domingo, 8 de enero de 2012

31. Abrir los ojos

   Abrí los ojos en mitad de la noche. Estaba todo muy oscuro, llovía fuera y las luces de la calle no alumbraban mi habitación. Me levanté poco a poco y miré por la ventana: Se había ido la luz en todo el vecindario. A tientas volví a la cama y cogí el móvil para ver la hora. Eran las cinco y media de la mañana, y tenía una llamada perdida. Era de Sara. Aunque era un poco tarde, decidí responder a aquella llamada, pero algo sonó de repente en el salón. Era un ruido intermitente. Me acerqué lentamente, aún con mi móvil pegado a mi oreja, y detecté el ruido sobre el mueble de la entrada. Asustado me asomé, y descubrí qué era: El móvil de Sara.
   Aún me estaba preguntando qué demonios hacía ahí cuando noté una mano congelada posarse sobre mi espalda desnuda. Grité a todo volumen, salté y sin querer lancé mi móvil contra la pared, con el consiguiente sonido de cristal resquebrajarse. Me di la vuelta tras quedarme en la entrada hiperventilando y escudriñé en la oscuridad buscando esa presencia.

   - ¿Qué haces aquí? Se ha ido la luz en todo el barrio, no puedes hacer nada.
   - ¿Qué coño ocurre? - mi voz era temblorosa, mientras veía que la presencia se acomodaba en el sofá.
   - ¿Qué coño te ocurre a ti? No me seas gilipollas y vente, que encima que me despiertas me tratas así.
   - Espera... No puede ser...

   Mágicamente la luz de la calle volvió en ese momento, iluminando el rostro de Sara, que se encontraba recostada en el sofá mirando a la entrada, mirándome a mí.

   - ¿Por qué estás aquí? -pregunté, aún desde la puerta, asombrado
   - Cariño, en serio, me estás preocupando -dijo ella, incorporándose -Siéntate y me explicas.
   - No sé cómo has llegado hasta aquí, pero llevo casi una semana sufriendo después del incidente...
   - ¿Qué incidente?
   - ¿No lo recuerdas? ¿No te acuerdas de Susana besándome en la puerta del trabajo?
   - ¿De qué hablas? Voy a por tus pastillas, anda...
   - Espera, ¿qué día es hoy? -algo no me cuadraba... era muy extraño.
   - Es jueves. Bueno, por la hora que es, ya es viernes -respondió con un vaso de agua en la mano.
   - Jueves... - tomé la pastilla y bebí hasta apurar el vaso
   - ¿Es que te ha sentado algo mal de la cena? ¿No te ha gustado conocer a mi padre? 
   - Es que... ¿cómo? ¿tu padre? ¿Qué pinta tu padre en todo esto?
   - Mi padre ha venido esta noche a cenar...
   - Venga, no me jodas...
   - ¿Más? Ya hemos roto el cuadro del Atlétic y desordenado toda la casa...
   - Pero... pero...
   - Has pasado una noche horrible. Has dado más vueltas que de costumbre, y a eso de las cinco te has calmado y me he podido dormir. Aunque veo que poco, porque ya estás despierto y alucinando...
   - ¿Me estás diciendo que era todo un sueño?
   - Hombre, hace una semana no te vi besándote con Susana... Creo que está claro que si, ha sido una pesadilla...
   - Tengo que ir al médico, esto se está agravando.
   - ¿Y si...? -Sara empezó a agachar la cabeza - ¿Y si tu problema soy yo, Pablo? 
   - ¿Eh? - mi corazón volvía a latir con fuerza, con la misma que se mostraba cuando esa inocencia tan irresistible hacía mella en mis sentidos.
   - ¿Y si la culpable de tus terrores nocturnos soy yo? No querría ser el motivo de tus pesadillas...
   - No, mi amor -respondí abrazándola, sonriente - Sólo eres la mayor de mis alegrías. Y el motivo por el que sigo vivo.
   - Anda, vamos a dormir. Mañana te pediré una cita para el médico cuando vaya a trabajar. No te preocupes por nada, no me separaré de ti si es preciso.
   - Esto si es de verdad un sueño...
   - Y ojalá que no despertemos nunca, mi amor -fue la respuesta de Sara antes de besarme con ternura.