La calle era un hervidero de actividad. Los vehículos que pasaban por la carretera daban un color especial a la calzada, muy parecido a una pareja de serpientes que dejaban que sus pieles escamosas rozaran la una contra la otra, un ritual bello y atrevido, una danza al deseo y a la pasión, un festival de contrastes. Pasando por encima de las serpientes, las pequeñas hormigas seguían sus caminos establecidos sin una organización. De un lado a otro, acompañando a las serpientes o superando el bello movimiento de colores de aquella ajetreada jungla urbana. Los edificios se alzaban imponentes sobre aquellas estrechas circunvalaciones, y cada ventana mostraba una historia diferente. Millones de historias de las millones de personas que en la enorme Madrid habitaban. Todo este desfile de vida estaba bañado por una fina aunque perceptible cortina de agua de lluvia que se precipitaba desde un techo negro de nubes gigantescas que parecía no querer abandonar la capital. Las gotas golpeaban el cristal y hacían extraños recorridos, uniéndose las unas a las otras y deslizándose suavemente creando recorridos, cortados inmediatamente por otras tantas gotas que las cazaban en pleno descenso. Un espectáculo visual y auditivo sin parangón, el brillo de las luces de coches, semáforos y carteles luminosos daban un fulgor especial a esas gotas acompañadas por la armoniosa melodía que creaba el entorno completo entonando una melodía de sonidos de voces, teléfonos, coches, gotas de lluvia y coronadas en su pentagrama invisible por un trueno que daba un hálito de luz a la oscura cúpula de nubes, y que finalizaba estruendosamente una de las óperas más bellas jamás escritas.
- Señor Espinosa, aquí tiene los balances que pidió -aquella dulce voz me sacó del trance en el que me había sumido al mirar por la ventana de la oficina -Espero que no esté enfadado...
- ¿Enfadado? -pregunté, mirando entre mis papeles buscando algo. La mala costumbre de que Fernández me presionara cuando salía de mis mundos de fantasía -¿por qué debería estar enfadado? -cobré de nuevo la compostura y miré a mi empleada. Era bastante alta, pero con los tacones ya podía perfectamente mirarme a los ojos. Su pelo cobrizo adornado con mechas doradas y una mirada con sabor a espesa y dulce miel daban color a un rostro algo pálido y de facciones afiladas pero equilibradas, además de unos rojos labios a tono con los tacones. Vestía muy formal, con falda de tubo y americana negras y una blusa roja abierta dejando ver un bonito escote.
- Bueno... Usted pidió estos balances para ayer...
- ¿Y por qué no los hizo ayer, señorita...? -aún me costaba quedarme con los nombres.
- Blanca. Blanca Gonzalez, de contabilidad. Y no los hice ayer porque me los pidió hace tres horas, señor Espinosa -Si. Definitivamente empezaba a parecerme a Ángel Luis demasiado, y hasta no hace mucho yo estaba ahí.
- Perdone, Blanca, estoy un poco aletargado -acerqué mi mano a la cara y me rasqué los ojos. Seguía con la medicación, seguía con los problemas de sueño y me estaba costando adaptarme a este nuevo ritmo de trabajo -déjelos aquí, y gracias por su presteza.
- De nada, Señor Espinosa -qué raro sonaba "Señor Espinosa" con un tono de subordinación y no de imposición y dura represión...
- Primera semana, Pablo, y has aumentado la producción un tres coma cinco por ciento -Ángel Luis comía mientras hablaba en aquel restaurante que siempre veía desde la puerta del trabajo y en el que pensaba que nunca comería, y ahí estaba, con él -¿cómo te sienta esto de ser un jefazo?
- No lo sé, Ángel, no lo sé... -jugaba con el último macarrón con carbonara de mi plato. Había perdido el apetito.
- Vamos, no me jodas. ¡Estás ganando casi dos veces tu anterior sueldo haciendo la mitad de trabajo! -Fernández apuró su vaso de vino y lo volvió a rellenar -Dime cuántos pueden decir algo así.
- Si, supongo que estoy en una posición privilegiada...
- Deja de suponerlo y créetelo -terminó su última patata frita y dejó los cubiertos en la mesa -Blanca, de contabilidad, la escuché hablar de ti antes mientras tomaba café con sus compañeros.
- Ah, si -repuse antes de beber de mi copa de vino -vino a traerme unos balances.
- Y te pilló en tu habitual pompa -Fernández dejó escapar una risa y dio un sorbo de vino -justo lo que comentó con sus compañeros.
- Vaya, ahora me entero que mi plantilla no confía en mis aptitudes...
- En todo caso le ha sorprendido verte tan abstraído, como me pasaba a mí -Ángel levantó la mano al camarero, que miró, y con un gesto de escribir en el aire el camarero asintió -Parece que estás vegetal.
- ¿Tan evidente es? -pregunté, algo ruborizado.
- Te quedas fijo en una postura, miras sin mirar, a veces juraría que ni pestañeas -cuando el camarero acercó el platito con la cuenta, Fernández dejó su tarjeta de crédito y pidió dos chupitos de licor de hierbas -y la verdad es que impacta. Tu cuerpo está sentado en esa silla, tu mente... Eso ya no sé qué decirte.
- Espero no haberla asustado...
- Pablo, dime, ¿has contactado ya con Sara? -agradeció los dos chupitos al camarero y me ofreció uno, que cogí y miré desganado.
- No he tenido tiempo. Lunes y martes estuve estudiando los protocolos de actuación, el miércoles fui a hacer compra y el jueves...
- Vamos, que ni te has molestado en mandarle un puñetero mensaje -levantó su vaso y se lo bebió de un trago. Imité el gesto y dejé sin delicadeza alguna el recipiente del licor en la mesa.
- No he tenido tiempo, te repito.
- Para todo en esta vida hay tiempo -Fernández se levantó de la silla y se volvió a poner la americana y la chaqueta. Le imité por inercia -y para mandar un mensaje solo tienes que emplear un minuto. ¿No tienes un minuto para Sara?
- ¿Lo ha tenido ella en todo este tiempo, Ángel? -miraba al suelo de camino a la puerta.
- Ni lo tiene ni lo tendrá, no al menos para escribirte -abrió la puerta y me ofreció pasar caballerosamente -pero siempre hay treinta segundos para leer. Eso sin duda.
Ese día volvía en Metro a casa. La gente de alrededor, como siempre, eran un mundo paralelo al mío. Escuché una acalorada discusión sobre fútbol, dos jóvenes hablaban sobre revolución, una señora mayor le contaba a la otra lo horrible que le sentaba el último corte de pelo a su vecina del tercero y dos enamorados intercambiaban saliva en los asientos de enfrente. La vida fluía alrededor mía como el agua que lleva un río en dirección al mar: Yo permanecía quieto e indiferente mientras todos seguían la corriente.
Y recuerdo que llegué a Atocha Renfe... Y no aguanté las ganas. Salí como un tiro por la puerta del Metro y me dirigí a la estación de Cercanías. Saqué un billete a Parla y pasé a través de la larga hilera de tornos que cubría las bajadas a los andenes de la empapada calle. Corrí, porque en el cartel luminoso aparecía la llegada del tren y sabía que si me lo pensaba, no me montaría. Y antes de que las puertas cerraran, atravesé el hueco que dejaron y me dirigí al primer asiento que vi libre. Me quedé de pie frente a la silla blanca y morada para quitarme la chaqueta y me dio por mirar al viajero que estaba a mi lado.
- ¿Blanca? ¿Blanca Gonzalez? -Me quedé en shock por un momento, pero no como ella. Ella se quedó petrificada.
- ¿Se-Señor Espinosa? -iba leyendo un libro que cerró tras poner el marcador de página -¿qué hace usted aquí? Pensé que usted se iba en coche...
- Hoy he cogido el tren, tengo cosas que hacer en Parla. ¿Dónde se dirige usted?
- A Parla... Vivo allí.
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