No recuerdo cuánto tiempo pasó desde entonces. Tampoco quise calcularlo. Sabía qué hacer por rutina y por la luz que entraba por las ventanas de mi casa. Si la luz iluminaba el cuadro roto del Atlético de Madrid tenía que desayunar. Si me golpeaba en la cara mientras estaba tumbado en el sofá, acariciando por inercia a Nuka, era la hora de comer. Si se hacía de noche, cenaba. Y cuando el ruido amainaba, hora de dormir. Pero no comía, y no dormía. Mi vida se basaba en el consumo casi compulsivo de Tiadipona, y algún que otro Valium cuando cualquier cosa me daba una señal inequívoca de que ya no estaba ahí.
Hay poco que contar de aquel tiempo. Llegué el lunes puntual, con dolor corporal, con fiebre y con el ojo morado. Al llegar a mi despacho vi una chica rubia sentada, colocando una foto suya con un pequeño niño de ojos azules sonriente. Me miró y sonrió, presentándose como Marta, la nueva empleada que ha venido en sustitución del anterior, el cual habían despedido. Me presenté como Pablo, el empleado que acababa de enterarse que estaba despedido. No vi al Señor Fernández. Ni falta que me hacía. En la puerta había una caja con todas mis pertenencias y unos sobres con los correspondientes papeles que tenía que firmar. Me había puesto de patitas en la calle, pero para evitar más problemas, y debido a mi estado anímico, preferí no protestar.
Un colchón económico evitaba mi caída, y uno de Viscolástica guardaba mi cuerpo cada día cuando los terrores y el dolor me ocupaban. Solía ser en horas puntuales, pero si no, reposaba en el sofá con Nuka restregándose contra mí. Después del susto de aquella noche, tenía una reserva bastante grande de medicamentos en la mesilla, así nunca me faltarían.
- ¿Sabéis que estamos cansadas de hacer siempre lo mismo? -dijeron las manos, consternadas - Nuka es suave pero, joder, hay más cosas que hacer.
- Mientras que el marrón os lo endosen a vosotras, yo estoy tranquilo -dijo el hígado - Sería lo que nos faltaba, hincharnos a Whisky y derivados para no hacer nada.
- El problema es que sabes que el Cerebro es capaz de dar esa orden - respondieron las piernas, con voz débil - Ya estamos bajas de forma, imagina tener que aguantaros a todos vosotros por el mareo...
- No daré esa orden - la voz del Cerebro era más débil si cabe que la de las piernas. Pero, como siempre, era la que mandaba - Simplemente estoy bloqueado.
- Pues si estás bloqueado tú, estamos jodidos... -dijo el estómago, casi en susurro, debido a que estaba vacío.
- Tiene que ver con la medicación, y que el señor Corazón anda un poco reservado últimamente. ¿Me escuchas, amigo?
- ¿Dónde quieres la sangre? ¿A qué ritmo? - a pesar de sonar completamente autómata, la voz del Señor Corazón estaba destrozada por el dolor.
- No. Quiero que seas el de siempre. ¿Dónde está tu dignidad?
- Piénsalo tú. Espera, te mando sangre, así será más fácil.
- ¿Y por qué no se la mandas al Señor Pene? -preguntó el Cerebro - Quizá él la necesite más.
- ¿No te has dado cuenta, Cerebro? - dijeron las manos, que seguían centradas en Nuka - Pene no está operativo. Ni siquiera responde a nuestros estímulos.
- Increíble... - Cerebro no daba crédito - Esto no es lo mismo sin su insistente necesidad de sexo o desahogo personal.
- Y sin escuchar al Corazón indagar -dijeron los ojos, que miraban la televisión sin recibir ninguna información sustancial.
- ¿Voy a tener que ponerme en Estado de Emergencia con todos? -dijo el Cerebro, preocupado - No quiero seguir ese protocolo, pero parece que no me dais otra opción...
- Si fuerzas la máquina, acabarás con ella -respondió el Corazón - Pero tú mandas.
- Está bien. Empezaremos pronto, así que iremos a dormir y nos prepararemos. Mañana será un nuevo día...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
martes, 29 de noviembre de 2011
lunes, 21 de noviembre de 2011
COMUNICADO OFICIAL
¡Hola a todos, queridos lectores! Soy Jorge, el que le ha dado vida a Pablo y Sara durante esta etapa, y tenía que hacer algún comunicado especial para vosotros, seguidores fieles.
Como habréis podido notar, hace mucho que no hay un capítulo de esta historia tan pintoresca y extravagante. Hace mucho que ni Pablo ni Sara tienen una conversación profunda, que no pasan una noche juntos y que no tienen situaciones peculiares que compartir. En definitiva, que hace mucho que no subo un capítulo. Y esto es por un motivo clave: El capítulo anterior era el principio del fin, pero soy una persona que se tiene que hacer mil millones de planteamientos para hacer un buen final. Y en ello estoy.
Ahora que empieza la verdadera emoción, quería agradeceros a todos mis lectores su apoyo incondicional este tiempo atrás y sus ánimos para continuar, ya que sería imposible seguir con este proyecto sin la parte más importante: Vosotros. Así que os prometo de corazón teneros en vilo hasta el final para que podáis disfrutar de esta historia hasta el último capítulo.
Ahora vienen los agradecimientos personales, para las personas que hacen este proyecto posible. No es que sean más especiales que el resto de lectores, pero si están dando un paso adelante por este blog:
- En primer lugar, agradecer a mi queridísimo colaborador Angelo Khemlani sus críticas a cada capítulo, porque motiva muchísimo que una persona que estudia y trabaja en este mundo esté enganchado a mi trabajo. Además, puede que sea el culpable de que el final sea apoteósico. Permaneced atentos...
- En segundo lugar, agradecer a los lectores que si me reconocen serlo sus críticas sobre mi obra. No existe mejora si el resto no ve el progreso, así que es un gusto contar con su apoyo.
- Y por último, agradezco a Sara todo lo que hace para inspirar este blog. En el fondo, la protagonista es ella. No sería lo mismo sin su personaje, ni siquiera existiría este blog. Y espero que pueda leer el final, porque será bestial.
En todo caso, nos vemos pronto. Seguiré escribiendo Azules Anocheceres a ratos y pronto empezaré un nuevo blog... Permaneced atentos.
Un beso muy grande, y os espero por aquí.
Jorge Fernández Carreño, autor de Lluvia Sobre Madrid
viernes, 18 de noviembre de 2011
29. Es el fin, y el principio
- No es lo que parece -dije, acercándome a Sara para abrazarla
- No, claro que no -respondió, empujándome -No ha sido nunca lo que parecía.
- ¿A qué te refieres?
- Has jugado a dos bandas. ¡Por eso no te deshacías de ella!
- ¿Estás loca? -estaba empezando a ponerme nervioso, ¿dónde estaba mi Tiadipona cuando más la necesitaba...? - ¡Si me ha besado ella!
- Tampoco te has resistido...
- No quería hacerla daño, por eso no la he pegado un empujón, pero era lo que quería hacer.
- Si, ahora busca una excusa -sacó de la mochila la copia de las llaves de mi casa y las tiró al suelo -Llegas un poco tarde. Ya no me valen.
- No, Sara -dije mientras ella volvía a la boca del Metro -No te vayas, no es lo que parece...
- ¡Espinosa! -la voz del señor Fernández no pudo esa vez sacarme del sopor. Pero si su puñetazo. Caí al suelo y noté como mi ojo izquierdo se iba hinchando por momentos.
- ¿Pero qué hace, desgraciado? -grité poniendo mi mano en el ojo
- Si, ha sido él -dijo Susana, agarrada al brazo del señor Fernández -el muy hijo de puta me besó a traición...
- ¿¿Qué?? - De acuerdo, fue aquí donde todo perdió de verdad el sentido.
- Trato de ser amable, abro mi corazón para usted y me traiciona de esta forma, robándole un beso a la mujer de la que llevo hablándole todo este tiempo...
- ¿Era ella? Oh, dios mío...
- Nos veremos el lunes, Pablo Espinosa -añadió el señor Fernández, tomando a Susana por la cadera y comenzando a caminar - Y haré lo posible porque sea la última vez que nos veamos...
¿Podría haber algo peor después de todo lo ocurrido? Si. Empezó a diluviar. Y yo, sin paraguas, y con el ojo hinchado, aún no me había levantado del suelo. Aunque, realmente, me daba igual. Ese día volví a pie a casa.
El camino se hizo interminable. Llegué alrededor de cuatro horas después a casa, empapado. Mi cara mezclaba el agua de lluvia con el sudor de mi cuerpo por la caminata y las lágrimas que me recorrían, además de algo de sangre de mis manos que se hirieron al caer. Al restregármelas por la cara para secarla, la sangre se quedaba pegada en mi prominente barba, dándome un aspecto más tétrico si cabe.
Cuando abrí la puerta, noté el olor de la lasaña inundando mi casa. Y no se me ocurrió nada mejor que caer de rodillas en el suelo y volver a llorar. Ella siempre estaba aquí para comer conmigo, pero hoy se había marchado, quizá para no volver nunca más...
Así que me cambié, me lavé la cara y serví dos platos. Uno para mí, y otro para Nuka, que pareció disfrutar más que yo de la lasaña, que yo no pude terminar.
Inmediatamente después me fui a dormir, pero no lo conseguí. Era imposible, el frío me había atrapado y no encontraba el calor por ningún lugar. Estuve un rato viendo la tele en el salón, y cuando noté que me pesaban los párpados me metí en la cama sin pensarlo y me quedé dormido.
... Corrí sujetando a Sara, hasta que tropecé con los trozos de un banco de aquella inmensa Catedral. Dejé caer su cuerpo, pero con un gesto hábil ella cayó de pie, y yo me di de bruces contra el suelo de mármol. Entonces se acercó a la puerta y, antes de que yo pudiera acercarme pasa salir, la cerró en mis narices de un golpe. Ya no había escapatoria. Caería con la enorme Catedral allá donde el destino dictara. Era mi final...
Era una fría noche de Noviembre, las gotas de lluvia repiqueteaban contra el cristal de mi ventana y lancé mi mano contra la mesilla de noche en busca de aquel bote de pastillas que siempre me acompañaba, pero no estaba ahí. Me levanté de un salto cuando no las noté entre mis dedos. Siempre estaban ahí, nunca faltaban a su cita con mis pesadillas, pero hoy llegaban tarde para salvarme una noche más. Y tampoco estaba Sara para ofrecérmelas... En un estado de cólera, las busqué por toda la habitación. Parecía un vendaval, un tifón. Levantaba ropa, cajones, armarios, el canapé... Pero no estaban. Mi Bentazepam no estaba ahí, mi Tiadipona no estaba en la mesilla, y yo me estaba volviendo loco.
- No, claro que no -respondió, empujándome -No ha sido nunca lo que parecía.
- ¿A qué te refieres?
- Has jugado a dos bandas. ¡Por eso no te deshacías de ella!
- ¿Estás loca? -estaba empezando a ponerme nervioso, ¿dónde estaba mi Tiadipona cuando más la necesitaba...? - ¡Si me ha besado ella!
- Tampoco te has resistido...
- No quería hacerla daño, por eso no la he pegado un empujón, pero era lo que quería hacer.
- Si, ahora busca una excusa -sacó de la mochila la copia de las llaves de mi casa y las tiró al suelo -Llegas un poco tarde. Ya no me valen.
- No, Sara -dije mientras ella volvía a la boca del Metro -No te vayas, no es lo que parece...
- ¡Espinosa! -la voz del señor Fernández no pudo esa vez sacarme del sopor. Pero si su puñetazo. Caí al suelo y noté como mi ojo izquierdo se iba hinchando por momentos.
- ¿Pero qué hace, desgraciado? -grité poniendo mi mano en el ojo
- Si, ha sido él -dijo Susana, agarrada al brazo del señor Fernández -el muy hijo de puta me besó a traición...
- ¿¿Qué?? - De acuerdo, fue aquí donde todo perdió de verdad el sentido.
- Trato de ser amable, abro mi corazón para usted y me traiciona de esta forma, robándole un beso a la mujer de la que llevo hablándole todo este tiempo...
- ¿Era ella? Oh, dios mío...
- Nos veremos el lunes, Pablo Espinosa -añadió el señor Fernández, tomando a Susana por la cadera y comenzando a caminar - Y haré lo posible porque sea la última vez que nos veamos...
¿Podría haber algo peor después de todo lo ocurrido? Si. Empezó a diluviar. Y yo, sin paraguas, y con el ojo hinchado, aún no me había levantado del suelo. Aunque, realmente, me daba igual. Ese día volví a pie a casa.
El camino se hizo interminable. Llegué alrededor de cuatro horas después a casa, empapado. Mi cara mezclaba el agua de lluvia con el sudor de mi cuerpo por la caminata y las lágrimas que me recorrían, además de algo de sangre de mis manos que se hirieron al caer. Al restregármelas por la cara para secarla, la sangre se quedaba pegada en mi prominente barba, dándome un aspecto más tétrico si cabe.
Cuando abrí la puerta, noté el olor de la lasaña inundando mi casa. Y no se me ocurrió nada mejor que caer de rodillas en el suelo y volver a llorar. Ella siempre estaba aquí para comer conmigo, pero hoy se había marchado, quizá para no volver nunca más...
Así que me cambié, me lavé la cara y serví dos platos. Uno para mí, y otro para Nuka, que pareció disfrutar más que yo de la lasaña, que yo no pude terminar.
Inmediatamente después me fui a dormir, pero no lo conseguí. Era imposible, el frío me había atrapado y no encontraba el calor por ningún lugar. Estuve un rato viendo la tele en el salón, y cuando noté que me pesaban los párpados me metí en la cama sin pensarlo y me quedé dormido.
... Corrí sujetando a Sara, hasta que tropecé con los trozos de un banco de aquella inmensa Catedral. Dejé caer su cuerpo, pero con un gesto hábil ella cayó de pie, y yo me di de bruces contra el suelo de mármol. Entonces se acercó a la puerta y, antes de que yo pudiera acercarme pasa salir, la cerró en mis narices de un golpe. Ya no había escapatoria. Caería con la enorme Catedral allá donde el destino dictara. Era mi final...
Era una fría noche de Noviembre, las gotas de lluvia repiqueteaban contra el cristal de mi ventana y lancé mi mano contra la mesilla de noche en busca de aquel bote de pastillas que siempre me acompañaba, pero no estaba ahí. Me levanté de un salto cuando no las noté entre mis dedos. Siempre estaban ahí, nunca faltaban a su cita con mis pesadillas, pero hoy llegaban tarde para salvarme una noche más. Y tampoco estaba Sara para ofrecérmelas... En un estado de cólera, las busqué por toda la habitación. Parecía un vendaval, un tifón. Levantaba ropa, cajones, armarios, el canapé... Pero no estaban. Mi Bentazepam no estaba ahí, mi Tiadipona no estaba en la mesilla, y yo me estaba volviendo loco.
Después de revolver hasta el último rincón de mi apartamento, volví a la cama e intenté reconstruir lo que había hecho durante el día. Intentaba pensar envuelto en mis blancas sábanas... pero tampoco podía. Porque aún olían a ella. Aún olían al perfume de frambuesa de Sara. Ese toque dulzón de su perfume seguía impregnando todo a mi alrededor. Inspiraba y me hechizaba, mis párpados en una reacción suave se cerraban, mi sonrisa aparecía entre el sudor y mis sentidos se calmaban... y mis terrores se agudizaban.
Grité. Grité con todas mis fuerzas hasta que el último aliento que solté sabía a sangre. Después, sumido en el dolor, me sumergí en mi mar de lágrimas, agarrado a mis rodillas y temblando como si estuviera desnudo en el Polo Norte. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y las articulaciones, todo me daba vueltas. Prefería arder en el fuego del Infierno, pero dudo que fuera peor que ese momento.
Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Tenía que luchar por recuperarla... y sólo tenía una persona que podría ayudarme.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Tenía que luchar por recuperarla... y sólo tenía una persona que podría ayudarme.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
28. En el momento equivocado, en el lugar equivocado...
Buenas noches.
Ya sé que un e-mail no es una solución adecuada a estas cosas, pero me veo en la obligación de hacerlo así, por la cuenta que nos trae.
He estado pensándolo durante un tiempo, y creo que no deberíamos vernos más. El motivo es sencillo, que tú existas me trae problemas con la persona a la que amo, y como comprenderás, prima su bienestar al tuyo. Con esto no quiero decir que no me importes, simplemente que ella me importa más que tú. Por lo tanto, me harías un favor dejando de aparecer por la puerta de mi trabajo, por la puerta de mi casa o por cualquier lugar que sabes que frecuento, porque te he visto espiarme más de una vez.
Ha sido maravilloso en general, pero sabías que después de marcharte del hotel ya nada sería lo mismo. Y entiende que yo haya seguido mi vida al igual que tú seguiste la tuya. Esto era cosa de cada uno, y cada uno lo ha hecho a su manera.
Aunque he de decirte que aquel tiempo contigo fue maravilloso. Fuiste la primera, fuiste mi amor desde siempre y nunca me fallaste. Me hiciste ver que el paso del tiempo tenía sentido si era contigo a mi lado, me sacaste la sonrisa en los peores momentos y fuiste el motivo principal para irme a la cama. Compartir mis noches contigo fue lo mejor que me pudo pasar entonces, y es algo que no olvidaré nunca.
Gracias por todo, y mucha suerte. Te la mereces.
Hasta Siempre
Pablo
En un e-mail pude expresar todo lo que sentía, y eso me ayudó a dar un paso difícil. El paso de decirle adiós a mi pasado y comenzar un nuevo presente para un mejor futuro. Bendito Internet, qué fácil hacía las cosas cuando uno lo necesitaba.
Por supuesto, no recibí la respuesta. Ella leía su correo todas las mañanas, recordaba su costumbre de verla al ordenador cuando me despertaba para ver si tenía alguna noticia de sus hermanos, perdidos por el mundo trabajando en diferentes ámbitos. Pero pude suponer que después de todo, lo último que quería era saber de mí.
- ¡Espinosa! -Del salto le di un golpe a la mesa y un poco de café salpicó mi camisa
- Oh, mierda...
- Siempre le veo perdido ahí y siempre tengo la misma reacción. Discúlpeme -dijo, sacando unos pañuelos.
- No tiene importancia. Ahí tiene los informes que me pidió -respondí, restándole importancia a la mancha de café que había en mi camisa nueva
- No venía a hablarle de eso - dijo- aunque gracias, me ha hecho un favor terminándolos tan pronto.
- ¿Qué ocurre, señor? -pregunté
- Verá, es que... Bueno...
- No se preocupe -dije, levantándome y dirigiéndome hacia la cafetería con él -Sabe usted que hay confianza.
- Hoy he quedado con la chica que le dije - pidió dos cafés y dos dulces, que pagó de su bolsillo.
- ¡Qué bueno! Me alegro de que le vaya bien en ese asunto.
- Es una suerte, la verdad...
- Quiero un informe completo de lo que ocurre hoy con ella, ¿entendido?
- Está bien -contestó el Señor Fernández - Pero mañana no vendré a la oficina. ¿Cuándo se lo entrego?
- Ayer
Sueño cumplido: responder con su misma medicina. El señor Fernández no pudo evitar reírse, y no le molestó en absoluto. Así que, con una sonrisa, volví a mi puesto de trabajo.
Ese día fue bastante tranquilo en cuanto a trabajo se refiere. Mis compañeros pasaban a saludar, y mientras charlaba con ellos iba dando los últimos retoques a todo el trabajo de la semana. Me pasé más tiempo tomando café o paseando que trabajando, y esas cosas siempre eran divertidas. Y salí sonriente a la puerta.
Pero ahí estaba ella. Susana, con un vestido rojo ajustado, una chaqueta de cuero negra y los tacones a juego con el vestido y los labios, esperaba impaciente mi salida del trabajo. Intenté hacerme el sueco, pero se me lanzó sin miramientos.
- Pablo, por favor, espera - me decía, tirando de mí
- Te lo dije, Susana. Te lo puse en el e-mail. ¡Te pedí que no volvieras por aquí!
- Por favor, es lo último que te voy a pedir...
- ¿Qué quieres? -dije, dándome la vuelta.
- Si es cierto que esto se acabó... deja que me de un último placer.
Y me besó sin reparo alguno. Yo traté de evitarlo, pero la veía tan frágil que no quise hacerla daño y esperé con semblante serio y sin corresponderlo a que terminara. Apartó su rostro del mío y miró detrás mía, más sonriente aún. Y cuando me di la vuelta...
Ahí estaba Sara.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Ya sé que un e-mail no es una solución adecuada a estas cosas, pero me veo en la obligación de hacerlo así, por la cuenta que nos trae.
He estado pensándolo durante un tiempo, y creo que no deberíamos vernos más. El motivo es sencillo, que tú existas me trae problemas con la persona a la que amo, y como comprenderás, prima su bienestar al tuyo. Con esto no quiero decir que no me importes, simplemente que ella me importa más que tú. Por lo tanto, me harías un favor dejando de aparecer por la puerta de mi trabajo, por la puerta de mi casa o por cualquier lugar que sabes que frecuento, porque te he visto espiarme más de una vez.
Ha sido maravilloso en general, pero sabías que después de marcharte del hotel ya nada sería lo mismo. Y entiende que yo haya seguido mi vida al igual que tú seguiste la tuya. Esto era cosa de cada uno, y cada uno lo ha hecho a su manera.
Aunque he de decirte que aquel tiempo contigo fue maravilloso. Fuiste la primera, fuiste mi amor desde siempre y nunca me fallaste. Me hiciste ver que el paso del tiempo tenía sentido si era contigo a mi lado, me sacaste la sonrisa en los peores momentos y fuiste el motivo principal para irme a la cama. Compartir mis noches contigo fue lo mejor que me pudo pasar entonces, y es algo que no olvidaré nunca.
Gracias por todo, y mucha suerte. Te la mereces.
Hasta Siempre
Pablo
En un e-mail pude expresar todo lo que sentía, y eso me ayudó a dar un paso difícil. El paso de decirle adiós a mi pasado y comenzar un nuevo presente para un mejor futuro. Bendito Internet, qué fácil hacía las cosas cuando uno lo necesitaba.
Por supuesto, no recibí la respuesta. Ella leía su correo todas las mañanas, recordaba su costumbre de verla al ordenador cuando me despertaba para ver si tenía alguna noticia de sus hermanos, perdidos por el mundo trabajando en diferentes ámbitos. Pero pude suponer que después de todo, lo último que quería era saber de mí.
- ¡Espinosa! -Del salto le di un golpe a la mesa y un poco de café salpicó mi camisa
- Oh, mierda...
- Siempre le veo perdido ahí y siempre tengo la misma reacción. Discúlpeme -dijo, sacando unos pañuelos.
- No tiene importancia. Ahí tiene los informes que me pidió -respondí, restándole importancia a la mancha de café que había en mi camisa nueva
- No venía a hablarle de eso - dijo- aunque gracias, me ha hecho un favor terminándolos tan pronto.
- ¿Qué ocurre, señor? -pregunté
- Verá, es que... Bueno...
- No se preocupe -dije, levantándome y dirigiéndome hacia la cafetería con él -Sabe usted que hay confianza.
- Hoy he quedado con la chica que le dije - pidió dos cafés y dos dulces, que pagó de su bolsillo.
- ¡Qué bueno! Me alegro de que le vaya bien en ese asunto.
- Es una suerte, la verdad...
- Quiero un informe completo de lo que ocurre hoy con ella, ¿entendido?
- Está bien -contestó el Señor Fernández - Pero mañana no vendré a la oficina. ¿Cuándo se lo entrego?
- Ayer
Sueño cumplido: responder con su misma medicina. El señor Fernández no pudo evitar reírse, y no le molestó en absoluto. Así que, con una sonrisa, volví a mi puesto de trabajo.
Ese día fue bastante tranquilo en cuanto a trabajo se refiere. Mis compañeros pasaban a saludar, y mientras charlaba con ellos iba dando los últimos retoques a todo el trabajo de la semana. Me pasé más tiempo tomando café o paseando que trabajando, y esas cosas siempre eran divertidas. Y salí sonriente a la puerta.
Pero ahí estaba ella. Susana, con un vestido rojo ajustado, una chaqueta de cuero negra y los tacones a juego con el vestido y los labios, esperaba impaciente mi salida del trabajo. Intenté hacerme el sueco, pero se me lanzó sin miramientos.
- Pablo, por favor, espera - me decía, tirando de mí
- Te lo dije, Susana. Te lo puse en el e-mail. ¡Te pedí que no volvieras por aquí!
- Por favor, es lo último que te voy a pedir...
- ¿Qué quieres? -dije, dándome la vuelta.
- Si es cierto que esto se acabó... deja que me de un último placer.
Y me besó sin reparo alguno. Yo traté de evitarlo, pero la veía tan frágil que no quise hacerla daño y esperé con semblante serio y sin corresponderlo a que terminara. Apartó su rostro del mío y miró detrás mía, más sonriente aún. Y cuando me di la vuelta...
Ahí estaba Sara.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
martes, 15 de noviembre de 2011
27. Siempre hay una primera vez
- Venga, sorpréndeme -dijo Sara, ya en pijama, cuando llegué a casa -Dime qué pasó con la loca esta.
- El sábado fui de compras y me la encontré -respondí -y me invitó a comer.
- Y tú, por supuesto, aceptaste encantado -Sara se tumbó en el sofá y encendió la televisión
- Fueron seis años. Yo simplemente fui amable y le dejé claro de quién estoy enamorado.
- Y entonces os disteis un besito bajo la lluvia -Ni me miraba.
- No. Entonces te mencioné y te mandé un mensaje de texto para decirte que iba a por ti y que te amo.
- Ya.
- ¿Es que no te das cuenta que no está haciendo nada malo? -pregunté, poniéndome frente la pantalla. Entonces descubrí otro punto fuerte: hasta con cara de cabreada era capaz de ponerme.
- No, qué va. Sólo se está tirando a deguello a por mi chico. Si eso es no hacer nada, no sé qué entiendes tú por "nada".
- Quiere retomar una amistad, y no veo nada malo en una amistad.
- Perfecto -dijo ella, levantándose y lanzando con desprecio el mando contra el sofá -Si tan interesado estás en retomar su amistad, corre. A lo mejor no ha llegado al Metro aún.
Entró en la habitación enfadada, saltó contra la cama y se arropó con las sábanas hasta el cuello. Después se hizo un ovillo y se durmió. Y ahí estaba yo, en el salón, frente a la televisión, y bajo la atenta mirada de Nuka, que reposaba tranquilo sobre el sofá, como si nada hubiera ocurrido. Es más, cuando no sabía qué hacer o decir, se acercó y empezó a acariciarse sólo contra mi pierna. Ya después de un rato, lo cogí y me senté en el sofá para acariciarle. Era lo único que podía hacer en ese momento, no se me ocurría otra cosa.
Estaba en shock. Era mi primera discusión con Sara, y no sabía cómo tomármelo. Traté de ser racional, como siempre, y busqué los pros y los contras de todo este asunto:
- PRO: Susana está bien
- CONTRA: Sara está enfadada
- PRO: Sara sigue en casa
- CONTRA: No me dirige la palabra
- PRO: Susana es mi amiga
- CONTRA: Sara no se lo cree
Y seguía sin respuestas.
- ¿Alguien me puede explicar esto? - me pregunté a mí mismo
- Creo que podemos ayudarte -dijo el Cerebro
- Si hablo con mis órganos creo que voy a sentirme con un loco...
- Peores son esos que no hablan con nadie -respondió Corazón, raudo -y no tienen con quién hablar. Mejor nosotros, que somos de confianza.
- Pues decidme entonces. ¿Qué puedo hacer para remediar esta situación? Susana parece modificar su conducta a una simple amistad, pero Sara está enfadada por eso mismo...
- Hay que buscar qué te interesa más, si una Sara contenta o una Susana contenta -dijo el Corazón, mirando las posibilidades.
- Ahí Corazón ha estado muy acertado -dijo Cerebro, contento.
- Pues yo prefiero que esté Sara contenta. Joder, soy casi el 90% de su felicidad...
- No te flipes -respondió Cerebro al Pene - Ella es más que un polvo.
- Total, yo nunca tengo la palabra en estas discusiones...
- No, ni la tendrás si sigues diciendo esas chorradas -dije - Anda, decidme, ¿qué hago?
- Hombre, hay una forma de llevarlo todo bien... Y es el secreto más absoluto -respondió el Pene, a pesar de todo
- ¿Pretendes que lleve una amistad secreta con Susana para que Sara no se enfade?
- No estaría mal, ¿no? -dijo el Pene, orgulloso.
- Pues si lo estaría... -el Cerebro parecía indignado -eso es una falta de respeto.
- A veces hay que sacrificar algunas cosas para tener otras -dijo el Corazón -y creo que es el caso de sacrificar la amistad por el amor.
- Sería lo más recomendable -dijo Cerebro
- Pues... que así sea -dije -Ahora, echadme una mano.
- ¿Estás despierta? -dije, sentándome en el borde de la cama de Sara, donde ella reposaba
- Lo estaba -respondió, enfadada -¿qué quieres?
- Decirte que he decidido eliminar definitivamente a Susana de mi vida. Le mandé un mensaje de texto pidiéndola que no volviera a aparecer por aquí, o cerca mía. Y si no me hace caso, acudiré a ti para que te encargues personalmente de ello.
- Ya te gustaría a ti que fuera tan fácil -dijo, mirándome de reojo
- Es fácil, si sabes cual es el motivo por el que lo haces.
- ¿Y cual es el motivo, si se puede saber?
- No tener que pelearme contigo, y ver tu sonrisa radiante día a día.
- Sabes ser tierno cuando lo necesito -se irguió y me abrazó -No quiero perderte por nada en el mundo...
- Nada nos separará -dije, devolviendo el abrazo y besando su cuello -te lo juro
A veces pienso que me pongo demasiado ñoño después de una discusión. Pero bueno, de alguna forma habrá que calmar los ánimos... y qué mejor que un poco de sumisión.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- El sábado fui de compras y me la encontré -respondí -y me invitó a comer.
- Y tú, por supuesto, aceptaste encantado -Sara se tumbó en el sofá y encendió la televisión
- Fueron seis años. Yo simplemente fui amable y le dejé claro de quién estoy enamorado.
- Y entonces os disteis un besito bajo la lluvia -Ni me miraba.
- No. Entonces te mencioné y te mandé un mensaje de texto para decirte que iba a por ti y que te amo.
- Ya.
- ¿Es que no te das cuenta que no está haciendo nada malo? -pregunté, poniéndome frente la pantalla. Entonces descubrí otro punto fuerte: hasta con cara de cabreada era capaz de ponerme.
- No, qué va. Sólo se está tirando a deguello a por mi chico. Si eso es no hacer nada, no sé qué entiendes tú por "nada".
- Quiere retomar una amistad, y no veo nada malo en una amistad.
- Perfecto -dijo ella, levantándose y lanzando con desprecio el mando contra el sofá -Si tan interesado estás en retomar su amistad, corre. A lo mejor no ha llegado al Metro aún.
Entró en la habitación enfadada, saltó contra la cama y se arropó con las sábanas hasta el cuello. Después se hizo un ovillo y se durmió. Y ahí estaba yo, en el salón, frente a la televisión, y bajo la atenta mirada de Nuka, que reposaba tranquilo sobre el sofá, como si nada hubiera ocurrido. Es más, cuando no sabía qué hacer o decir, se acercó y empezó a acariciarse sólo contra mi pierna. Ya después de un rato, lo cogí y me senté en el sofá para acariciarle. Era lo único que podía hacer en ese momento, no se me ocurría otra cosa.
Estaba en shock. Era mi primera discusión con Sara, y no sabía cómo tomármelo. Traté de ser racional, como siempre, y busqué los pros y los contras de todo este asunto:
- PRO: Susana está bien
- CONTRA: Sara está enfadada
- PRO: Sara sigue en casa
- CONTRA: No me dirige la palabra
- PRO: Susana es mi amiga
- CONTRA: Sara no se lo cree
Y seguía sin respuestas.
- ¿Alguien me puede explicar esto? - me pregunté a mí mismo
- Creo que podemos ayudarte -dijo el Cerebro
- Si hablo con mis órganos creo que voy a sentirme con un loco...
- Peores son esos que no hablan con nadie -respondió Corazón, raudo -y no tienen con quién hablar. Mejor nosotros, que somos de confianza.
- Pues decidme entonces. ¿Qué puedo hacer para remediar esta situación? Susana parece modificar su conducta a una simple amistad, pero Sara está enfadada por eso mismo...
- Hay que buscar qué te interesa más, si una Sara contenta o una Susana contenta -dijo el Corazón, mirando las posibilidades.
- Ahí Corazón ha estado muy acertado -dijo Cerebro, contento.
- Pues yo prefiero que esté Sara contenta. Joder, soy casi el 90% de su felicidad...
- No te flipes -respondió Cerebro al Pene - Ella es más que un polvo.
- Total, yo nunca tengo la palabra en estas discusiones...
- No, ni la tendrás si sigues diciendo esas chorradas -dije - Anda, decidme, ¿qué hago?
- Hombre, hay una forma de llevarlo todo bien... Y es el secreto más absoluto -respondió el Pene, a pesar de todo
- ¿Pretendes que lleve una amistad secreta con Susana para que Sara no se enfade?
- No estaría mal, ¿no? -dijo el Pene, orgulloso.
- Pues si lo estaría... -el Cerebro parecía indignado -eso es una falta de respeto.
- A veces hay que sacrificar algunas cosas para tener otras -dijo el Corazón -y creo que es el caso de sacrificar la amistad por el amor.
- Sería lo más recomendable -dijo Cerebro
- Pues... que así sea -dije -Ahora, echadme una mano.
- ¿Estás despierta? -dije, sentándome en el borde de la cama de Sara, donde ella reposaba
- Lo estaba -respondió, enfadada -¿qué quieres?
- Decirte que he decidido eliminar definitivamente a Susana de mi vida. Le mandé un mensaje de texto pidiéndola que no volviera a aparecer por aquí, o cerca mía. Y si no me hace caso, acudiré a ti para que te encargues personalmente de ello.
- Ya te gustaría a ti que fuera tan fácil -dijo, mirándome de reojo
- Es fácil, si sabes cual es el motivo por el que lo haces.
- ¿Y cual es el motivo, si se puede saber?
- No tener que pelearme contigo, y ver tu sonrisa radiante día a día.
- Sabes ser tierno cuando lo necesito -se irguió y me abrazó -No quiero perderte por nada en el mundo...
- Nada nos separará -dije, devolviendo el abrazo y besando su cuello -te lo juro
A veces pienso que me pongo demasiado ñoño después de una discusión. Pero bueno, de alguna forma habrá que calmar los ánimos... y qué mejor que un poco de sumisión.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
26. Quién lo diría
- ¡Espinosa!
- ¡Joder, señor Fernández! -respondí asustado -Si me grita de esa forma, un día me va a matar del susto.
- Perdone, Pablo -dijo. Espera. ¿Me llamó Pablo?
- No, no se preocupe. ¿Se encuentra bien? - Seguro que no. ¡Me había llamado Pablo!
- Bueno, he tenido un mal fin de semana...
- Vaya... No quería hacerle recordarlo.
- No, no se preocupe...
- ¿Quiere usted un café y me cuenta? Quizá así, después de desahogarse, ambos podamos trabajar mejor.
- ¿Qué le hace pensar que usted trabajará mejor?
- Sabiendo que mis superiores están mal, no puedo trabajar bien...
- Está bien, vayamos a por ese café.
Yo no me lo podía creer. Ángel Luis Fernández, el jefe de mi departamento de cuentas, estaba contándome sus problemas sentimentales. El "Señor del Pasado" por sus coletillas me hablaba de lo mal que lo pasaba, y tenía sentimientos más allá del amor por el trabajo bien hecho y la presión a sus trabajadores. Me tuve que tomar una pastilla por la mezcla de sentimientos como la impresión, la euforia y la risa contenida, pero con un sentimiento de empatía bastante profundo.
- Verá, soy un tipo soltero y triste. Tenía mujer y tengo dos hijos, a los cuales veo a menudo, pero ya no es lo mismo. Tienen un padrastro que les quiere, y ellos ya apenas se acuerdan de su padre. ¿Puede imaginarse lo mal que puedo pasarlo cuando pienso que ni mis propios hijos me quieren?
- Bueno, señor Fernández, yo le aprecio y estimo mucho -dije, para apaciguar los ánimos
- Usted no es mi hijo, sólo un funcionario más de este sitio.
- Ya, pero detrás del funcionario trabajador también hay un ser humano con sentimientos, y para mí es usted un tipo con mucha valía que se ha ganado el respeto de sus trabajadores con mano dura, pero atención plena y bastante fiabilidad.
- El problema no es ese, Espinosa -dijo, bebiendo de su taza - Mis problemas van más allá. Verá, hay una chica, un cielo de mujer, que me atrae desde hace tiempo.
- ¿Y cual es el problema?
- Pues que hago todo lo posible por quedar con ella, pero o no tiene tiempo o me lanza largas. ¿Lo ve normal?
- ¿Tiene ella pareja, señor? -pregunté, analizando la situación
- No, en absoluto. Lo dejó con su anterior novio recientemente.
- Quizá lo que le ocurre es que no desea tener una relación ahora, que quiere relajarse...
- Pero yo no puedo vivir sin ella...
- ¿De qué la conoce?
- Pues fue una coincidencia. Yo iba a coger un avión y ella caminaba radiante por el aeropuerto. Nos quedamos mirándonos el uno al otro y ella chocó contra un escalón un poco traicionero, tropezando. Me acerqué a ayudarla con sus cosas esparcidas por el suelo, y nos dimos el número de teléfono para quedar.
- Y quedaron, ¿no?
- No exactamente. El trabajo me quitó mucho tiempo, pero no hace mucho recibí una llamada suya, y hemos quedado varias veces desde entonces.
- Eso siempre son buenas noticias.
- ¿Usted cree?
- Bueno, piense que ya ha tenido más de una cita con ella. Peor hubiera sido no haberla tenido, ¿no cree?
- Si, en eso tiene razón.
- Vuelva a quedar con ella, sea más directo, más decidido. Seguro que así mejora su relación.
- Tendré que probar.
- Piense que el "No" ya lo tiene. ¿Por qué no luchar por el "Si"? Es mucho más grato.
- Tiene razón. Lucharé.
- Me alegra saber que tiene en cuenta mis consideraciones. ¿Puedo tomarme el resto del día libre?
- No. Quiero los balances para la semana pasada.
Volví a casa alegre. A pesar de tener mucho trabajo, el señor Fernández cambió por completo. Mostraba una sonrisa radiante, y yo me alegraba mucho por su cambio de humor. Además, Sara también parecía muy animada, y por ello fuimos a pasear por Madrid por la tarde. Compramos pasteles, tomamos algo en un restaurante bonito... Fue una tarde fantástica.
Hasta que llegamos a casa. En el portal, sonriente, estaba Susana esperándonos.
- Hola Pablo -dijo, alegre -Pasaba por aquí y me decidí a esperarte para saludar.
- Hola, Susana -respondí. Sentía, con perdón de la expresión, los cojones en la garganta -No tenías por qué molestarte...
- Después de lo del sábado, no quería perder el contacto.
- ¿Lo del sábado? -Sara me miró extrañada. Oh, oh...
- Si, luego te lo explico, Cariño.
- Más te vale - dijo, y salió disparada al portal. Subió sola.
- Te dije que no te acercaras, que debía ser un secreto...
- Pero no podía esperar a verte de nuevo.
- Pues haciendo estas cosas, no me volverás a ver -dije entrando en el portal y dejándola, mirando. Su rostro cambió la expresión, pero me daba igual. Me importaba un poco más Sara, que ahora no debería estar muy contenta...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- ¡Joder, señor Fernández! -respondí asustado -Si me grita de esa forma, un día me va a matar del susto.
- Perdone, Pablo -dijo. Espera. ¿Me llamó Pablo?
- No, no se preocupe. ¿Se encuentra bien? - Seguro que no. ¡Me había llamado Pablo!
- Bueno, he tenido un mal fin de semana...
- Vaya... No quería hacerle recordarlo.
- No, no se preocupe...
- ¿Quiere usted un café y me cuenta? Quizá así, después de desahogarse, ambos podamos trabajar mejor.
- ¿Qué le hace pensar que usted trabajará mejor?
- Sabiendo que mis superiores están mal, no puedo trabajar bien...
- Está bien, vayamos a por ese café.
Yo no me lo podía creer. Ángel Luis Fernández, el jefe de mi departamento de cuentas, estaba contándome sus problemas sentimentales. El "Señor del Pasado" por sus coletillas me hablaba de lo mal que lo pasaba, y tenía sentimientos más allá del amor por el trabajo bien hecho y la presión a sus trabajadores. Me tuve que tomar una pastilla por la mezcla de sentimientos como la impresión, la euforia y la risa contenida, pero con un sentimiento de empatía bastante profundo.
- Verá, soy un tipo soltero y triste. Tenía mujer y tengo dos hijos, a los cuales veo a menudo, pero ya no es lo mismo. Tienen un padrastro que les quiere, y ellos ya apenas se acuerdan de su padre. ¿Puede imaginarse lo mal que puedo pasarlo cuando pienso que ni mis propios hijos me quieren?
- Bueno, señor Fernández, yo le aprecio y estimo mucho -dije, para apaciguar los ánimos
- Usted no es mi hijo, sólo un funcionario más de este sitio.
- Ya, pero detrás del funcionario trabajador también hay un ser humano con sentimientos, y para mí es usted un tipo con mucha valía que se ha ganado el respeto de sus trabajadores con mano dura, pero atención plena y bastante fiabilidad.
- El problema no es ese, Espinosa -dijo, bebiendo de su taza - Mis problemas van más allá. Verá, hay una chica, un cielo de mujer, que me atrae desde hace tiempo.
- ¿Y cual es el problema?
- Pues que hago todo lo posible por quedar con ella, pero o no tiene tiempo o me lanza largas. ¿Lo ve normal?
- ¿Tiene ella pareja, señor? -pregunté, analizando la situación
- No, en absoluto. Lo dejó con su anterior novio recientemente.
- Quizá lo que le ocurre es que no desea tener una relación ahora, que quiere relajarse...
- Pero yo no puedo vivir sin ella...
- ¿De qué la conoce?
- Pues fue una coincidencia. Yo iba a coger un avión y ella caminaba radiante por el aeropuerto. Nos quedamos mirándonos el uno al otro y ella chocó contra un escalón un poco traicionero, tropezando. Me acerqué a ayudarla con sus cosas esparcidas por el suelo, y nos dimos el número de teléfono para quedar.
- Y quedaron, ¿no?
- No exactamente. El trabajo me quitó mucho tiempo, pero no hace mucho recibí una llamada suya, y hemos quedado varias veces desde entonces.
- Eso siempre son buenas noticias.
- ¿Usted cree?
- Bueno, piense que ya ha tenido más de una cita con ella. Peor hubiera sido no haberla tenido, ¿no cree?
- Si, en eso tiene razón.
- Vuelva a quedar con ella, sea más directo, más decidido. Seguro que así mejora su relación.
- Tendré que probar.
- Piense que el "No" ya lo tiene. ¿Por qué no luchar por el "Si"? Es mucho más grato.
- Tiene razón. Lucharé.
- Me alegra saber que tiene en cuenta mis consideraciones. ¿Puedo tomarme el resto del día libre?
- No. Quiero los balances para la semana pasada.
Volví a casa alegre. A pesar de tener mucho trabajo, el señor Fernández cambió por completo. Mostraba una sonrisa radiante, y yo me alegraba mucho por su cambio de humor. Además, Sara también parecía muy animada, y por ello fuimos a pasear por Madrid por la tarde. Compramos pasteles, tomamos algo en un restaurante bonito... Fue una tarde fantástica.
Hasta que llegamos a casa. En el portal, sonriente, estaba Susana esperándonos.
- Hola Pablo -dijo, alegre -Pasaba por aquí y me decidí a esperarte para saludar.
- Hola, Susana -respondí. Sentía, con perdón de la expresión, los cojones en la garganta -No tenías por qué molestarte...
- Después de lo del sábado, no quería perder el contacto.
- ¿Lo del sábado? -Sara me miró extrañada. Oh, oh...
- Si, luego te lo explico, Cariño.
- Más te vale - dijo, y salió disparada al portal. Subió sola.
- Te dije que no te acercaras, que debía ser un secreto...
- Pero no podía esperar a verte de nuevo.
- Pues haciendo estas cosas, no me volverás a ver -dije entrando en el portal y dejándola, mirando. Su rostro cambió la expresión, pero me daba igual. Me importaba un poco más Sara, que ahora no debería estar muy contenta...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
lunes, 14 de noviembre de 2011
25. El número de la Bestia
Llovía a mares en la calle vacía. Caminaba lentamente por la carretera, mirando a todas partes. Sabía que tenía que buscar algo, pero no sabía qué. Pude reconocer por los relámpagos, a través de las gotas, que me encontraba en la Gran Vía. A la altura de Callao pude ver un poco más, gracias a los focos de un coche volcado. Algunos cuerpos se encontraban en medio de la vía, y tuve que sortear las farolas tumbadas, los coches destrozados y algún que otro cuerpo humano. Las luces de las balas cruzar entre las calles me obligaban a veces a tomar cobertura en los coches destrozados, y los gritos a través de la lluvia hablaban de flanquear, de cubrir y de matar a hijos de puta. Pero yo sabía que mi objetivo estaba más abajo.
Cuando llegué al final de la Gran Vía pude verlo, en el centro de Plaza España. Era una enorme Catedral. Parecía recién salida del suelo, las piedras se agolpaban a lo largo y ancho de la plaza como si hubiera emergido literalmente de la tierra, y las balas y disparos correspondían a soldados valientes, que se lanzaban de lleno en una escalada casi suicida entre las rocas. De ellas salían otras personas, vestidas de civiles, que les atrapaban en masa y los devoraban sin contemplaciones.
Si quería acceder a la Catedral, debía ser rápido. Por el suelo encontré un cuchillo de guerra, un fusil de asalto y varios cargadores, además de una pistola. Me lo coloqué bien en el cuerpo y, cuando un soldado corría perseguido por varias personas pasaron por delante mía, salí corriendo a través de las piedras para llegar hasta mi objetivo.
Me acerqué a la carretera y abatí a tres personas con el fusil. Los soldados disparaban sin mirar, pero yo tenía cabeza y sabía cubrirme. Tuve que saltar detrás de un trozo del monolito central de la Plaza para cubrirme de los disparos de las balas trazadoras que acabaron con unas veinte personas que corrían en mi dirección. Seguí avanzando cuando los gritos de los soldados avanzaron también. Estaba en tierra de nadie: Vestido de civil parecía un enemigo más, pero estaba armado y disparaba también a los civiles que nos atacaban. Todo era una locura.
Había un nido en los subterráneos de la plaza, de la cual salían cientos de personas a cada minuto. Los soldados reprimían y eran reprimidos en masa en ese lugar, el cual rodeé sin miramientos. Mi objetivo estaba en el centro. Seguí abatiendo a aquellos que me perseguían y a aquellos que se abalanzaban sobre mí. En un momento dado, un niño saltó sobre mi espalda y trató de morderme el hombro, pero volé su cabeza con mi pistola antes de que pudiera hacerlo. Estaban poseídos, sus ojos eran totalmente blancos y no atendían a palabras. Por eso el ejército seguía disparando, a pesar de todo.
Llegué a las puertas, y allí tuve un percance: Me resbalé, y me hice una herida tremenda en la rodilla, la cual sangraba sin cesar, y más con la lluvia que cubría todo. Rompí mi chaqueta y, con un nudo, practiqué un simple cabestrillo al refugio de unas rocas. Los soldados no llegaban hasta aquí, algo se lo impedía, pero yo corrí a pesar del dolor y entré, guiado por una fuerza que me atraía sin poder evitarlo.
De estilo gótico, y sólo iluminado por unas velas en las paredes, aquella Catedral aterraba a cualquier ser racional que se atreviera a entrar. Ahí dentro el sonido de fuera no era más que un rumor, y a lo largo de la planta retumbaba la voz de un predicador encapuchado que se encontraba tras un altar. en el que reposaba un cuerpo femenino. El Cristo estaba al revés, y todos los allí presentes también llevaban grandes túnicas con densas capuchas.
Recitaba con calma, y hablaba de forma lenta, pero poderosa. Y sus palabras eran rotundas:
- ¡Ay de la Tierra y de la Mar! Porque el Diablo mandó la bestia con furia, porque sabe que se acerca la hora. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, porque es número de hombre, y su número es el Seiscientos sesenta y seis.
Entonces, todo el mundo se levantó y comenzó una oración silenciosa, y todo empezó a temblar. Corrí a través del pasillo hasta el altar, donde pude ver el cuerpo que reposaba sobre el Altar. Era Sara, desnuda, con los ojos cerrados. Y pude contemplar cómo el predicador levantaba un cuchillo para el sacrificio de la misma. Yo fui más rápido y disparé a matar. El predicador cayó abatido, y me acerqué a Sara corriendo. Ella abrió los ojos, pero... los tenía completamente blancos. Escuché aplausos detrás mía y me giré sin pensarlo. Un hombre con una capa roja aplaudía y se reía. Era el Señor Fernández.
- Bravo, Espinosa -dijo, sonriente - Has realizado el sacrificio correctamente.
Miré de reojo al predicador, y vi la figura mutilada de Susana, cuyos balazos en la cabeza y el cuerpo emanaban sangre. Cuando quise darme cuenta, me di la vuelta y vi que el Señor Fernández comenzaba a mutar. Se volvía más alto, le brotaban unas alas negras de la espalda y su rostro se tornaba el de un demonio. Sobrevoló toda la Capilla y se tomó más de un sacrificio humano. Yo empecé a disparar al blanco volante, pero era más rápido y conseguía esquivar las balas.
Fue entonces cuando Sara se levantó y me mordió en el cuello. Sentía la sangre fluir por la herida que me estaba provocando, e intentar zafarme de ella, pero era imposible. Con una fuerza enorme, sentí que ella misma me quitaba el arma que llevaba en la mano y me tumbaba sobre el Altar. En lo alto, el señor Fernández blandía una espada enorme, y se lanzó en picado contra mí para ensartarme, pero nadie contó con mi factor sorpresa: Me giré, dejé que atravesara la mesa y le clavé el cuchillo oculto en mis pantalones en el cuello. El demonio gritó, pero eso no me evitó sacar la pistola que aún conservaba y disparar repetidas veces contra su cabeza. El ser cayó rendido contra el suelo, y de nuevo todo volvió a temblar.
Sara me miró horrorizada. Desnuda, con la boca llena de sangre y llorando de terror, se quedó paralizada al ver la escena. Sus pupilas volvían a mostrar los dos círculos de color miel que indicaban que la posesión había terminado. Sentimos cómo la Catedral pretendía volver al subsuelo, y en una reacción casi heróica salté sobre el cuerpo del Señor Fernández, cogí a Sara en volandas y salí corriendo por las inmensas puertas antes de que todo desapareciera por aquel hueco.
Desperté sudando y gritando. Sara estaba a mi lado con un paño y una botella de agua.
- Llevas gritando más de una hora -dijo cuando me desperté -estaba algo asustada...
- Debe ser un problema tenerme así todas las noches -respondí, y tomé una pastilla
- No, no lo es. No quiero que te pase nada malo.
- Es normal que tenga pesadillas... o terrores nocturnos... o recreaciones de películas de Hollywood ambientados en Madrid y con Heavy Metal de fondo.
- Creo que, como tú no vas a poder dormir, y yo me he desvelado, me vas a deleitar con tu sueño...
24. Man on Shopping
Aquel sábado, Sara iba a pasar el día con sus padres, y yo preferí hacer cosas por Madrid mientras ella estaba con la familia. La gran ciudad me esperaba, y yo tenía todo el día para mí, así que volví a bajar al garaje y acaricié a mi fiel corcel negro. El RX-8 lucía brillante bajo los focos de aquel oscuro subterráneo, el cual iluminé cuando encendí los focos. Arranqué y salí a toda prisa por la Gran Vía, buscando mis objetivos.
El primero iba a ser irme de compras. Necesitaba pantalones nuevos para el trabajo, y decidí adquirirlos en alguna de las tiendas de algún centro comercial de los alrededores. Así que aceleré y salí a la carretera. Aparqué en el subterráneo de aquellos grandes almacenes y miré tienda por tienda cuáles serían adecuados. Cuando llegué a la última, me acerqué a la dependienta, que estaba de espaldas buscando algo en unos cajones detrás del mostrador.
- Buenos días -dije, sonriente - Estoy buscando unos pantalones de vestir, para ir a trabajar.
- Si, ahora mismo le... Un momento... ¿Pablo? -y Susana se dio la vuelta. Estaba bastante maquillada y, si no te fijabas bien, no notabas sus golpes.
- Miles de tiendas de ropa en todo Madrid y voy a parar a la tuya... -No me acordaba ni de dónde trabajaba. ¿De verdad quería casarme con ella?
- También es casualidad... Pero bueno, como no quiero problemas me dedicaré a lo estrictamente profesional -y salió disparada a unos percheros llenos de pantalones -¿Qué tonalidad estás buscando?
- Pues quería unos más claros y otros más oscuros... Nada del otro mundo.
- Pues aquí tienes -dijo, cogiendo dos pares de pantalones casi sin mirar -Ve a probártelos.
- ¿Son de mi talla? -pregunté, mirando la etiqueta
- Después de seis años viviendo contigo, y unos cuantos más trabajando en esta tienda, creo que puedo acertar tu talla. ¿No recuerdas quién te compraba la ropa para el trabajo?
- Ah, es verdad... -y me dirigí a los probadores.
Y si, tal y como predije, Susana acertó de pleno. Eran mi talla. Me quedaban bastante bien, así que no busqué más. También me llevé un par de camisas y un cinturón. Me tiré allí bastante tiempo, charlando tranquilamente con Susana, que había cambiado por completo su forma de actuar. Ahora era más tranquila, no me presionaba en nada y daba gusto charlar con ella. Como cuando estábamos juntos.
- Bueno, ya que tu compra es grande y hay confianza -dijo, mirando de reojo -te haré el descuento que tengo para mí.
- No hace falta que te molestes, de verdad -dije, sacando los correspondientes billetes de mi cartera -pagaré todo por el buen servicio.
- El servicio pretende que aceptes ir a comer, no que haya sido amable o que haya acertado con cada prenda que te has puesto.
- ¿Ir a comer? -Vaya, no podía falta su oferta de estar juntos a solas... -No sé, yo...
- No veo a Sara por aquí, y por lo que parece tampoco va a aparecer. ¿Es un delito comer contigo?
- Pues...
No. Claro que no. Así que esperé a que cerrara, ya que no tardó demasiado, y fuimos a un buffet que había en el Centro Comercial. Tomamos asiento cerca de la ventana, y la lluvia comenzó a repiquetear contra el cristal. Todo estaba nublado, y los coches pasaban raudos por la carretera. Después de coger el primer plato, nos volvimos a sentar y a charlar de todo en general. Era una de las virtudes de Susana: no había tema del que no se pudiera hablar con ella. Era muy culta, y tenía buen humor siempre.
- Bueno, espero no ser molesta preguntando, pero... ¿cómo conociste a Sara?
- ¿Te acuerdas en el Metro, por qué no llegué hasta a ti?
- Era gracioso ver como esa tía rara te gritaba...
- Esa tía rara es Sara.
- Oh, mierda -dijo, atragantándose con su refresco -Perdona, de verdad, no pensé que sería ella...
- ¿No? -pregunté, con curiosidad -¿Y cómo te esperabas que fuera?
- Pues esperaba a Sara como una chica alta, preciosa, de cabellos morenos largos y con un carrazo.
- Es muy guapa. No sé qué tiene, pero a mí me atrae bastante.
- ¿Más incluso que yo? - Ese golpe no me lo esperaba en absoluto...
- Es diferente. No sabría explicártelo.
- No te preocupes, puedes decirlo. No me voy a enfadar después de haberte dejado yo...
- Realmente es que no sabría explicarlo -dije -por eso es tan especial.
- Me alegro que al fin encontraras a alguien especial de verdad.
- Más que encontrarme, me tropecé con ella.
- ¿Y desde cuándo vive contigo?
- Pues... Casi desde el principio.
- ¿Has dejado que viva contigo desde tan pronto? -bebió de su refresco, y me miró extrañada - ¿no es muy arriesgado?
- Si, lo es. Pero, ¿qué más da? No sé, es lo que ambos queremos y necesitamos...
- Pero creo que es demasiado precipitado -dijo, comiendo de su plato -tardaste más de un año en ofrecerme ir a vivir juntos...
- Quería hacer las cosas bien -repuse -y esperé al momento indicado. Además, aún vivía con mis padres. Las circunstancias no son las mismas.
- Ya puedo verlo, ya... Tan diferentes que ella vive contigo después de veros un par de veces y yo tuve que hacer verdaderas maravillas para compartir piso contigo.
- ¿Me has traído para comer o para reprocharme cosas? -pregunté, algo molesto
- No, sólo quería compartir un rato contigo. A veces me puede el orgullo...
- ¿Por qué? Tú tomaste tu decisión, deberías estar alegre.
- Tengo la cara amoratada por mi decisión. Si tú crees que es una buena decisión, no sé cual es tu percepción de "bueno".
- Yo no tuve que tomar ninguna decisión...
- Ya te invité a hacerlo. Creo que más no puedo hacer...
- Susana, de verdad -la miré a los ojos, quería saber lo que pensaba -¿Qué te hace pensar que, después del daño que me hiciste, volvería a confiar en ti?
- Que he aprendido de mis errores -respondió, totalmente segura de lo que decía - Y que cuando más he necesitado a una persona, te he necesitado a ti.
- Pero ya no es lo mismo...
- Lo sé. Pero, ¿qué más da? Yo no quiero volver, sino volver a empezar. Borrón y cuenta nueva. Y ahora, haciendo las cosas bien.
- Pero no puedes pretender olvidar el pasado sin más.
- No, pero puedo cubrir los errores del pasado con acciones en el futuro.
- Los errores seguirán ahí siempre.
- Pero mis acciones no te dejarán ver mis errores del pasado. El pasado, pasado está. El presente está por ver, y el futuro está por venir.
- Bonita frase. Pero, como todo, son palabras. Y no me puedo fiar de las palabras.
- Ya te dije que haría acciones, como ésta.
Y se levantó de la mesa y se dirigió al mostrador, donde pagó la cuenta antes de que yo pudiera decir nada. Volvió sonriente y se sentó de nuevo para terminar la comida que le quedaba.
- Creo que pagando una comida no solucionas nada...
- No, pagué para poder marcharnos pronto y demostrarte lo que soy capaz de hacer.
Nos levantamos de aquella mesa y me tomó de la mano. Y así, a lo tonto, pasé la tarde de compras con Susana. Además de las ya hechas, me llevé un par de camisetas, una chaqueta, algunas películas y un libro. Ella compró ropa, algunos CD's y lencería, la cual me hizo seleccionar. A pesar de todo, pasé una buena tarde, pero cuando íbamos a cenar me paré en seco y tomé mi teléfono móvil.
Estoy en el Centro Comercial. Salgo de aquí y voy a recogerte a Parla. Te Amo.
Mandé el mensaje de texto a Sara y miré a Susana, cuyo rostro había tomado una tonalidad más oscura y algo tristona.
- Me lo he pasado de lujo -dije, dándole un beso en la mejilla -pero ya sabes, esta tarde no ha pasado nunca. Es por nuestro bien.
- Te quiero, Pablo -dijo ella mientras yo me alejaba, dejándola sola en medio del pasillo del Centro Comercial.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
El primero iba a ser irme de compras. Necesitaba pantalones nuevos para el trabajo, y decidí adquirirlos en alguna de las tiendas de algún centro comercial de los alrededores. Así que aceleré y salí a la carretera. Aparqué en el subterráneo de aquellos grandes almacenes y miré tienda por tienda cuáles serían adecuados. Cuando llegué a la última, me acerqué a la dependienta, que estaba de espaldas buscando algo en unos cajones detrás del mostrador.
- Buenos días -dije, sonriente - Estoy buscando unos pantalones de vestir, para ir a trabajar.
- Si, ahora mismo le... Un momento... ¿Pablo? -y Susana se dio la vuelta. Estaba bastante maquillada y, si no te fijabas bien, no notabas sus golpes.
- Miles de tiendas de ropa en todo Madrid y voy a parar a la tuya... -No me acordaba ni de dónde trabajaba. ¿De verdad quería casarme con ella?
- También es casualidad... Pero bueno, como no quiero problemas me dedicaré a lo estrictamente profesional -y salió disparada a unos percheros llenos de pantalones -¿Qué tonalidad estás buscando?
- Pues quería unos más claros y otros más oscuros... Nada del otro mundo.
- Pues aquí tienes -dijo, cogiendo dos pares de pantalones casi sin mirar -Ve a probártelos.
- ¿Son de mi talla? -pregunté, mirando la etiqueta
- Después de seis años viviendo contigo, y unos cuantos más trabajando en esta tienda, creo que puedo acertar tu talla. ¿No recuerdas quién te compraba la ropa para el trabajo?
- Ah, es verdad... -y me dirigí a los probadores.
Y si, tal y como predije, Susana acertó de pleno. Eran mi talla. Me quedaban bastante bien, así que no busqué más. También me llevé un par de camisas y un cinturón. Me tiré allí bastante tiempo, charlando tranquilamente con Susana, que había cambiado por completo su forma de actuar. Ahora era más tranquila, no me presionaba en nada y daba gusto charlar con ella. Como cuando estábamos juntos.
- Bueno, ya que tu compra es grande y hay confianza -dijo, mirando de reojo -te haré el descuento que tengo para mí.
- No hace falta que te molestes, de verdad -dije, sacando los correspondientes billetes de mi cartera -pagaré todo por el buen servicio.
- El servicio pretende que aceptes ir a comer, no que haya sido amable o que haya acertado con cada prenda que te has puesto.
- ¿Ir a comer? -Vaya, no podía falta su oferta de estar juntos a solas... -No sé, yo...
- No veo a Sara por aquí, y por lo que parece tampoco va a aparecer. ¿Es un delito comer contigo?
- Pues...
No. Claro que no. Así que esperé a que cerrara, ya que no tardó demasiado, y fuimos a un buffet que había en el Centro Comercial. Tomamos asiento cerca de la ventana, y la lluvia comenzó a repiquetear contra el cristal. Todo estaba nublado, y los coches pasaban raudos por la carretera. Después de coger el primer plato, nos volvimos a sentar y a charlar de todo en general. Era una de las virtudes de Susana: no había tema del que no se pudiera hablar con ella. Era muy culta, y tenía buen humor siempre.
- Bueno, espero no ser molesta preguntando, pero... ¿cómo conociste a Sara?
- ¿Te acuerdas en el Metro, por qué no llegué hasta a ti?
- Era gracioso ver como esa tía rara te gritaba...
- Esa tía rara es Sara.
- Oh, mierda -dijo, atragantándose con su refresco -Perdona, de verdad, no pensé que sería ella...
- ¿No? -pregunté, con curiosidad -¿Y cómo te esperabas que fuera?
- Pues esperaba a Sara como una chica alta, preciosa, de cabellos morenos largos y con un carrazo.
- Es muy guapa. No sé qué tiene, pero a mí me atrae bastante.
- ¿Más incluso que yo? - Ese golpe no me lo esperaba en absoluto...
- Es diferente. No sabría explicártelo.
- No te preocupes, puedes decirlo. No me voy a enfadar después de haberte dejado yo...
- Realmente es que no sabría explicarlo -dije -por eso es tan especial.
- Me alegro que al fin encontraras a alguien especial de verdad.
- Más que encontrarme, me tropecé con ella.
- ¿Y desde cuándo vive contigo?
- Pues... Casi desde el principio.
- ¿Has dejado que viva contigo desde tan pronto? -bebió de su refresco, y me miró extrañada - ¿no es muy arriesgado?
- Si, lo es. Pero, ¿qué más da? No sé, es lo que ambos queremos y necesitamos...
- Pero creo que es demasiado precipitado -dijo, comiendo de su plato -tardaste más de un año en ofrecerme ir a vivir juntos...
- Quería hacer las cosas bien -repuse -y esperé al momento indicado. Además, aún vivía con mis padres. Las circunstancias no son las mismas.
- Ya puedo verlo, ya... Tan diferentes que ella vive contigo después de veros un par de veces y yo tuve que hacer verdaderas maravillas para compartir piso contigo.
- ¿Me has traído para comer o para reprocharme cosas? -pregunté, algo molesto
- No, sólo quería compartir un rato contigo. A veces me puede el orgullo...
- ¿Por qué? Tú tomaste tu decisión, deberías estar alegre.
- Tengo la cara amoratada por mi decisión. Si tú crees que es una buena decisión, no sé cual es tu percepción de "bueno".
- Yo no tuve que tomar ninguna decisión...
- Ya te invité a hacerlo. Creo que más no puedo hacer...
- Susana, de verdad -la miré a los ojos, quería saber lo que pensaba -¿Qué te hace pensar que, después del daño que me hiciste, volvería a confiar en ti?
- Que he aprendido de mis errores -respondió, totalmente segura de lo que decía - Y que cuando más he necesitado a una persona, te he necesitado a ti.
- Pero ya no es lo mismo...
- Lo sé. Pero, ¿qué más da? Yo no quiero volver, sino volver a empezar. Borrón y cuenta nueva. Y ahora, haciendo las cosas bien.
- Pero no puedes pretender olvidar el pasado sin más.
- No, pero puedo cubrir los errores del pasado con acciones en el futuro.
- Los errores seguirán ahí siempre.
- Pero mis acciones no te dejarán ver mis errores del pasado. El pasado, pasado está. El presente está por ver, y el futuro está por venir.
- Bonita frase. Pero, como todo, son palabras. Y no me puedo fiar de las palabras.
- Ya te dije que haría acciones, como ésta.
Y se levantó de la mesa y se dirigió al mostrador, donde pagó la cuenta antes de que yo pudiera decir nada. Volvió sonriente y se sentó de nuevo para terminar la comida que le quedaba.
- Creo que pagando una comida no solucionas nada...
- No, pagué para poder marcharnos pronto y demostrarte lo que soy capaz de hacer.
Nos levantamos de aquella mesa y me tomó de la mano. Y así, a lo tonto, pasé la tarde de compras con Susana. Además de las ya hechas, me llevé un par de camisetas, una chaqueta, algunas películas y un libro. Ella compró ropa, algunos CD's y lencería, la cual me hizo seleccionar. A pesar de todo, pasé una buena tarde, pero cuando íbamos a cenar me paré en seco y tomé mi teléfono móvil.
Estoy en el Centro Comercial. Salgo de aquí y voy a recogerte a Parla. Te Amo.
Mandé el mensaje de texto a Sara y miré a Susana, cuyo rostro había tomado una tonalidad más oscura y algo tristona.
- Me lo he pasado de lujo -dije, dándole un beso en la mejilla -pero ya sabes, esta tarde no ha pasado nunca. Es por nuestro bien.
- Te quiero, Pablo -dijo ella mientras yo me alejaba, dejándola sola en medio del pasillo del Centro Comercial.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
domingo, 13 de noviembre de 2011
23. Cuerpo de mujer
- Qué sueño más macabro, cariño -dijo Sara, cuando terminé de contarle lo que sufrí -¿Estás seguro que estas pastillas funcionan?
- Empiezo a planteármelo. Aunque el doctor me dijo que tuviera las otras pastillas a mano.
- ¿Dónde están? -Sara se levantó dispuesta a buscarlas.
- Creo que las dejé ahí, en el cajón de la derecha.
Querido lector, creo que el Valium no es medicina válida para tratar las fantasías sexuales. Y menos cuando una persona usa esas posturas tan sugerentes para buscar en un cajón una caja de pastillas. No podía evitarlo, tenía que mirarla, aumentaba el deseo en mí casi exponencialmente...
- Aquí están -dijo, mirando la caja -Un momento, esto es Diazepam.
- Ahá... -respondí, aún embobado
- ¿Qué? - preguntó, con una sonrisa.
- Nada, nada.
- No, venga, dime qué ocurre.
- Mi cabeza, que tiene una imaginación muy sucia.
- ¿Y qué has imaginado? -con la pregunta venía una seria proposición de repetir lo que mi imaginación había dibujado en mi mente.
Bueno, no entraré demasiado en detalles. Si, lo hicimos.
El caso es que después de nuestra juerga personal, Sara decidió que en vez de salir a tomar algo, nos haríamos nuestro propio guateque en casa. Yo accedí, y ella dijo que bajaría a comprar la correspondiente bebida. No quería que bajara por si me daba otro de mis ataques y ella no podía estar para controlarme. Mi función iba a ser sencilla: buscar un entretenimiento y pedir pizza por teléfono.
Entre todas las cosas que podía hacer en mi casa, busqué las pocas películas que tenía en casa y miré cual podía ser una buena opción para aquella noche. Las deposité sobre la mesa y, mientras ponía la comida a Nuka, Sara subió de nuevo a casa con algunas bolsas.
- Muchos dirían que es profano -dijo, dejando las bolsas en la mesa grande -pero qué quieres que te diga, el Jack Daniel's con Coca-Cola es una de las cosas más ricas que existen.
- No lo niego. ¿Has comprado Jack Daniel's?
- Dos botellas, era una oferta especial. ¡Y mira lo que me han regalado! -y sacó una camiseta negra con el logo de la marca de Bourbon en blanco -Creo que ya tengo pijama nuevo.
- Seguro que te queda muy bien. Aunque es un tanto provocativo...
- Pablo, aunque me pusiera una sotana no podrías evitarlo. Asúmelo, no es la ropa que me ponga, es que yo te pongo...
Y qué razón tenía.
De todas las películas que había en mi colección, nos decantamos por un clásico: Pulp Fiction. ¿Qué mejor que el bueno de Tarantino mientras bebes? Recuerdo que Nuka ya dormía en su esquina, que yo estaba con mis pantalones de pijama tumbado en el sofá y que, tumbada a mi lado, estaba Sara llevando su nueva camiseta. Sólo su camiseta. Si, le quedaba muy bien.
Las escenas de la película pasaban, y yo no podía quitar de mi cabeza y de mis ojos su cuerpo semi desnudo. Empecé a creer que tenía un problema, ¿cómo podía atraerme tanto? Ella bebía sin sentir mi mirada depravada en su nuca.
- Esta pelicula es muy rara, ¿no crees? -dijo, mirándome de reojo -hay cosas que no entiendo.
- Ciertamente, hay que estar muy pasado de vueltas para entender todos los conceptos de Tarantino - Una respuesta demasiado poco apropiada para un ser tan salido como era en ese momento.
- Vaya, parece que no estás pensando precisamente en la película... - y lo comprobó apretándose contra mí. ¿Por qué los hombres no podemos ocultar de mejor forma estas cosas...?
Creo que, después de esa noche, conocí uno de los motivos que más me atraían de Sara: El hecho de que, hiciera lo que hiciera, yo estaba a su merced. Cada curva era una perdición... No tenía escapatoria, ni física ni mental, a ese cuerpo de mujer. Aunque reconozco que no me importa, la verdad. Me dejaría llevar al infierno por ella...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- Empiezo a planteármelo. Aunque el doctor me dijo que tuviera las otras pastillas a mano.
- ¿Dónde están? -Sara se levantó dispuesta a buscarlas.
- Creo que las dejé ahí, en el cajón de la derecha.
Querido lector, creo que el Valium no es medicina válida para tratar las fantasías sexuales. Y menos cuando una persona usa esas posturas tan sugerentes para buscar en un cajón una caja de pastillas. No podía evitarlo, tenía que mirarla, aumentaba el deseo en mí casi exponencialmente...
- Aquí están -dijo, mirando la caja -Un momento, esto es Diazepam.
- Ahá... -respondí, aún embobado
- ¿Qué? - preguntó, con una sonrisa.
- Nada, nada.
- No, venga, dime qué ocurre.
- Mi cabeza, que tiene una imaginación muy sucia.
- ¿Y qué has imaginado? -con la pregunta venía una seria proposición de repetir lo que mi imaginación había dibujado en mi mente.
Bueno, no entraré demasiado en detalles. Si, lo hicimos.
El caso es que después de nuestra juerga personal, Sara decidió que en vez de salir a tomar algo, nos haríamos nuestro propio guateque en casa. Yo accedí, y ella dijo que bajaría a comprar la correspondiente bebida. No quería que bajara por si me daba otro de mis ataques y ella no podía estar para controlarme. Mi función iba a ser sencilla: buscar un entretenimiento y pedir pizza por teléfono.
Entre todas las cosas que podía hacer en mi casa, busqué las pocas películas que tenía en casa y miré cual podía ser una buena opción para aquella noche. Las deposité sobre la mesa y, mientras ponía la comida a Nuka, Sara subió de nuevo a casa con algunas bolsas.
- Muchos dirían que es profano -dijo, dejando las bolsas en la mesa grande -pero qué quieres que te diga, el Jack Daniel's con Coca-Cola es una de las cosas más ricas que existen.
- No lo niego. ¿Has comprado Jack Daniel's?
- Dos botellas, era una oferta especial. ¡Y mira lo que me han regalado! -y sacó una camiseta negra con el logo de la marca de Bourbon en blanco -Creo que ya tengo pijama nuevo.
- Seguro que te queda muy bien. Aunque es un tanto provocativo...
- Pablo, aunque me pusiera una sotana no podrías evitarlo. Asúmelo, no es la ropa que me ponga, es que yo te pongo...
Y qué razón tenía.
De todas las películas que había en mi colección, nos decantamos por un clásico: Pulp Fiction. ¿Qué mejor que el bueno de Tarantino mientras bebes? Recuerdo que Nuka ya dormía en su esquina, que yo estaba con mis pantalones de pijama tumbado en el sofá y que, tumbada a mi lado, estaba Sara llevando su nueva camiseta. Sólo su camiseta. Si, le quedaba muy bien.
Las escenas de la película pasaban, y yo no podía quitar de mi cabeza y de mis ojos su cuerpo semi desnudo. Empecé a creer que tenía un problema, ¿cómo podía atraerme tanto? Ella bebía sin sentir mi mirada depravada en su nuca.
- Esta pelicula es muy rara, ¿no crees? -dijo, mirándome de reojo -hay cosas que no entiendo.
- Ciertamente, hay que estar muy pasado de vueltas para entender todos los conceptos de Tarantino - Una respuesta demasiado poco apropiada para un ser tan salido como era en ese momento.
- Vaya, parece que no estás pensando precisamente en la película... - y lo comprobó apretándose contra mí. ¿Por qué los hombres no podemos ocultar de mejor forma estas cosas...?
Creo que, después de esa noche, conocí uno de los motivos que más me atraían de Sara: El hecho de que, hiciera lo que hiciera, yo estaba a su merced. Cada curva era una perdición... No tenía escapatoria, ni física ni mental, a ese cuerpo de mujer. Aunque reconozco que no me importa, la verdad. Me dejaría llevar al infierno por ella...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
22. Vendetta
Cuando llegué, por extraño que parezca, Sara reposaba durmiendo en el sofá. Nuka, como buen gato pesado, estaba tumbado a su lado, cerca de su estómago. También se había acostumbrado a las tripas de Sara para entretenerse, y a su calor para dormir. Por suerte, la comida aún reposaba caliente en el microondas y una lata de cerveza bien fría me esperaba en la nevera. Comí tranquilamente mientras leía el periódico y observaba a Sara dormir. Era algo mágico, un espectáculo magnífico. Transmitía paz y tranquilidad, y sus curvas parecían adaptarse a cualquier lugar en el que se tumbara, incluso a ese sofá normal y corriente. Entendí por fin al gran Steven Tyler y lo que decía en aquella bonita canción.
Terminé de comer, recogí lo que había puesto y, viendo que aún era pronto, cogí a Nuka, dejándolo a un lado, y levanté en volandas a Sara para llevarla a la cama, donde yo también descansaría un rato.
- ¿Qué tal el trabajo? -su voz era una mezcla de susurro, gemido y gruñido. Estaba bien dormida...
- Agobiante. Tenía ganas de volver a casa para verte.
- Pues aquí me tienes...
- Si, y vamos a dormir -dije, tumbándola sobre el lecho.
- Eso me gusta más -respondió sonriente, aunque con los ojos cerrados.
Cubrí su cuerpo con la sábana y me cambié para acompañarla en su dulce sueño. Cuando me dejé caer sobre la cama, reptó como pudo hasta abrazarse y acurrucarse en mi regazo. Y, después de quedarme sonriente unos minutos, caí dormido.
Me desperté con un sobresalto. Sara ya no estaba a mi lado, y hacía algo de frío, quizá porque las ventanas estaban abiertas. Ya había anochecido, y la oscuridad poblaba mi casa, aunque había un atisbo de luz en el salón. Lo más llamativo era escuchar a Nuka, que maullaba sin parar.
Me levanté de la cama y fui al baño. Sara estaba tumbada en el sofá, viendo la televisión, pero no dijo nada a pesar de saludar. Al salir del baño fue cuando todo cambió: Frente la televisión estaba Susana, sonriente, mirándome. En sus manos vendadas reposaba un bate de baseball ensangrentado y en su rostro había una sonrisa más que diabólica.
- Se te olvidó cambiar la cerradura, Cariño -dijo Susana, apagando la televisión manualmente y dejando todo a oscuras, sólo iluminado por las luces de la calle.
- ¿Qué has hecho? -pregunté asustado, tanteando cada rincón de la habitación. Busqué el interruptor, pero no funcionaba la luz.
- Me he tomado mi vendetta personal. ¿Crees de verdad que iba a dejar que esa zorra se quedara contigo? - la voz de Susana sonaba cerca, muy cerca.
- ¡Maldita seas! ¿Qué le has hecho? - me lancé contra el sofá y pude rodearlo para ver a mi amada.
- ¿Yo? Nada malo. Apalearla hasta que se dejó de mover.
Sara yacía inerte en el ensangrentado sofá. Su cuerpo estaba completamente deformado y amoratado, tanto que tuve incluso ganas de vomitar. El brazo derecho estaba partido, los dedos de la mano izquierda parecían colgar de la propia piel y el cráneo estaba hundido completamente, emanando sangre de la gran grieta que coronaba su cabeza.
Me levanté, lleno de furia, y me lancé a la caza de Susana a ciegas por mi casa. Su voz me llamaba dulcemente, tentándome, y yo la seguía sin pensar. Quería matarla, quería hacerle pagar lo que le había hecho a Sara. Corriendo por la casa, tropecé con algo. Miré que era, y pude ver los restos de un Nuka partido por la mitad, cortado con el mismo cuchillo que ahora Susana tenía en la mano, a la cual podía ver sentada encima mía. Su mirada amoratada era la mejor muestra de locura que había visto jamás. El miedo me inundó, y empecé a llorar de forma nerviosa.
- Tranquilo, Cariño -repetía Susana, acercando el cuchillo a mi cuello - No pasa nada, tranquilo. Escúchame, Amor. Vamos, tranquilo... Despierta.
¿Despierta?
Con un grito ahogado salté sobre la cama, llevándome por delante a Sara, que trataba de calmarme. Rápidamente ella cogió mis pastillas y me las tendió, con una botella de agua.
- ¿Qué ha pasado? - dijo, nerviosa -Joder, estaba acojonada...
21. Un simple aviso
- Ronda de reconocimiento -dijo Cerebro, mientras yo miraba por la ventana a la mañana siguiente - Quiero ver si hay algún problema por ahí abajo.
- Todo en orden en el grupo de la piernas, señor -dijeron los pies como portavoces -estos zapatos nuevos son comodísimos, y los pantalones que has elegido hoy no traen problemas.
- Sistema digestivo OK -dijo el estómago -Ese donut y ese café para desayunar ya están dirigiéndose a sus respectivas zonas de excreción.
- Brazos bien -dijeron las manos - aunque sujetar la cabeza mientras miramos por la ventana es poco productivo, así que en cuanto termine el informe regresaremos al teclado.
- ¿Qué tal estás, Corazón? -preguntó el Cerebro - Desde el día del problema con el camión no eres el mismo.
- Si, estoy más callado -dijo Corazón, con voz grave -porque creo que ya no tengo más que decir.
- ¿A qué te refieres? Tu opinión siempre es importante.
- Lo sé, sé cuales son mis funciones. Pero digamos que ya tengo mis procesos establecidos, ya hemos conseguido lo que queríamos, no tengo por qué hacer más ruido...
- Eso lo dudo, Corazón. ¿Qué sería de mí sin ti?
- Un órgano inútil molestando para caminar -respondió Corazón al Pene, que reposaba tranquilo
- Bueno, sólo quería saber cómo te encontrabas, y si seguías latiendo tan fuerte como antes -el Cerebro parecía preocupado, a pesar de todo
- Eso siempre, pero el hecho de preguntarme a mí la decisión y no a ti me chocó bastante...
- ¿Por qué?
- Porque yo no tengo respuestas...
- Eso es mentira, Corazón -dijo el Cerebro, centrándose en su compañero situado en la caja torácica -Tú tienes la última palabra, al fin y al cabo.
- ¿Y por qué yo? Sólo soy un músculo que drena sangre.
- Eres más que eso. ¿De qué me serviría a mí actuar tan sistemáticamente si no es por una apetencia, por una pasión, por una meta?
- ¿Y qué tiene que ver eso?
- Que es por ti por quien tenemos un motivo para actuar, para reaccionar, para luchar. ¿Es que no lo entiendes, Corazón? Tú eres nuestro motor.
- No me veo tan importante, después de todo.
- Quizá tengas un mal día.
- O una mala vida...
- No digas eso nunca, Corazón -respondió Cerebro, dando la orden de volver al trabajo a todos - Siempre hay un motivo por el que vivir, incluso para querer morir.
El día transcurrió sin demasiados altercados. Era viernes, la gente pasaba animada a través de los pasillos y yo deseaba salir de ese cubo al que llamaban despacho para llegar a casa y ver a Sara. Esa tarde tenía más ganas de verla que nunca, ya que por alguna extraña razón yo estaba un poco ausente. El señor Fernández me dio algo de trabajo, y me dijo que me tomara mi tiempo. Era la primera vez que no tenía que volver al pasado para entregarle material, y me sentí cómodo. Tanto que no me di cuenta hasta pasados diez minutos que todo el mundo se había marchado ya.
Salí a la puerta, y el día estaba nublado. Las calles estaban transitadas y ahí, entre la marabunta de gente agolpándose en la calle, vi su cabellera rubia recogida en una coleta. Su ojo derecho estaba amoratado, su labio partido y cosido y algunas vendas en ciertas partes de los brazos y el cuello. Se acercó a mí, pero me saludó de lejos.
- Susana, por Dios -dije acercándome a ella y abrazándola de forma instintiva - ¿Qué ha pasado?
- Oh, nada -dijo ella, sonriente - Tuve una discusión.
- ¿Con quién? -Si Sara era capaz de llegar a estos límites, tenía miedo de hacer que me odiara...
- Con Erik. Ya le hice saber quién es la persona a la que de verdad amo...
- ¿Él te hizo esto?
- No, sólo lo del ojo y lo de los brazos. El resto fue un accidente con el coche.
- No entiendo...
- Unos chicos volcaron mi coche con su furgoneta. Salieron y me dijeron de parte de Sara que no me acercara a ti o sufriría las consecuencias.
- Siento mucho todo esto, de verdad... Se lo tuve que contar.
- Lo comprendo, no te preocupes -me acarició suavemente, y su mano vendada me hizo sentir horrible -pero no tienes la culpa de que ella sea así o haga esas cosas.
- Deberías hacerle caso, sólo por tu seguridad.
- No me importa mi vida si tú no eres parte de ella...
- ¿Por qué no quieres comprender que ya no eres parte de mi vida, Susana?
- Porque sé que mientes. Y lucharé.
- Yo te pido que pares. Si no puedes por ti, al menos, hazlo por mí...
- Me pides demasiado, Pablo.
- Lo suficiente para saber que estás a salvo.
- Lo pensaré. No te prometo nada. Sólo mi Corazón tiene la respuesta.
- Pues escúchalo con calma, y ten cuidado. Hasta luego.
Iba en el Metro, y volví a fijarme en los rostros de las personas que iban sentados allí. Todos sonreían, charlaban sobre el tiempo, sobre fútbol y el partido de la Selección Española de ese domingo. También hablaban de la crisis, del cambio de gobierno y de las tetas de la morena que ocupaba el último asiento del vagón. A mi alrededor, la vida fluía tranquila. Y mi corazón latía igual que siempre. Con las mismas ganas de ver a Sara que tenía cuando salí del trabajo.
sábado, 12 de noviembre de 2011
20. Una mala reputación
Era un sinvivir. Todas las tardes igual. Salía de trabajar y ahí estaba ella. Cada día me perseguía de una forma más original, llegando incluso a llegar a mi portal, suplicándome poder subir a mi casa, a pesar de mi natural insistencia por dejarme en paz.
- Por favor, amor -me decía, abrazándome mientras yo trataba de zafarme - Dame una oportunidad, sabes que soy mejor que ella...
- No, solo eres capaz de superarla en lo pesada que eres y en inmadurez. ¡Déjame ya en paz!
- Sabes que volveré... -dijo desde el portal, mientras se cerraba
- No me hagas ser cruel, Susana...
Su obsesión había alcanzado un límite inimaginable, insospechable. Jamás pensé que podría llegar a hacer esas cosas, y menos por mí. En el fondo, Susana era arrogante y egoísta, pero su pasotismo evidenciaba su falta de carácter, y su poca regularidad hacían de estos ataques un raro fenómeno en su comportamiento.
Joder, parezco psicólogo, pero estaba claro que ella lo necesitaba. Y con todo eso, incluso yo creía necesitarlo.
- Te noto raro, mi amor -me dijo Sara tras la cena. Por algún motivo, no quería dejar que sospechara sin fundamento para que no se preocupase.
- Yo me encuentro bien -dije, sonriente
- No lo parece. ¿Ha ido bien el trabajo?
- Si, como siempre - respondí, recogiendo mi plato de ensalada sin siquiera haber terminado.
- Hay algo que ronda en tu cabeza que no te permite estar del todo bien - dijo, acompañándome a la cocina
- Muchas cosas, el trabajo está más jodido que nunca. El señor Fernández ya quiere cosas para la semana pasada, y la presión me puede.
- Pablo, te conozco. Tu trabajo te la trae al pairo. Si lo haces, bien. Y si no, lo haces mañana. No, te preocupa algo más...
- ¿Por qué eres capaz de ver esas cosas en mí? - En serio, me preocupaba quedarme sin intimidad...
- Porque soy muy detallista, y más si es el amor quien me mueve a fijarme. Está todo en tu mirada.
- ¿Mi mirada? -repuse, perplejo
- Si. Los ojos son los espejos del alma, y sólo con mirarte a los ojos sé qué te ronda. Solo que has estado esquivando mi mirada desde que has llegado...
- No lo creo.
- Te has dormido la siesta, cosa que no haces nunca porque prefieres hacer planes conmigo. Te has levantado y te has puesto a limpiar, cosa que siempre dejas para el fin de semana. Cuando quería estar contigo a solas para echar un... bueno, ya sabes, te has puesto a jugar con Nuka. ¿Quién en su sano juicio se pone a jugar con el gato pudiendo follar durante horas?
- Vaya, ni me había dado cuenta...
- Vamos, Pablo, suéltalo...
- Está bien... Es por Susana.
- Sabía que aún dudabas -dejó con un golpe el plato sobre la mesa y se fue a por su chaqueta - No sé por qué aún confiaba en ti...
- ¡No! No, Sara, no -la tomé del brazo y, como siempre que hablábamos de algo importante, la senté en el sofá - Susana está muy... pesada. Tú estás en casa, pero ella ha estado estos días viniendo a buscarme, sólo para insistir en que vuelva con ella...
- ¿Y por qué no me lo dijiste? -preguntó enfadada Sara
- Sencillo: Porque quiero solucionar esto yo solo. Creo que le he dicho a ella cosas más bonitas sobre ti que a ti misma, sólo para que se de cuenta de la persona que amo eres tú...
- No te preocupes, Cielo -me dijo, relajándose -Ahora que me lo has dicho, tomaré cartas en el asunto.
- No quiero que esto termine mal...
- Y no lo hará. Tranquilo.
- No sé yo...
- ¿Confías en mí, Pablo?
- Sólo confío en ti.
- Está bien. Mañana no salgas hasta pasada media hora. Haz tiempo.
- Pero...
- Tranquilo. Esa zorra va a saber por qué en Parla tenemos tan mala reputación...
Y así hice. El señor Fernández se extrañó, pero ahí seguía yo, terminando el balance presupuestario que me mandó para el mes pasado. Creo que ha sido la única vez que he visto una sonrisa en su rostro. Media hora después, salí de la oficina y miré a todas partes. No había nada. Ni Sara, ni Susana. Aunque si había... una Ambulancia marchándose.
Volví a casa lo más rápido que pude, y al abrir la puerta allí estaba Sara, tranquila, cocinando, como si nada hubiera ocurrido.
- Sara, ¿qué le has hecho a Susana? -pregunté asustado
- ¿Yo? Nada. Llevo aquí desde que terminé de trabajar...
- ¿Y dónde está Susana?
- Ah, ¿no fue a por ti hoy? -dijo sonriente, y con un tono sarcástico que la evidenciaba - ¡Qué pena! Se habrá encontrado con algún problema de camino...
- ¿Qué le has hecho? Esto no es así...
- Ya te dije que yo, nada -se acercó y me besó dulcemente -Pero bueno, una tiene contactos... Está bien, sólo ha sido escarmentada. Y de mi parte, tú no tienes nada que ver...
- Me das un poco de miedo.
- ¿Es que eso no te gusta? -y entonces me agarró de la pechera de la camisa y me lanzó contra el sofá -porque ya deberías estar temblando... Si quiero ser peligrosa, soy letal.
19. Un día más
- ...Entonces ella vino a casa, ¿no? -preguntaba Sara con curiosidad.
- Si, porque fui yo a la suya en busca de una explicación.
- Te dejó hace más de un año, ¿qué explicación esperabas encontrar?
- No sé, algún motivo por el cual hiciera aquello sin siquiera darme un motivo firme. Compréndeme, me asaltaron las dudas y lo único que hice fue tratar de solucionarlas, por el bien de los dos.
- ¿Hubieras sido capaz de dejarme? - A pesar de todo, conversar desnudos en la cama era algo que amaba hacer, incluso cuando las preguntas eran más que acusatorias.
- Viendo lo visto, no -dije, pensativo -Ella me utilizó, pero los sentimientos nunca se van, sólo cambian de lugar en el corazón.
- ¿Entonces? ¿Por qué dudaste?
- Tenía mi vida hecha, llevaba seis años sin separarme de ella, ¿cómo esperas que no dude? Tú no llevas conmigo ni un mes y mira todo lo que hemos vivido...
- Si, está pasando todo muy rápido...
- Tampoco me importa. Estoy viviendo al máximo y disfrutando de cada instante.
- Eso sonó un poco egoísta -dijo Sara, algo ofendida
- Si no fuera por ti, Sara, terminaría siendo un fracasado como ese hombre que me encontré en aquel bar de mi viaje fugaz.
- A veces pienso que si no hubiera aparecido en tu vida, hubieras sido feliz... - se dio la vuelta tras decir esto y se hizo un ovillo.
- ¿Por qué dices esa tontería?
- Fíjate en la situación: Hubieras buscado respuestas igualmente. Sólo fui un estorbo en tu camino, si no me hubieras pisado quizá estaríais volviendo a vivir juntos y felices...
- Quizá. Pero te pisé -dije, abrazándola -y entraste en mi vida como un torbellino, lo pusiste todo patas arriba, cambiaste todo mi planteamiento... y si sigues aquí tumbada y si te llamé a ti en vez de a Susana es porque tú eres lo que me faltaba.
- ¿Qué quieres decir? - Sara se dio la vuelta y me miró. A pesar de estar a oscuras, sus ojos brillaban por unas lágrimas emergentes.
- No sabría describirlo bien. Me faltabas tú. Esa es toda respuesta que puedo darte.
- Pero si no me conocías...
- Por eso me faltabas. Quiero decir, mírame. Desnudo, con una casi completa desconocida, acostado en mi cama, en la casa que ambos compartimos. ¿Quién lo diría? No tiene sentido, y no trato de buscarlo. Esta vez habla mi corazón, en armonía con el resto. No estoy cegado, porque si no ni te hubiera llamado. No estoy obsesionado, porque mi vida sigue igual y no te necesito las veinticuatro horas del día. Sé que te tendré cuando te necesite. Eres...
- ¿Soy?
- Eres perfecta, y eres perfecta porque me he adaptado a tus imperfecciones. Porque encajas en el hueco de mi vida, porque eres tú...
- Dices unas cosas muy raras, Pablo -Sara parecía extrañada, pero sonreía - pero me encantan.
- Son locuras de un tío raro.
- Los que estamos locos somos en el fondo, las mejores personas.
- Dímelo a mí, que estoy locamente enamorado...
El día pasó sin más problemas. Como siempre, el señor Fernández me pidió varios informes "para ayer" y me pasé el día trabajando y contemplando el cielo madrileño que, en el fondo, es el mejor. No sé para qué viajar y hacer kilómetros si después lo que importa es lo que te espera en casa, lo de siempre, lo que nunca cambia y lo que sabes que nunca cambiará.
Pero fue a la salida del trabajo cuando todo cambió. Susana apareció sonriente en la puerta cuando yo ya salía del trabajo, y se acercó rápidamente antes que pudiera salir rápidamente del lugar haciéndome el sueco.
- Buenas tardes, amor -dijo ella, sonriente
- No me llames así -respondí, cabreado
- No te pongas así, te he traído pasteles -dijo, acercándome la bolsa de "La Gloria"
- Que te aprovechen. Tengo prisa.
- ¿Prisa de qué? ¿A volver a tu piso solo y aburrido?
- No. A volver a mi hogar, donde me espera la persona que amo.
- Qué irónico, estoy aquí...
- Vale, vamos a hacer una aclaración rápida -dije, parándome en seco y mirándola fijamente - ¿tu cabello es de color castaño?
- Eh... no.
- ¿Mides metro setenta?
- No, tampoco.
- ¿Te has criado en Parla?
- Dios, no. Menudo villorrio asqueroso...
- ¿Eres del Getafe?
- Sabes que no me gusta el fútbol, Pablo. ¿A qué viene todo esto?
- Y respóndeme a la última pregunta... ¿Te llamas Sara?
- No, me llamo Susana. Cielo, ¿qué te ocurre?
- Que Sara, la persona a la que amo, y la persona que me ama, me espera en casa con la comida preparada. Y no, no eres tú.
- Esa perra jamás se acercará a lo que yo he sido y soy para ti -dijo Susana, lanzando la bolsa al suelo - pero te juro aquí mismo que te recuperaré, aunque muera en el intento.
- Iré a verte a La Almudena -y entré por la boca del Metro, dándole la espalda.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- Si, porque fui yo a la suya en busca de una explicación.
- Te dejó hace más de un año, ¿qué explicación esperabas encontrar?
- No sé, algún motivo por el cual hiciera aquello sin siquiera darme un motivo firme. Compréndeme, me asaltaron las dudas y lo único que hice fue tratar de solucionarlas, por el bien de los dos.
- ¿Hubieras sido capaz de dejarme? - A pesar de todo, conversar desnudos en la cama era algo que amaba hacer, incluso cuando las preguntas eran más que acusatorias.
- Viendo lo visto, no -dije, pensativo -Ella me utilizó, pero los sentimientos nunca se van, sólo cambian de lugar en el corazón.
- ¿Entonces? ¿Por qué dudaste?
- Tenía mi vida hecha, llevaba seis años sin separarme de ella, ¿cómo esperas que no dude? Tú no llevas conmigo ni un mes y mira todo lo que hemos vivido...
- Si, está pasando todo muy rápido...
- Tampoco me importa. Estoy viviendo al máximo y disfrutando de cada instante.
- Eso sonó un poco egoísta -dijo Sara, algo ofendida
- Si no fuera por ti, Sara, terminaría siendo un fracasado como ese hombre que me encontré en aquel bar de mi viaje fugaz.
- A veces pienso que si no hubiera aparecido en tu vida, hubieras sido feliz... - se dio la vuelta tras decir esto y se hizo un ovillo.
- ¿Por qué dices esa tontería?
- Fíjate en la situación: Hubieras buscado respuestas igualmente. Sólo fui un estorbo en tu camino, si no me hubieras pisado quizá estaríais volviendo a vivir juntos y felices...
- Quizá. Pero te pisé -dije, abrazándola -y entraste en mi vida como un torbellino, lo pusiste todo patas arriba, cambiaste todo mi planteamiento... y si sigues aquí tumbada y si te llamé a ti en vez de a Susana es porque tú eres lo que me faltaba.
- ¿Qué quieres decir? - Sara se dio la vuelta y me miró. A pesar de estar a oscuras, sus ojos brillaban por unas lágrimas emergentes.
- No sabría describirlo bien. Me faltabas tú. Esa es toda respuesta que puedo darte.
- Pero si no me conocías...
- Por eso me faltabas. Quiero decir, mírame. Desnudo, con una casi completa desconocida, acostado en mi cama, en la casa que ambos compartimos. ¿Quién lo diría? No tiene sentido, y no trato de buscarlo. Esta vez habla mi corazón, en armonía con el resto. No estoy cegado, porque si no ni te hubiera llamado. No estoy obsesionado, porque mi vida sigue igual y no te necesito las veinticuatro horas del día. Sé que te tendré cuando te necesite. Eres...
- ¿Soy?
- Eres perfecta, y eres perfecta porque me he adaptado a tus imperfecciones. Porque encajas en el hueco de mi vida, porque eres tú...
- Dices unas cosas muy raras, Pablo -Sara parecía extrañada, pero sonreía - pero me encantan.
- Son locuras de un tío raro.
- Los que estamos locos somos en el fondo, las mejores personas.
- Dímelo a mí, que estoy locamente enamorado...
El día pasó sin más problemas. Como siempre, el señor Fernández me pidió varios informes "para ayer" y me pasé el día trabajando y contemplando el cielo madrileño que, en el fondo, es el mejor. No sé para qué viajar y hacer kilómetros si después lo que importa es lo que te espera en casa, lo de siempre, lo que nunca cambia y lo que sabes que nunca cambiará.
Pero fue a la salida del trabajo cuando todo cambió. Susana apareció sonriente en la puerta cuando yo ya salía del trabajo, y se acercó rápidamente antes que pudiera salir rápidamente del lugar haciéndome el sueco.
- Buenas tardes, amor -dijo ella, sonriente
- No me llames así -respondí, cabreado
- No te pongas así, te he traído pasteles -dijo, acercándome la bolsa de "La Gloria"
- Que te aprovechen. Tengo prisa.
- ¿Prisa de qué? ¿A volver a tu piso solo y aburrido?
- No. A volver a mi hogar, donde me espera la persona que amo.
- Qué irónico, estoy aquí...
- Vale, vamos a hacer una aclaración rápida -dije, parándome en seco y mirándola fijamente - ¿tu cabello es de color castaño?
- Eh... no.
- ¿Mides metro setenta?
- No, tampoco.
- ¿Te has criado en Parla?
- Dios, no. Menudo villorrio asqueroso...
- ¿Eres del Getafe?
- Sabes que no me gusta el fútbol, Pablo. ¿A qué viene todo esto?
- Y respóndeme a la última pregunta... ¿Te llamas Sara?
- No, me llamo Susana. Cielo, ¿qué te ocurre?
- Que Sara, la persona a la que amo, y la persona que me ama, me espera en casa con la comida preparada. Y no, no eres tú.
- Esa perra jamás se acercará a lo que yo he sido y soy para ti -dijo Susana, lanzando la bolsa al suelo - pero te juro aquí mismo que te recuperaré, aunque muera en el intento.
- Iré a verte a La Almudena -y entré por la boca del Metro, dándole la espalda.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
viernes, 11 de noviembre de 2011
18. Luz
LuzSueñoPechoDormirJugueteMamáBañoPapáLechePapillaChupeteLlorarGateoBiberónPasosJuegoDibujosNavidadRegalosFamiliaCamaGuarderíaAmigosJugarSaltarCaídaLlorosCrecerColegioClaseCompañerosBalónFútbolGolExamenDeberesNotasSusanaCasaCamaAlegríaVidaParejaUniversidadEstudiosFiestaCubataVómitoCocheFútbolAtletiAprobarLicenciaturaOposiciónIndependizarseCasaCamaSusanaAyuntamientoTrabajoFernándezAyerInformeAmorComidaTiempoViajeVeneciaBodaRechazoMuerteDolorFernándezAyerBalanceLágrimasMetroSaraPisotónFriday'sSaraCosquillasAtletiGetafeAmorParejaSaraSusanaSaraSusanaSaraSusanaMazdaLluviaDavidBourbonCocheCarreteraIndecisión... Camión.
Pablo... Mi amor... Tienes que girar el volante.
Pablo, escúchame, el volante, gíralo...
Pablo, por favor, no me hagas esto, gira el volante.
Tu voz, tan dulce...
Pablo, no hagas tonterías, tienes que girarlo
Tus labios, tan deseables...
Pablo, por lo que más quieras, gira
Tu mirada...
Pablo, gira el volante, no te distraigas
Tu calor, tus besos...
Pablo, te amo. Despierta.
Luz... Mucha luz... No veo nada... Sólo la escucho a ella... Sólo la siento a ella... Mis oídos se centran en su voz, mi sonrisa aparece cuando ella está, mis manos acarician su suave piel... No... Esto no es piel... Es cuero... del volante... ¡JODER!
El volantazo me sacó de la trayectoria del camión y con un gesto de habilidad casi inhumana volví a colocarme en la carretera. El medidor de velocidad no bajaba de los 250 kilómetros por hora y mi adrenalina se había disparado. Ver pasar mi vida en un instante... Verla a ella en mi trance de muerte... Era una señal, era la respuesta que necesitaba.
Ve a mi casa cuanto antes. Tenemos que hablar. Tardaré media hora.
Eso fue todo lo que aquel mensaje de texto contenía. Aceleré con ganas, ya centrado en llegar a casa y encontrarme allí con ella. Entré en Madrid, atravesé sus calles y ahí está, ahí está, la puerta de Alcalá. Bajé y llegué hasta la Gran Vía, donde giré y dejé el coche, de nuevo con el depósito hasta arriba tras pasar por la gasolinera, en mi plaza de garaje. Veintiocho minutos, y ahí estaba ella, en el portal, esperándome.
- Has venido antes de lo que imaginaba -dije al acercarme
- ¿Has cambiado ya de opinión? -preguntó ella
- Creo que si. Sube, como te dije, tenemos que hablar.
Cerré la puerta tras de mí y dejé las llaves del coche en la habitación. Nuka ya dormía, era tarde. Por suerte le había dejado la comida preparada antes de salir. Me acomodé y me senté en el sofá. Ella, frente a mí, aguardaba con expectación.
- Bueno, ¿por dónde empezar? Si, quizá por lo básico. Tengo que contarte lo que me pasa, y es que mi corazón estaba dividido. Dividido entre dos personas que amo. Pero hoy, en un momento puntual de la noche, he abierto los ojos. Estaba cegado, completamente cegado. No sabía lo que hacía, lo que pasaba, lo que me rodeaba... He sentido el frío aliento de la Muerte en la cara, y ha sido entonces cuando apareciste tú, tu imagen, tu recuerdo, para salvarme. Ha sido entonces cuando sabía que te necesitaba a ti y no a... bueno... a la otra chica. Siento tener que contarte esto de esta forma, pero si lo hago es por un motivo. Te necesité, tanto como el aire para respirar. Hoy amé de verdad, hoy era tan puro que ningún pensamiento pudo turbar mi percepción. Eras tú.
- Y si soy yo, ¿por qué dudaste?
- Aparecer así en mi vida de nuevo no fue fácil. Ha desmoronado todo mi esquema. Desde lo del Metro, algo cambió en mi. Estábais las dos en el mismo lugar. Una doble aparición que me descompuso... Pero de la que he renacido... hoy.
- Parece que ha sido un día muy completo, Pablo...
- Lo fue. Y no quiero terminar esta explicación sin antes decir...
- ¿Sin antes decir qué?
- Que te amo, Sara. Y que no quiero que te vayas nunca de mi vida.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Pablo... Mi amor... Tienes que girar el volante.
Pablo, escúchame, el volante, gíralo...
Pablo, por favor, no me hagas esto, gira el volante.
Tu voz, tan dulce...
Pablo, no hagas tonterías, tienes que girarlo
Tus labios, tan deseables...
Pablo, por lo que más quieras, gira
Tu mirada...
Pablo, gira el volante, no te distraigas
Tu calor, tus besos...
Pablo, te amo. Despierta.
Luz... Mucha luz... No veo nada... Sólo la escucho a ella... Sólo la siento a ella... Mis oídos se centran en su voz, mi sonrisa aparece cuando ella está, mis manos acarician su suave piel... No... Esto no es piel... Es cuero... del volante... ¡JODER!
El volantazo me sacó de la trayectoria del camión y con un gesto de habilidad casi inhumana volví a colocarme en la carretera. El medidor de velocidad no bajaba de los 250 kilómetros por hora y mi adrenalina se había disparado. Ver pasar mi vida en un instante... Verla a ella en mi trance de muerte... Era una señal, era la respuesta que necesitaba.
Ve a mi casa cuanto antes. Tenemos que hablar. Tardaré media hora.
Eso fue todo lo que aquel mensaje de texto contenía. Aceleré con ganas, ya centrado en llegar a casa y encontrarme allí con ella. Entré en Madrid, atravesé sus calles y ahí está, ahí está, la puerta de Alcalá. Bajé y llegué hasta la Gran Vía, donde giré y dejé el coche, de nuevo con el depósito hasta arriba tras pasar por la gasolinera, en mi plaza de garaje. Veintiocho minutos, y ahí estaba ella, en el portal, esperándome.
- Has venido antes de lo que imaginaba -dije al acercarme
- ¿Has cambiado ya de opinión? -preguntó ella
- Creo que si. Sube, como te dije, tenemos que hablar.
Cerré la puerta tras de mí y dejé las llaves del coche en la habitación. Nuka ya dormía, era tarde. Por suerte le había dejado la comida preparada antes de salir. Me acomodé y me senté en el sofá. Ella, frente a mí, aguardaba con expectación.
- Bueno, ¿por dónde empezar? Si, quizá por lo básico. Tengo que contarte lo que me pasa, y es que mi corazón estaba dividido. Dividido entre dos personas que amo. Pero hoy, en un momento puntual de la noche, he abierto los ojos. Estaba cegado, completamente cegado. No sabía lo que hacía, lo que pasaba, lo que me rodeaba... He sentido el frío aliento de la Muerte en la cara, y ha sido entonces cuando apareciste tú, tu imagen, tu recuerdo, para salvarme. Ha sido entonces cuando sabía que te necesitaba a ti y no a... bueno... a la otra chica. Siento tener que contarte esto de esta forma, pero si lo hago es por un motivo. Te necesité, tanto como el aire para respirar. Hoy amé de verdad, hoy era tan puro que ningún pensamiento pudo turbar mi percepción. Eras tú.
- Y si soy yo, ¿por qué dudaste?
- Aparecer así en mi vida de nuevo no fue fácil. Ha desmoronado todo mi esquema. Desde lo del Metro, algo cambió en mi. Estábais las dos en el mismo lugar. Una doble aparición que me descompuso... Pero de la que he renacido... hoy.
- Parece que ha sido un día muy completo, Pablo...
- Lo fue. Y no quiero terminar esta explicación sin antes decir...
- ¿Sin antes decir qué?
- Que te amo, Sara. Y que no quiero que te vayas nunca de mi vida.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
17. Las cartas sobre la mesa
- ¿No me vas a contar qué te ocurre, Pablo? -preguntó Sara, cuando monté en el coche de nuevo.
- No es algo de lo que me guste hablar...
- Pablo, por favor... - suplicó desde la ventanilla -deja que te acompañe.
- Vendré a recogerte por la noche. No te despegues del móvil.
Y con un rechinar de ruedas, mi fiel y negro corcel surcó la carretera buscando una salida. Salí buscando la autopista más cercana. No importaba el destino, no importaba el motivo, no importaba el precio. Tenía que cabalgar. Tenía que volar. Y para volar a veces hay que pisar el suelo. Con el pedal.
La carretera desaparecía tras de mí, y mis ojos empapados dejaron de ser un problema para continuar el camino. Ya me había acostumbrado a llorar mientras conducía. Solía hacerlo para despejarme, para olvidar todo y empezar de nuevo. Era una especie de botón de Reset con forma de coche. Sólo en ocasiones especiales, y cuando era muy urgente, sacaba mi Mazda a quemar el asfalto. Desde siempre, mi conducción era temeraria, e incluso mi padre me pagó más de un día en el Circuito del Jarama para conducir bólidos y hacer esto que hago, sin peligro de matarme ni matar a nadie. Pero hoy no era el día de llamarle.
Cuando creí haber fijado objetivo de ida y vuelta, reduje una marcha y el motor rotativo de mi RX-8 rugió con fuerza. Mi espalda se pegó al asiento y los coches que recorrían aquella autopista se quedaban atrás mucho más rápidamente. No miraba la aguja del cuentakilómetros, pero mi vista periférica y mi experiencia decían que debía haber superado los 200 kilómetros por hora hacía ya unos minutos. No bajaba el ritmo, tomaba las curvas amplias casi en derrape, sin miedo.
A mitad de camino, la lluvia golpeó con fuerza sobre la luna de mi coche. Aunque era mi coche el que destruía cada gota que se atrevía a ponerse en su camino. Las formas finas del vehículo hacían deslizar la lluvia a través de sus líneas, y el limpiaparabrisas funcionaba a tope. Ni una tormenta podría parar mi viaje kamikaze.
Llegué a mi destino cuatro horas después de salir. Una gran ciudad que no me había parado a mirar ni su cartel. Busqué una gasolinera para rellenar el depósito, hambriento de combustible, y aparqué cerca de un garito que parecía tener un buen ambiente. Había algunas personas fuera, fumando al refugio de un soportal, y unas chicas jóvenes trataban de impresionar a esos chicos con sus vestidos de noche y su estilo ardiente y empapado por la tormenta.
Entré a aquel garito sin pensarlo, pero era más solitario de lo que pensé. Bastante amplio, con muchas mesas distribuidas por el local, y una barra sólo ocupada por el camarero de buena presencia y dos hombres que hablaban de fútbol tranquilamente. En una de las mesas, poco iluminadas, pude ver a un hombre con una copa mirar al infinito sin esperar ninguna compañía. Pedí una cerveza y me acerqué a él. Quería conversación.
- ¿Está ocupado este asiento? -pregunté
- ¿Qué más dará? -respondió, con un tono afectado por el Bourbon que tomaba
- Necesito hablar con alguien -y me senté a su lado.
- ¿De dónde vienes? -ahora tenía curiosidad. Era joven, tendría más o menos mi edad. Unas pobladas ojeras decoraban un rostro demacrado vestido de traje y con una maleta apoyada bajo la mesa
- De Madrid
- Un capitalino aquí... Muy raro, ¿no?
- Cogí mi coche y aceleré. Me ha traído hasta aquí.
- ¿Qué coche tienes?
- Un RX-8
- Vaya, bonito bólido.
- Gracias. ¿Qué te trae por aquí? No parece que estés muy alegre...
- No vengo aquí para sonreír, sino para curar mis penas en copas cargadas de Bourbon y de tristeza.
- Te expresas muy bien, tío -dije, tratando de sonreír.
- Soy escritor, a tiempo parcial con mi trabajo en la oficina -pegó un largo trago a su vaso y apuró los restos para tomar otra más
- Espera, a esta invito yo.
- Gracias, tío. ¿Cómo te llamas, y qué haces aquí?
- Soy Pablo. Estoy mal por asuntos... sentimentales.
- Bienvenido al club, pues. Mi ex me dejó sin nada más que dolor. Se llevó hasta mi inspiración.
- Mi problema es que mi ex ha vuelto, a pesar de que yo me he enamorado de otra persona - Es muy triste tener que hablar con un desconocido borracho de mis problemas, pero... lo necesitaba.
- Y estás liado, ¿no es así?
- Exacto. Yo amo a Sara, pero mi ex... No sé, fueron muchos años.
- No estoy para ayudarte, amigo -dijo, bebiendo del nuevo vaso que tenía -pero sólo he de decirte que tienes que tener paciencia.
- No estás en situación de decirlo -repuse
- Espero bebiendo porque el alcohol evita que piense tanto en lo desgraciado que soy.
- Es muy triste decir cosas así.
- ¿Qué digo, si no? Estoy en este oscuro garito, en esta oscura mesa, bebiendo siempre lo mismo...
- ¿No has pensado en cambiar de lugar? - miré a todas partes -No sé, quizá este no sea tu lugar.
- Este es el que mejor me viene.
- ¿Te sientas siempre aquí?
- Desde que ella me dejó...
- ¿Y por qué no pruebas a cambiar de sitio? Este es muy tétrico...
- Siempre le he dado vueltas a pasarme a aquella mesa de ahí -dijo, señalando una delante mía -Por lo menos tiene un foco, no es tan oscura...
- Hazlo. Siempre viene bien un cambio de percepción.
- Lo pensaré. Y tú mira en tu corazón. Ahí siempre está la respuesta.
- Gracias -dije, y terminé la cerveza, dejando un billete en la mesa para que se cobrara -si el cambio te da para otra, tómala a mi salud.
- No lo dudes.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? No me has dicho tu nombre.
- David -respondió - Ha sido un placer.
Me dio pena aquel hombre. Aunque una chica bastante atractiva se acercó cuando vio que el billete que yo había dejado sobre la mesa tenía un color anaranjado bastante apetecible. Por lo menos, esa noche, no estaría solo. Y, con suerte, no muchas más.
Aceleré todo lo que pude, y me decidí a hablar con quien más lo necesitaba.
- Buenas noches -dije yo mismo - ¿Qué tal le va?
- Buenas noches, Pablo -dijo el Señor Corazón - Me alegra que quieras hablar conmigo directamente.
- Ya iba siendo hora de tener una charla a solas, ¿no?
- Lo era, lo era. ¿Qué te incomoda?
- Susana o Sara. Sara o Susana...
- Sabía que esa era tu preocupación -respondió orgulloso -porque me estás liando. No sé por quién latir.
- Quería preguntarte a ti por quién debería.
- Es una buena pregunta, Pablo. Pero muy difícil de responder. Los amores del pasado nunca mueren, sólo se hacen un lugar diferente.
- Y Susana ha venido a recuperar su sitio... -dije, preocupado.
- Y lo ha hecho, por lo que veo.
- No quería ser así de explícito...
- Tranquilo. En el fondo, yo soy tú. Y no está mal a veces hablar con el jefazo.
- ¿El jefazo? -pregunté con curiosidad
- Por supuesto. El Cerebro organiza, yo doy ritmo... cada uno tiene su función.
- Vaya, un buen equipo...
- Por un buen dueño. Aunque hay más de un rebelde.
- ¿Rebelde? Yo noto mi cuerpo bien.
- Que sea rebelde no significa que esté mal. Simplemente es muy tonto.
- Vaya, no sabía que había relación...
- Todo está relacionado. Si no fuera por la sangre que yo le dreno, no sería nadie por mucho que se motivara.
- Vaya...
- Pero volvamos al tema. ¿Qué piensas hacer?
- Iré a casa de aquella que tú me digas -dije
- Pero eres tú el jefe -respondió el Corazón - la decisión tienes que tomarla tú...
- Si te pregunto es porque no sé qué hacer.
- ¿A quién necesitas ahora mismo? -preguntó el Corazón, interesado.
- No sé, necesito calma.
- Susana es la respuesta.
- ¿Si?
- Claro. Ella sabe la rutina, no se sale de lo normal. Calma.
- Pero... es lo que ella odia.
- Entonces Sara. Es un ciclón, esa chica...
- ¡Me estoy liando aún más!
- Has venido a preguntar. Asume las consecuencias de que tus líos también me afecten a mí.
- Lo siento...
- No sientas. Soluciona. No sirve de nada que digas que estás arrepentido si no haces nada por solucionar tus problemas.
- Entonces... ¿Sara o Susana?
- No hagas lo que yo te diga. Haz lo que tú más desees. En el fondo, yo solo soy un músculo que bombea...
Dejé mi mente en blanco. Incluso cerré los ojos. Dejé que me invadieran mis sentimientos y ellos tomaran el control. Fue instantáneo, y cuando abrí los ojos vi la luz...
La luz de un camión que venía de frente.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- No es algo de lo que me guste hablar...
- Pablo, por favor... - suplicó desde la ventanilla -deja que te acompañe.
- Vendré a recogerte por la noche. No te despegues del móvil.
Y con un rechinar de ruedas, mi fiel y negro corcel surcó la carretera buscando una salida. Salí buscando la autopista más cercana. No importaba el destino, no importaba el motivo, no importaba el precio. Tenía que cabalgar. Tenía que volar. Y para volar a veces hay que pisar el suelo. Con el pedal.
La carretera desaparecía tras de mí, y mis ojos empapados dejaron de ser un problema para continuar el camino. Ya me había acostumbrado a llorar mientras conducía. Solía hacerlo para despejarme, para olvidar todo y empezar de nuevo. Era una especie de botón de Reset con forma de coche. Sólo en ocasiones especiales, y cuando era muy urgente, sacaba mi Mazda a quemar el asfalto. Desde siempre, mi conducción era temeraria, e incluso mi padre me pagó más de un día en el Circuito del Jarama para conducir bólidos y hacer esto que hago, sin peligro de matarme ni matar a nadie. Pero hoy no era el día de llamarle.
Cuando creí haber fijado objetivo de ida y vuelta, reduje una marcha y el motor rotativo de mi RX-8 rugió con fuerza. Mi espalda se pegó al asiento y los coches que recorrían aquella autopista se quedaban atrás mucho más rápidamente. No miraba la aguja del cuentakilómetros, pero mi vista periférica y mi experiencia decían que debía haber superado los 200 kilómetros por hora hacía ya unos minutos. No bajaba el ritmo, tomaba las curvas amplias casi en derrape, sin miedo.
A mitad de camino, la lluvia golpeó con fuerza sobre la luna de mi coche. Aunque era mi coche el que destruía cada gota que se atrevía a ponerse en su camino. Las formas finas del vehículo hacían deslizar la lluvia a través de sus líneas, y el limpiaparabrisas funcionaba a tope. Ni una tormenta podría parar mi viaje kamikaze.
Llegué a mi destino cuatro horas después de salir. Una gran ciudad que no me había parado a mirar ni su cartel. Busqué una gasolinera para rellenar el depósito, hambriento de combustible, y aparqué cerca de un garito que parecía tener un buen ambiente. Había algunas personas fuera, fumando al refugio de un soportal, y unas chicas jóvenes trataban de impresionar a esos chicos con sus vestidos de noche y su estilo ardiente y empapado por la tormenta.
Entré a aquel garito sin pensarlo, pero era más solitario de lo que pensé. Bastante amplio, con muchas mesas distribuidas por el local, y una barra sólo ocupada por el camarero de buena presencia y dos hombres que hablaban de fútbol tranquilamente. En una de las mesas, poco iluminadas, pude ver a un hombre con una copa mirar al infinito sin esperar ninguna compañía. Pedí una cerveza y me acerqué a él. Quería conversación.
- ¿Está ocupado este asiento? -pregunté
- ¿Qué más dará? -respondió, con un tono afectado por el Bourbon que tomaba
- Necesito hablar con alguien -y me senté a su lado.
- ¿De dónde vienes? -ahora tenía curiosidad. Era joven, tendría más o menos mi edad. Unas pobladas ojeras decoraban un rostro demacrado vestido de traje y con una maleta apoyada bajo la mesa
- De Madrid
- Un capitalino aquí... Muy raro, ¿no?
- Cogí mi coche y aceleré. Me ha traído hasta aquí.
- ¿Qué coche tienes?
- Un RX-8
- Vaya, bonito bólido.
- Gracias. ¿Qué te trae por aquí? No parece que estés muy alegre...
- No vengo aquí para sonreír, sino para curar mis penas en copas cargadas de Bourbon y de tristeza.
- Te expresas muy bien, tío -dije, tratando de sonreír.
- Soy escritor, a tiempo parcial con mi trabajo en la oficina -pegó un largo trago a su vaso y apuró los restos para tomar otra más
- Espera, a esta invito yo.
- Gracias, tío. ¿Cómo te llamas, y qué haces aquí?
- Soy Pablo. Estoy mal por asuntos... sentimentales.
- Bienvenido al club, pues. Mi ex me dejó sin nada más que dolor. Se llevó hasta mi inspiración.
- Mi problema es que mi ex ha vuelto, a pesar de que yo me he enamorado de otra persona - Es muy triste tener que hablar con un desconocido borracho de mis problemas, pero... lo necesitaba.
- Y estás liado, ¿no es así?
- Exacto. Yo amo a Sara, pero mi ex... No sé, fueron muchos años.
- No estoy para ayudarte, amigo -dijo, bebiendo del nuevo vaso que tenía -pero sólo he de decirte que tienes que tener paciencia.
- No estás en situación de decirlo -repuse
- Espero bebiendo porque el alcohol evita que piense tanto en lo desgraciado que soy.
- Es muy triste decir cosas así.
- ¿Qué digo, si no? Estoy en este oscuro garito, en esta oscura mesa, bebiendo siempre lo mismo...
- ¿No has pensado en cambiar de lugar? - miré a todas partes -No sé, quizá este no sea tu lugar.
- Este es el que mejor me viene.
- ¿Te sientas siempre aquí?
- Desde que ella me dejó...
- ¿Y por qué no pruebas a cambiar de sitio? Este es muy tétrico...
- Siempre le he dado vueltas a pasarme a aquella mesa de ahí -dijo, señalando una delante mía -Por lo menos tiene un foco, no es tan oscura...
- Hazlo. Siempre viene bien un cambio de percepción.
- Lo pensaré. Y tú mira en tu corazón. Ahí siempre está la respuesta.
- Gracias -dije, y terminé la cerveza, dejando un billete en la mesa para que se cobrara -si el cambio te da para otra, tómala a mi salud.
- No lo dudes.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? No me has dicho tu nombre.
- David -respondió - Ha sido un placer.
Me dio pena aquel hombre. Aunque una chica bastante atractiva se acercó cuando vio que el billete que yo había dejado sobre la mesa tenía un color anaranjado bastante apetecible. Por lo menos, esa noche, no estaría solo. Y, con suerte, no muchas más.
Aceleré todo lo que pude, y me decidí a hablar con quien más lo necesitaba.
- Buenas noches -dije yo mismo - ¿Qué tal le va?
- Buenas noches, Pablo -dijo el Señor Corazón - Me alegra que quieras hablar conmigo directamente.
- Ya iba siendo hora de tener una charla a solas, ¿no?
- Lo era, lo era. ¿Qué te incomoda?
- Susana o Sara. Sara o Susana...
- Sabía que esa era tu preocupación -respondió orgulloso -porque me estás liando. No sé por quién latir.
- Quería preguntarte a ti por quién debería.
- Es una buena pregunta, Pablo. Pero muy difícil de responder. Los amores del pasado nunca mueren, sólo se hacen un lugar diferente.
- Y Susana ha venido a recuperar su sitio... -dije, preocupado.
- Y lo ha hecho, por lo que veo.
- No quería ser así de explícito...
- Tranquilo. En el fondo, yo soy tú. Y no está mal a veces hablar con el jefazo.
- ¿El jefazo? -pregunté con curiosidad
- Por supuesto. El Cerebro organiza, yo doy ritmo... cada uno tiene su función.
- Vaya, un buen equipo...
- Por un buen dueño. Aunque hay más de un rebelde.
- ¿Rebelde? Yo noto mi cuerpo bien.
- Que sea rebelde no significa que esté mal. Simplemente es muy tonto.
- Vaya, no sabía que había relación...
- Todo está relacionado. Si no fuera por la sangre que yo le dreno, no sería nadie por mucho que se motivara.
- Vaya...
- Pero volvamos al tema. ¿Qué piensas hacer?
- Iré a casa de aquella que tú me digas -dije
- Pero eres tú el jefe -respondió el Corazón - la decisión tienes que tomarla tú...
- Si te pregunto es porque no sé qué hacer.
- ¿A quién necesitas ahora mismo? -preguntó el Corazón, interesado.
- No sé, necesito calma.
- Susana es la respuesta.
- ¿Si?
- Claro. Ella sabe la rutina, no se sale de lo normal. Calma.
- Pero... es lo que ella odia.
- Entonces Sara. Es un ciclón, esa chica...
- ¡Me estoy liando aún más!
- Has venido a preguntar. Asume las consecuencias de que tus líos también me afecten a mí.
- Lo siento...
- No sientas. Soluciona. No sirve de nada que digas que estás arrepentido si no haces nada por solucionar tus problemas.
- Entonces... ¿Sara o Susana?
- No hagas lo que yo te diga. Haz lo que tú más desees. En el fondo, yo solo soy un músculo que bombea...
Dejé mi mente en blanco. Incluso cerré los ojos. Dejé que me invadieran mis sentimientos y ellos tomaran el control. Fue instantáneo, y cuando abrí los ojos vi la luz...
La luz de un camión que venía de frente.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)