jueves, 23 de julio de 2015

Epílogo

   Ya han pasado cuatro años. Cuatro magníficos años desde que pisé a una chica en el Metro que, a día de hoy, es mi esposa. Porque... En serio, con todo lo que hemos pasado juntos, querido lector, creo que sabrás cómo continuó todo esto. Pero si tu imaginación no es tan desbordante, el sueño te puede o te estás riendo del pobre loco que está escribiendo estas líneas... Te haré un breve resumen.

   Después de aquella cena, de aquella pesadilla y de aquel momento que supe que se había acabado, se acabó. Literal. Recuerdo que días después me acerqué a la consulta de mi doctor. Se sorprendió por cómo había recuperado el color, la energía y la mirada avispada que solía tener antes de que todo esto empezara. Sonreía él más que yo, porque al fin mi sonrisa significaba un triunfo para él como médico y para mí como persona. Después volví a casa, cogí todo lo que tenía en la mesilla de pastillas y las tiré por la ventana con un grito eufórico. "Ahí van mis Ibuprofenos..." espetó ella mirándome con curiosidad, y era cierto. Volaron hasta el encharcado suelo. Pero cuando fui a recuperarlos ella me abrazó con toda la fuerza que tenía y decidí que ya habría tiempo para pasar por la farmacia.

   Unos meses más tarde me vi frente al Juzgado, con un traje, con temblores por los nervios... Pero con mi amor de la mano y con mis dos grandísimos amigos discutiendo cómo había que testificar. Raquel revisó los papeles en un maletín que sujetaba Ángel. Y Sara y yo no parábamos de reír, ¡venían a juego! ¿Y qué decir del juicio contra las dos farsantes? A Blanca le cayó una condena de tres años de cárcel y a Susana, más de quince. Y en indemnizaciones no digo la cifra, pero si os diré qué hice con ese dinero: Me mudé con Sara a un pisazo en Serrano, el cual pagué a tocateja. Sara se sacó el carnet de conducir y se compró un Mazda RX-8 blanco para combinar con el mío en las plazas de garaje, y pagamos una cena por todo lo alto con sus padres y los míos. Eso sería digno de un capítulo para contarlo todo, pero dejaré que os hagáis una idea.

   Y un día paseábamos por el Retiro, de la mano, disfrutando de las vistas de un hermoso verano. Sin demonios, sin soldados muertos y sin sangre. Y dimos un paseo en las barcas. Sara no paraba de sonreír, y no podía dejar de mirarla. Esa noche quedamos con Raquel y Ángel en su casa, pero antes de llegar me acerqué al Ángel Caído y lo miré fijamente. Sara conocía perfectamente mi sueño, de hecho dijo que sería un buen guión para una película o un cómic. Y recuerdo todo lo que dije aquel día... "Aquí comenzó mi batalla. Aquí tuve la primera gran victoria. Aquí salvé lo que sentía por ti de las garras de mis peores pensamientos y miedos. Dicen que nunca se deja de luchar, pero luchar por alguien a quien amas nunca se hace duro. Y aquí, donde mis miedos tomaron forma, les daré una última estocada. Sara, desde que te pisé me has cambiado la vida, has dado un giro a una triste existencia y me has dado motivos para luchar, para vivir y muchos más para amar. Así que aquí, delante del Ángel Caído y con el mundo por testigo, te pido... que te cases conmigo". Tuvimos que volver a casa a cambiarnos antes de la cena porque se lanzó encima mía, estando yo con la rodilla en tierra, y me abrazó. Nunca lo dijo, pero su reacción y su mirada hablaron por si solos, y la respuesta era "Si quiero".

   Eso mismo escuché, viéndola de blanco impoluto en el altar, meses después. No puedo evitar emocionarme cada vez que recuerdo aquel día. La iglesia abarrotada con nuestra gente más cercana. Pedro vestía impoluto para llevar a su hija al altar y mi madre llevaba un vestido precioso, blanco y con una franja roja. Espera, espera... Blanco y con una franja roja cruzando del hombro a la cadera... ¡Mi madre iba vestida del Rayo hasta para mi boda! Pero bueno, dejando el tema del fútbol aparte, Raquel y Ángel firmaron como testigos. Testigos que se van a casar en muy poco tiempo, cabe añadir.

   Y... ¿qué más? Bueno, alegrías y más alegrías. Viajamos juntos, disfrutamos de nuestra compañía... Roma, París, Nueva York, Los Ángeles, algún que otro disgusto en Lisboa vistiendo el rojiblanco, pero cosas que pasan. Ella era lo más hermoso del mundo, el mejor regalo traído del Cielo para mí. Tengo una vida que no podría haber soñado con la persona a la que amo.

   Estas líneas son las últimas, amigos míos. Hemos compartido un viaje lleno de fantasía, aventura, amor y desamor, pero siempre triunfan los finales felices. Gracias por viajar conmigo, Aúpa Atleti, y hasta siempre.

   Con cariño
   Pablo Espinosa.





- "...Con cariño, Pablo Espinosa." Chico, me sorprendes cada día más -Ángel fumaba un habano en el enorme jardín de su casa con Pablo, mientras Sara y Raquel tomaban el sol -Nunca me contaste lo de los sueños.
- Estoy pensando escribir el guión -Pablo tomó su copa y apuró de un trago el contenido para rellenarla de nuevo -tiene un rollo apocalíptico bueno bueno.
- Has pasado por mucha mierda, tío -Ángel dejó sobre la mesa de hierro los folios del relato -Muchísima mierda... ¿De verdad quieres publicarlo?
- Si alguien más se puede entretener leyendo lo que yo he vivido... -Pablo miró a su mujer sin evitar sonreír -¿por qué no sacar un poco de pasta de esto?
- Qué demonios, "Poderoso caballero es Don Dinero".
- No es solo por eso, ya lo sabes -Pablo se levantó y se quitó la camiseta -Es simplemente compartir mi historia.


- ...Y ya está, la historia de nuestra vida -Pablo envió el documento a la editorial por e-mail y apagó el equipo -si ese tal David solo escribía historias tristes, yo he contado lo más maravilloso que me ha pasado nunca.
- ¿El tipo que te encontraste cuando te fuiste en coche por ahí? -Sara miró la pantalla apoyada en su marido -¿era escritor?
- Si, eso dijo ser.
- Vaya... Pero esta historia es mucho mejor. Porque es la nuestra.
- Una historia de dos, mi amor...
- Pablo... No es de dos...
- ¿Qué quieres decir? -los miedos aparecieron de nuevo y se plasmaron en el rostro de Pablo, pero Sara sonrió.
- Que ya no somos dos... -y dirigió la mano de su marido a su vientre.
- Sara, yo...
- No digas nada, solo siéntelo -un leve movimiento dentro de Sara hizo que Pablo rompiera a llorar y se abrazara a su mujer.


- "...Con cariño, Pablo Espinosa".
- Nena, ¿por qué lees esa puta mierda? La cárcel tiene más cosas que hacer que bañarte en tu propio charco de mierda.
- Ten a tus amigos cerca, Blanca. Pero a tus enemigos... Aún más -y Susana cerró el libro con violencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario