras nunca más para quedarme con él.
- Pues mira dónde estoy, zorra -Sara sacó la mejor de la sonrisas y le dejó paso hacia la puerta -y tú estás en el sitio equivocado.
- Eres un cabrón, Pablo -Blanca cogió su mochila del suelo y se dirigió a la puerta -has jugado conmigo como te ha dado la gana.
- No estaba seguro -bajé la cabeza -y tenía miedo por si no volvía a sentir lo mismo por ella -en ese momento cogí la mano de Sara -pero poco a poco me he dado cuenta de que ella es la persona a la que amo. Y quería solucionar esto cuanto antes. Mejor ahora que cuando hubiera avanzado más y te hubiera hecho falsas ilusiones...
- El loco y la zorra juntos de nuevo en su puto agujero de mierda -Blanca abrió la puerta de casa y echó un vistazo a todo, además de escupir en el suelo -pediré el traslado a otro departamento ahora mismo. Has sido lo peor que me ha pasado en la vida.
- Eh, zorra, ya sobras aquí -Sara se dirigió a la puerta y la fue cerrando -no nos vuelvas a molestar, ¿vale? ¡Suerte! -y cerró la puerta en sus narices.
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martes, 25 de febrero de 2014
lunes, 24 de febrero de 2014
52. Romper con todo
- Bienvenido a mi pequeño infierno -dijo Sara cuando me llevó a su habitación, si es que se le podía llamar a eso "habitación". Una cama bastante pequeña y deshecha, aunque acorde al tamaño de su dueña, una mesa con dos sillas de plástico y un armario con la puerta rota decoraban un cuarto cuya ventana daba al patio interior de un bloque en medio de un barrio oculto -no es mucho, pero es íntimo.
- ¿Íntimo? Yo diría que es más bien pequeño...
- Estoy pagando una miseria para estar aquí, y encima tengo Internet con el precio. ¿Qué más puedo pedir?
- Puedes pedir mucho más, Sara -me senté en una de las sillas que crujió cuando apoyé mi peso en ella.
- Me conformo con esto, la verdad. ¿Qué quieres de comer? Puedo prepararlo ahora mismo...
- ¿No quieres ir a comer fuera? -dije, mirando alrededor. Sentía que si hablaba muy alto me escucharían todos los vecinos del edificio.
- Me apetecía estar contigo aquí, espero que no te importe... -se sentó en su cama y me miró. Por suerte parecía estar tranquila, y no quería cambiar eso.
- No, no, está bien. Pero pidamos algo de comer, ¿te parece?
- ¡Comida china! -Sara se levantó alegre y se dirigió a la puerta -iré al salón y usaré el teléfono fijo para pedir. ¿Lo de siempre?
- Si, claro, lo de siempre -sonreí y se marchó devolviéndome la sonrisa. Justo en ese momento, sonó mi móvil -¿dígame?
- Hola Pablo, soy yo -escuché a Blanca entre los ruidos de una cocina en plena actividad -la comida está casi lista, ¿qué te han dicho en el médico?
- Luego te cuento, voy a comer con Ángel Luis... Siento no haberte avisado antes.
- Vaya... tranquilo, lo guardaré para la cena -su voz sonaba triste después de la noticia -te lo guardaré para cenar.
- Perfecto, muchas gracias.
- Luego nos vemos, adiós -colgó el teléfono sin dejarme siquiera despedirme. Me sentó bastante mal, la verdad.
Sara volvió al rato y dijo que no tardarían mucho. Estuvimos charlando sobre su despido, y me dijo que no le importaba, que esa mañana había estado echando algunos currículum en los establecimientos cercanos a ese barrio y que antes o después la llamarían por su experiencia. Parecía algo preocupada por ese tema, aunque yo conocía bien a Sara y sabía que estaba preocupada por algo más que por no encontrar trabajo.
- ¿Qué te ocurre? -pregunté con preocupación y me senté con cuidado a su lado en la cama. Crujió también, al igual que la silla.
- Bueno... Mira alrededor -no costaba mucho hacerlo, con nada podías hacer un recuento de lo que ahí había -no estoy acostumbrada a esto. Solía estar en una casa, con todo lo que tiene sin tener que compartirlo con dos tíos raros y una lesbiana, y solía dormir en una cama grande, y acompañada...
- Después de todo -miré a la cama, y después a Sara -la cama es más pequeña, pero la compañía con la que dormías está contigo.
- Si... Pero entiende que aún me cueste confiar en ti.
- Sara, te he dicho la verdad -no era capaz de mirarme a los ojos, pero estaba claro que me estaba escuchando -nunca te engañé y nunca quise hacerte daño. Todo fue un asqueroso malentendido, una zorra que lo planeó todo...
- Mírame a los ojos, Pablo -otra vez me sentí atravesado por su mirada vidriosa por las lágrimas -Mírame y júrame que no me engañaste con ella.
- Sara, te lo juro -temblé un poco al principio, pero eso si lo puedo jurar. Nunca la engañé con Susana, y técnicamente ahora no estábamos juntos, así que tampoco era engaño -Créeme, por favor... -y yo también me eché a llorar.
La balanza se inclinó un poco más. No podía evitarlo, era imposible. Lo que yo sentía por Sara no podía cambiar de la noche a la mañana. Lo que luché, lo que viví... Todo eso hizo mella en todo mi ser y me hizo sentir de nuevo tan enamorado de Sara como siempre había estado, me sacó del estado de trance en el que me encontraba. Eso... y su beso. Su beso que me devolvió a la vida y, definitivamente, decantó mi balanza del todo. Blanca no sabía besarme como Sara lo hacía. Me tumbó sobre aquella cama y se sentó encima mía. De nuevo sentí aquel fuego que solía atraparme cuando ella me dominaba, cuando ella tomaba control de todo lo que nos unía, y me dejé llevar. Retiré su camiseta y ella tiró de mí hasta dejarme sentado y quitarme la mía. Todo el tiempo que habíamos pasado separados se reflejó en un momento de pasión. Quería ponerme encima, pero no había manera. Entre el tamaño de la cama y que Sara demostró todo lo salvaje que podía ser, no era capaz. Me quitó los pantalones y se quitó los suyos, estaba muy delgada, pero yo también, y cuando ya se nos iban las manos llamaron a la puerta de la habitación. Ella gritó con rabia y me arañó en el pecho, llegando incluso a hacerme sangre. Se levantó y abrió la puerta, sin más.
- ¿Qué coño quieres? -exclamó en alto al tipo con gorra en la puerta.
- La comida... -levantó una bolsa con miedo y Sara la cogió con violencia. Se dio la vuelta para dejarla en la mesa, haciendo que la mirada del repartidor se posara en su trasero y en mi evidente erección bajo mi ropa interior -son dieciséis con ochenta...
- Toma -ella le dio un billete de veinte euros y cerró la puerta en su cara -¡quédate el cambio!
- Cielo, tu mala hostia me pone... -la miré y se volvió a sentar encima de la ya mencionada erección que encajó bastante bien en lo poco que cubría su tanga.
- Ah, ¿si? -me agarró del cuello y se acercó a mí rostro, mientras que con la otra mano iba quitando mis calzoncillos del camino que seguía mi erección -pues demuéstralo.
Me agarré a sus caderas, sabía que venía el vendaval, y ella comenzó a moverse lentamente. No dejaba de mirarme, ni de morderse el labio. Sus movimientos empezaron a describir curvas, era como si bailara encima mía, y yo empezaba a perder la cabeza. Cuando me levantaba para intentar besarla, ella hacía fuerza en mi cuello que mantenía agarrado y me dejaba tumbado de nuevo. Su sensual movimiento de cadera cambió, ahora saltaba poco a poco para salir y entrar un poco, y cuando quise darme cuenta estaba moviendo yo también las caderas bajo sus gritos de placer y los crujidos de la maltrecha cama. Cuando no pude más la levanté en volandas y la tiré sobre la cama, la cual sentí que se rompía un poco con el golpe. Arranqué su sujetador y su tanga y ella mi ropa interior. Nos había dominado la bestia, y volví a entrar salvajemente agarrándola de las muñecas y mordiendo su cuello con el correspondiente grito. Yo no me andaba con gilipolleces, yo embestía con fuerza y ella parecía agradecerlo, aunque me devolvió el mordisco en el cuello y en el labio haciéndome sangre de nuevo. No recuerdo cuanto tiempo estuve ahí, pero en cuanto ella se sintió aprisionada me tiró al suelo y se lanzó con un salto desde la cama sobre mí. Yo la cogí al vuelo y la levanté en volandas, cosa que ella no se esperaba. De ahí la llevé contra el armario y cogida en brazos seguí con mis embestidas. Sara gritaba de placer, y yo también. Sus arañazos eran profundos, pero no me importaba, yo seguía golpeando con fuerza. La dejé caer y la di la vuelta para seguir por detrás, cogiendo sus muñecas y poniéndolas contra las puertas del armario para que no se moviera. Seguimos y seguimos hasta que nuestros gritos nos indicaron que estábamos a punto de llegar, y así fue. Terminamos a la vez contra aquel armario cuya puerta, al apartarnos, terminó de caer.
- Necesitaba esto -Sara comía desnuda en la mesa, y yo con ella
- Dímelo a mí, que estoy sangrando...
- Ya sé que soy muy bestia, te he dejado fino con los arañazos -miró mi espalda y pasó su mano por toda ella. Cuando quitó la mano estaba empapada en sangre y se limpió con una servilleta -debería curarte eso.
- Ahora nos damos una ducha, tranquila.
- Mi pregunta ahora es... -miró a la habitación -¿cómo explico yo esto?
- Pagaré yo los desperfectos -la cama partida por la mitad, el armario destrozado y los vecinos mirando por la ventana con una mezcla entre curiosidad, miedo y morbo.
- Oye, Pablo -Sara y su dulzura siempre podían conmigo -¿podría dormir esta noche contigo?
- Pues... -recordé las palabras del doctor y sonreí -haz la maleta, quiero que vuelvas a casa.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- ¿Íntimo? Yo diría que es más bien pequeño...
- Estoy pagando una miseria para estar aquí, y encima tengo Internet con el precio. ¿Qué más puedo pedir?
- Puedes pedir mucho más, Sara -me senté en una de las sillas que crujió cuando apoyé mi peso en ella.
- Me conformo con esto, la verdad. ¿Qué quieres de comer? Puedo prepararlo ahora mismo...
- ¿No quieres ir a comer fuera? -dije, mirando alrededor. Sentía que si hablaba muy alto me escucharían todos los vecinos del edificio.
- Me apetecía estar contigo aquí, espero que no te importe... -se sentó en su cama y me miró. Por suerte parecía estar tranquila, y no quería cambiar eso.
- No, no, está bien. Pero pidamos algo de comer, ¿te parece?
- ¡Comida china! -Sara se levantó alegre y se dirigió a la puerta -iré al salón y usaré el teléfono fijo para pedir. ¿Lo de siempre?
- Si, claro, lo de siempre -sonreí y se marchó devolviéndome la sonrisa. Justo en ese momento, sonó mi móvil -¿dígame?
- Hola Pablo, soy yo -escuché a Blanca entre los ruidos de una cocina en plena actividad -la comida está casi lista, ¿qué te han dicho en el médico?
- Luego te cuento, voy a comer con Ángel Luis... Siento no haberte avisado antes.
- Vaya... tranquilo, lo guardaré para la cena -su voz sonaba triste después de la noticia -te lo guardaré para cenar.
- Perfecto, muchas gracias.
- Luego nos vemos, adiós -colgó el teléfono sin dejarme siquiera despedirme. Me sentó bastante mal, la verdad.
Sara volvió al rato y dijo que no tardarían mucho. Estuvimos charlando sobre su despido, y me dijo que no le importaba, que esa mañana había estado echando algunos currículum en los establecimientos cercanos a ese barrio y que antes o después la llamarían por su experiencia. Parecía algo preocupada por ese tema, aunque yo conocía bien a Sara y sabía que estaba preocupada por algo más que por no encontrar trabajo.
- ¿Qué te ocurre? -pregunté con preocupación y me senté con cuidado a su lado en la cama. Crujió también, al igual que la silla.
- Bueno... Mira alrededor -no costaba mucho hacerlo, con nada podías hacer un recuento de lo que ahí había -no estoy acostumbrada a esto. Solía estar en una casa, con todo lo que tiene sin tener que compartirlo con dos tíos raros y una lesbiana, y solía dormir en una cama grande, y acompañada...
- Después de todo -miré a la cama, y después a Sara -la cama es más pequeña, pero la compañía con la que dormías está contigo.
- Si... Pero entiende que aún me cueste confiar en ti.
- Sara, te he dicho la verdad -no era capaz de mirarme a los ojos, pero estaba claro que me estaba escuchando -nunca te engañé y nunca quise hacerte daño. Todo fue un asqueroso malentendido, una zorra que lo planeó todo...
- Mírame a los ojos, Pablo -otra vez me sentí atravesado por su mirada vidriosa por las lágrimas -Mírame y júrame que no me engañaste con ella.
- Sara, te lo juro -temblé un poco al principio, pero eso si lo puedo jurar. Nunca la engañé con Susana, y técnicamente ahora no estábamos juntos, así que tampoco era engaño -Créeme, por favor... -y yo también me eché a llorar.
La balanza se inclinó un poco más. No podía evitarlo, era imposible. Lo que yo sentía por Sara no podía cambiar de la noche a la mañana. Lo que luché, lo que viví... Todo eso hizo mella en todo mi ser y me hizo sentir de nuevo tan enamorado de Sara como siempre había estado, me sacó del estado de trance en el que me encontraba. Eso... y su beso. Su beso que me devolvió a la vida y, definitivamente, decantó mi balanza del todo. Blanca no sabía besarme como Sara lo hacía. Me tumbó sobre aquella cama y se sentó encima mía. De nuevo sentí aquel fuego que solía atraparme cuando ella me dominaba, cuando ella tomaba control de todo lo que nos unía, y me dejé llevar. Retiré su camiseta y ella tiró de mí hasta dejarme sentado y quitarme la mía. Todo el tiempo que habíamos pasado separados se reflejó en un momento de pasión. Quería ponerme encima, pero no había manera. Entre el tamaño de la cama y que Sara demostró todo lo salvaje que podía ser, no era capaz. Me quitó los pantalones y se quitó los suyos, estaba muy delgada, pero yo también, y cuando ya se nos iban las manos llamaron a la puerta de la habitación. Ella gritó con rabia y me arañó en el pecho, llegando incluso a hacerme sangre. Se levantó y abrió la puerta, sin más.
- ¿Qué coño quieres? -exclamó en alto al tipo con gorra en la puerta.
- La comida... -levantó una bolsa con miedo y Sara la cogió con violencia. Se dio la vuelta para dejarla en la mesa, haciendo que la mirada del repartidor se posara en su trasero y en mi evidente erección bajo mi ropa interior -son dieciséis con ochenta...
- Toma -ella le dio un billete de veinte euros y cerró la puerta en su cara -¡quédate el cambio!
- Cielo, tu mala hostia me pone... -la miré y se volvió a sentar encima de la ya mencionada erección que encajó bastante bien en lo poco que cubría su tanga.
- Ah, ¿si? -me agarró del cuello y se acercó a mí rostro, mientras que con la otra mano iba quitando mis calzoncillos del camino que seguía mi erección -pues demuéstralo.
Me agarré a sus caderas, sabía que venía el vendaval, y ella comenzó a moverse lentamente. No dejaba de mirarme, ni de morderse el labio. Sus movimientos empezaron a describir curvas, era como si bailara encima mía, y yo empezaba a perder la cabeza. Cuando me levantaba para intentar besarla, ella hacía fuerza en mi cuello que mantenía agarrado y me dejaba tumbado de nuevo. Su sensual movimiento de cadera cambió, ahora saltaba poco a poco para salir y entrar un poco, y cuando quise darme cuenta estaba moviendo yo también las caderas bajo sus gritos de placer y los crujidos de la maltrecha cama. Cuando no pude más la levanté en volandas y la tiré sobre la cama, la cual sentí que se rompía un poco con el golpe. Arranqué su sujetador y su tanga y ella mi ropa interior. Nos había dominado la bestia, y volví a entrar salvajemente agarrándola de las muñecas y mordiendo su cuello con el correspondiente grito. Yo no me andaba con gilipolleces, yo embestía con fuerza y ella parecía agradecerlo, aunque me devolvió el mordisco en el cuello y en el labio haciéndome sangre de nuevo. No recuerdo cuanto tiempo estuve ahí, pero en cuanto ella se sintió aprisionada me tiró al suelo y se lanzó con un salto desde la cama sobre mí. Yo la cogí al vuelo y la levanté en volandas, cosa que ella no se esperaba. De ahí la llevé contra el armario y cogida en brazos seguí con mis embestidas. Sara gritaba de placer, y yo también. Sus arañazos eran profundos, pero no me importaba, yo seguía golpeando con fuerza. La dejé caer y la di la vuelta para seguir por detrás, cogiendo sus muñecas y poniéndolas contra las puertas del armario para que no se moviera. Seguimos y seguimos hasta que nuestros gritos nos indicaron que estábamos a punto de llegar, y así fue. Terminamos a la vez contra aquel armario cuya puerta, al apartarnos, terminó de caer.
- Necesitaba esto -Sara comía desnuda en la mesa, y yo con ella
- Dímelo a mí, que estoy sangrando...
- Ya sé que soy muy bestia, te he dejado fino con los arañazos -miró mi espalda y pasó su mano por toda ella. Cuando quitó la mano estaba empapada en sangre y se limpió con una servilleta -debería curarte eso.
- Ahora nos damos una ducha, tranquila.
- Mi pregunta ahora es... -miró a la habitación -¿cómo explico yo esto?
- Pagaré yo los desperfectos -la cama partida por la mitad, el armario destrozado y los vecinos mirando por la ventana con una mezcla entre curiosidad, miedo y morbo.
- Oye, Pablo -Sara y su dulzura siempre podían conmigo -¿podría dormir esta noche contigo?
- Pues... -recordé las palabras del doctor y sonreí -haz la maleta, quiero que vuelvas a casa.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
domingo, 23 de febrero de 2014
51. Sin cita previa
Me levanté de la cama aquella mañana tan nublada como mis pensamientos. Blanca dormía desnuda en mi cama, y yo me puse los pantalones de pijama que tenía en el suelo. Volví a dormir bien, y eso era un alivio, después de todo, pero esa precisa mañana yo no pensaba en eso. Lo que hice fue coger mi móvil y dirigirme a la pequeña terraza. Hacía frío, y yo solo tenía puestos unos pantalones, pero me daba igual, tenía que hacerlo. Tenía que darme una dosis de tortura y era la forma más rápida. Miré mi móvil y busqué su nombre en la agenda. Fui recorriéndola poco a poco con el dedo hasta que llegué a la "S" y la encontré.
- Buenos días, preciosa -dije, con la voz bastante afectada por el alcohol y los gritos de la noche anterior -¿cómo te va la mañana?
- Buenos días -respondió ella, con un tono de voz alegre -me has pillado a un rato de entrar al curro. ¿Qué tal has dormido hoy? Se te nota algo afónico.
- Hoy he dormido algo mejor, por suerte para mí -su voz me hacía sentir vivo, el calor que sentía cuando me lo decía en la cama, y no por teléfono -pero bueno, me encuentro algo mal, así que hoy iré al médico a ver qué me dice.
- En cuanto sepas algo, llámame, ¿vale? -sonaba preocupada, y que se preocupara por mi (como creo que ya he dicho varias veces) me hacía sentir mejor.
- Claro, claro. ¿Qué tal has dormido tú?
- Llevo un tiempo sin apenas dormir, Pablo -era algo que noté, pero tampoco quería entrar mucho al trapo -le llevo mucho tiempo dando vueltas a tantas cosas que... No sé, no soy capaz de pegar ojo.
- Te comprendo perfectamente, estoy igual, por eso voy al médico hoy.
- Oye... ¿quieres que nos veamos hoy después del médico? -parecía una niña pidiendo un caramelo, y yo me derretía a pesar del frío.
- Claro, me encantaría. ¿Hoy no trabajas?
- Me han despedido... El día del partido no fui a trabajar, y terminaba el contrato el día que comimos juntos. Prefirieron no renovarme...
- Lo siento muchísimo, Sara... -estaba bastante preocupado, para qué mentir -¿y qué tienes pensado hacer?
- No lo sé, de verdad que no. Luego hablamos, voy a entrar a por algunas cosas al Paro. ¿Me llamas cuando salgas del médico?
- Claro Cielo -cagada enorme -luego te aviso.
- Pasa un buen día, Amor.
Colgó ella. Y me dejó colgado a mí. De nuevo, bajo la capa de nubes de mi amada Madrid, la balanza se había vuelto a equilibrar, y de nuevo había cambiado de lado de forma drástica. Me quedé un rato enorme ahí mirando al infinito cuando la puerta se abrió. Blanca, rascándose los ojos y vistiendo mi camiseta de pijama, me sacó del trance.
- ¿Qué haces ahí, Pablo? -dijo cuando me vio -hace mucho frío.
- Quería ver cómo estaba el día -claro que si, campeón -y despejarme un poco. Hoy iré al médico, pediré cita de urgencia.
- Está bien... ¿Pero qué te ocurre?
- Nada, que me quedé sin pastillas.
Me metí en la ducha y me quedé mucho tiempo ahí. Estaba bastante relajado, tranquilo, y necesitaba un poco de paz. Me había metido en una situación bastante jodida de superar, y lloré. Lloré en silencio para no llamar la atención de Blanca, que estaba haciendo el desayuno en la cocina. Cuando conseguí calmarme terminé de enjabonarme y me vestí. Y después de un delicioso desayuno bajé al garaje y me subí al coche en dirección al médico. Por suerte, cuando llegué y pedí cita, tenía un hueco libre.
- Buenos días, Pablo -mi doctor me conocía bien, eran muchos años pasándome consulta -qué, ¿cómo van esos terrores nocturnos?
- Mire, de eso venía yo a hablarle. Hace dos noches me desperté en medio de la Gran Vía después de una horrible pesadilla, y casi me ve en la morgue y no aquí.
- Joder, eso no es bueno -el médico abrió los ojos como platos -dime ¿qué viste en esa pesadilla?
- Era mi propia voz poniéndome a parir. No sé, estoy asustado.
- ¿Tomas las pastillas? -dijo mientras anotaba rápidamente en su ordenador
- Bueno, hasta hace un par de semanas si, pero dejé de tomarlas porque me encontraba mejor...
- Vaya... ¿Estás pasando por alguna situación emocional de tensión? -si, mi doctor me conocía.
- Es una historia muy larga. Todo mi mundo se vino abajo en menos de diez minutos pero poco a poco lo estoy reconstruyendo, aunque ahora... Ahora me encuentro en una encrucijada.
- Eso suena a mal de amores.
- Lo es. Mi pareja me dejó y cuando tengo la oportunidad de arreglarlo aparece alguien que me hace sentir si no igual, mejor que ella.
- La hostia, ¡con lo bonito que es tener una sola mujer en la vida!
- Suerte que tendrá usted.
- Desde luego. Con mi novio no me pasan estas cosas.
- ¿Novio? -eso me descuadró.
- Si, bueno, estoy casado con mi chico, todo de lujo, y eso que pasé por algo similar, pero no estamos hablando de mí.
- Qué suerte tiene usted...
- Sin duda. Creo que usted tiene un problema grave, Pablo, un principio de doble personalidad, pero creo que es algo temporal -el doctor miró la pantalla de su ordenador y tecleó de nuevo -lo que debes hacer, hasta que solventes tu problema emocional, es seguir tomando las Tiadiponas. Lograrás mantener una estabilidad y podrás dormir. Pero deberías plantearte en tomar una decisión, y rápido.
- Gracias, doctor.
- Para eso estamos.
- Y sabiendo que usted pasó algo igual... ¿Qué me recomienda?
- Bueno, en eso... -cogió la receta, la firmó y la selló -Mi decisión fue sencilla. Tenía a los dos delante, los miré y supe con quién quería estar.
- Eso es muy arriesgado...
- Desde luego. Pero cuando lo haces, te sientes más tranquilo. Te lo aseguro.
- Gracias otra vez.
- Anda, recupérate.
jueves, 20 de febrero de 2014
50. Tú y yo
Llegamos a casa después de cruzar de nuevo el centro de Madrid. Pasé antes por una gasolinera para alimentar a la bestia, ya que había hecho bastantes kilómetros y bastante rápido, y ya pedía algo de comida. Lo aparqué en el garaje y subí la mochila de Blanca mientras ella me seguía en dirección al ascensor. Lo que había en su interior podría describirse como una olla a presión de sentimientos. Mi capacidad analítica se había ido al carajo cuando la miré al salir del coche. Era muy extraño, no sabía cómo se sentía ni cómo podía hacer que se sintiera mejor. En el fondo de su ser si había alegría, pero también había dolor. Era tan extraña la mezcla de sentimientos que cuando la dije que ya estábamos llegando me sonrió con ganas, pero estaba llorando. No sabía cómo actuar.
Cuando llegamos a casa Nuka me maulló desde el sofá. Solía hacerlo cuando venía solo o cuando quien me acompañaba era un habitual, como si viviera allí. Eso me sacó de sitio. ¿Cómo era capaz Nuka de maullarle así a Blanca? Si solo la había visto una vez... Llevé sus cosas a la habitación, y cuando volví se había tumbado en el sofá, y entonces si que me sorprendí: Nuka, el "valiente", se había tumbado en el estómago de Blanca. Ella mientras acarició su lomo, y el gato no hacía más que ronronear. No me lo podía creer.
- Nuka, hora de cenar -dije mientras vaciaba una lata de comida de gato en su cuenco y le rellenaba el del agua -deja que Blanca descanse.
- Venga, pequeño, luego te acaricio un rato más -Nuka le lamió la nariz y se dirigió a su comida -es un amor de gato.
- Mi fiel compañero de piso -me senté a su lado y ella instintivamente se acomodó sobre mí, apoyando su cabeza en mi regazo -Ya llevamos unos cuantos años juntos. Pero como no hace ejercicio, el muy cabrón está engordando...
- Déjale, el verdadero dueño de la casa es él...
- Es mi compañero de piso, nada más -eso me había cabreado -no es dueño de nada.
- Es un gato -ella miró al gato de reojo -tú eres su mascota, de hecho, tú eres su sirviente. Piénsalo bien. Esta es su casa porque él no sale de ella, tú le das de comer, de beber, le acaricias, le sirves de almohada y le llevas al veterinario.
- Joder, tienes razón... -puto gato. Tantos años y ahora empezaba a cabrearme verle comer tan tranquilo en su cuenco.
- Tú no tienes un gato. El gato te tiene a ti.
- Al menos tengo el consuelo de que no soy su único sirviente... -miré a su magullado rostro y ella dejó ver una media sonrisa.
- Si voy a convivir contigo será en calidad de sirviente de Nuka, ya me estoy acostumbrando a eso.
- Como en tu casa, si es que podemos decir que es nuestra y no de ese felino asqueroso...
- ¿Nuestra...? -se hizo el silencio. Ya me había ido de la lengua, por supuesto.
- Bueno, si estás como en casa y ambos vivimos aquí, es nuestra, ¿no? -intenta arreglarlo, palurdo.
- Yo solo estoy aquí temporalmente hasta que encuentre algo...
- No tiene por qué...
- ¿Cómo? -¡Otra vez, Pablo!
- No sé, puedes estar el tiempo que quieras, ¡incluso podemos compartir piso!
- Pero solo hay una habitación... -A ver cómo cojones arreglas esto, majo.
- Hasta ahora no hemos tenido problemas en lo de dormir juntos... -¡Di que si! ¡Un aplauso al soplapollas de Pablo Espinosa por su gran interpretación! "Quiero dedicar este premio de la Academia..."
- Pero... ¿Y Sara? -que alguien traiga un desfibrilador, a este tío le va a dar un ataque -¿cómo están las cosas con ella?
- No hablemos de Sara -no, para qué... -ahora vamos a pasar un tiempo tú y yo. Y es lo que importa ahora mismo: Tú y yo.
- Tú y yo... -Blanca se acomodó un poco mejor y acarició mi brazo -pensé que no querías más "Tú y yo".
- ¿Por qué dices eso? -la miré a los ojos y acaricié su rostro. Ella me lanzó una mirada vidriosa por las lágrimas.
- Porque no me has besado al llegar, y te has burlado de mí antes con la canción, y...
No dejé que siguiera dudando que no quería nada con ella. La besé con toda la intensidad que había dentro de mí, borré por un momento las dudas, puse todo el peso de mi balanza en el lado de Blanca y me dejé llevar. Ella era lo que necesitaba, ella era quien estaba en mi casa, deseando tenerme, y no le dejé con las ganas de que me tomara. Cuando la besé decidí tumbarme sobre ella, pero fue ella la que se adelantó y me fue empujando poco a poco contra el sofá hasta quedarse encima mía. Sus besos eran increíbles, no era simplemente algo bonito, era mucho más. Cada beso que me daba hablaba de más cosas que todas las líneas que he escrito de mi historia, cada caricia era un verdadero viaje por un paraíso más allá de lo terrenal, de lo imaginable. La pasión no era un método, sino un medio. Un medio para hacer que ella y yo voláramos más allá de los límites. Mi Corazón latía sin parar, cada vez más acelerado, cada vez más fuerte, golpeando fuerte contra la caja torácica, casi llamando a la puerta de su también acelerado Corazón. La abracé, la abracé con toda mi energía y ella tomó con sus suaves manos mi rostro para devolverme la energía en forma de beso. Lo que daba, lo recibía. Lo que entregaba me era devuelto, y eso me hacía sentir mejor que nunca.
Justo después de terminar ese beso ella me miró a los ojos, y sentí como miraba dentro de mí, dentro de lo que soy, de lo que sentía. Sabía que tenía dudas, pero también sabía que podía poner definitivamente todo el peso en su lado de la balanza, y sonrió. Sonrió con la felicidad que tan contento me hacía sentir a mí. De repente su sonrisa se tornó en una algo más macabra y su mirada cambió. Su lado salvaje estaba tomando posesión de su dolorido cuerpo. Se levantó del sofá y con el dedo me indicó que la siguiera. Ahora era mi lado salvaje el que se estaba adueñando de mí, y la seguí. Entró en la habitación y desapareció de mi vista. Entré buscándola, pero ella me encontró a mí, y se lanzó encima mía empujándome contra la cama, que crujió bajo nuestro peso. Ahora sus besos eran casi irracionales, el mensaje tan complicado que trasmitían se convirtió en mordiscos, era animal. Yo dejé que mi bestia interior me llevara y cuando quise darme cuenta en mis manos descansaban los jirones de lo que era su camiseta, y su respiración era agitada, casi entre gruñidos. Me agarró de las muñecas y me dominó por completo, nos retorcíamos por ser dueños de la situación, pero cuando me fui a lanzar con fuerza para ponerme encima encontré una resistencia: mis manos estaban esposadas al cabecero de mi cama. La bestia se fue un momento para mirar a Blanca sonreír encima mía y morderse el labio inferior.
- ¿Cómo cojones has...? -ella puso su mano en mi boca, no dejándome hablar.
- Las tenía en la mochila, preparadas por si algo así ocurría -seguía mordiéndose el labio, y eso me ponía cada vez más -ahora mi jefe está esposado a su cama y su pobre empleada va a tener que castigarle por lo que ha hecho en el coche...
- ¡Era una canción! -traté de moverme, pero ella había afianzado bien su posición.
- Shhh, cállate, cuanto más te quejes, peor será...
Levantó mi camiseta y volvió a besarme, para después ir bajando por mi cuello. Yo solo era capaz de sentir escalofríos, y más cuando mordía o chupaba para dejar una marca en mi cuerpo. Mi respiración se tornó en gemidos, y en gritos cuando alcanzó mis caderas, en las que descubrió miles de puntos débiles que yo no recordaba tener ahí. Terminó de desnudarme y subió hasta mi entrepierna. Y entonces si que grité. Yo no imaginaba que eso fuera tan, tan placentero. Me faltaba la respiración, y mi animal hacía lo posible para soltarse, pero seguí atado hasta que ambos terminamos de divertirnos.
- Recuento de daños, gente -el Cerebro estaba mareado, solo escuchaba quejidos de dolor y a algunas partes del cuerpo ni las escuchaba.
- Necesitamos más oxígeno -los pulmones suspiraron con rabia -¡no podemos seguir con este ritmo!
- ¡Plaquetas por la zona de las costillas! -la piel estaba demasiado saturada, no sabía dónde actuar -hay varios arañazos profundos y tenemos que hacer cicatrizar esas heridas.
- ¡Corazón, rápido! -las órdenes del Cerebro no eran del todo claras -¿quieres relajarte y empezar a trabajar?
- Cerebro, ¿qué cojones te ha pasado? ¡Durante esta última hora y media no has sido tú!
- Lleva sangre a los brazos, están doloridos por estar esposados.
- ¡No me cambies de tema, Cerebro! -Corazón parecía enfadado -¿Qué ha pasado? ¿Tenía que ver en algo de este el Pene?
- A mí no me mires, estoy destrozado... ¿De dónde coño habéis sacado a esta pantera? ¡Me ha mordido!
- Cuando el Cerebro nos diga qué ha pasado, empezaremos a trabajar -el Corazón fue tajante. Todos estaban pendientes de las palabras del jefe.
- No he sido yo... He perdido el control... Las órdenes venían de arriba, han prescindido de mi uso.
- ¿De arriba...? -el Pene tembló asustado -¿Quieres decir que no has sido racional en ningún momento?
- Yo... Yo acabo de llegar. Lo siento, chicos.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Cuando llegamos a casa Nuka me maulló desde el sofá. Solía hacerlo cuando venía solo o cuando quien me acompañaba era un habitual, como si viviera allí. Eso me sacó de sitio. ¿Cómo era capaz Nuka de maullarle así a Blanca? Si solo la había visto una vez... Llevé sus cosas a la habitación, y cuando volví se había tumbado en el sofá, y entonces si que me sorprendí: Nuka, el "valiente", se había tumbado en el estómago de Blanca. Ella mientras acarició su lomo, y el gato no hacía más que ronronear. No me lo podía creer.
- Nuka, hora de cenar -dije mientras vaciaba una lata de comida de gato en su cuenco y le rellenaba el del agua -deja que Blanca descanse.
- Venga, pequeño, luego te acaricio un rato más -Nuka le lamió la nariz y se dirigió a su comida -es un amor de gato.
- Mi fiel compañero de piso -me senté a su lado y ella instintivamente se acomodó sobre mí, apoyando su cabeza en mi regazo -Ya llevamos unos cuantos años juntos. Pero como no hace ejercicio, el muy cabrón está engordando...
- Déjale, el verdadero dueño de la casa es él...
- Es mi compañero de piso, nada más -eso me había cabreado -no es dueño de nada.
- Es un gato -ella miró al gato de reojo -tú eres su mascota, de hecho, tú eres su sirviente. Piénsalo bien. Esta es su casa porque él no sale de ella, tú le das de comer, de beber, le acaricias, le sirves de almohada y le llevas al veterinario.
- Joder, tienes razón... -puto gato. Tantos años y ahora empezaba a cabrearme verle comer tan tranquilo en su cuenco.
- Tú no tienes un gato. El gato te tiene a ti.
- Al menos tengo el consuelo de que no soy su único sirviente... -miré a su magullado rostro y ella dejó ver una media sonrisa.
- Si voy a convivir contigo será en calidad de sirviente de Nuka, ya me estoy acostumbrando a eso.
- Como en tu casa, si es que podemos decir que es nuestra y no de ese felino asqueroso...
- ¿Nuestra...? -se hizo el silencio. Ya me había ido de la lengua, por supuesto.
- Bueno, si estás como en casa y ambos vivimos aquí, es nuestra, ¿no? -intenta arreglarlo, palurdo.
- Yo solo estoy aquí temporalmente hasta que encuentre algo...
- No tiene por qué...
- ¿Cómo? -¡Otra vez, Pablo!
- No sé, puedes estar el tiempo que quieras, ¡incluso podemos compartir piso!
- Pero solo hay una habitación... -A ver cómo cojones arreglas esto, majo.
- Hasta ahora no hemos tenido problemas en lo de dormir juntos... -¡Di que si! ¡Un aplauso al soplapollas de Pablo Espinosa por su gran interpretación! "Quiero dedicar este premio de la Academia..."
- Pero... ¿Y Sara? -que alguien traiga un desfibrilador, a este tío le va a dar un ataque -¿cómo están las cosas con ella?
- No hablemos de Sara -no, para qué... -ahora vamos a pasar un tiempo tú y yo. Y es lo que importa ahora mismo: Tú y yo.
- Tú y yo... -Blanca se acomodó un poco mejor y acarició mi brazo -pensé que no querías más "Tú y yo".
- ¿Por qué dices eso? -la miré a los ojos y acaricié su rostro. Ella me lanzó una mirada vidriosa por las lágrimas.
- Porque no me has besado al llegar, y te has burlado de mí antes con la canción, y...
No dejé que siguiera dudando que no quería nada con ella. La besé con toda la intensidad que había dentro de mí, borré por un momento las dudas, puse todo el peso de mi balanza en el lado de Blanca y me dejé llevar. Ella era lo que necesitaba, ella era quien estaba en mi casa, deseando tenerme, y no le dejé con las ganas de que me tomara. Cuando la besé decidí tumbarme sobre ella, pero fue ella la que se adelantó y me fue empujando poco a poco contra el sofá hasta quedarse encima mía. Sus besos eran increíbles, no era simplemente algo bonito, era mucho más. Cada beso que me daba hablaba de más cosas que todas las líneas que he escrito de mi historia, cada caricia era un verdadero viaje por un paraíso más allá de lo terrenal, de lo imaginable. La pasión no era un método, sino un medio. Un medio para hacer que ella y yo voláramos más allá de los límites. Mi Corazón latía sin parar, cada vez más acelerado, cada vez más fuerte, golpeando fuerte contra la caja torácica, casi llamando a la puerta de su también acelerado Corazón. La abracé, la abracé con toda mi energía y ella tomó con sus suaves manos mi rostro para devolverme la energía en forma de beso. Lo que daba, lo recibía. Lo que entregaba me era devuelto, y eso me hacía sentir mejor que nunca.
Justo después de terminar ese beso ella me miró a los ojos, y sentí como miraba dentro de mí, dentro de lo que soy, de lo que sentía. Sabía que tenía dudas, pero también sabía que podía poner definitivamente todo el peso en su lado de la balanza, y sonrió. Sonrió con la felicidad que tan contento me hacía sentir a mí. De repente su sonrisa se tornó en una algo más macabra y su mirada cambió. Su lado salvaje estaba tomando posesión de su dolorido cuerpo. Se levantó del sofá y con el dedo me indicó que la siguiera. Ahora era mi lado salvaje el que se estaba adueñando de mí, y la seguí. Entró en la habitación y desapareció de mi vista. Entré buscándola, pero ella me encontró a mí, y se lanzó encima mía empujándome contra la cama, que crujió bajo nuestro peso. Ahora sus besos eran casi irracionales, el mensaje tan complicado que trasmitían se convirtió en mordiscos, era animal. Yo dejé que mi bestia interior me llevara y cuando quise darme cuenta en mis manos descansaban los jirones de lo que era su camiseta, y su respiración era agitada, casi entre gruñidos. Me agarró de las muñecas y me dominó por completo, nos retorcíamos por ser dueños de la situación, pero cuando me fui a lanzar con fuerza para ponerme encima encontré una resistencia: mis manos estaban esposadas al cabecero de mi cama. La bestia se fue un momento para mirar a Blanca sonreír encima mía y morderse el labio inferior.
- ¿Cómo cojones has...? -ella puso su mano en mi boca, no dejándome hablar.
- Las tenía en la mochila, preparadas por si algo así ocurría -seguía mordiéndose el labio, y eso me ponía cada vez más -ahora mi jefe está esposado a su cama y su pobre empleada va a tener que castigarle por lo que ha hecho en el coche...
- ¡Era una canción! -traté de moverme, pero ella había afianzado bien su posición.
- Shhh, cállate, cuanto más te quejes, peor será...
Levantó mi camiseta y volvió a besarme, para después ir bajando por mi cuello. Yo solo era capaz de sentir escalofríos, y más cuando mordía o chupaba para dejar una marca en mi cuerpo. Mi respiración se tornó en gemidos, y en gritos cuando alcanzó mis caderas, en las que descubrió miles de puntos débiles que yo no recordaba tener ahí. Terminó de desnudarme y subió hasta mi entrepierna. Y entonces si que grité. Yo no imaginaba que eso fuera tan, tan placentero. Me faltaba la respiración, y mi animal hacía lo posible para soltarse, pero seguí atado hasta que ambos terminamos de divertirnos.
- Recuento de daños, gente -el Cerebro estaba mareado, solo escuchaba quejidos de dolor y a algunas partes del cuerpo ni las escuchaba.
- Necesitamos más oxígeno -los pulmones suspiraron con rabia -¡no podemos seguir con este ritmo!
- ¡Plaquetas por la zona de las costillas! -la piel estaba demasiado saturada, no sabía dónde actuar -hay varios arañazos profundos y tenemos que hacer cicatrizar esas heridas.
- ¡Corazón, rápido! -las órdenes del Cerebro no eran del todo claras -¿quieres relajarte y empezar a trabajar?
- Cerebro, ¿qué cojones te ha pasado? ¡Durante esta última hora y media no has sido tú!
- Lleva sangre a los brazos, están doloridos por estar esposados.
- ¡No me cambies de tema, Cerebro! -Corazón parecía enfadado -¿Qué ha pasado? ¿Tenía que ver en algo de este el Pene?
- A mí no me mires, estoy destrozado... ¿De dónde coño habéis sacado a esta pantera? ¡Me ha mordido!
- Cuando el Cerebro nos diga qué ha pasado, empezaremos a trabajar -el Corazón fue tajante. Todos estaban pendientes de las palabras del jefe.
- No he sido yo... He perdido el control... Las órdenes venían de arriba, han prescindido de mi uso.
- ¿De arriba...? -el Pene tembló asustado -¿Quieres decir que no has sido racional en ningún momento?
- Yo... Yo acabo de llegar. Lo siento, chicos.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
49. ...Ella
"Si el noventa por ciento de mí eres tú y no te tengo, ¿qué puedo hacer? Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Qué me queda? ¿Qué hago con mi diez por ciento restante? Oh, complicado romance."
La canción empezó a sonar en el reproductor de vuelta a Madrid en mi coche. Blanca miraba por la ventana y yo no dejaba de mirarla a ella. Había reinado el silencio desde que ella se había subido al asiento del copiloto, y algo extraño hacía que sus respuestas hasta el momento hubieran sido escuetas y tampoco muy interesantes.
"Te echo de menos en mis labios, mi boca aún huele a ti, cambié tus besos con hielo por agua mineral Vichy".
- Me preocupas, Blanca -dije, cambiando de carril. Ahora iba con mucha más calma -no has soltado prenda desde que salimos.
- Pablo, como comprenderás, estoy un poco traumatizada aún y necesito un respiro -ella no dejó de mirar por la ventana -estoy escuchando la canción para evitar pensar.
- La verdad es que es un temazo... -lo era, sin duda.
"Tarde o temprano sé que tú y yo cambiaremos fluidos al precio que sea y sea cual sea el garito"
- Pablo, ¿eres tú el que lleva lo de las vacaciones? -preguntó Blanca mirando por la ventana.
- Si, soy yo... -admito que me extrañó esa pregunta -¿por qué lo dices?
- Que le follen a las vacaciones de Navidad. Necesito unos días para relajarme, encontrar piso y reubicarme -eso me dejó un poco más preocupado todavía.
- No sé cómo voy a poder hacer eso con solo un día de antelación... -pero sabía que en el fondo tenía razón - pero hablaré con Ángel Luis luego.
- Gracias, de verdad.
- No tienes que darlas. De hecho... -si, me había dado una buena idea -yo también necesito un descanso. Me tomaré esas vacaciones.
- ¿Tú también? -me miró con los ojos como plato -entonces... ¿vamos a pasar todo ese tiempo juntos?
- Claro, nos servirá para adaptarnos -en la balanza puse un nuevo peso: que se quedara a vivir permanentemente.
- No sé, Pablo, yo no quiero depender de ti...
- No vas a depender de mí, vamos a convivir, y eso no es tan sencillo como entrar en casa y ya.
- Si, ahí tienes razón...
"No recuerdo horarios pero fue mágica velada, tu compañía siempre agrada." "Gracias." "De nada."
- Sigo pensando que deberías hacer algo en contra de ese tío -Blanca suspiró -Te ha maltratado, debería pagarlo.
- No voy a volver a hablar del tema, Pablo -no me miró, seguía observando la ventana -me la jugué al irme con él, me la jugué siguiendo con él cuando me gritaba e insultaba y me la jugué engañándole. Fue un error pisar Madrid, pero al menos me he deshecho del problema -hablar del tema me cubría de sudor frío, pero más aún ver cómo ella trataba el tema -Que me pegara ha sido algo que me he buscado yo solita. Si hubiera hecho las cosas bien, le hubiera dejado y luego me hubiera dejado llevar, lo que suele ser hacer las cosas con cabeza, esto no habría pasado.
- Sigo sin verle la lógica...
- No es tan difícil de verla. ¿Has cometido algún error en tu vida? -esa pregunta era algo absurda, pero parecía esperar una respuesta afirmativa, la cual vio su respuesta con un simple gesto con la cabeza -Bien. Cuando has cometido errores, ¿has pagado el precio?
- Si, pero...
- Bien. Yo he cometido un error y yo he pagado el precio -sacó su móvil del bolsillo, lo miró y lo volvió a guardar- pero yo al menos he conseguido dejarlo atrás. Hay quien vive con el error toda la vida sin considerarlo un error, y yo no quería seguir sufriendo -bajé un poco la cabeza. Lo iba pillando -He pagado el precio de serle infiel al Demonio. -No pude evitar evocar la imagen de un ángel destrozado contra el suelo, con sus alas heridas y su armadura destrozada.
"Te echo de menos si tú no estás, yo no concibo la vida sin ti, jamás... Tú, si tú, tu eres tan grande, mi pequeña... Me siento mal, y si... Otra vez es por ella."
- Ángel, soy Pablo, ¿cómo te trata la vida? -hablé desde el manos libres de mi coche.
- ¡Espinosa! Me cago en la puta, ¡aquí está mi hombre! ¿Cómo te encuentras? -por suerte él no sabía nada de la historia de Blanca -¿a qué debo tu llamada?
- Verás, tengo que pedirte un favor muy grande. Un doble favor, para ser más exactos.
- Bueno, si lo que quieres es una noche de amor, no cuentes conmigo -estaba bebiendo. Se le notaba. Y eso me beneficiaba.
- Tengo que cambiar unas vacaciones para que me coincidan y que no se quede la oficina vacía -miré a Blanca, que sonreía -soy nuevo en eso de organizar estas mierdas y me he pillado los huevos con la cremallera...
- Joder, Pablo, ¡estas cosas hay que decirlas antes! -Fernández eructó sonoramente, y Blanca se tapó la boca para no reírse a carcajadas -¿y qué vas a hacer?
- Bueno, tuve una charla con mis empleados para ver quién quería cambiarse unas vacaciones a estos días para que nos coincidiera, y decidí que yo debía ser uno de ellos por mi error.
- Así que quieres que te ponga las vacaciones ahora para que no se quede la oficina sola, ¿no?
- Eso es. Y una de mis empleadas también se ha ofrecido como conejillo de indias para que todo esté cuadrado -miré a Blanca, que seguía tapándose la boca para no reírse.
- ¿Quién será la víctima? -ese comentario nos dejó un poco fríos a los dos.
- Blanca. Blanca González.
- Ah, si, la del culazo. Qué buena está, la hija de la gran puta... -Blanca abrió los ojos como platos y me miró. Yo evité reírme, pero en el fondo Fernández tenía razón -Una putada no tener ese bombón rondando por la oficina... Pero también me da pena no verte a ti, Pablo.
- Ángel, tío, como si no pudiéramos quedar después del curro para emborracharnos como cubas...
- ¡Qué razón tienes, amigo mío! Lo vamos hablando, me pillas dándome un caprichito escocés de muchos años.
- Se te nota, macho, se te nota... ¿Nos lo arreglas entonces?
- Claro, amor mío, por mi vasallo más efectivo, lo que sea. ¡Nos vamos viendo!
- Dale caña, Ángel.
"Idilio ya no solo de fin de semana, pero en días laborables, cada vez con más desmesuradas ganas. Mi dependencia por ti, me alarma. Alcanzo el Karma, yo quiero alcanzar la cama y basta..."
- Cada vez me gusta más la canción... -Blanca me miró, y yo la miré con un punto de picardía.
- ¿Si? -cambié un poco la voz para hacerla más seductora.
- ¿Sientes lo mismo que dice la letra? -ella se acercó a mi, y yo seguía mirándola, a pesar de ir a gran velocidad por la carretera.
- Sin duda... -ella fue llegando hasta mi boca...
"Oda a mi musa depravada... Esto es una historia de amor, a una BOTELLA, ¿o qué te pensabas?"
Blanca me miró a los ojos. Yo la miré un segundo más y volví a mirar a la carretera. Ella se sentó de nuevo en su asiento y se quedó callada por el resto del viaje.
"Te echo de menos si tú no estás, yo no concibo la vida sin ti, jamás... Tú, si tú, tu eres tan grande, mi pequeña... Me siento mal, y si, otra vez, otra vez... ¿Otra vez la botella? Otra vez es por ella..."
(Para que disfrutes de la canción de este capítulo, el título es "...Ella" de Sho-Hai, del disco "Doble Vida", y podéis disfrutarlo pinchando AQUÍ)
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
La canción empezó a sonar en el reproductor de vuelta a Madrid en mi coche. Blanca miraba por la ventana y yo no dejaba de mirarla a ella. Había reinado el silencio desde que ella se había subido al asiento del copiloto, y algo extraño hacía que sus respuestas hasta el momento hubieran sido escuetas y tampoco muy interesantes.
"Te echo de menos en mis labios, mi boca aún huele a ti, cambié tus besos con hielo por agua mineral Vichy".
- Me preocupas, Blanca -dije, cambiando de carril. Ahora iba con mucha más calma -no has soltado prenda desde que salimos.
- Pablo, como comprenderás, estoy un poco traumatizada aún y necesito un respiro -ella no dejó de mirar por la ventana -estoy escuchando la canción para evitar pensar.
- La verdad es que es un temazo... -lo era, sin duda.
"Tarde o temprano sé que tú y yo cambiaremos fluidos al precio que sea y sea cual sea el garito"
- Pablo, ¿eres tú el que lleva lo de las vacaciones? -preguntó Blanca mirando por la ventana.
- Si, soy yo... -admito que me extrañó esa pregunta -¿por qué lo dices?
- Que le follen a las vacaciones de Navidad. Necesito unos días para relajarme, encontrar piso y reubicarme -eso me dejó un poco más preocupado todavía.
- No sé cómo voy a poder hacer eso con solo un día de antelación... -pero sabía que en el fondo tenía razón - pero hablaré con Ángel Luis luego.
- Gracias, de verdad.
- No tienes que darlas. De hecho... -si, me había dado una buena idea -yo también necesito un descanso. Me tomaré esas vacaciones.
- ¿Tú también? -me miró con los ojos como plato -entonces... ¿vamos a pasar todo ese tiempo juntos?
- Claro, nos servirá para adaptarnos -en la balanza puse un nuevo peso: que se quedara a vivir permanentemente.
- No sé, Pablo, yo no quiero depender de ti...
- No vas a depender de mí, vamos a convivir, y eso no es tan sencillo como entrar en casa y ya.
- Si, ahí tienes razón...
"No recuerdo horarios pero fue mágica velada, tu compañía siempre agrada." "Gracias." "De nada."
- Sigo pensando que deberías hacer algo en contra de ese tío -Blanca suspiró -Te ha maltratado, debería pagarlo.
- No voy a volver a hablar del tema, Pablo -no me miró, seguía observando la ventana -me la jugué al irme con él, me la jugué siguiendo con él cuando me gritaba e insultaba y me la jugué engañándole. Fue un error pisar Madrid, pero al menos me he deshecho del problema -hablar del tema me cubría de sudor frío, pero más aún ver cómo ella trataba el tema -Que me pegara ha sido algo que me he buscado yo solita. Si hubiera hecho las cosas bien, le hubiera dejado y luego me hubiera dejado llevar, lo que suele ser hacer las cosas con cabeza, esto no habría pasado.
- Sigo sin verle la lógica...
- No es tan difícil de verla. ¿Has cometido algún error en tu vida? -esa pregunta era algo absurda, pero parecía esperar una respuesta afirmativa, la cual vio su respuesta con un simple gesto con la cabeza -Bien. Cuando has cometido errores, ¿has pagado el precio?
- Si, pero...
- Bien. Yo he cometido un error y yo he pagado el precio -sacó su móvil del bolsillo, lo miró y lo volvió a guardar- pero yo al menos he conseguido dejarlo atrás. Hay quien vive con el error toda la vida sin considerarlo un error, y yo no quería seguir sufriendo -bajé un poco la cabeza. Lo iba pillando -He pagado el precio de serle infiel al Demonio. -No pude evitar evocar la imagen de un ángel destrozado contra el suelo, con sus alas heridas y su armadura destrozada.
"Te echo de menos si tú no estás, yo no concibo la vida sin ti, jamás... Tú, si tú, tu eres tan grande, mi pequeña... Me siento mal, y si... Otra vez es por ella."
- Ángel, soy Pablo, ¿cómo te trata la vida? -hablé desde el manos libres de mi coche.
- ¡Espinosa! Me cago en la puta, ¡aquí está mi hombre! ¿Cómo te encuentras? -por suerte él no sabía nada de la historia de Blanca -¿a qué debo tu llamada?
- Verás, tengo que pedirte un favor muy grande. Un doble favor, para ser más exactos.
- Bueno, si lo que quieres es una noche de amor, no cuentes conmigo -estaba bebiendo. Se le notaba. Y eso me beneficiaba.
- Tengo que cambiar unas vacaciones para que me coincidan y que no se quede la oficina vacía -miré a Blanca, que sonreía -soy nuevo en eso de organizar estas mierdas y me he pillado los huevos con la cremallera...
- Joder, Pablo, ¡estas cosas hay que decirlas antes! -Fernández eructó sonoramente, y Blanca se tapó la boca para no reírse a carcajadas -¿y qué vas a hacer?
- Bueno, tuve una charla con mis empleados para ver quién quería cambiarse unas vacaciones a estos días para que nos coincidiera, y decidí que yo debía ser uno de ellos por mi error.
- Así que quieres que te ponga las vacaciones ahora para que no se quede la oficina sola, ¿no?
- Eso es. Y una de mis empleadas también se ha ofrecido como conejillo de indias para que todo esté cuadrado -miré a Blanca, que seguía tapándose la boca para no reírse.
- ¿Quién será la víctima? -ese comentario nos dejó un poco fríos a los dos.
- Blanca. Blanca González.
- Ah, si, la del culazo. Qué buena está, la hija de la gran puta... -Blanca abrió los ojos como platos y me miró. Yo evité reírme, pero en el fondo Fernández tenía razón -Una putada no tener ese bombón rondando por la oficina... Pero también me da pena no verte a ti, Pablo.
- Ángel, tío, como si no pudiéramos quedar después del curro para emborracharnos como cubas...
- ¡Qué razón tienes, amigo mío! Lo vamos hablando, me pillas dándome un caprichito escocés de muchos años.
- Se te nota, macho, se te nota... ¿Nos lo arreglas entonces?
- Claro, amor mío, por mi vasallo más efectivo, lo que sea. ¡Nos vamos viendo!
- Dale caña, Ángel.
"Idilio ya no solo de fin de semana, pero en días laborables, cada vez con más desmesuradas ganas. Mi dependencia por ti, me alarma. Alcanzo el Karma, yo quiero alcanzar la cama y basta..."
- Cada vez me gusta más la canción... -Blanca me miró, y yo la miré con un punto de picardía.
- ¿Si? -cambié un poco la voz para hacerla más seductora.
- ¿Sientes lo mismo que dice la letra? -ella se acercó a mi, y yo seguía mirándola, a pesar de ir a gran velocidad por la carretera.
- Sin duda... -ella fue llegando hasta mi boca...
"Oda a mi musa depravada... Esto es una historia de amor, a una BOTELLA, ¿o qué te pensabas?"
Blanca me miró a los ojos. Yo la miré un segundo más y volví a mirar a la carretera. Ella se sentó de nuevo en su asiento y se quedó callada por el resto del viaje.
"Te echo de menos si tú no estás, yo no concibo la vida sin ti, jamás... Tú, si tú, tu eres tan grande, mi pequeña... Me siento mal, y si, otra vez, otra vez... ¿Otra vez la botella? Otra vez es por ella..."
(Para que disfrutes de la canción de este capítulo, el título es "...Ella" de Sho-Hai, del disco "Doble Vida", y podéis disfrutarlo pinchando AQUÍ)
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
lunes, 17 de febrero de 2014
48. La balanza
Llegué a casa a eso de las cuatro. Había disfrutado de una velada maravillosa, a pesar de tener el corazón algo dividido. Después de tratar los problemas que nos separaron, la conversación fue más fluida y mucho más profunda. Tras eso la invité a unas copas y terminamos recordando viejos momentos y hablando de fútbol como cuando todo estaba bien. Eso avivó la llama, y creo que no solo la mía. Esa tarde, si tuviera que comparar lo que sentía por Sara y Blanca con una balanza, el peso cedía por el lado de Sara. Todos los recuerdos, todos los sentimientos y aquella magia que nos unió resurgió en el lugar en el que empezamos, y yo sentí de nuevo las ganas de volver con ella, pero ciertamente aún sufría el hecho de que otra persona se había hecho un hueco en mi maltrecho Corazón. Tenía que hacer que la balanza cediera del todo.
Pero no podía ser tan fácil, y de hecho, no lo fue. Llegué a casa y me tiré en el sofá con la sonrisilla típica que se queda cuando mezclas alcohol con buenas sensaciones, y Nuka se acurrucó en mi estómago y me miró con cara de "Eh, cabrón, estate quieto, que quiero echarme la siesta", y decidí que no era tan mala idea. Y en cuanto cerré los ojos para dejar que el sueño me llevara, el móvil vibró. Nuka gruñó, lo tenía pegado a la pata y empezó a golpearlo con la cabeza para tirarlo del bolsillo de la chaqueta, pero yo lo cogí a tiempo. Era Blanca. Y me dio un vuelco al corazón. ¿Por qué ahora? Aunque... Aunque si tenía muchas ganas de hablar con ella.
- Hola preciosa -dije, acariciando a Nuka con la mano libre mientras se volvía a dormir -¿cómo estás?
- Pablo, por favor, ayúdame -me levanté de golpe, provocando el bufido de mi gato, su mirada de asesino en serie y su desaparición por la puerta de la habitación. Ella lloraba, parecía también tener miedo por el tono de su voz -Te necesito, ha ocurrido algo horrible...
- ¿Dónde estás? -me levanté de golpe, empezaba a preocuparme mucho -Voy a por ti ahora mismo.
- Estoy en Parla, no me queda mucha batería -me costaba entenderla -Te espero en la estación de Renfe.
- Ya salgo.
¿Para qué tengo un coche rápido? Para cosas como esta. Hice rugir el motor de mi Mazda y salí a toda pastilla hacia Parla. Por suerte ya me sabía el camino por Sara, y me aventuré por la carretera de Toledo saliendo desde Plaza Elíptica. Volé. Adelanté a dos coches que iban pegados al carril izquierdo y golpeé el volante para hacer sonar el claxon y que supieran lo hijos de la gran puta que son por ir pegados a la izquierda. El indicador de velocidad no bajaba de los doscientos kilómetros por hora y las revoluciones iban a tanta velocidad como mi Corazón, que no dejaba de latir. Era todo adrenalina. Estaba infringiendo leyes como para acabar sin carnet y pagando una pasta, pero me daba igual. La clave era llegar en el menor tiempo posible, y así fue.
Diez minutos para hacer un camino de unos veinticinco. Sentí hasta peligrar mi vida en la entrada a la ciudad, una difícil incorporación no muy bien pedaltada que da a un puente que pasa por la misma carretera que yo recorría y que terminaba desembocando en una carretera mal asfaltada de dos carriles que después pasaban a tener solo uno tras la primera rotonda. Ahí reduje la velocidad, ya había llegado, ahora solo quedaba seguir recto hasta la estación de trenes situada a unos pocos minutos de donde yo estaba. Estaba tan acelerado que me salté un paso de peatones en rojo y un chico de pelo rubio mal peinado, barba y de gran tamaño me dijo algunos improperios cuando casi lo atropello. Paré en la estación y allí estaba Blanca, que al verme salió corriendo hacia el coche. Yo puse las luces de emergencia dejando el Mazda algo mal aparcado y salí del vehículo para recibirla con un abrazo. Llevaba una mochila, unos pantalones de chándal, unas zapatillas viejas y un jersey rojo. Estaba despeinada y cuando miré su rostro tenía el labio partido y el ojo morado, además de ser evidente que había estado llorando. En cuanto la miré, giró la cabeza, no quería que la mirara.
- ¿Qué cojones, Blanca...? -me temblaban las manos, verla así me hacía sentir destrozado.
- Me ha echado de casa, yo me había mudado con él pero cuando ha sabido que estuve contigo... -volvió a llorar y la abracé -no podía mirarle igual, de repente era un extraño, un enemigo, y he terminado contándoselo...
- Vamos a la Comisaría, esto tienes que denunciarlo -seguía temblando, y no hablo de ella. Hablo de mí -ese hijo de la gran puta no se va a salir con la suya.
- No, Pablo, se acabó -se descolgó la mochila y la abrió. Tenía algo de ropa y los tacones rojos -es toda mi ropa, ¿sabes? Ya no queda nada mío allí.
- ¡Pero no puedes dejar que te haga esto y ahora irte sin más! -me costaba no llorar.
- ¡Le he engañado! ¡Esto es lo mínimo que me merecía! -Blanca tenía una voz muy dulce, pero así de enfadada no parecía la misma -He cogido mis cosas y me he marchado, ¿qué más quieres? Ha dicho que no quiere verme más y yo le he dicho que el sentimiento es mutuo. Fin de la historia.
- Eso lo hablaremos más adelante -empecé a pensar en soluciones rápidas -¿dónde viven tus padres? Puedo llevarte allí.
- En las Canarias. Me echaron cuando terminé los estudios por una discusión, y conocí a mi novio por Internet. Me mudé con él y encontré el curro en la oficina hace unas semanas...
- Joder... -seguí pensando en soluciones, y la única que se me ocurrió era muy arriesgada.
- Con que me lleves a algún hotel cerca del trabajo me vale mientras busco otro sitio donde vivir -ella buscó su cartera y miró dentro -aunque tengo que pasar por un cajero, estoy sin blanca.
- Déjate de gilipolleces, te vienes a mi casa -Si. Lo había dicho... -No voy a dejar que gastes tu sueldo en un hotel.
- En serio, Pablo, no quiero molestarte, no tienes por qué hacerlo -guardó sus cosas de nuevo en la mochila y me miró, y ese temblor volvió a dominarme -Y hay hostales muy baratos en el centro. No te preocupes.
- Blanca, me la suda -cogí su mochila y me dirigí al maletero -vas a venir a casa y listo. Venga, sube, salgamos de aquí.
Y fue cuando ella subió y yo me dirigí a mi asiento cuando mi temblor aumentó hasta el punto de que se me cayeron las llaves al suelo cuando fui a meterlas en el contacto. Al mirar por la ventanilla vi como, entre la gente que salía del tren, aparecía Sara. Por suerte, no miró al RX-8 que salió escopetado por la calle de al lado. La balanza no sabía hacia qué lado decantarse.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Pero no podía ser tan fácil, y de hecho, no lo fue. Llegué a casa y me tiré en el sofá con la sonrisilla típica que se queda cuando mezclas alcohol con buenas sensaciones, y Nuka se acurrucó en mi estómago y me miró con cara de "Eh, cabrón, estate quieto, que quiero echarme la siesta", y decidí que no era tan mala idea. Y en cuanto cerré los ojos para dejar que el sueño me llevara, el móvil vibró. Nuka gruñó, lo tenía pegado a la pata y empezó a golpearlo con la cabeza para tirarlo del bolsillo de la chaqueta, pero yo lo cogí a tiempo. Era Blanca. Y me dio un vuelco al corazón. ¿Por qué ahora? Aunque... Aunque si tenía muchas ganas de hablar con ella.
- Hola preciosa -dije, acariciando a Nuka con la mano libre mientras se volvía a dormir -¿cómo estás?
- Pablo, por favor, ayúdame -me levanté de golpe, provocando el bufido de mi gato, su mirada de asesino en serie y su desaparición por la puerta de la habitación. Ella lloraba, parecía también tener miedo por el tono de su voz -Te necesito, ha ocurrido algo horrible...
- ¿Dónde estás? -me levanté de golpe, empezaba a preocuparme mucho -Voy a por ti ahora mismo.
- Estoy en Parla, no me queda mucha batería -me costaba entenderla -Te espero en la estación de Renfe.
- Ya salgo.
¿Para qué tengo un coche rápido? Para cosas como esta. Hice rugir el motor de mi Mazda y salí a toda pastilla hacia Parla. Por suerte ya me sabía el camino por Sara, y me aventuré por la carretera de Toledo saliendo desde Plaza Elíptica. Volé. Adelanté a dos coches que iban pegados al carril izquierdo y golpeé el volante para hacer sonar el claxon y que supieran lo hijos de la gran puta que son por ir pegados a la izquierda. El indicador de velocidad no bajaba de los doscientos kilómetros por hora y las revoluciones iban a tanta velocidad como mi Corazón, que no dejaba de latir. Era todo adrenalina. Estaba infringiendo leyes como para acabar sin carnet y pagando una pasta, pero me daba igual. La clave era llegar en el menor tiempo posible, y así fue.
Diez minutos para hacer un camino de unos veinticinco. Sentí hasta peligrar mi vida en la entrada a la ciudad, una difícil incorporación no muy bien pedaltada que da a un puente que pasa por la misma carretera que yo recorría y que terminaba desembocando en una carretera mal asfaltada de dos carriles que después pasaban a tener solo uno tras la primera rotonda. Ahí reduje la velocidad, ya había llegado, ahora solo quedaba seguir recto hasta la estación de trenes situada a unos pocos minutos de donde yo estaba. Estaba tan acelerado que me salté un paso de peatones en rojo y un chico de pelo rubio mal peinado, barba y de gran tamaño me dijo algunos improperios cuando casi lo atropello. Paré en la estación y allí estaba Blanca, que al verme salió corriendo hacia el coche. Yo puse las luces de emergencia dejando el Mazda algo mal aparcado y salí del vehículo para recibirla con un abrazo. Llevaba una mochila, unos pantalones de chándal, unas zapatillas viejas y un jersey rojo. Estaba despeinada y cuando miré su rostro tenía el labio partido y el ojo morado, además de ser evidente que había estado llorando. En cuanto la miré, giró la cabeza, no quería que la mirara.
- ¿Qué cojones, Blanca...? -me temblaban las manos, verla así me hacía sentir destrozado.
- Me ha echado de casa, yo me había mudado con él pero cuando ha sabido que estuve contigo... -volvió a llorar y la abracé -no podía mirarle igual, de repente era un extraño, un enemigo, y he terminado contándoselo...
- Vamos a la Comisaría, esto tienes que denunciarlo -seguía temblando, y no hablo de ella. Hablo de mí -ese hijo de la gran puta no se va a salir con la suya.
- No, Pablo, se acabó -se descolgó la mochila y la abrió. Tenía algo de ropa y los tacones rojos -es toda mi ropa, ¿sabes? Ya no queda nada mío allí.
- ¡Pero no puedes dejar que te haga esto y ahora irte sin más! -me costaba no llorar.
- ¡Le he engañado! ¡Esto es lo mínimo que me merecía! -Blanca tenía una voz muy dulce, pero así de enfadada no parecía la misma -He cogido mis cosas y me he marchado, ¿qué más quieres? Ha dicho que no quiere verme más y yo le he dicho que el sentimiento es mutuo. Fin de la historia.
- Eso lo hablaremos más adelante -empecé a pensar en soluciones rápidas -¿dónde viven tus padres? Puedo llevarte allí.
- En las Canarias. Me echaron cuando terminé los estudios por una discusión, y conocí a mi novio por Internet. Me mudé con él y encontré el curro en la oficina hace unas semanas...
- Joder... -seguí pensando en soluciones, y la única que se me ocurrió era muy arriesgada.
- Con que me lleves a algún hotel cerca del trabajo me vale mientras busco otro sitio donde vivir -ella buscó su cartera y miró dentro -aunque tengo que pasar por un cajero, estoy sin blanca.
- Déjate de gilipolleces, te vienes a mi casa -Si. Lo había dicho... -No voy a dejar que gastes tu sueldo en un hotel.
- En serio, Pablo, no quiero molestarte, no tienes por qué hacerlo -guardó sus cosas de nuevo en la mochila y me miró, y ese temblor volvió a dominarme -Y hay hostales muy baratos en el centro. No te preocupes.
- Blanca, me la suda -cogí su mochila y me dirigí al maletero -vas a venir a casa y listo. Venga, sube, salgamos de aquí.
Y fue cuando ella subió y yo me dirigí a mi asiento cuando mi temblor aumentó hasta el punto de que se me cayeron las llaves al suelo cuando fui a meterlas en el contacto. Al mirar por la ventanilla vi como, entre la gente que salía del tren, aparecía Sara. Por suerte, no miró al RX-8 que salió escopetado por la calle de al lado. La balanza no sabía hacia qué lado decantarse.
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domingo, 16 de febrero de 2014
47. On the rocks
Eran las doce de la mañana, y me quedaban dos horas antes de que tuviera lugar la comida con Sara. Me desperté con un horrible dolor en el brazo y la muñeca. Después del incidente de la noche anterior me había tomado un Valium y había sacado del cajón de la mesilla de noche las esposas, que aunque solían tener una función algo más erótica, esa noche sirvieron para que yo no saliera de mi cama. Dejé la llave en el propio cajón al que podía acceder aún esposado, y era todo una buena idea, pero me olvidé de que soy alguien que se mueve mucho en la cama, y había retorcido el brazo de todas las formas posibles para encontrar una posición de comodidad que encontré de forma forzosa por el efecto del Valium. El dolor era bastante punzante en ciertas partes del hombro, me costaba moverlo, pero por suerte solo fue un simple contratiempo.
Ya en la ducha empecé a pensar en todo lo que me había ocurrido en alrededor de veinticuatro horas. Había pegado una patada a mis principios, había cortado mi corazón en dos pedazos que se desmoronan y mis demonios solo se habían escondido en un rincón para hacer un contraataque mucho más poderoso. No sabía a qué me iba a enfrentar, no sabía cómo afrontar todo lo que me estaba ocurriendo, solo sentía el agua caliente recorrer mi cuerpo buscando el fatal destino a través del desagüe. Después me sequé, me lavé los dientes, me peiné y me vestí con calma. Aún me quedaba una hora. Ese día decidí llevar una camisa negra, una americana azul oscura y unos vaqueros ajustados, además de los zapatos. Bajé en el ascensor al garaje y ahí estaba, mi amado RX-8, en su placentero sueño antes del rugido de su potente motor. Lo arranqué y salí del subsuelo para que la lluvia volviera a empapar la encerada superficie negra de mi vehículo, al cual dirigí a través de las calles de Madrid hasta mi destino. Aparqué cerca, para alivio mío, y puse el debido ticket de aparcamiento en el salpicadero, a la vista de cualquier guardia que quisiera multarme.
- Tengo una reserva a nombre de Pablo Espinosa -dije al camarero con el sombrero de copa -era para las dos.
- Si, aquí está -respondió el camarero y me sonrió -y supongo que usted es Pablo Espinosa. ¿Cuántos comensales serán?
- Dos, seremos dos -miré hacia la puerta, pero Sara no estaba aún ahí -mi acompañante estará al llegar, pero yo prefiero esperarla ya sentado.
- Claro, señor -el camarero cogió dos menús y me dirigió a una mesa que, por suerte, estaba a la vista desde la entrada -¿qué desea usted para beber?
- Una Coca-Cola... -y antes de que lo apuntara corregí -no, no. Mejor Coca-Cola no. Tráeme para empezar un Jack Daniel's doble. Luego si eso ya tomaré el refresco.
- Claro, señor, ahora mismo se lo sirvo -y se marchó presto al recado. Lo que más me extrañó fue que me miraba cohibido, incluso diría que tenía miedo al verme. No sabía por qué. Volvió a los cinco minutos con mi bebida, la cual dejó en la mesa. -Aquí tiene. Si necesita cualquier cosa, avíseme y le atenderé encantado.
- Pues no te vayas muy lejos -la voz salía de detrás del camarero -Coca-Cola con Vainilla, y no escatimes con la vainilla.
- Claro, señorita, ahora mismo -el camarero volvió a salir corriendo hacia la barra, dejando a Sara detrás suya. Ella se sentó justo frente a mí y dejó su mochila y su chaqueta al lado suya. Cuando me miró, se estremeció -¿Pablo? ¿Estás bien?
- ¿Por qué no iba a estarlo? -bebí un largo trago de whisky, dejando el vaso a la mitad -Estoy teniendo lo que llevo deseando desde hace mucho tiempo, la posibilidad de hablar contigo después de tanto tiempo.
- No, no, Pablo, no me jodas -Sara se acercó un poco y me miró más atentamente con aquellos ojos que podían atravesar paredes por su intensidad -estás horrible...
- ¿A qué te refieres? Yo estoy bien -me costaba mantener la mirada con ella, era algo sobrenatural -he tenido una mala noche, sin duda, pero eso no quita que esté bien.
- ¿Sigues con las pesadillas? -preguntó Sara dejando su móvil en la mesa y dando las gracias al camarero por la bebida, en la cual flotaba una guinda roja.
- Bueno, pensé que había mejorado, pero me he visto en difíciles tesituras -volví a beber del vaso y cuando lo apuré, el camarero vino a tomar nota, la cual ya teníamos pensada previamente. También pedí otra Coca-Cola con Vainilla, ya había tenido mi dosis de analgésico por ese día -estoy sufriendo episodios de sonambulismo.
- No jodas, eso es gordo -Sara parecía de verdad preocupada, cosa que me alegró -deberías tener cuidado, tío.
- Bueno, cambiemos de tema -dije, ya con la bebida en la mano -¿qué tal el trabajo?
- Un puto asco -Sara cogió la guinda de su bebida y la miró abstraída -sirve bebida allí, toma nota aquí, corre a la cocina, lava platos... Y cuando termines toma un sueldo de mierda para tu mierda de habitación en un barrio perdido de la mano de Dios.
- ¿Por qué no vuelves con tus padres? -ella empezó a comer la guinda y al ver como la posaba en sus labios y la mordía me invadió un calor que tensó mis músculos y erizó mi vello corporal.
- Por mi madre, ya sabes cómo es -terminó de degustar su dulce y aparté la mirada cuando me la devolvió porque hasta yo notaba lo evidente de mi calentón en mi rostro -Prefiero vivir en un antro antes que allí.
Los entrantes llegaron y la conversación era banal y sin ningún sentido. Hablé con ella de temas que nunca habíamos tratado como la política, economía, actualidad e incluso hablamos de muebles. Todo era frío, sentía en aquella comida un absurdo trámite para no volver a saber de ella, y no quería. Bueno, creía que no quería, vivía en la duda, aunque yo solo quería saber cómo reaccionaría ella al plan inicial antes de que Blanca me trastocara todos mis pensamientos.
- Bueno... Creo que tengo que hacer lo que venía a hacer desde el principio -Sara bajó la mirada y jugueteó con el tenedor -lo que venía a hablar contigo no era del resto de cosas que jamás hemos tratado, era de lo ocurrido, y deberíamos empezar para poder solventar todo esto.
- Las apuestas son las apuestas. Me sigues pareciendo un completo gilipollas por haberme engañado, pero venga, suéltalo -Sara no me miraba a los ojos.
- Nunca te engañé, Sara. Nunca -recordé a Blanca y sentí un escalofrío, pero pude continuar -Susana me acosó, me venía a buscar, me seguía y joder, ¡hasta se enrolló con mi jefe para joderme el trabajo!
- No me termino de creer esa historia... -miró a otro lado, y llamó al camarero para que rellenara su vaso.
- Lo bueno es que ahora podríamos quedar con Ángel Luis, mi jefe, y que él te lo cuente -Sara terminó sus entrantes y miró el móvil. Hacía lo posible para evitar el contacto visual conmigo, y eso me enervaba.
- Con lo mal que te caía...
- Hasta que conoció la verdad de Susana, de por qué se había juntado con él -yo también miré mi móvil, el cual no tenía ningún tipo de notificación, y volví a guardar en el bolsillo de la americana -sus motivos eran principalmente joderme a mí y en segundo lugar, aprovecharse del buen dinero que gana el Señor Fernández.
- Si, si era una zorra, eso sin duda... -Sara dejó de juguetear con todo lo que tenía alrededor y apoyó su rostro en sus manos -pero es que lo vi, ¡vi cómo la besabas!
- ¡No, Sara! ¡Ella me besó a mí! -golpeé instintivamente la mesa y ella me miró, quedándose atónita -había visto a Susana herida, también luchar, y la noche anterior le mandé un mail diciendo que se había acabado, y fue cuando ella se presentó en mi trabajo y me besó delante tuya y del Señor Fernández...
- Yo fui porque tú me avisaste de que fuera, por eso me jode tanto -ahí el que estaba atónito era yo -me llevaste a tu trabajo para que viera cómo te enrollabas con ella.
- Sara... Yo no te mandé ningún mensaje -abrió los ojos sorprendida -apenas tuve tiempo en toda la mañana para mirar mi correo, menos para mandarte un mensaje para que vinieras...
- Me dijiste que fuera para ir a comer juntos -Sara buscó el mensaje y me lo enseñó -¡era un mensaje tuyo!
- Si, ese es mi correo, pero yo no mandé ese mensaje, te lo juro. Solo otra persona tiene mi contraseña...
- ¿Susana...?
- Maldita sea, ¡esa zorra está invadiendo mi intimidad! -me puse muy nervioso, era algo que no podía aguantar, que se colaran en lo que es mío.
- Tranquilo, Pablo, cuando vuelvas a casa cambia las contraseñas y revisa a ver si ha hecho algo más -la voz de Sara era la que usaba cuando me despertaba de un terror nocturno, la voz casi somnífera que me relajaba de inmediato -joder, si que estaba loca...
- Solo quiere joderme, y ahora estoy intentando arreglar todo...
- Bueno... vas por buen camino, pero todavía queda mucho por hacer. Ahora, comamos. En otra ocasión seguiremos hablando de este tema.
- ¿Otra ocasión? -la miré y una pequeña sonrisa se asomó por mis labios
- Hombre, no creo que en una sola comida todo se arregle, ¿no?
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Ya en la ducha empecé a pensar en todo lo que me había ocurrido en alrededor de veinticuatro horas. Había pegado una patada a mis principios, había cortado mi corazón en dos pedazos que se desmoronan y mis demonios solo se habían escondido en un rincón para hacer un contraataque mucho más poderoso. No sabía a qué me iba a enfrentar, no sabía cómo afrontar todo lo que me estaba ocurriendo, solo sentía el agua caliente recorrer mi cuerpo buscando el fatal destino a través del desagüe. Después me sequé, me lavé los dientes, me peiné y me vestí con calma. Aún me quedaba una hora. Ese día decidí llevar una camisa negra, una americana azul oscura y unos vaqueros ajustados, además de los zapatos. Bajé en el ascensor al garaje y ahí estaba, mi amado RX-8, en su placentero sueño antes del rugido de su potente motor. Lo arranqué y salí del subsuelo para que la lluvia volviera a empapar la encerada superficie negra de mi vehículo, al cual dirigí a través de las calles de Madrid hasta mi destino. Aparqué cerca, para alivio mío, y puse el debido ticket de aparcamiento en el salpicadero, a la vista de cualquier guardia que quisiera multarme.
- Tengo una reserva a nombre de Pablo Espinosa -dije al camarero con el sombrero de copa -era para las dos.
- Si, aquí está -respondió el camarero y me sonrió -y supongo que usted es Pablo Espinosa. ¿Cuántos comensales serán?
- Dos, seremos dos -miré hacia la puerta, pero Sara no estaba aún ahí -mi acompañante estará al llegar, pero yo prefiero esperarla ya sentado.
- Claro, señor -el camarero cogió dos menús y me dirigió a una mesa que, por suerte, estaba a la vista desde la entrada -¿qué desea usted para beber?
- Una Coca-Cola... -y antes de que lo apuntara corregí -no, no. Mejor Coca-Cola no. Tráeme para empezar un Jack Daniel's doble. Luego si eso ya tomaré el refresco.
- Claro, señor, ahora mismo se lo sirvo -y se marchó presto al recado. Lo que más me extrañó fue que me miraba cohibido, incluso diría que tenía miedo al verme. No sabía por qué. Volvió a los cinco minutos con mi bebida, la cual dejó en la mesa. -Aquí tiene. Si necesita cualquier cosa, avíseme y le atenderé encantado.
- Pues no te vayas muy lejos -la voz salía de detrás del camarero -Coca-Cola con Vainilla, y no escatimes con la vainilla.
- Claro, señorita, ahora mismo -el camarero volvió a salir corriendo hacia la barra, dejando a Sara detrás suya. Ella se sentó justo frente a mí y dejó su mochila y su chaqueta al lado suya. Cuando me miró, se estremeció -¿Pablo? ¿Estás bien?
- ¿Por qué no iba a estarlo? -bebí un largo trago de whisky, dejando el vaso a la mitad -Estoy teniendo lo que llevo deseando desde hace mucho tiempo, la posibilidad de hablar contigo después de tanto tiempo.
- No, no, Pablo, no me jodas -Sara se acercó un poco y me miró más atentamente con aquellos ojos que podían atravesar paredes por su intensidad -estás horrible...
- ¿A qué te refieres? Yo estoy bien -me costaba mantener la mirada con ella, era algo sobrenatural -he tenido una mala noche, sin duda, pero eso no quita que esté bien.
- ¿Sigues con las pesadillas? -preguntó Sara dejando su móvil en la mesa y dando las gracias al camarero por la bebida, en la cual flotaba una guinda roja.
- Bueno, pensé que había mejorado, pero me he visto en difíciles tesituras -volví a beber del vaso y cuando lo apuré, el camarero vino a tomar nota, la cual ya teníamos pensada previamente. También pedí otra Coca-Cola con Vainilla, ya había tenido mi dosis de analgésico por ese día -estoy sufriendo episodios de sonambulismo.
- No jodas, eso es gordo -Sara parecía de verdad preocupada, cosa que me alegró -deberías tener cuidado, tío.
- Bueno, cambiemos de tema -dije, ya con la bebida en la mano -¿qué tal el trabajo?
- Un puto asco -Sara cogió la guinda de su bebida y la miró abstraída -sirve bebida allí, toma nota aquí, corre a la cocina, lava platos... Y cuando termines toma un sueldo de mierda para tu mierda de habitación en un barrio perdido de la mano de Dios.
- ¿Por qué no vuelves con tus padres? -ella empezó a comer la guinda y al ver como la posaba en sus labios y la mordía me invadió un calor que tensó mis músculos y erizó mi vello corporal.
- Por mi madre, ya sabes cómo es -terminó de degustar su dulce y aparté la mirada cuando me la devolvió porque hasta yo notaba lo evidente de mi calentón en mi rostro -Prefiero vivir en un antro antes que allí.
Los entrantes llegaron y la conversación era banal y sin ningún sentido. Hablé con ella de temas que nunca habíamos tratado como la política, economía, actualidad e incluso hablamos de muebles. Todo era frío, sentía en aquella comida un absurdo trámite para no volver a saber de ella, y no quería. Bueno, creía que no quería, vivía en la duda, aunque yo solo quería saber cómo reaccionaría ella al plan inicial antes de que Blanca me trastocara todos mis pensamientos.
- Bueno... Creo que tengo que hacer lo que venía a hacer desde el principio -Sara bajó la mirada y jugueteó con el tenedor -lo que venía a hablar contigo no era del resto de cosas que jamás hemos tratado, era de lo ocurrido, y deberíamos empezar para poder solventar todo esto.
- Las apuestas son las apuestas. Me sigues pareciendo un completo gilipollas por haberme engañado, pero venga, suéltalo -Sara no me miraba a los ojos.
- Nunca te engañé, Sara. Nunca -recordé a Blanca y sentí un escalofrío, pero pude continuar -Susana me acosó, me venía a buscar, me seguía y joder, ¡hasta se enrolló con mi jefe para joderme el trabajo!
- No me termino de creer esa historia... -miró a otro lado, y llamó al camarero para que rellenara su vaso.
- Lo bueno es que ahora podríamos quedar con Ángel Luis, mi jefe, y que él te lo cuente -Sara terminó sus entrantes y miró el móvil. Hacía lo posible para evitar el contacto visual conmigo, y eso me enervaba.
- Con lo mal que te caía...
- Hasta que conoció la verdad de Susana, de por qué se había juntado con él -yo también miré mi móvil, el cual no tenía ningún tipo de notificación, y volví a guardar en el bolsillo de la americana -sus motivos eran principalmente joderme a mí y en segundo lugar, aprovecharse del buen dinero que gana el Señor Fernández.
- Si, si era una zorra, eso sin duda... -Sara dejó de juguetear con todo lo que tenía alrededor y apoyó su rostro en sus manos -pero es que lo vi, ¡vi cómo la besabas!
- ¡No, Sara! ¡Ella me besó a mí! -golpeé instintivamente la mesa y ella me miró, quedándose atónita -había visto a Susana herida, también luchar, y la noche anterior le mandé un mail diciendo que se había acabado, y fue cuando ella se presentó en mi trabajo y me besó delante tuya y del Señor Fernández...
- Yo fui porque tú me avisaste de que fuera, por eso me jode tanto -ahí el que estaba atónito era yo -me llevaste a tu trabajo para que viera cómo te enrollabas con ella.
- Sara... Yo no te mandé ningún mensaje -abrió los ojos sorprendida -apenas tuve tiempo en toda la mañana para mirar mi correo, menos para mandarte un mensaje para que vinieras...
- Me dijiste que fuera para ir a comer juntos -Sara buscó el mensaje y me lo enseñó -¡era un mensaje tuyo!
- Si, ese es mi correo, pero yo no mandé ese mensaje, te lo juro. Solo otra persona tiene mi contraseña...
- ¿Susana...?
- Maldita sea, ¡esa zorra está invadiendo mi intimidad! -me puse muy nervioso, era algo que no podía aguantar, que se colaran en lo que es mío.
- Tranquilo, Pablo, cuando vuelvas a casa cambia las contraseñas y revisa a ver si ha hecho algo más -la voz de Sara era la que usaba cuando me despertaba de un terror nocturno, la voz casi somnífera que me relajaba de inmediato -joder, si que estaba loca...
- Solo quiere joderme, y ahora estoy intentando arreglar todo...
- Bueno... vas por buen camino, pero todavía queda mucho por hacer. Ahora, comamos. En otra ocasión seguiremos hablando de este tema.
- ¿Otra ocasión? -la miré y una pequeña sonrisa se asomó por mis labios
- Hombre, no creo que en una sola comida todo se arregle, ¿no?
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
jueves, 13 de febrero de 2014
46. ¿Me recuerdas?
Hola, Pablo. ¿Me recuerdas? Soy yo, y sé que sabes quién soy. ¿Me echabas de menos? Claro que si, claro que me echabas de menos. Dime una cosa, querido amigo, ¿qué te pareció lo que viviste anoche? Fue magnífico, fue una obra de arte, ¡puro sentimiento! Ya lo sé, fue maravilloso, no tienes que recordármelo. Estuve ahí. ¿Cómo me iba a perder tal muestra de pasión y cariño? ¡Sería idiota si no estuviera allí! Ver a tu ángel con las alas desplegadas cabalgando salvajemente encima tuya, eso no tiene precio. Ver como lo puro, lo bello, lo celestial, desciende hasta los infiernos para entregarse al pecado más carnal, a la más impura lujuria llena de sangre, alcohol y gritos de placer, eso a mí me hace sentir poderoso, me la pone muy dura, Pablo. ¿Y sabes por qué? Porque puede que ella haya caído en el fuego y haya comenzado a arder, pero tú, amigo mío, tú acabas de reservar una cruz conmigo en el Infierno. Porque acabas de conseguir lo que yo deseaba que consiguieras: Dudas. Dudas de tu amor por Sara, dudas de lo que Blanca significa para ti, dudas sobre si debes dejar que el angelito siga en su puesto o no, dudas de si el novio de la chica va a encontrarte y matarte cuando sepa que empalmaste tu barra de amor en su sagrado coño anoche... ¡Dudas, Pablo, dudas! Dudas que te llevarán directo a la tumba. Y eso me la pone muy, pero que muy dura. ¿Verte sufrir? Me encanta. Me duele, pero me encanta. Porque te veo retorciéndote en tu cama una noche más. Rozaste con los dedos el conseguir ser libre, el poder dormir de nuevo, el vencer tus terrores nocturnos y dejar tus pastillas a un lado, pero yo te sigo viendo dando vueltas en la cama, gritando nombres, haciéndote sangre sin querer con las uñas y los dientes, sudando tanto que diría que acabas de salir de la ducha, alertando a los vecinos de que, claro que si, te estás volviendo loco.
Venga, querido mío, levántate de esa horrible, horrible cama, eso es. Deja las pastillas, no las vas a necesitar, yo soy tu nueva droga. Yo soy tu nueva necesidad. Yo soy tu peor pesadilla y el mejor de los recuerdos. Yo soy tú y tú eres yo. Venga, avanza. Ya sé, ya sé que te mira el gato, pero eso es lo de menos. Adelante, sal de la habitación. ¿Notas eso? Aún huele a ella. Aún puedes sentir su calor y su presencia aquí como si no se hubiera ido. ¿De quién hablo? ¿De Sara? ¿De Blanca? ¿De Susana? ¡Porque podría también hablar de Susana! ¡Venga, Pablo, admítelo! En el fondo la sigues amando. Porque no eres capaz de centrarte en una sola persona. Creo que el amor no está hecho para ti, viejo amigo. Creo que el amor es algo inalcanzable para un ser tan asqueroso como tú. Eres puro veneno, Pablo Espinosa. Puro veneno. Un ser despreciable capaz de traicionar a amigos y familiares. ¿Cuánto hace que no hablas con tus padres? Exacto, Pablo. Exacto. No has sido capaz de llamarles desde que te invitaron al fútbol. ¡Eres un jodido interesado, Pablo! Pero eso no importa. Venga, ya estás en la puerta de salida, solo te queda abrir y salir al portal. Eso es, poco a poco. ¿Notas ya el frío? Venga, Pablo, las escaleras no son un reto, no para alguien como tú, monstruo asqueroso, maldito hipócrita... ¡Grita su nombre! Vamos, ¡grítalo! Tan fuerte como ella gritaba el tuyo, ¡grita su nombre! Claro que si, eso es, que los vecinos se enteren, que todo el mundo sepa que no eres capaz de guardarte la polla dentro de los pantalones, que eres despreciable. Quiero que sientan por ti todo el asco que yo siento, quiero que te odien tanto como yo te odio. ¡Quiero que sufras, Pablo! ¡Quisiste matarme, pero no pudiste! ¡No podrás matarme nunca porque yo vivo en ti! ¡Si quieres verme desaparecer tendrás que quitarte la vida! Pero yo tengo una solución a eso. Venga, sal a la calle.
Eso es, Pablo. Eso es. ¿Lo notas? La lluvia. ¡Es la lluvia, Pablo! La lluvia te está empezando a empapar... Pero eso no es lo que quiero. Vamos, avanza. Tus pies, están helados, y eso es asfalto. Hay asfalto debajo de tus pies, Pablo. ¡Venga, joder, quiero llegar ya al sitio donde te quiero llevar! ¿Dónde está tu ángel ahora? ¿Dónde está tu salvaguardia para esto? Creíste que habías vencido a tus demonios, pero solo has conseguido enfadarme más. Has conseguido desatarme. ¿Dónde están tus principios, Señor Espinosa? Me los he llevado muy lejos. Tu moralidad, tu buena presencia, tu saber estar, ¡lo echaste en un lefazo! Bien profundo, deja la semilla del mal dentro de tu ángel, porque eso es lo que querías. Querías follártela, Pablo, desde el momento que la viste no deseaste más que llevarla a tu cama y hacerla tuya. Ni su bondad ni su intención de hacer el bien para ti quedaron claros, ¡tú querías más, Pablo! Y lo conseguiste, ¡vaya si lo conseguiste! Qué noche, ¿eh? ¡Qué noche!
Venga, un poco más... Las luces de Gran Vía son bonitas, pero tú no las verás más. Vamos, Pablito, un par de pasos más. Sara, recuerda a Sara. Qué mujer, llegó a tu casa y te revolucionó todo. Te enamoraste como un niño, ¿pero no era lo suficientemente fogosa para ti, Pablo? ¿No era lo que esperabas? No, claro que no. Por eso te dejaste llevar por el pasado, por Susana, para que ella se encargara de destrozarte. ¿Para qué me necesitabas viviendo en esa situación? ¡Era perfecta! Si hablabas con una te hundías, te sentías mal y discutías, ¡y hacías lo mismo con la otra! Después te la jugaron, Pablo Espinosa. ¡Te la jugaron! Era todo un complot, ¡todos estaban de acuerdo! ¿Por qué Sara ese día si te fue a buscar, eh? ¿Por qué Susana decidió besarte en ese preciso instante? ¡Estaba todo planeado, imbécil! Estaba todo planeado y tú no quisiste verlo. Eras un buenazo, ¿no? Pues no, Pablo Espinosa, te merecías ese puñetazo, te merecías estar solo y te merecías todo lo que pasó. Un poco más, eso es... Ahora solo queda esperar. La luz está en camino, Pablo. La luz está llegando. No queda nada, pronto todo esto habrá acabado. ¿Cual quieres que sea tu último pensamiento? ¿Blanca? ¿Sara? ¿Susana? No. Tu último pensamiento seré yo. Verás mi rostro, que será el mismo que ves ante el espejo todas las mañanas. Soy tu peor enemigo, Pablo, y soy tú mismo. No conseguirás escapar a mis garras, y hoy he ejecutado mi obra maestra.
Ahí está la luz, Pablo, cierra los ojos... Eso es, descansa... Es tu hora... Hasta siempre...
No, Pablo. Abre los ojos. ¡Ábrelos!
Y abrí los ojos, justo en el momento exacto para tirarme al lateral de la carretera cuando aquel autobús se acercaba raudo y veloz para atropellarme. Después tuve que rodar, porque otro coche venía en dirección contraria, y acabé saltando por encima de las vallas de metal que separan la carretera de la Plaza de Callao. Estaba solo con el pantalón de pijama, calado hasta los huesos por la lluvia, jadeando. ¿Qué cojones había pasado? No entendía nada. Una pareja se acercó a socorrerme y uno de ellos puso su chaqueta sobre mí.
- ¿Estás bien? -el chico parecía muy preocupado -llamaré a una ambulancia.
- No, no, no la llames -dije, recobrando la conciencia -¿qué ha pasado?
- Te metiste en la carretera como un zombie -respondió la chica, con la misma cara pálida -parecías una marioneta, estaba acojonada.
- Solo eras capaz de gritar. Gritabas mucho cuatro nombres -el chico hizo memoria -Sara, Susana, Blanca... Y Pablo. Pablo el que más.
- Yo soy Pablo... -traté de levantarme, pero me sentía sin fuerzas -¿qué hora es?
- Las cuatro y media de la mañana del domingo -traté de secarme la cara con la mano, pero estaba incluso más mojada que la propia cara -veníamos de tomar unas copas. Dime, ¿de dónde vienes?
- Creo... creo que de mi casa. -empecé a hacer memoria -recuerdo que Blanca se fue, pero no dio señal alguna de vida en todo el día. Estuve recogiendo la casa, bebí un poco y me fui a acostar pronto...
- ¿Eres sonámbulo? -la pareja me ayudó a levantarme y comenzaron a caminar conmigo -Porque si es así deberías tomar medidas.
- Nunca me había pasado algo así, estoy temblando...
- Será el frío -dijo el chico.
- No. Tengo miedo. Mucho miedo...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Venga, querido mío, levántate de esa horrible, horrible cama, eso es. Deja las pastillas, no las vas a necesitar, yo soy tu nueva droga. Yo soy tu nueva necesidad. Yo soy tu peor pesadilla y el mejor de los recuerdos. Yo soy tú y tú eres yo. Venga, avanza. Ya sé, ya sé que te mira el gato, pero eso es lo de menos. Adelante, sal de la habitación. ¿Notas eso? Aún huele a ella. Aún puedes sentir su calor y su presencia aquí como si no se hubiera ido. ¿De quién hablo? ¿De Sara? ¿De Blanca? ¿De Susana? ¡Porque podría también hablar de Susana! ¡Venga, Pablo, admítelo! En el fondo la sigues amando. Porque no eres capaz de centrarte en una sola persona. Creo que el amor no está hecho para ti, viejo amigo. Creo que el amor es algo inalcanzable para un ser tan asqueroso como tú. Eres puro veneno, Pablo Espinosa. Puro veneno. Un ser despreciable capaz de traicionar a amigos y familiares. ¿Cuánto hace que no hablas con tus padres? Exacto, Pablo. Exacto. No has sido capaz de llamarles desde que te invitaron al fútbol. ¡Eres un jodido interesado, Pablo! Pero eso no importa. Venga, ya estás en la puerta de salida, solo te queda abrir y salir al portal. Eso es, poco a poco. ¿Notas ya el frío? Venga, Pablo, las escaleras no son un reto, no para alguien como tú, monstruo asqueroso, maldito hipócrita... ¡Grita su nombre! Vamos, ¡grítalo! Tan fuerte como ella gritaba el tuyo, ¡grita su nombre! Claro que si, eso es, que los vecinos se enteren, que todo el mundo sepa que no eres capaz de guardarte la polla dentro de los pantalones, que eres despreciable. Quiero que sientan por ti todo el asco que yo siento, quiero que te odien tanto como yo te odio. ¡Quiero que sufras, Pablo! ¡Quisiste matarme, pero no pudiste! ¡No podrás matarme nunca porque yo vivo en ti! ¡Si quieres verme desaparecer tendrás que quitarte la vida! Pero yo tengo una solución a eso. Venga, sal a la calle.
Eso es, Pablo. Eso es. ¿Lo notas? La lluvia. ¡Es la lluvia, Pablo! La lluvia te está empezando a empapar... Pero eso no es lo que quiero. Vamos, avanza. Tus pies, están helados, y eso es asfalto. Hay asfalto debajo de tus pies, Pablo. ¡Venga, joder, quiero llegar ya al sitio donde te quiero llevar! ¿Dónde está tu ángel ahora? ¿Dónde está tu salvaguardia para esto? Creíste que habías vencido a tus demonios, pero solo has conseguido enfadarme más. Has conseguido desatarme. ¿Dónde están tus principios, Señor Espinosa? Me los he llevado muy lejos. Tu moralidad, tu buena presencia, tu saber estar, ¡lo echaste en un lefazo! Bien profundo, deja la semilla del mal dentro de tu ángel, porque eso es lo que querías. Querías follártela, Pablo, desde el momento que la viste no deseaste más que llevarla a tu cama y hacerla tuya. Ni su bondad ni su intención de hacer el bien para ti quedaron claros, ¡tú querías más, Pablo! Y lo conseguiste, ¡vaya si lo conseguiste! Qué noche, ¿eh? ¡Qué noche!
Venga, un poco más... Las luces de Gran Vía son bonitas, pero tú no las verás más. Vamos, Pablito, un par de pasos más. Sara, recuerda a Sara. Qué mujer, llegó a tu casa y te revolucionó todo. Te enamoraste como un niño, ¿pero no era lo suficientemente fogosa para ti, Pablo? ¿No era lo que esperabas? No, claro que no. Por eso te dejaste llevar por el pasado, por Susana, para que ella se encargara de destrozarte. ¿Para qué me necesitabas viviendo en esa situación? ¡Era perfecta! Si hablabas con una te hundías, te sentías mal y discutías, ¡y hacías lo mismo con la otra! Después te la jugaron, Pablo Espinosa. ¡Te la jugaron! Era todo un complot, ¡todos estaban de acuerdo! ¿Por qué Sara ese día si te fue a buscar, eh? ¿Por qué Susana decidió besarte en ese preciso instante? ¡Estaba todo planeado, imbécil! Estaba todo planeado y tú no quisiste verlo. Eras un buenazo, ¿no? Pues no, Pablo Espinosa, te merecías ese puñetazo, te merecías estar solo y te merecías todo lo que pasó. Un poco más, eso es... Ahora solo queda esperar. La luz está en camino, Pablo. La luz está llegando. No queda nada, pronto todo esto habrá acabado. ¿Cual quieres que sea tu último pensamiento? ¿Blanca? ¿Sara? ¿Susana? No. Tu último pensamiento seré yo. Verás mi rostro, que será el mismo que ves ante el espejo todas las mañanas. Soy tu peor enemigo, Pablo, y soy tú mismo. No conseguirás escapar a mis garras, y hoy he ejecutado mi obra maestra.
Ahí está la luz, Pablo, cierra los ojos... Eso es, descansa... Es tu hora... Hasta siempre...
No, Pablo. Abre los ojos. ¡Ábrelos!
Y abrí los ojos, justo en el momento exacto para tirarme al lateral de la carretera cuando aquel autobús se acercaba raudo y veloz para atropellarme. Después tuve que rodar, porque otro coche venía en dirección contraria, y acabé saltando por encima de las vallas de metal que separan la carretera de la Plaza de Callao. Estaba solo con el pantalón de pijama, calado hasta los huesos por la lluvia, jadeando. ¿Qué cojones había pasado? No entendía nada. Una pareja se acercó a socorrerme y uno de ellos puso su chaqueta sobre mí.
- ¿Estás bien? -el chico parecía muy preocupado -llamaré a una ambulancia.
- No, no, no la llames -dije, recobrando la conciencia -¿qué ha pasado?
- Te metiste en la carretera como un zombie -respondió la chica, con la misma cara pálida -parecías una marioneta, estaba acojonada.
- Solo eras capaz de gritar. Gritabas mucho cuatro nombres -el chico hizo memoria -Sara, Susana, Blanca... Y Pablo. Pablo el que más.
- Yo soy Pablo... -traté de levantarme, pero me sentía sin fuerzas -¿qué hora es?
- Las cuatro y media de la mañana del domingo -traté de secarme la cara con la mano, pero estaba incluso más mojada que la propia cara -veníamos de tomar unas copas. Dime, ¿de dónde vienes?
- Creo... creo que de mi casa. -empecé a hacer memoria -recuerdo que Blanca se fue, pero no dio señal alguna de vida en todo el día. Estuve recogiendo la casa, bebí un poco y me fui a acostar pronto...
- ¿Eres sonámbulo? -la pareja me ayudó a levantarme y comenzaron a caminar conmigo -Porque si es así deberías tomar medidas.
- Nunca me había pasado algo así, estoy temblando...
- Será el frío -dijo el chico.
- No. Tengo miedo. Mucho miedo...
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miércoles, 12 de febrero de 2014
45. Sacados de un sueño
Abrí los ojos. Después de meses, después de tanto tiempo sufriendo para conciliar el sueño y sintiendo que me volvía loco cada vez que me acostaba en esa cama, esa mañana simplemente abrí los ojos y miré al techo. Había dormido del tirón, había dormido plácidamente y había descansado tanto que no me acuerdo si esa noche llegué a tener sueño alguno. No había sol aquella mañana, las nubes cubrían el cielo, pero lo justo para que algo de luz blanca bañara mi cuarto. Las sábanas tenían un dulce olor a whisky, y las sentía pegajosas, pero no me preocupaba. Cuando miré a mi lado vi aquellos dos ojos miel mirarme con una mezcla de dulzura y curiosidad. Blanca me abrazaba y me acariciaba el rostro, llevaba un rato haciéndolo, y al mirarla solo supe sonreír. Ella también sonreía, una de esas sonrisas que no se pueden contener, que no tienen sentido pero que a la vez le dan sentido a todo, que aunque duelan las mejillas, sigues sonriendo.
- Buenos días -era más un susurro que una voz. Hizo que cada vello de mi desnudo cuerpo se erizara, era como la brisa matutina que golpea tu rostro cuando sales a la calle en una mañana de primavera, que trae el olor del césped recién cortado. Aunque en este caso olía a ron.
- Buenos días, preciosa -acaricié su rostro, primero con un dedo, y luego con toda la mano. Ella giró la cabeza para quedarse a merced de la caricia, cerrando los ojos, disfrutando del roce de mi piel contra la suya -¿qué tal has dormido?
- Hacía meses que no dormía tan bien -volvió a mirarme y yo volví a paralizarme, no era capaz de articular palabra. Era maravillosa -¿cómo has dormido tú, Cielo?
- Yo ya no me acordaba de lo que era dormir bien, hasta esta noche -miré a la mesilla de noche y ahí estaban mis Tiadiponas, pero no quería cogerlas, no las necesitaba -estoy tan relajado...
- Yo también lo estoy -se arropó y se volvió a acurrucar en mi regazo -no quiero que este momento termine nunca.
- ¿En serio? -me costaba hablar. Estaba afónico, la noche anterior fue maravillosa, y entre el alcohol que bebí y lo mucho que grité, no era capaz de sentir mis cuerdas vocales -¿tanto deseas quedarte aquí?
- No quiero irme. Quiero que pasen los días sin más, que la luna venga y se vaya junto a la oscuridad, y que tú y yo sigamos aquí tumbados.
- Ojalá pudiera ser así... -miré al techo y ella me abrazó más fuerte. Mucho más fuerte. Tanto que sentía su latido retumbando junto al mío. Su cuerpo desnudo quería acoplarse al mío, y yo quería dar forma a ese puzzle en el que nos habíamos convertido.
Pasaron unos minutos allí, respirando al unísono, abrazados sin pensar en nada más, cuando ella se movió y se sentó encima mía. Volvió a mirarme con la pasión que me había mirado la noche anterior, una mirada que era capaz de atravesarme por completo, de destruirme y de recomponerme al instante, de matarme y devolverme a la vida, una mirada que decía más palabras que un libro entero. Se mordió el labio y se lanzó a besarme, un beso dulce y tranquilo, sin prisa, disfrutando de cada instante, de su sabor, de su calor. Acaricié su espalda desnuda y sentí como temblaba de placer, sentí como se movía al son de esas caricias, como adaptaba su cuerpo para dejar vía libre a mis manos para recorrerla. Sus caderas se movían como las olas en un mar en calma que van a morir a la orilla con parsimonia, poco a poco, sin apenas hacer ruido. Los suspiros, de nuevo, se volvieron gemidos, y los míos también. Mis caricias se convirtieron en arañazos, y ella se agitaba más y más. Me besó con más pasión, con más energía, y el fuego dentro de mí me hizo tirarla a mi lado y seguir yo encima. Ella me devolvió los arañazos con más profundidad, y los gemidos se volvieron gritos. Los suaves movimientos de su cadera desaparecieron en mis violentas embestidas, cada vez más rápidas y fuertes. Los besos ahora eran mordiscos, las miradas eran de dos animales salvajes. Eso se había convertido en una batalla sangrienta que terminó con un grito ahogado de ambos, el éxtasis, la explosión de sensaciones que nos provocó terminar aquel salvaje acto con jadeos y sudando. Nos miramos de nuevo, volví a ver en ella a la dulce Blanca y la besé con ternura. Había sido, de nuevo, maravilloso.
- Iré a preparar el desayuno -dijo, después de un rato allí tumbados besándonos -Tú podrías cambiar las sábanas, están sucias...
- Si, llenas de whisky, ron, sudor... ¿y eso rojo? -pregunté, al ver que había manchas algo extrañas.
- Creo que me he pasado... -Blanca corrió al baño -¿Tienes agua oxigenada? ¿Y algodón?
- Está en el armario del baño, en la balda de abajo, ¿por qué lo dices? -ella volvió con todo en la mano, desnuda, y se puso de rodillas detrás mía.
- Quieto, Pablo, esto te va a picar -y cuando puso el algodón en mi espalda noté un fuerte escozor. Se me erizó todo el cuerpo -Joder, qué bestia soy...
- Y tanto, esto escuece -los algodones que Blanca dejaba al lado estaban impregnados de rojo. Estaba cada vez más asustado -¿dejarán cicatriz?
- No son tan profundos, pero la herida no te la quita nadie...
Cuando terminó la cura quitamos las sábanas y las cambiamos por unas limpias. Luego, desnudos, recogimos un poco la habitación. Sentía una gran confianza con ella, la suficiente como para no tener que vestirme. Después ella cogió mi mano, me sonrió y me llevó a la ducha. Cerró la mampara y encendió el agua caliente. Aquel momento fue bastante gratificante, hasta que sentí el calor en las heridas en la espalda. Blanca cogió jabón y las lavó de nuevo para curarlas, pero después tomó mis manos, las llenó de gel y me hizo enjabonarla todo el cuerpo mientras yo hacía lo mismo. Después usamos nuestros propios cuerpos como esponjas mientras nos besábamos. Aquello era maravilloso, mágico, indescriptible.
Al salir, ella preparó la comida, porque ya era mediodía, y yo recogí el salón. Fue entonces cuando, de repente, nuestro mundo se vino abajo. Nuestros dos teléfonos móviles sonaron a la vez. Nos miramos y la sonrisa desapareció. Ella cogió el suyo y se metió en la habitación, y yo cogí el mío y miré la pantalla... Era Sara.
- ¿Dígame? -respondí temblando, no me esperaba su llamada.
- Hola Pablo, soy yo -su voz era de pocos amigos. Ya sabía que no iba a ser amistosa -te llamaba para decirte que mañana al mediodía tengo un hueco para comer, así saldamos la deuda.
- Está bien, mañana a las dos te espero en el Friday's de la primera vez. ¿Te parece bien? -a mí no me parecía bien. De repente eso no tenía sentido alguno.
- De acuerdo, allí estaré. Hasta luego. -y colgó el teléfono. En ese instante Blanca salió de la habitación con una lágrima en su rostro.
- ¿Qué ocurre, Cielo? -dije yo acercándome a ella para abrazarla.
- Era mi novio -temblaba tanto como su voz -dice que vuelva a casa. Ha llamado a mis amigas y le han dicho que no me han visto en toda la noche...
- ¿Quieres que te lleve? -su temblor pasó a mí, estaba acojonado -Nos vestimos en un momento y te llevo en coche.
- No, Pablo, iré yo -me miró. Sus ojos rojos me hacían sentir fatal, pero no quería insistir.
- Está bien. Con cualquier cosa, cualquiera -me acerqué a ella un poco más -avísame, ¿de acuerdo?
- Te tendré informado -y me besó antes de volver a la habitación a vestirse.
martes, 11 de febrero de 2014
44. La realidad superó a la ficción
Miré mi armario. No sabía que ponerme. Parecía una mujer. ¿En serio? Era una simple cena con una empleada, una amiga, ¿por qué tenía que decidir qué ponerme? No tenía sentido, pero después de las dudas que tuve aquella mañana en el trabajo de repente cada acto aquella tarde merecía un estudio intensivo. Al final, después de una ducha helada para calmar la libido y matar los malos pensamientos, elegí una camisa morada, unos vaqueros y mis zapatos negros, que aunque eran los que usaba para trabajar, eran bastante cómodos. La casa estaba impoluta, Nuka estaba dormido en el sofá y no sabía qué preparar de cenar, pero lo mejor sería improvisar sobre la marcha. Total, la cena ya era improvisada, ¿qué más daba si no le ofrecía un menú? Ya se me ocurriría algo.
Habíamos quedado en Sol, así que me puse mi chaqueta negra, levanté mis solapas y fui dando un paseo, ya que estaba al lado de mi casa. Llovía con fuerza, la gente se refugiaba donde podía y para ser viernes había poca gente por la zona del centro de Madrid, pero también eran las ocho de la tarde y aún no era hora de ir a ningún sitio si no era a cenar. Llegué a la Gran Vía y cuando miré en dirección a la bajada que llevaba a Plaza de España me estremecí: me pareció ver coches destruidos, las luces con tanta lluvia parecía que eran llamas en los edificios y la gente que corría me asustó. Creí que venían a por mí. Pero no eran poseídos, no había ninguna catedral allí abajo y el ángel en vez de llegar volando con su armadura y sus alas venía en transporte público a unos cinco minutos del lugar en el que me encontraba.
Sol era un hervidero, como siempre. Aquella enorme plaza, aunque lloviera o nevara, estaba siempre hasta arriba de gente, y más un viernes, cuando todo el mundo que no era de Madrid venía aquí a pasar la noche. Carteles humanos, enormes figuras infantiles en cuyo interior habitaba gente pidiendo dinero, algún loco que se atrevía a dar un discurso bajo el temporal y muchas parejas. Cosa que me recordó a Sara, a las ganas que tenía de estar con ella y de cenar juntos esta noche para después que Blanca y yo... ¡No, joder! Sara. Quería ver a Sara. Había quedado para cenar con una amiga a la espera de una llamada. Nada más. En pleno dilema, mirando al cielo que no dejaba de caerse encima mía, noté como dos brazos me rodeaban por el cuello y me apretaban contra un cuerpo notablemente femenino. Me extrañé por un momento, pero cuando vi sus cobrizos cabellos empaparse supe que Blanca ya estaba allí esperándome y me había encontrado antes que la encontrara yo, y la devolví el abrazo. La verdad es que me sentó muy bien.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Espero no llegar tarde -dije algo preocupado, ella estaba empapada.
- Solo llevo cinco minutos, pero me gusta la lluvia, por eso estoy así -se miró, parecía que se acababa de meter en una de las fuentes de la Puerta del Sol.
- Madre mía, te vas a tener que cambiar luego... -si, y darle motivos para que se desnude en casa. Bien, Pablo, bien. Un aplauso.
- Si, llevo ropa en el bolso -señaló su gran saco de cuero que llevaba al hombro -Me imaginaba que terminaría así.
- Eres previsora. Es bueno saberlo, en el trabajo necesito gente como tú -vamos, como agua de Mayo, chicas atractivas que me hagan dudar de todos mis principios y sentimientos por todas partes, será divertido ir a la oficina atado y amordazado.
- ¿Es que todas las empleadas se pasan por tu casa a cenar, señor Espinosa? -puso una sonrisa pícara, sensual. Estaba de broma, pero que se lo digan a mi Corazón.
- ¡No! No, no, claro que no -Oh, nervios, bienvenidos -Solo un fin de semana vino Ángel Luis Fernández para cenar, pero porque también es mi amigo.
- Una amistad extraña, para qué mentir.
- No es extraña, somos buenos amigos porque los acontecimientos nos unieron, no por nada -tenía razón. Mi jefe y yo nos convertimos de enemigos intratables a íntimos en una sola noche...
- Y que acontecimientos...
- Nada que no sepas ya -reí y comencé a caminar subiendo hacia Callao seguido de Blanca.
Si algo tenía que admirar de Blanca es que, además de ser muy atractiva, me ofreció muy buena conversación. No éramos capaces de callarnos. Hablamos de todo de camino a casa. Dio tiempo a tratar temas de la oficina, de nuestras vidas personales, de política, de actualidad... y de sexo. Pensábamos de forma muy similar, pero la conversación era muy fluida. Me sentía muy cómodo con ella, y más cuando llegué de nuevo a la Gran Vía. Con el brillo de su chaqueta mojada bajo la luz de una farola sentí que su armadura brillaba impoluta en aquel lugar.
Y llegamos a mi casa. Dejamos las empapadas chaquetas en el perchero y también los zapatos. Ella llevaba los tacones rojos, como no, y llevaba un vestido ajustado y corto, bastante sugerente y sensual, sin llegar a ser excesivo, de color negro, y con un pequeño cinturón rojo. Un generoso escote y sin mangas daban forma a la prenda, aunque su rostro estaba algo más desorganizado. Con la lluvia se había corrido un poco su maquillaje, y lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba el baño para poder arreglar el estropicio, aunque cuando salió fue sin maquillar. Ya habíamos hablado lo que me gustaban las mujeres al natural, y ella ganaba incluso más sin pintarse.
- ¿Qué hay de cenar, jefe? -preguntó mientras yo miraba los armarios con indecisión -¿algo en especial?
- Pues me puse a recoger y a prepararme y a lo tonto se me ha olvidado el tema de la cena... -en el fondo tenía razón -así que estoy mirando qué tenemos por aquí.
- Vaya, esto está lleno -se puso a mi lado y miró los armarios y la nevera conmigo -yo lo tengo fácil en casa: me preparo lo que hay. Pero habiendo tanto donde elegir...
- ¿Qué te parece un revuelto de setas, espárragos trigueros y huevos de primero? Se me da muy bien hacerlo
- ¡Me encanta! Perfecto, tú te encargas del primero. Yo del segundo. -Venga Pablo, y después el postre lo ponéis los dos, ¿verdad? Porque claro, qué menos.
- ¿En qué estás pensando? -saqué los ingredientes de la nevera sintiéndome atravesado por la mirada de Blanca, que seguía analizando las posibilidades con mis existencias.
- Algo ligero, es una cena, tampoco tenemos que ponernos tibios a comer... ¡Ya sé! -metió la mano en la nevera y cogió el paquete de filetes de pollo que tenía ahí -Filetes de pollo al ajillo y patatas fritas.
- Me parece perfecto, las patatas están ahí abajo -ella se inclinó para cogerlas con una pose demasiado sugerente y a mí casi se me caen los huevos... del cartón de huevos que tenía en la mano. Su vestido se levantó lo justo para dejarme ver algo más de los muslos y un poco de donde la espalda pierde su dulce nombre. Si, también vi su ropa interior negra de encaje. Estaba temblando mientras cortaba las setas. Empezaba a pensar que en cualquier momento me cortaría un dedo.
El rato que estuvimos cocinando, para mí, fue bastante tenso. Cada vez que le pasaba el cuchillo o que nos cruzábamos, había algún roce entre nuestras manos o nuestros cuerpos, y cuando pasaba nos mirábamos y nos reíamos. Algo de tensión si había, pero tampoco quise darle mucha importancia. Si lo hacía, seguro que esto podría terminar peor, así que preferí no pensar en absoluto en ello.
Preparé la mesa con todo lo necesario para comer. Platos, cubiertos, servilletas, vasos... y cerveza. Me gustaba cenar con cerveza, y ella no parecía poner pega ninguna. De hecho no la puso porque fue ella quien sugirió lo de la cerveza. Servimos todo y nos sentamos a comer el uno frente al otro, no antes de ponerle a Nuka su lata de comida de gato que tanto le gustaba. Algo que noté es que mi fiel compañero felino miraba todo el rato a Blanca, aunque no trató de acercarse. La contempló como algo habitual en mi casa, y eso me sorprendió.
- Bueno, ¿qué opina tu chico de esto? -pregunté a mitad del primer plato que, por supuesto, me había salido delicioso -Venir a cenar a casa de tu jefe, a solas... Sabiendo como es no le ha debido sentar muy bien.
- Cree que estoy con unas amigas -ella también disfrutaba de la cena -de hecho piensa que me voy a quedar a dormir en casa de una de ellas. Así que espero que me ofrezcas un buen plan, y que sea para ahora, y no para ayer...
- ¡Vaya, no me lo esperaba! -si, si, hazte el sorprendido y quita la sonrisa de niño tonto -Pues... Tengo cuantiosos juegos de mesa, una filmoteca llena de nuevos estrenos, libros de todo tipo y un minibar lleno de bebidas espirituosas. Salir no es factible, mira la calle...
- ¡Joder, qué tormenta! -los cristales temblaban por la lluvia y el golpe violento del viento en los vidrios, el temporal ya no era un leve contratiempo, sino un motivo para no poder pisar la calle -pues creo que asaltaremos tu minibar mientras vemos una película. ¿Qué te parece la idea?
- Está bien, y cuando termine y te sientas cansada puedes dormir en mi cama -es lo malo de no tener cuarto de invitados, que solo hay una cama. Malo según desde el punto de vista que se mire, claro está -tú te acuestas allí y yo duermo en el sofá con Nuka como hacemos a menudo.
- ¿No te supondrá ningún problema? -se sonrojó.
- Para nada, no te preocupes -sonreí. Si, que parezca que soy un buen anfitrión.
Terminamos la cena y nos pusimos a recoger, pero ocurrió la tragedia. En la parte más alta de la nevera tenía un batido casero de frutas, y cuando fui a dejar los huevos Blanca se interpuso en mi camino, moví un poco la balda y la botella cayó encima mía. Mi pelo, mi cara, mi ropa, mi suelo... Todo lleno de batido. Y también Blanca sufrió las consecuencias. Su precioso vestido negro se llenó de fruta batida. Nos miramos y nos reímos.
- Deberías ducharte, Pablo -dijo Blanca mirándose -yo con cambiarme vale, pero tú... Tú pareces el postre -y comenzó a reírse. Yo también, pero lo mío era una risa nerviosa.
- Está bien, voy a ducharme. ¿Quieres que te deje algo para ponerte? -si, claro, ¿por qué no? ¿Y qué más?
- Pues con que me dejes una camiseta ancha estoy contenta -¡Claro que si! ¡Una camiseta! ¿Quieres también que yo no me ponga nada después de la ducha? Total, ¿para qué? Me estaba volviendo loco.
- Si, tengo una del Atlético de Madrid, ¿te vale?
- ¡Yo también soy del Atleti! -Que alguien traiga una tila a este Corazón, el pobre va a explotar.
- Está bien, te la dejo en la habitación. Yo cojo todo y me voy a la ducha. Nos vemos ahora.
Agua fría. Si, empecé con una ducha de agua fría. Temblaba debajo de la alcachofa, pero necesitaba relajarme y a la vez, castigarme. ¿Cómo podía sentirme así? Era una amiga, por Dios, ¡una amiga! ¿Y sabéis lo que pensaba viéndola impregnada de batido? En quitárselo a lametazos. En hacerle un traje de saliva y en hacerla sentir mujer durante toda la noche. Y eso no concordaba con mis sentimientos, con Sara, con lo que sentía por Sara. Empecé a sentirme un monstruo, y más cuando miré a través de las mamparas opacas y casi me mato porque me pareció verme a mí mismo, desnudo, y con ese rostro pálido y esa sonrisa malvada. Quizá el monstruo solo se había ausentado, pero no se había ido...
Salí de la ducha, aunque al final para relajarme de verdad si había puesto el agua ardiendo. Empecé a secarme con la toalla y por el frío mi propio cuerpo emitía vapor del calor de mi piel. Fue entonces cuando escuché un golpe y un grito. Asustado me puse solo los pantalones del pijama y salí corriendo del baño. En la cocina, Blanca estaba en el suelo con mi camiseta del Atleti puesta y con la mano en su tobillo. Por lo que vi, estaba recogiendo todo. El salón lucía impoluto, y la cocina aún tenía la mancha de batido en el suelo, la cual ahora también tenía el rastro del pie de Blanca.
- ¿Cómo puedo ser tan torpe? -dijo desde el suelo, con una mueca de dolor -Me cago en la puta...
- Joder, Blanca, ¿estás bien? -me agaché a su lado y su rostro cambió por completo cuando me vio. Primero fue de sorpresa, luego cambió a un semblante dubitativo y después se sonrojó y giró la cabeza. Es verdad, solo tenía los pantalones del pijama puestos...
- Si, si, aunque creo que me he torcido el tobillo, se me está hinchando... -era cierto, su tobillo derecho era un gran bulto.
- Espera, te llevaré a la cama, así te tumbas tranquila.
- No te preocupes, Pablo, es solo una... -no le di tiempo a seguir. Antes de que terminara la frase la había levantado en volandas y me dirigía a la habitación. Pesaba más de lo que pensé, pero porque estaba acostumbrado a Sara, ella no era tan alta como Blanca, y por eso me costó un poco más llevarla hasta allí.
- Iré a por una crema para eso, y también a por el mejor de los analgésicos. ¿Qué te gusta beber?
- Mientras no sean licores blancos, lo que quieras -ella sonreía pero no me miraba. El rojo de la camiseta era del tono del color de su rostro. Mostraba una media sonrisa, eso si podía verlo. Quizá se reía de mí, de mi cuerpo. Tampoco me podía quejar, me cuidaba, y había perdido bastante peso después de todo lo que me había ocurrido.
- Tengo una buena opción.
Fui a la cocina, terminé de fregar y eché hielo en una cubitera, además de coger dos vasos anchos. También cogí Coca-Cola y del minibar saqué una botella de Jack Daniel's y otra de Ron Legendario. Cuando llegué lo dejé todo en la mesilla de noche y comencé a servir. Después, con mi combinado a mano, comencé a hacerle un masaje en el tobillo hinchado.
- ¿Este era tu verdadero plan? -dije, ya algo entonado después del primer cubata mientras seguía con el masaje -¿lesionarte en casa de tu jefe y que te invite a copas mientras te hace una cura?
- Es más bien una fantasía, ¿no crees? -se me erizaron los pelos de la nuca, aunque ella se reía -¡Mírame, Pablo! Estoy semi desnuda en tu cama, tú solo llevas los pantalones de pijama y estamos bebiendo, parece un sueño húmedo.
- Húmedo estoy yo, que todavía no me he secado -¿era tan evidente que no llevaba ropa interior? -Aunque si, quién lo diría...
- Qué rico está este ron... -que cambio de tema, Blanca... -¿puedo echarme otro?
- Bebe hasta acabar con las existencias, no te preocupes -"a ver si así te duermes más rápido y paso este calvario" pensé.
Y de repente, un rayo iluminó la escena a través de la ventana, la luz se fue y el trueno nos dejó en el silencio más absoluto, solo roto por las gotas de lluvia repiqueteando en la ventana y los ruidos de la calle. Si, ahora si que parecía una fantasía. Saqué algunas velas a tientas que tenía en la habitación y las dejé sobre la mesa de noche. Después me tumbé al lado de Blanca y comenzamos a charlar mientras bebíamos. No sé como fue, pero al rato ella terminó acurrucada en mi regazo, tapados con la funda nórdica, mientras yo la rodeaba con mi brazo.
- Hacía muchísimo que no me sentía así de cómoda, Pablo -dijo ella con un dulce tono de voz -esto me transmite tanta paz...
- El sentimiento es mutuo, te lo aseguro -ya no le daba vueltas a nada. No sé si era el alcohol, la situación o que los filetes estaban pasados, pero sonreí por instinto. Estaba en una nube.
- ¿Te has dado cuenta lo mucho que conectamos? No sé, todo esto... No me esperaba terminar así, tumbada contigo...
- De hecho no esperaba ni que quisieras pasar la noche aquí -la miré. Sus ojos brillaban con el fulgor de las velas, su rostro era inocente y dulce, y si aún quedaban principios en mí, estaban haciendo que resistiera la tentación a besarla.
- ¿Por qué no? -no, era imposible no quedarse hechizado.
- Bueno, no sé... Soy tu jefe, después de todo -me temblaba la voz, no me había pasado nunca, ni con Sara -somos amigos desde hace poco, ¡ni me creía que aceptarías venir!
- ¿Y por qué no, Pablo? -cada vez estaba más cerca, ya sentía su aliento en mi nariz, un aliento sabor a ron con cola que me estaba paralizando.
- ¡Porque todo esto es extraño, Blanca! Vives con tu novio, estoy detrás de mi ex pareja, estoy en una situación sentimental que...
No me dio tiempo a seguir hablando. Pasó su brazo por detrás de mi cuello y, evitando cualquier escape posible, me besó. Sus labios estaban húmedos por la bebida, pero ardiendo por el calor de la pasión que en esa estancia había. Mi primera reacción fue quedarme quieto, pero creo que me duró un par de segundos, porque por instinto coloqué mis manos en su cintura y la estreché contra mí para después recorrer con caricias su espalda. Era mágico, no era una simple noche de sexo sin compromiso. No, era mucho más. Cada beso que me daba hacía aflorar en mí un montón de sentimientos, un montón de sensaciones indescriptibles que hicieron desmoronarse todo lo que pensaba y sentía hasta ese momento.
Poco a poco fui quitando su camiseta, y por lo que vi, ella ya se había quitado el sujetador. No me percaté de ello hasta que la tuve de frente. Era, literalmente, perfecta. Cada curva estaba en sintonía con la siguiente, su piel era suave y su mirada ardiente. Yo ya estaba tumbado debajo de ella, pero cambié la posición. Quería deleitarme, quería disfrutar de esas magníficas curvas con todos los sentidos. Cogí sus muñecas mientras iba bajando poco a poco por su pecho a besos. Sus suspiros se transformaron en pequeños gemidos que me hacían sentir cada vez mejor. Era imposible controlarse, yo quería más y más, y bajé hasta su ropa interior, la cual le quité lentamente para hacer que de verdad disfrutara.
Después de un rato resistiendo sus arañazos y sus gritos de placer, me agarró y me tumbó en la cama con una fuerza sobrehumana. Ella cogió la botella de Jack Daniel's y la vertió por todo mi cuerpo. El frío licor me estremeció, yo estaba ardiendo, pero el placer que sentí cuando ella empezó a limpiar el whisky con la lengua era completamente inefable. No tenía palabras, y menos cuando llegó a la cadera, que me hizo retorcerme. Me agarraba al colchón, a las sábanas, donde podía, pero era imposible. ¿Y qué decir cuando se deshizo de mi pantalón? Nunca, nunca había gemido tanto como en aquella ocasión, y ni siquiera habíamos llegado a la mejor parte. Estaba acelerado, el Corazón latía a mil por hora, era una mezcla de pasión y de sentimiento que me llevó al éxtasis.
Cuando subió yo ya estaba pegajoso por el whisky y sudando tanto como ella. ¡En los preliminares! ¿Qué cojones hacía esa chica para tenerme extasiado antes de empezar? Llegó hasta mi boca y me besó. Ahora sabía a Whisky, y no me importaba, me encantaba.
- Me encantas, Pablo -dijo ella mientras se colocaba para empezar con la mejor parte -eres capaz de hacerme enloquecer...
- Esto solo acaba de empezar... -jadeábamos a la vez. Frente con frente, ya sentía que estaba dentro -tú también me encantas, Blanca.
Y ahí, encima mía, mientras se movía y gemía, pude ver claramente como extendía sus impolutas alas blancas tras un grito.
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Habíamos quedado en Sol, así que me puse mi chaqueta negra, levanté mis solapas y fui dando un paseo, ya que estaba al lado de mi casa. Llovía con fuerza, la gente se refugiaba donde podía y para ser viernes había poca gente por la zona del centro de Madrid, pero también eran las ocho de la tarde y aún no era hora de ir a ningún sitio si no era a cenar. Llegué a la Gran Vía y cuando miré en dirección a la bajada que llevaba a Plaza de España me estremecí: me pareció ver coches destruidos, las luces con tanta lluvia parecía que eran llamas en los edificios y la gente que corría me asustó. Creí que venían a por mí. Pero no eran poseídos, no había ninguna catedral allí abajo y el ángel en vez de llegar volando con su armadura y sus alas venía en transporte público a unos cinco minutos del lugar en el que me encontraba.
Sol era un hervidero, como siempre. Aquella enorme plaza, aunque lloviera o nevara, estaba siempre hasta arriba de gente, y más un viernes, cuando todo el mundo que no era de Madrid venía aquí a pasar la noche. Carteles humanos, enormes figuras infantiles en cuyo interior habitaba gente pidiendo dinero, algún loco que se atrevía a dar un discurso bajo el temporal y muchas parejas. Cosa que me recordó a Sara, a las ganas que tenía de estar con ella y de cenar juntos esta noche para después que Blanca y yo... ¡No, joder! Sara. Quería ver a Sara. Había quedado para cenar con una amiga a la espera de una llamada. Nada más. En pleno dilema, mirando al cielo que no dejaba de caerse encima mía, noté como dos brazos me rodeaban por el cuello y me apretaban contra un cuerpo notablemente femenino. Me extrañé por un momento, pero cuando vi sus cobrizos cabellos empaparse supe que Blanca ya estaba allí esperándome y me había encontrado antes que la encontrara yo, y la devolví el abrazo. La verdad es que me sentó muy bien.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Espero no llegar tarde -dije algo preocupado, ella estaba empapada.
- Solo llevo cinco minutos, pero me gusta la lluvia, por eso estoy así -se miró, parecía que se acababa de meter en una de las fuentes de la Puerta del Sol.
- Madre mía, te vas a tener que cambiar luego... -si, y darle motivos para que se desnude en casa. Bien, Pablo, bien. Un aplauso.
- Si, llevo ropa en el bolso -señaló su gran saco de cuero que llevaba al hombro -Me imaginaba que terminaría así.
- Eres previsora. Es bueno saberlo, en el trabajo necesito gente como tú -vamos, como agua de Mayo, chicas atractivas que me hagan dudar de todos mis principios y sentimientos por todas partes, será divertido ir a la oficina atado y amordazado.
- ¿Es que todas las empleadas se pasan por tu casa a cenar, señor Espinosa? -puso una sonrisa pícara, sensual. Estaba de broma, pero que se lo digan a mi Corazón.
- ¡No! No, no, claro que no -Oh, nervios, bienvenidos -Solo un fin de semana vino Ángel Luis Fernández para cenar, pero porque también es mi amigo.
- Una amistad extraña, para qué mentir.
- No es extraña, somos buenos amigos porque los acontecimientos nos unieron, no por nada -tenía razón. Mi jefe y yo nos convertimos de enemigos intratables a íntimos en una sola noche...
- Y que acontecimientos...
- Nada que no sepas ya -reí y comencé a caminar subiendo hacia Callao seguido de Blanca.
Si algo tenía que admirar de Blanca es que, además de ser muy atractiva, me ofreció muy buena conversación. No éramos capaces de callarnos. Hablamos de todo de camino a casa. Dio tiempo a tratar temas de la oficina, de nuestras vidas personales, de política, de actualidad... y de sexo. Pensábamos de forma muy similar, pero la conversación era muy fluida. Me sentía muy cómodo con ella, y más cuando llegué de nuevo a la Gran Vía. Con el brillo de su chaqueta mojada bajo la luz de una farola sentí que su armadura brillaba impoluta en aquel lugar.
Y llegamos a mi casa. Dejamos las empapadas chaquetas en el perchero y también los zapatos. Ella llevaba los tacones rojos, como no, y llevaba un vestido ajustado y corto, bastante sugerente y sensual, sin llegar a ser excesivo, de color negro, y con un pequeño cinturón rojo. Un generoso escote y sin mangas daban forma a la prenda, aunque su rostro estaba algo más desorganizado. Con la lluvia se había corrido un poco su maquillaje, y lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba el baño para poder arreglar el estropicio, aunque cuando salió fue sin maquillar. Ya habíamos hablado lo que me gustaban las mujeres al natural, y ella ganaba incluso más sin pintarse.
- ¿Qué hay de cenar, jefe? -preguntó mientras yo miraba los armarios con indecisión -¿algo en especial?
- Pues me puse a recoger y a prepararme y a lo tonto se me ha olvidado el tema de la cena... -en el fondo tenía razón -así que estoy mirando qué tenemos por aquí.
- Vaya, esto está lleno -se puso a mi lado y miró los armarios y la nevera conmigo -yo lo tengo fácil en casa: me preparo lo que hay. Pero habiendo tanto donde elegir...
- ¿Qué te parece un revuelto de setas, espárragos trigueros y huevos de primero? Se me da muy bien hacerlo
- ¡Me encanta! Perfecto, tú te encargas del primero. Yo del segundo. -Venga Pablo, y después el postre lo ponéis los dos, ¿verdad? Porque claro, qué menos.
- ¿En qué estás pensando? -saqué los ingredientes de la nevera sintiéndome atravesado por la mirada de Blanca, que seguía analizando las posibilidades con mis existencias.
- Algo ligero, es una cena, tampoco tenemos que ponernos tibios a comer... ¡Ya sé! -metió la mano en la nevera y cogió el paquete de filetes de pollo que tenía ahí -Filetes de pollo al ajillo y patatas fritas.
- Me parece perfecto, las patatas están ahí abajo -ella se inclinó para cogerlas con una pose demasiado sugerente y a mí casi se me caen los huevos... del cartón de huevos que tenía en la mano. Su vestido se levantó lo justo para dejarme ver algo más de los muslos y un poco de donde la espalda pierde su dulce nombre. Si, también vi su ropa interior negra de encaje. Estaba temblando mientras cortaba las setas. Empezaba a pensar que en cualquier momento me cortaría un dedo.
El rato que estuvimos cocinando, para mí, fue bastante tenso. Cada vez que le pasaba el cuchillo o que nos cruzábamos, había algún roce entre nuestras manos o nuestros cuerpos, y cuando pasaba nos mirábamos y nos reíamos. Algo de tensión si había, pero tampoco quise darle mucha importancia. Si lo hacía, seguro que esto podría terminar peor, así que preferí no pensar en absoluto en ello.
Preparé la mesa con todo lo necesario para comer. Platos, cubiertos, servilletas, vasos... y cerveza. Me gustaba cenar con cerveza, y ella no parecía poner pega ninguna. De hecho no la puso porque fue ella quien sugirió lo de la cerveza. Servimos todo y nos sentamos a comer el uno frente al otro, no antes de ponerle a Nuka su lata de comida de gato que tanto le gustaba. Algo que noté es que mi fiel compañero felino miraba todo el rato a Blanca, aunque no trató de acercarse. La contempló como algo habitual en mi casa, y eso me sorprendió.
- Bueno, ¿qué opina tu chico de esto? -pregunté a mitad del primer plato que, por supuesto, me había salido delicioso -Venir a cenar a casa de tu jefe, a solas... Sabiendo como es no le ha debido sentar muy bien.
- Cree que estoy con unas amigas -ella también disfrutaba de la cena -de hecho piensa que me voy a quedar a dormir en casa de una de ellas. Así que espero que me ofrezcas un buen plan, y que sea para ahora, y no para ayer...
- ¡Vaya, no me lo esperaba! -si, si, hazte el sorprendido y quita la sonrisa de niño tonto -Pues... Tengo cuantiosos juegos de mesa, una filmoteca llena de nuevos estrenos, libros de todo tipo y un minibar lleno de bebidas espirituosas. Salir no es factible, mira la calle...
- ¡Joder, qué tormenta! -los cristales temblaban por la lluvia y el golpe violento del viento en los vidrios, el temporal ya no era un leve contratiempo, sino un motivo para no poder pisar la calle -pues creo que asaltaremos tu minibar mientras vemos una película. ¿Qué te parece la idea?
- Está bien, y cuando termine y te sientas cansada puedes dormir en mi cama -es lo malo de no tener cuarto de invitados, que solo hay una cama. Malo según desde el punto de vista que se mire, claro está -tú te acuestas allí y yo duermo en el sofá con Nuka como hacemos a menudo.
- ¿No te supondrá ningún problema? -se sonrojó.
- Para nada, no te preocupes -sonreí. Si, que parezca que soy un buen anfitrión.
Terminamos la cena y nos pusimos a recoger, pero ocurrió la tragedia. En la parte más alta de la nevera tenía un batido casero de frutas, y cuando fui a dejar los huevos Blanca se interpuso en mi camino, moví un poco la balda y la botella cayó encima mía. Mi pelo, mi cara, mi ropa, mi suelo... Todo lleno de batido. Y también Blanca sufrió las consecuencias. Su precioso vestido negro se llenó de fruta batida. Nos miramos y nos reímos.
- Deberías ducharte, Pablo -dijo Blanca mirándose -yo con cambiarme vale, pero tú... Tú pareces el postre -y comenzó a reírse. Yo también, pero lo mío era una risa nerviosa.
- Está bien, voy a ducharme. ¿Quieres que te deje algo para ponerte? -si, claro, ¿por qué no? ¿Y qué más?
- Pues con que me dejes una camiseta ancha estoy contenta -¡Claro que si! ¡Una camiseta! ¿Quieres también que yo no me ponga nada después de la ducha? Total, ¿para qué? Me estaba volviendo loco.
- Si, tengo una del Atlético de Madrid, ¿te vale?
- ¡Yo también soy del Atleti! -Que alguien traiga una tila a este Corazón, el pobre va a explotar.
- Está bien, te la dejo en la habitación. Yo cojo todo y me voy a la ducha. Nos vemos ahora.
Agua fría. Si, empecé con una ducha de agua fría. Temblaba debajo de la alcachofa, pero necesitaba relajarme y a la vez, castigarme. ¿Cómo podía sentirme así? Era una amiga, por Dios, ¡una amiga! ¿Y sabéis lo que pensaba viéndola impregnada de batido? En quitárselo a lametazos. En hacerle un traje de saliva y en hacerla sentir mujer durante toda la noche. Y eso no concordaba con mis sentimientos, con Sara, con lo que sentía por Sara. Empecé a sentirme un monstruo, y más cuando miré a través de las mamparas opacas y casi me mato porque me pareció verme a mí mismo, desnudo, y con ese rostro pálido y esa sonrisa malvada. Quizá el monstruo solo se había ausentado, pero no se había ido...
Salí de la ducha, aunque al final para relajarme de verdad si había puesto el agua ardiendo. Empecé a secarme con la toalla y por el frío mi propio cuerpo emitía vapor del calor de mi piel. Fue entonces cuando escuché un golpe y un grito. Asustado me puse solo los pantalones del pijama y salí corriendo del baño. En la cocina, Blanca estaba en el suelo con mi camiseta del Atleti puesta y con la mano en su tobillo. Por lo que vi, estaba recogiendo todo. El salón lucía impoluto, y la cocina aún tenía la mancha de batido en el suelo, la cual ahora también tenía el rastro del pie de Blanca.
- ¿Cómo puedo ser tan torpe? -dijo desde el suelo, con una mueca de dolor -Me cago en la puta...
- Joder, Blanca, ¿estás bien? -me agaché a su lado y su rostro cambió por completo cuando me vio. Primero fue de sorpresa, luego cambió a un semblante dubitativo y después se sonrojó y giró la cabeza. Es verdad, solo tenía los pantalones del pijama puestos...
- Si, si, aunque creo que me he torcido el tobillo, se me está hinchando... -era cierto, su tobillo derecho era un gran bulto.
- Espera, te llevaré a la cama, así te tumbas tranquila.
- No te preocupes, Pablo, es solo una... -no le di tiempo a seguir. Antes de que terminara la frase la había levantado en volandas y me dirigía a la habitación. Pesaba más de lo que pensé, pero porque estaba acostumbrado a Sara, ella no era tan alta como Blanca, y por eso me costó un poco más llevarla hasta allí.
- Iré a por una crema para eso, y también a por el mejor de los analgésicos. ¿Qué te gusta beber?
- Mientras no sean licores blancos, lo que quieras -ella sonreía pero no me miraba. El rojo de la camiseta era del tono del color de su rostro. Mostraba una media sonrisa, eso si podía verlo. Quizá se reía de mí, de mi cuerpo. Tampoco me podía quejar, me cuidaba, y había perdido bastante peso después de todo lo que me había ocurrido.
- Tengo una buena opción.
Fui a la cocina, terminé de fregar y eché hielo en una cubitera, además de coger dos vasos anchos. También cogí Coca-Cola y del minibar saqué una botella de Jack Daniel's y otra de Ron Legendario. Cuando llegué lo dejé todo en la mesilla de noche y comencé a servir. Después, con mi combinado a mano, comencé a hacerle un masaje en el tobillo hinchado.
- ¿Este era tu verdadero plan? -dije, ya algo entonado después del primer cubata mientras seguía con el masaje -¿lesionarte en casa de tu jefe y que te invite a copas mientras te hace una cura?
- Es más bien una fantasía, ¿no crees? -se me erizaron los pelos de la nuca, aunque ella se reía -¡Mírame, Pablo! Estoy semi desnuda en tu cama, tú solo llevas los pantalones de pijama y estamos bebiendo, parece un sueño húmedo.
- Húmedo estoy yo, que todavía no me he secado -¿era tan evidente que no llevaba ropa interior? -Aunque si, quién lo diría...
- Qué rico está este ron... -que cambio de tema, Blanca... -¿puedo echarme otro?
- Bebe hasta acabar con las existencias, no te preocupes -"a ver si así te duermes más rápido y paso este calvario" pensé.
Y de repente, un rayo iluminó la escena a través de la ventana, la luz se fue y el trueno nos dejó en el silencio más absoluto, solo roto por las gotas de lluvia repiqueteando en la ventana y los ruidos de la calle. Si, ahora si que parecía una fantasía. Saqué algunas velas a tientas que tenía en la habitación y las dejé sobre la mesa de noche. Después me tumbé al lado de Blanca y comenzamos a charlar mientras bebíamos. No sé como fue, pero al rato ella terminó acurrucada en mi regazo, tapados con la funda nórdica, mientras yo la rodeaba con mi brazo.
- Hacía muchísimo que no me sentía así de cómoda, Pablo -dijo ella con un dulce tono de voz -esto me transmite tanta paz...
- El sentimiento es mutuo, te lo aseguro -ya no le daba vueltas a nada. No sé si era el alcohol, la situación o que los filetes estaban pasados, pero sonreí por instinto. Estaba en una nube.
- ¿Te has dado cuenta lo mucho que conectamos? No sé, todo esto... No me esperaba terminar así, tumbada contigo...
- De hecho no esperaba ni que quisieras pasar la noche aquí -la miré. Sus ojos brillaban con el fulgor de las velas, su rostro era inocente y dulce, y si aún quedaban principios en mí, estaban haciendo que resistiera la tentación a besarla.
- ¿Por qué no? -no, era imposible no quedarse hechizado.
- Bueno, no sé... Soy tu jefe, después de todo -me temblaba la voz, no me había pasado nunca, ni con Sara -somos amigos desde hace poco, ¡ni me creía que aceptarías venir!
- ¿Y por qué no, Pablo? -cada vez estaba más cerca, ya sentía su aliento en mi nariz, un aliento sabor a ron con cola que me estaba paralizando.
- ¡Porque todo esto es extraño, Blanca! Vives con tu novio, estoy detrás de mi ex pareja, estoy en una situación sentimental que...
No me dio tiempo a seguir hablando. Pasó su brazo por detrás de mi cuello y, evitando cualquier escape posible, me besó. Sus labios estaban húmedos por la bebida, pero ardiendo por el calor de la pasión que en esa estancia había. Mi primera reacción fue quedarme quieto, pero creo que me duró un par de segundos, porque por instinto coloqué mis manos en su cintura y la estreché contra mí para después recorrer con caricias su espalda. Era mágico, no era una simple noche de sexo sin compromiso. No, era mucho más. Cada beso que me daba hacía aflorar en mí un montón de sentimientos, un montón de sensaciones indescriptibles que hicieron desmoronarse todo lo que pensaba y sentía hasta ese momento.
Poco a poco fui quitando su camiseta, y por lo que vi, ella ya se había quitado el sujetador. No me percaté de ello hasta que la tuve de frente. Era, literalmente, perfecta. Cada curva estaba en sintonía con la siguiente, su piel era suave y su mirada ardiente. Yo ya estaba tumbado debajo de ella, pero cambié la posición. Quería deleitarme, quería disfrutar de esas magníficas curvas con todos los sentidos. Cogí sus muñecas mientras iba bajando poco a poco por su pecho a besos. Sus suspiros se transformaron en pequeños gemidos que me hacían sentir cada vez mejor. Era imposible controlarse, yo quería más y más, y bajé hasta su ropa interior, la cual le quité lentamente para hacer que de verdad disfrutara.
Después de un rato resistiendo sus arañazos y sus gritos de placer, me agarró y me tumbó en la cama con una fuerza sobrehumana. Ella cogió la botella de Jack Daniel's y la vertió por todo mi cuerpo. El frío licor me estremeció, yo estaba ardiendo, pero el placer que sentí cuando ella empezó a limpiar el whisky con la lengua era completamente inefable. No tenía palabras, y menos cuando llegó a la cadera, que me hizo retorcerme. Me agarraba al colchón, a las sábanas, donde podía, pero era imposible. ¿Y qué decir cuando se deshizo de mi pantalón? Nunca, nunca había gemido tanto como en aquella ocasión, y ni siquiera habíamos llegado a la mejor parte. Estaba acelerado, el Corazón latía a mil por hora, era una mezcla de pasión y de sentimiento que me llevó al éxtasis.
Cuando subió yo ya estaba pegajoso por el whisky y sudando tanto como ella. ¡En los preliminares! ¿Qué cojones hacía esa chica para tenerme extasiado antes de empezar? Llegó hasta mi boca y me besó. Ahora sabía a Whisky, y no me importaba, me encantaba.
- Me encantas, Pablo -dijo ella mientras se colocaba para empezar con la mejor parte -eres capaz de hacerme enloquecer...
- Esto solo acaba de empezar... -jadeábamos a la vez. Frente con frente, ya sentía que estaba dentro -tú también me encantas, Blanca.
Y ahí, encima mía, mientras se movía y gemía, pude ver claramente como extendía sus impolutas alas blancas tras un grito.
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