miércoles, 22 de enero de 2014

35. Jaque Mate

- Buenas tardes, Señor Fernández -dije, mostrando una botella de Lambrusco -Espero no haber llegado tarde.
- Son las siete en punto, Espinosa -respondió, abriendo la puerta de su lujoso chalet -parece que no se ha perdido.
- La magia de los GPS, no ha sido todo cosa mía.

Mi sonrisa iba de oreja a oreja, pero su mirada era seria, defensiva, bastante preocupada. La casa era enorme, y me senté en aquel salón gigantesco lleno de cuadros, muebles antiguos y sofás de seis plazas de cuero negro. La pantalla de televisión era casi tan grande como mi cama, y las estanterías estaban pobladas de libros, grandes clásicos de la literatura. Sonaba de fondo la obertura de la Ópera 49 de Tchaikovsky, muy apropiada para un acto como aquel. Solo podía recordar una frase de película, que dije en alto al recordarla.


"¿Cuántas veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo?"

- Vaya, veo que conoce la obra de Shakespeare -dijo el Señor Fernández, acercándose a una enorme barra de madera que hacía las funciones de mini bar -¿qué quiere beber?
- No precisamente. La he leído, Hamlet es para mí un imprescindible, pero no hacía referencia a ese texto -miré al minibar -Tomaré Jack Daniel's "on the rocks"
- ¿Y a qué hace referencia exactamente? -Fernández sirvió dos vasos de "Single Barrel" en vasos con hielo y se acercó a mí.
- Diré que... "Este concierto se lo dedico a la señora Justicia en honor a las vacaciones que parece se está tomando... y en reconocimiento al impostor que ha ocupado su lugar." -y comencé a mover las manos como si fuera el director de la orquesta en pleno Crescendo.
- No pierde el humor ni en las situaciones de mayor tensión -me tendió el vaso para brindar -"Recuerden, recuerden, el cinco de noviembre. Conspiración, pólvora y traición. No veo la demora y siempre es la hora de evocarla sin dilación".
- Vaya, me ha pillado -repuse, brindando y bebiendo un sorbo de aquella delicia -Pensé que no era muy cinéfilo...
- Adoro el arte, como puede observar -Fernández se dirigió al sofá y me señaló amablemente el otro para tomar asiento -y creo que el cine, y el cómic, son también parte de las mejores creaciones.
- En eso compartimos gustos, no lo voy a negar -bebí otro sorbo y miré alrededor -¿y dónde se encuentra su acompañante?
- Está en camino -Fernández miró su Rolex -debe estar al caer.
- ¿Le dijo que venía? -pregunté con curiosidad.
- En absoluto. Si no, no hubiera accedido.
- ¿Tanto confía en ella, Ángel Luis? -traté de poner complicidad con mi interlocutor.
- Ya se lo dije, es lo mejor que me ha pasado nunca -Fernández apuró su vaso y lo dejó sobre la mesa -y creo que actuó de forma incorrecta en la puerta.
- Le repito: No fue cosa mía -yo también lo apuré y me recosté sobre el sofá -Tengo aquí algo que dará la vuelta a la conversación -y saqué aquel folio doblado de mi bolsillo.
- ¿Puedo? -Fernández tendió la mano para cogerlo, pero aparté el papel de su alcance.
- Esto solo podrá entrar en escena cuando llegue el momento. ¿Imagina al fantasma del padre de Hamlet llegando demasiado pronto a escena? Esto es igual.
- No creo que sea trascendente -Fernández se levantó y se estiró
- Ya lo veremos, jefe. Ya lo veremos...

   Y sonó el timbre. Por la puerta, radiante, entró Susana, ataviada con un vestido de noche largo y escotado de color negro, tacones a juego y maquillada. Abrazó al Señor Fernández y lo besó con pasión, pero vi con bastante gusto que había plantado la semilla de la duda en su corazón, porque no fue respondido de la misma forma. Con toda la galantería del mundo, Fernández se dio la vuelta y tomó de la mano a Susana acercándola a mí, que me había posicionado estratégicamente mirando a los libros para que no viera mi rostro.


- Susana, amada mía, te presento a mi colaborador... -y me giré, y su cara fue digna de foto -el señor Pablo Espinosa.

- Un placer, Susana -sonreí y le tendí mi mano, que estrechó dubitativa.
- Ángel, cariño... ¿Qué hace él aquí? -la voz de Susana temblaba como la de un pecador en el confesionario, de hecho una gota de sudor cayó por su frente.
- Concertamos la cita ayer para hablar de negocios y le traje a mi humilde morada para compartir una velada entretenida -Fernández era un "Gentleman", tenía que admitir -Actué sin conocimiento hace un tiempo y quería arreglar las diferencias con algo de cena y charla. Ha recuperado, de hecho, su puesto.
- ¡Qué alegría! -el tono de Susana era una mezcla perfecta entre sarcasmo, nervios y algo de enfado -¿y qué cenaremos, amor mío?
- Espero que no marisco -dije sonriente -la señorita Susana es alérgica -Primera al estómago. Fernández se quedó de piedra y bajó la mirada segundos después.
- Veo que es cierto que ya se conocían... -Fernández comenzó a caminar en dirección al comedor, seguido de Susana, que me lanzó una mirada que podría haber matado a un elefante si contuviera una bala.

   La cena fueron manjares tras manjares y, ciertamente, no había ni pizca de marisco. Una pena, porque a mí me encanta. Todo tipo de ibéricos, de carnes y pescados, el mejor vino... Yo miraba mi Lambrusco con pena, el pobre no estaba a la altura de esta cena. Pero yo estaba pendiente de la conversación. Ciertamente hubo tiempo para el trabajo, pero miraba de reojo a Susana, que no miraba más que a su plato. No probó casi bocado.


- Bueno Susana, cambiando de tema -miré a nuestra acompañante que ni siquiera se dignó en devolverme la mirada -¿cómo va la tienda de ropa?

- Bien, bueno -repuso, comiendo algo de pan -funciona. Es suficiente.
- ¿Te has fijado que llevo la ropa que compré allí? -es fue un Crochet con la izquierda. Si, el señor Fernández se percataba de que era la ropa que Susana vendía en su tienda.
- Me halaga -cada vez parecía más enfadada.
- ¡Cambiemos de tema! -el señor Fernández se sirvió más vino -¿os gusta viajar?
- Por supuesto, Ángel -mi sonrisa se amplió. Había bajado la guardia -La última vez que salí de la Península fue por el Mediterráneo. Una bella ciudad.
- ¿Dónde fue? -Fernández me miró. La balanza se inclinaba a mi lado.
- Bueno, fue una historia dura. Allí perdí a mi querida, que decidió marcharse con un amante cuando le pedí casarme con ella...
- Una pena lo de Venecia. ¿Cambiamos de tema? -Susana dejó sus cubiertos con violencia en la mesa y abrió la solitaria botella de Lambrusco que había traído.
- ¿Venecia? Cariño, él no ha dicho que fuera Venecia... -Eso era un gancho. A la mandíbula. 
- ¿Y yo qué sé? Venecia, Atenas, Egipto, cualquier ciudad vale -Susana bebió directamente de la botella.
- ¿Sabes algo de su viaje, Susana? -Fernández la miró directamente.
- No, claro que no -dejó la botella en la mesa salpicando alrededor y haciendo que la espuma saliera a borbotones.
- Vaya, qué casualidad... -Era la hora del golpe de gracia -Conservo esto con cariño, del día que me abandonaron...

   Y saqué el folio, que tendí al Señor Fernández. Susana, sintiéndose amenazada, se levantó y con un grito intentó hacerse con aquel papel, pero Ángel fue más rápido y la cogió. Abrió lentamente el papel mientras Susana soltaba una serie de improperios no aptos para la lectura casual y fue cuando mi jefe cayó en la lona. Comenzó la cuenta de diez...


Uno...


Dos...


Tres...

- Cariño, fue el pasado, ahora te quiero a ti, y lo sabes...
Cuatro...

Cinco...


Seis...

- Me persiguió durante semanas, señor Fernández. Era su estratagema, quería recuperarme... Incluso estando con usted.
Siete...

Ocho...


Nueve...

- ¡Lárgate de aquí, hijo de la gran puta! ¡Eres lo peor que me ha pasado jamás!

...


Diez.


- No, Pablo -dijo Ángel Luis, levantándose de la mesa -Quédate a tomar una copa. Pero tú, zorra asquerosa, lárgate de mi casa antes de que te saque yo.

- Ángel, por favor, déjame que te explique...
- ¡No, se acabó! ¡No más engaños! ¡No más mentiras! ¡Fuera de mi puta casa ahora mismo!

   Susana se quedó petrificada. Miró al señor Fernández un momento, pero se dio cuenta que no había vuelta atrás. Se dirigió al salón, cogió su chaqueta y se marchó. Ángel Luis se fue a la cocina y volvió con una deliciosa tarta de chocolate y la botella de Jack Daniel's.


- Espinosa...

- Dígame, señor Fernández -respondí raudo, era mejor no enfadarle.
- Tutéame, por favor
- Claro, como quieras, Ángel...
- Debo pedirte mis más sinceras disculpas -cortó la tarta en pedazos y sirvió whisky en los vasos con hielo -pero a partir de ahora, ya sé en quién debo confiar de verdad. Has demostrado no fallarme.
- Me alegra haberte librado de esta carga, de verdad -levanté la copa para brindar.
- ¿Por qué brindamos, Pablo?

   Y sonreí. Tenía que hacer una última cita.


"El único veredicto es venganza, vendetta, como voto, y no en vano, pues la valía y veracidad de ésta un día vindicará al vigilante y al virtuoso."



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