Me miré al espejo. Mi rostro era la completa imagen del demacre. Un arañazo prominente y algo hinchado en el pómulo derecho, el ojo izquierdo débilmente amoratado por el puñetazo que recibí y una barba descuidada, además del pelo muy enmarañado. Con cuidado de las heridas de la cara me afeité y después me metí en la ducha. El agua caliente recorría mi cuerpo y lo activaba. Hacía tiempo que no me sentía así de vivo. El champú mentolado abrió mis fosas nasales de nuevo, y el gel de chocolate endulzó mi amargado corazón. Me movía al ritmo de una canción que recordaba en la cabeza, una canción ya olvidada que apareció sin más. "Y bailar y bailar, y tomar y tomar, una cerveza tras otra..."
Con mi traje gris, mi camisa blanca y una corbata a juego con el cinturón negro y mis zapatos llegué a aquel lugar donde pasé todas las mañanas durante los últimos años. Todos me saludaron y sonrieron. Por lo visto, la sustituta no era del entero agrado del Señor Fernández, que bramaba cada mañana lo incompetente que era. Y allí me dirigía yo, al despacho del enfadado Señor Fernández.
- Señor Fernandez -dijo su secretaria al entrar -Tiene usted una visita de urgencia.
- Pues la urgencia es parte de mi vida, así que dudo que sea más urgente que los informes que esa incompetente no sabe hacer -gritó Fernández desde su asiento.
- Veo que, aunque poco, me echa de menos -dije, al entrar detrás de la secretaria -no sabía que la nueva empleada no supiera cómo tener un informe para ayer...
- Pablo Espinosa, ¿qué cojones hace aquí? -espetó el jefe, levantándose de la silla amenazador -le despedí y no tiene derecho a estar aquí.
- De hecho, Señor Fernández -mi acompañante emergió de la puerta. Con el pelo castaño, ojos marrones y un rostro angelical, y ataviada con americana, camisa y una falda de tubo rojas, colocó su maletín de cuero encima del escritorio -mi cliente tiene todo el derecho del mundo a estar aquí. Soy Raquel Alcázar, la abogada del señor Espinosa.
- ¿Qué es todo esto, Espinosa? -Fernández bajó los humos casi mágicamente, y se sentó de nuevo en su amplio asiento de cuero
- El Señor Espinosa me ha contado la historia ocurrida hace una semana, y estudiando el caso, diría que podríamos acusarle de despido improcedente y agresión, además de los daños y perjuicios que esto puede provocar.
- No fue ningún despido improcedente -alegó Fernández, asustado -En su finiquito venía bien explicado cual eran los motivos.
- Oh, claro, aquí lo tengo -Raquel Alcázar sacó los papeles de su maletín y leyó detenidamente -Usted despidió a mi cliente por "Alterar el entorno de trabajo por motivos sentimentales", además de "bajo rendimiento" y también pone que "mala educación con sus superiores". Pues bien, le responderé a esto. El entorno de trabajo lo alteró usted golpeando a mi cliente por un malentendido que usted no tomó con la debida corrección. El rendimiento bajo es una cosa que no termino de tragarme, de hecho por lo que he escuchado por sus allegados del trabajo están bajando la producción, y me consta que es desde la llegada de la nueva empleada que sustituyó a mi cliente, el señor Espinosa -Creo que esto, sinceramente, daba para paja, con perdón de la sensibilidad del lector. El Señor Fernández sudando en su despacho y viendo su trabajo tirado a la basura por un pique sentimental mientras yo sonreía apoyado en la pared disfrutando del espectáculo -y lo de la mala educación ante sus superiores ya es una calumnia con este edificio de grande. ¿Quiere decirme que mi cliente, atendiendo a sus necesidades sentimentales, se portaba mal con usted? Por favor, ¿es usted adulto? Porque con estos papeles no me lo parece en absoluto.
- Está bien. ¿Qué queréis? ¿Cuánto dinero os tengo que pagar para que os larguéis de aquí y me dejéis vivir tranquilo? -el Señor Fernandez sacó su chequera de un cajón.
- ¿Intenta sobornarnos? -mi abogada era una fiera -¿Sabe que todavía podría caerle entre tres y cinco años de prisión?
- ¡¿Y qué espera que haga?!
- Devolverme mi puesto -dije, interviniendo en la acalorada discusión -¿tan difícil es?
- No pienso tener a alguien como usted, tan desconsiderado y tan traidor, en mi entorno laboral -dijo el Señor Fernández, enfadado.
- Mire, hagamos lo siguiente -esta negociación tenía pinta de ser interesante... -Usted me devuelve el puesto y yo pido el traslado a otro departamento. Es eso o poner una querella en este instante...
- Y créame que tengo pruebas para incriminarle, Señor Fernández -dijo Raquel sonriente.
- Pero mejor aún -me apoyé sobre la mesa con algo de chulería -quiero demostrarle que yo juego al doble o nada. Quiero demostrarle que se equivocó conmigo y, sobre todo... Con Susana.
- No me equivoqué con ella, pero si con usted -Fernández bufaba. Estaba contra las cuerdas.
- Hagamos una cosa: Me invita a cenar, donde quiera, y le demuestro que Susana es la que no merece la pena. Si se lo consigo demostrar, me devuelve el puesto y me asciende. Si pierdo yo, pido el traslado a otro lugar y aquí Paz y después Gloria. Ambos saldremos ganando, créame.
- Y si usted no decide ninguna de esas dos -mi abogada sacó más papeles del maletín -Le llevaremos a un juicio en el que perderá su trabajo, muchísimo dinero e, incluso, la libertad.
- Usted decide, señor Fernández...
Y se hizo el silencio. Mi antiguo jefe se dio la vuelta en su silla y miró por la ventana. Las gotas de lluvia emborronaban la visión de la maravillosa Madrid desde ese lugar, iluminada por una tenue luz oculta por las nubes que poblaban el cielo de la capital.
- Mañana. En mi casa. A las siete de la tarde. Zanjemos esto de una vez.
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