martes, 28 de enero de 2014

37. Bienvenido, le esperábamos

   El salón de baile estaba abarrotado. De detalles blancos y negros en el suelo y con las paredes de papel pintado y oro, y dos enormes lámparas de araña coronando la escena. Los vestidos ajustados y los peinados cortos reinaban en las mujeres, y las pajaritas en trajes de estricto negro acompañados de sombreros daban una bonita imagen a los hombres que allí se encontraban. Camareros vestidos de blanco paseaban con bandejas de plata llenas de copas para que cualquiera se hiciera con una, o para que dejaran la que ya habían terminado. Miré mi reloj de muñeca cuando cogí un cóctel que atrapé a la carrera de un camarero que se dirigía a rellenar existencias. Las diez, tal y como me indicaron. Era el momento, y busqué por todo el salón de baile mientras parejas de personas se movían al ritmo de la orquesta que se encontraba en el centro de la estancia en un pequeño escenario escalonado y redondo. Y allí estaba, mezclado con un grupo de distinguidos señores que discutían sobre economía y sobre sociedad, además del trabajo diario.

- Ya he llegado, amigos -dije en cuanto me acerqué al círculo -espero no haberles hecho esperar demasiado.
- No, Pablo, llegaste justo a tiempo -repuso uno de los allí presentes. Era alto, con una pose de autoridad. Tenía el cabello algo canoso por la edad y denso bigote. Fumaba un puro y bebía de su copa con calma -¿cómo te encuentras?
- Bueno, creo que este traje no es del todo mi estilo -todos los presentes rieron acompasadamente, igual que yo -pero bien, deseando disfrutar de la fiesta.
- Es un lujo compartir momentos tan animados contigo, Pablo -dijo otro. Éste era de piel morena, barba arreglada de corte muy fino, cabello negro muy bien peinado y una figura esbelta -creo que a todos nos viene bien este tipo de reuniones.
- ¿Dónde está el último integrante? -preguntó el señor mayor, mirando alrededor -parece que llega tarde.
- Ya sabes cómo es -dijo el señor moreno -llega cuando quiere, se va cuando quiere... Vive alejado de este mundo.
- Las mujeres le pueden, eso es una realidad -todos rieron ante el comentario del hombre mayor.
- Bueno, ¿qué me he perdido, amigos? -bebí de mi copa mirando alrededor.
- ¡Todo son buenas noticias, querido Pablo! -dijo el mayor -Estamos haciendo unos grandes progresos, todo beneficios. Si seguimos así no habrá quien nos pare.
- Eso son maravillosas noticias -sonreí sin pensarlo un momento -me alegra saber que todo marcha.
- Aunque tengo algunas noticias de arriba. Ya sabes, el jefe...
- ¿El jefe? -estaba extrañado, no sabía de la existencia de ningún jefe, de hecho pensaba que mandaba el señor de pelo canoso.
- Si, Pablo. Hay alguien por encima. ¡Ni yo le conozco! Pero es él quien lo lleva todo -miró preocupado su copa y la apuró de un trago, y miró alrededor buscando un camarero para reponerla -Nos manda órdenes internas y a veces no hay quien las entienda.
- Bueno, ¿y qué dice? -pregunté con curiosidad.
- Luego te lo cuento, en privado, lo prefiero -parecía mirar alrededor no solo por el camarero.
- De acuerdo, cuando salgamos de la fiesta. ¿Y cómo te van las cosas a ti, amigo? -miré al chico moreno que fumaba un cigarro sin filtro y bebía ginebra.
- Bueno, no tan bien por desgracia -respondió mirando al suelo y cambiando el gesto -Temas sentimentales, sin solucionar, ya sabes.
- Te entiendo perfectamente -dije -estoy pasando por lo mismo.
- Es normal que me entiendas -me miró y sonrió de medio lado.
- ¿Por qué?
- Es normal que me entiendas porque...
- ¡Ya ha llegado el alma de la fiesta! -el grito interrumpió al señor moreno. Se acercó con los brazos abiertos un hombre con un esmóquin azul oscuro, corbata y gafas de sol. Era de estatura media, alrededor del metro ochenta, pero con una musculatura bastante pronunciada -¿alguien preguntó por mí?
- ¡Al fin! -dijo el señor mayor levantando su copa -¿dónde te habías metido?
- Ya sé, ya sé, nunca llego a la hora -él miró su reloj -pero sabéis que soy impredecible. ¡Ese es mi estilo!
- Hacía tiempo que no te veía, pequeñín -le sonreí y le abrí los brazos.
- ¡Pablo! ¡Cuánto tiempo, compañero! -me abrazó con tanta fuerza que casi se me cae la copa -Me tienes abandonado.
- Lo siento, amigo, estoy que no estoy...

La fiesta siguió muy animada y comenzó a parecer más un guateque, todo el mundo empezó a bailar y eso mismo hice yo. También hubo momento para las mujeres. El señor mayor las analizaba y el grandote iba lanzado a por ellas. El moreno y yo observábamos la escena entre risas.

No recuerdo cuantas horas pasaron, pero recuerdo salir y observar la playa que se extendía a lo ancho de la parte trasera del gran edificio. Con mi copa a medio llenar, se acercó el señor mayor y puso su mano en mi hombro como signo de complicidad.

- Pablo, gracias por pasar este rato con nosotros -dijo, muy sonriente -necesitábamos saber que seguías confiando en nuestro trabajo.
- Creo que os defraudé -miré al suelo algo abrumado -os he tenido muy de lado durante un tiempo. Tú mejor que yo conoces la situación.
- La conozco, camarada -después de decir esto miró al infinito -y te ayudaremos a salir adelante, ¿verdad chicos?
- ¡Claro! -la poderosa voz del grande me asustó un poco, pero me hizo sentir más arropado. Venía acompañado del chico moreno.
- Es un placer disfrutar de vuestra compañía -sonreí a mis tres amigos -y sentirnos unidos y con fuerzas para todo.
- Vamos a arreglar lo que nos depara el futuro -el hombre moreno puso su mano en mi pecho y me miró a los ojos -no nos vamos a permitir perder lo más importante.
- ¿Qué es lo más importante? -mantuve fija la mirada en sus oscuros ojos, pero también veía a los otros dos.
- Tú. Y Sara.
- Sara... Es algo que tengo que terminar de arreglar.
- ¿Qué te dice el Corazón, Pablo? -preguntó el señor mayor
- Pues...
- Te digo que ahora que todo está arreglado en lo laboral, tenemos que ir a por ella -el señor moreno respondió rápidamente.
- Hay que usar el cerebro -dijo el tío grande -¿Qué opinas?
- Creo que lo mejor es ir poco a poco -contestó el señor mayor mirando al horizonte -un contacto leve, y después mayor, hasta recuperarla. Con paciencia, y sin dejar que piense ese -y señaló al tío grande.
- Cuando llegue el momento yo seré el centro de todas las miradas y besos -su carcajada sonó muy alto en la zona.
- Y dime, Cerebro -miré a los tres después de reírme -¿cual era el mensaje del jefe?
- Ah, si, el jefe -el Cerebro caminó hasta acercarse a la puerta del salón de baile -dice que, por ahora, este sueño se ha acabado. Y que no te levantes con mucha fuerza, que tienes al gato durmiendo encima y no es plan de hacerle volar.

Y abrí los ojos. Y ahí estaba Nuka, tumbado en mi pecho, ronroneando.


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