miércoles, 5 de marzo de 2014

56. Bajo la lluvia

   Estuvimos riendo durante un largo rato, sin parar, pero a ella el pudo el sueño. Cuando vi que bostezaba varias veces, la abracé y dejé que se durmiera plácidamente en mi regazo. Ella agradeció el gesto, y en poco menos de diez minutos ya respiraba profundamente. Por fin, después de todo lo que había pasado, después de tantos momentos de miedo, dolor, sufrimiento y de perder la esperanza, allí estaba ella, volviendo a dar color a las sábanas blancas de mi solitaria cama. Por fin podría despertar y que todo oliera a su perfume natural, y por fin su calor volvía a estar presente en aquel lecho. Y sonreí. Sonreí de felicidad, y una lágrima de felicidad cayó por mi mejilla mientras la miraba sonreír en sueños. Pero sabía que algo sobraba ahí, y miré a mi mesilla de noche. La luz de la calle se reflejaba en las cajas de medicamentos, pero para librarme del último escollo sabía que tenía que ir sin tomar ninguna. Y así hice.

   Me levanté de la cama procurando no despertar a Sara y caminé descalzo y solo con los pantalones del pijama a la pequeña terraza. Fuera llovía, pero no importaba. Abrí la puerta y pisé el suelo empapado y frío del balcón, y cerré tras de mi. Después me apoyé en la barandilla y miré al infinito. Yo siempre tenía que atenderle cuando venía, ¿por qué no llamarle yo? Al fin y al cabo... formaba parte de mí.

- Vaya, esto si que no me lo esperaba -apareció por la puerta, también cerrando tras de si. Comenzó a mojarse con la lluvia, y su cabello despeinado comenzó a cubrirle el rostro tal y como lo cubría el mío. Su pantalón de pijama se empapó y su torso desnudo comenzó a temblar... Como temblaba el mío.
- Al fin y al cabo, eres yo -miré de nuevo a la calle, donde los paraguas se movían de un lado a otro protegiendo a las personas del chaparrón -y también tengo derecho a reclamarte tanto como me reclamas tú.
- Bueno, en el fondo yo también tengo más derecho -se apoyó también en la barandilla y se encendió un cigarro que llevaba en el bolsillo. Me ofreció el paquete abierto para que yo también fumara, pero me negué con un gesto de cabeza -Yo no soy real, yo vivo en tu cabeza.
- Lo sé, pero hoy te estoy dando algo más de vida -empezaba a acostumbrarme al frío y al agua -porque hoy quería hablar contigo estando consciente, solo y sin estar en ninguna de tus extrañas fantasías.
- Dirás de tus extrañas fantasías -dio una calada a su cigarro y me miró con sus ojos cansados y su rostro pálido. Si de verdad ese podía ser mi rostro... puedo llegar a dar mucho miedo -porque te recuerdo que el que está hablando solo en su balcón eres tú.
- Si, y con la lluvia dejando que caiga sobre mí -el cielo era una gran nube gris, y las gotas no dejaban de caer en todas direcciones.
- ¿Y por qué aquí? -preguntó él, pasando por detrás mía y mirando a la calle -¿Es que te vas a suicidar o algo? ¿No era más fácil hablarlo en el salón o en la cocina? Así al menos podríamos tomarnos una copa.
- No, tenía que ser aquí, y bajo la lluvia -pasé mi mano por mi rostro empapado, que seguía empapado cuando traté de quitar agua de la cara -porque quería probar una cosa.
- ¿El qué?
- Que nos mojamos por igual.
- ¡Qué gilipollez! -comenzó a reírse a carcajadas mientras paseaba por detrás mía -¿Es que no ves que somos la misma persona? ¡Pues claro que nos mojamos por igual!
- Entonces, si esto es así... ¿Tú también puedes morir igual que yo? -dejó de reírse y me miró -Al fin y al cabo, eres parte de mi destruida imaginación, una enfermedad, y se puede curar. Ergo, puedes morir.
- ¿Es que eso es lo que quieres? ¿Matarme de frío?
- Dudo que el frío te mate. En todo caso puede matarme a mí, pero ya he visto que no eres inmortal.
- No me interesa que te mueras -volvió a apoyarse en la barandilla y dio otra calada a su cigarro -Mi pasión es hacerte sufrir y ser tu peor pesadilla, ¿pero matarte? Nah. No es mi estilo.
- Prefieres provocarme para que hasta mi chica me patee la cara hasta partirme un diente -y fue él quien sonrió, con la boca ensangrentada, y mostró el hueco que dejaba la mencionada herida.
- A mí el dolor me gusta, ¿a ti no?
- No, la verdad es que no...
- Bueno, te irás acostumbrando -tiró su cigarro y cogió otro, el cual encendió rápidamente -Al fin y al cabo, a esto me dedico.
- De eso venía a hablar, Pablo. Porque te puedo llamar Pablo, ¿no? -le miré y me miró extrañado -Eres yo, debería llamarte así...
- Hombre, técnicamente si soy Pablo, pero creo que podrías llamarme de otra forma para entendernos bien -qué buenas ideas tiene. Y soy yo... -Así que tú verás...
- ¿Nuka? -qué rápido puedo joder mis propias ideas -No sé, no soy muy bueno en poner nombres.
- Fíjate, me gusta -sonrió y le dio otra calada a su cigarro -Así mirarás al puto gato y te acordarás de mí.
- Está bien, Nuka... esto tiene que terminar. Y lo sabes.
- Me hice a la idea de que querrías decirme algo así. Pero no puede ser.
- ¿Qué quieres de mí, tío? -pregunté enfadado, pero él ni siquiera me miró.
- Es una gran pregunta que en este momento no sabría responderte -su cigarro, a pesar de que él estaba empapado, no se mojaba -supongo que me gusta hacerte sufrir, y es para lo que vine, pero poco a poco te voy conociendo mejor.
- ¿Qué quieres decir?
- Que ahora conozco mejor tus miedos, tus pensamientos, tus dudas... -tiró de nuevo el cigarro, y de nuevo se volvió a encender otro -poco a poco estoy más cómodo disfrutando de aquello que te puede destruir, hay de todo, y quiero más y más...
- Sabes que ahora tengo algo que me hace feliz -pensé en Sara y fue él quien se estremeció.
- Si, bueno, resulta que la chavala se ha quedado, qué suerte -su tono era de aburrimiento -felicidades, en serio, lo has conseguido, hay que reconocer tus éxitos, y después de follarte a otra y de poner en la balanza el amor de Sara contra un coñito la has conseguido.
- Fue un error, y encima me engañó...
- Admite que te lo mereces.
- Si, desde luego -agaché la cabeza -estaba luchando por Sara y me dejé llevar por el pecado.
- Me encantó verte dudar, en serio.
- Pero ahora estoy seguro de lo que siento -su rostro volvió a cambiar. Eso le afectaba -estoy muy seguro de que la persona que quiero que esté en mi cama sea Sara, y nadie más.
- Vaya, ¿y si ella quiere estar con otras personas? -giró su rostro para hacer contacto visual, y me tembló todo.
- Me lo diría.
- No tiene por qué.
- Vivimos juntos.
- Error. Vivíais juntos. Ha pasado mucho tiempo, Pablo, ¿qué te hace pensar que ella no ha encontrado a otra persona?
- Es evidente que ella está conmigo bien. ¿Dejaría alguien que quisiera a Sara vivir en esa mierda de habitación que tenía?
- Era un picadero. No todos tienen la suerte de tener casa, coche, trabajo y un porvenir...
- Si, me siento afortunado...
- Pero ella ya no te tenía, y vivía en ese antro. ¿Qué te hace pensar que esa cama que mancillásteis no estaba ya mancillada?
- Me lo hubiera dicho -volvía a sentirme seguro al hablar de Sara, y eso era muy gratificante -ha estado delante de la que era mi amante y no me ha dicho nada, yo en su situación se lo hubiera dicho tan tranquilamente.
- Venga, te doy este punto -Nuka seguía fumando como un carretero -pero tus dudas son enormes, Pablo. Son unas dudas arraigadas a lo más profundo de tu ser que yo conozco y puedo utilizar en tu contra, y las voy a hacer florecer a menudo.
- Y yo estoy preparado para enfrentarme a ellas.
- También conozco tus miedos. Sara está ahora en la cama, ¿por cuánto tiempo? ¿Y si mañana decide engañarte? ¿Y si mañana decide que no quiere saber más de ti? Pablo, oye, ¿y si Sara jamás siente por ti lo que tú sientes por ella?
- Son muchos interrogantes...
- Claro que lo son. Interrogantes que no tienen respuesta precisa y que habitan dentro de tu ser -sonrió y se señaló a si mismo -dentro de mí, exactamente. Y perfectamente mañana puedes despertar solo y no volver a verla jamás.
- Lo que ocurra mañana, que ocurra mañana -llorando miré a la calle -hoy está, y disfrutaré de su presencia.
- Qué conformista eres, Pablo... -Nuka se dirigió a la puerta y tiró del pomo lentamente -¿por qué conformarse con tan poco? ¿Por qué no soñar con tenerlo todo?
- Porque si lo quisiera todo, no disfrutaría de lo que ya tengo.
- Pero no la tienes... -un escalofrío me recorrió y tuve que agarrarme a la barandilla -ha vuelto, si, pero... ¿Has escuchado de sus labios que se vaya a quedar? ¿Que quiera volver a salir contigo? Y una última pregunta... ¿Te ha vuelto a decir lo que siente por ti?
- No, no lo ha hecho...
- Entonces tengo razón. No la tienes. Ni la tendrás.
- Esa es tu ilusión, ¿no?
- Explícate -soltó el pomo y volvió a mirarme, ahora estábamos cara a cara.
- No has aprendido de mí nada -me reí un poco -tu deseo es que yo sufra, pero no sabes que ya no soy el que fui.
- ¿Qué quieres decir, Pablo?
- Que ahora es momento de vivir al día y de sonreír. Lo que tenga que ser, será. No te niego que mis deseos sean tenerla de nuevo, pero eso no quita que ahora solo quiera disfrutar de su presencia.
- Eres un poco idiota, pero en el fondo, me caes bien -se dio de nuevo la vuelta y abrió la puerta -por cierto, Sara se ha levantado y viene de camino.
- ¿Por qué me avisas? -pregunté con curiosidad
- Para que te encuentre hablando solo -y justo cuando dijo eso, la puerta se abrió de verdad y Sara se asomó haciendo gestos con la mano para que entrara de nuevo.

   Comencé a andar hacia la puerta pero bajo mi pie desnudo sentí algo que no debía estar allí... Era una colilla.


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martes, 4 de marzo de 2014

55. Risa contagiosa

   Eran más o menos las once de la noche cuando me desperté. La oscuridad cubría la habitación, y en general la casa, y como llevaba pasando toda la semana, la lluvia golpeaba fuerte contra el cristal de la ventana, emborronando las luces de las farolas de la calle. Me erguí un poco y me apoyé sobre mis codos para observar lo que la luz de la calle me permitía ver, y me sentí solo. Mi Corazón dio un vuelco con ese frío sentimiento, y me estremecí. Cerré los ojos muy fuerte, sabía que estaba en una pesadilla, era lo que siempre me ocurría. Pero cuando esperaba un ser oscuro con mi rostro, algún poseído morderme o algún ángel con blancas alas brillantes... nada ocurrió. Y respiré tranquilo. Había estado cinco minutos ahí, esperando que algo ocurriera, pero por suerte no sonó nada más que la lluvia. Me volví a tumbar, pero de repente escuché un pequeño rumor, un susurro imperceptible, una voz que hablaba en la cocina. Y me aceleré. No podía ser, no otra vez, no quería ser presa de mi locura de nuevo. Así que me tomé una de las Tiadiponas que tenía en la mesilla de noche y me dirigí sigilosamente hacia la cocina.

- ...y entonces le pateé la cara -la voz sonaba en un tono casi inaudible, y me fui asomando poco a poco.
- ...
- No, no en ese momento -era Sara. Vestía una camiseta del Getafe por pijama y su ropa interior, pero nada más -empezó a hablarle a lo que fuera que le estuviera hablando y entonces me lo dijo...
- ...
- Tranquilo, ahora está durmiendo. Controlo la situación -¿controlar la situación? ¿Qué tenía que controlar?
- ...
- Si, si, yo te llamo si ocurre cualquier cosa -¿qué cojones estaba tramando Sara? ¿Con quién hablaba?- pero dijeron que era temporal, así que solo queda esperar.
- ...
- Descuida, estamos en contacto.
- ...
- Yo también te quiero. Chao -y colgó su teléfono móvil. Después se dio la vuelta y me vio ahí, en ropa interior, observándola, y su reacción fue gritar del susto, cosa que me pilló de sorpresa, y yo también me asusté -¡Joder, Pablo! ¡Qué susto me has dado!
- Te escuché hablar por teléfono y me acerqué -Sara se acercó a mí y me abrazó con cariño, pero miles de dudas empezaban a poner sus raíces en mi cabeza -Me sentí solo y creí que estaba en otra pesadilla.
- No estás en ninguna pesadilla, tranquilo -colocó su brazo en mi cadera y me llevó de nuevo a la habitación donde me tumbó, y ella a mi lado -estás despierto y conmigo. ¿Te encuentras mejor?
- Me he tomado una pastilla hace un momento -respondí mirando las Tiadiponas. Me ardía el estómago, no sé si por el hambre o que las dudas ya estaban haciendo mella en mi Corazón y por eso me sentía mal -así que ahora estoy más tranquilo.
- Entonces relájate, no tenemos prisa -se acurrucó en mi regazo, y yo no sabía qué pensar -Me quedé despierta todo el rato y estuve pendiente de cómo dormías.
- ¿Ha sido interesante? -¿estaba hablando ella con otro? No podía ser, no tenía sentido, no estaría aquí... Aunque Blanca lo hizo... Si, definitivamente estaba volviéndome loco.
- Si, bueno, ha sido raro... -se levantó un poco y me miró a los ojos -eso ha sonado algo borde, ¿sabes?
- ¿Es malo ser borde?
- No es lógico cuando te he estado cuidando toda la noche -su rostro cambió, ahora parecía algo enfadada -¿qué te pasa, Pablo?
- ¿Con quién hablabas? -y me cambió la cara. No era yo el que hablaba, volvía a ser él...
- Con mi padre, gilipollas -me sentía ridículo y agaché la cabeza. Una lágrima se escapó de mi ojo y cayó en la sábana, pero por suerte Sara lo vio y me abrazó.
- No sé cómo soy capaz de desconfiar de ti, Sara... -lloré en silencio, y ella me estrechó entre sus brazos -eres lo mejor que me ha pasado nunca y aún así soy capaz de seguir jodiéndote...
- No digas esas cosas, es normal que pensaras mal, ¿por qué no preguntaste antes?
- No lo sé, de verdad que no lo sé... -yo también la abracé débilmente, pero clavé mis dedos en su espalda- Lo siento muchísimo, Sara. Joder, lo siento... Perdóname...
- ¿Pero qué pasa ahora, Pablo? -le temblaba la voz. También parecía afectarle todo lo que yo estaba pasando.
- Te he engañado, te he traicionado, no me merezco que sigas aquí conmigo...
- Pablo, Pablo, tranquilo... -se separó de mi y me miró a los ojos -Ahora que estás más relajado... ¿Quieres que hablemos de eso?
- ¿Qué quieres saber? -fue lo primero que pensé. No quería dar más detalles que los necesarios.
- ¿Por qué te acostaste con ella? ¿De verdad no fue intencionado?
- Se hizo daño en el tobillo y la traje a la cama. Tuvimos que cambiarnos ambos, y por eso yo estaba casi sin vestir, y ella usó de pijama una de mis camisetas viejas -me costaba contarle algo así a la persona a la que amaba, pero ella me miraba seriamente y escuchaba con atención -mientras le hacía una cura bebimos, y se fue la luz. Entonces puse velas para poder ver, porque fue en todo el barrio, y al final surgió...
- Estaba todo preparado para que ocurriera... -Sara dejó de mirarme a los ojos.
- Yo no lo busqué. Y claro que pensé en ti, porque no podía dejar de pensar en ti. Porque no puedo dejar de pensar en ti. Y me sentía culpable, pero estaba borracho y ella tan dispuesta... Me pudo la necesidad.
- ¿Qué pasó después? Dijiste que se vino a vivir por algo de su novio...
- Su ex. Fui a buscarla a Parla, y ella venía con el ojo morado y el labio agrietado... -y me paralicé.
- Pablo, Cielo, ¿qué ocurre?
- Blanca tenía el ojo morado y el labio partido, y fue este fin de semana...
- No, Cariño -Sara agitó su cabeza -Blanca tenía la cara bien. Yo quería dejarla con el ojo morado y el labio así, pero no tenía...
- No... No lo tenía... -toma mazazo.
- Esas heridas no se curan en menos de una semana -Sara respiró hondo de rabia -¡Esa zorra te estaba mintiendo!
- Qué hija de puta... -Descubrimientos que te dejan con cara de gilipollas, volumen I -¿Por qué...?
- Esa perra quería venirse contigo de cualquier forma, y se buscó la excusa para estar contigo. ¡Como la coja la mato!
- Por eso no quería denunciar... -me sentía imbécil -porque realmente no le ocurría nada...
- Eres más tonto... -Sara me miró y comenzó a reír -¡te han engañado!
- Si, creo que las pastillas me están agilipollando -y se me contagió la risa...


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lunes, 3 de marzo de 2014

54. Sabor a sangre

- ¿Dónde tienes las pastillas? -Sara buscó por el salón mientras yo estaba tumbado en el sofá. Nuka se tumbó en mi estómago y ronroneó como siempre, pero yo no estaba para cuidar de mi gato. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad -No las encuentro...
- En... en la cha... En la chaqueta, Sara -me costaba articular cada palabra, estaba sintiendo que mi Corazón quería explotar -date prisa, por favor, me voy a morir aquí...
- ¿Por qué debería ayudarte? -la miré, teniendo ella las pastillas en la mano, mirándome con rencor -¿después de estar con otra mientras querías volver?
- Te explicaré después... por favor... dame una...
- Y ahí está la gilipollas ilusionada porque todo parece volver a la normalidad -empezó a pasear frente al sofá mientras me retorcía angustiado, ya empezaba a sudar -cuando el subnormal de turno se estaba haciendo otros planes por si salía todo mal, ¡y sin cortarte un pelo te la has traído a casa!
- No tenía dónde ir... te juro que te lo explicaré... ¡no me hagas esto! -empezaba a ahogarme y a llorar, de forma nerviosa. Sentía que me iba a dar un infarto ahí mismo.
- ¡Déjate de idioteces, Pablo! -me gritó y tiró las pastillas a la cocina. Vi cómo volaban sobre mi cabeza casi a cámara lenta, mi salvación giraba en el aire hasta chocar contra alguna pared -Me he sentido utilizada, como nunca nadie me ha utilizado jamás.
- Necesito... una pastilla... -rodé y me dejé caer del sofá. Nuka, con su natural habilidad gatuna, saltó de mi estómago a la mesa de café y de ahí al suelo, y curiosamente hizo lo nunca visto: se erizó y bufó a Sara, que dio un paso atrás.

   Y de repente me vi tirado en un suelo marmóreo, iluminado por velas azules, y a mi derecha estaba ese gran altar. De nuevo, en mi sueño, pero estaba despierto. Lo sentía como si fuera real. El frío se adueñó de mi cuerpo malherido y temblé con violencia. Me di la vuelta y vi a Sara, si, pero de sus brazos y hombros había unos hilos, y encima de ella, volando con sus oscuras negras, estaba él... Bueno, yo. Si es que a eso lo podía llamar "yo".

- ¡Basta ya! -mi grito estaba ahogado por el sabor a sangre de mi boca y mis nulas fuerzas -¿por qué quieres matarme, hijo de la gran puta? ¿No has tenido suficiente con dejar que me atropellaran en la puta Gran Vía, eh?
- Lo pensé después, la verdad -mi otro yo sujetaba los hilos con habilidad, de hecho parecía que Sara hablaba, pero no sonaba nada -si te hubiera matado ahí... ¡me hubiera perdido todo esto!
- Juro que acabaré contigo -me di la vuelta como pude y empecé a arrastrarme, buscando algo que me pudiera ayudar.
- Jurar, jurar... ¿Quién eres tú para jurar nada? ¡Eres capaz de sustituir al amor de tu vida por una cualquiera! -sabía que me seguía, y que hacía que Sara me siguiera.
- No la sustituí, subnormal. ¡No esperaba todo esto! -cada vez me costaba más arrastrarme, y sentía cómo iba dejando un rastro de sangre por donde iba -Compartimos un sentimiento, y una necesidad, ¡pero yo no dejaba de pensar en Sara!
- ¡Eso es mentira, bastardo! -sentí un puntapie en el costado y como una costilla crujía -Te estuviste planteando dejarla desde que Blanca apareció.
- ¿Pero cómo no me lo voy a plantear? -a lo lejos vi un cáliz en el suelo, y me fui acercando poco a poco -Estaba luchando por mí, la traje a mi casa porque su novio la maltrató y Sara parecía reticente, ¡pero sólo me lo planteé! Iba a convivir con ella y ante todo surgen dudas, joder...
- Y me encantaba sentir tus dudas, Pablo -ese ser seguía parloteando, pero sentía su voz más lejos, cuando casi había alcanzado el cáliz -era gratificante verte sufrir porque no sabías qué hacer. ¡Y Blanca se acaba de ir y seguro que la echas de menos!
- Eres del todo imbécil -y de nuevo sentí un puntapie, esa vez en la boca, y noté uno de mis dientes partirse sonoramente en mi boca. Sangraba, y mucho.
- Me encanta jugar con Sara, llevar los hilos y ver cómo te destruye -su risa retumbó por toda la estancia, y entonces encontré una de mis pastillas al lado del cáliz, y fue acercando la mano ensangrentada hacia ella -¡se ha convertido en mi mejor aliada!
- ¡Déjala! ¡Deja a Sara ya, bastardo! -me di la vuelta y me metí la pastilla en la boca, y bebí del cáliz para tragar mejor -¡Ella me ha defendido!
- Quería quitarse a esa zorra de encima antes de deshacerse de ti -Sara seguía hablando sola sin emitir ni una sola voz, pero mi otro yo bajó hasta quedar a su lado -y ahora te estoy haciendo pedazos con ella...
- Si me quieres a mí, mátame a mí, pero déjala en paz -me erguí como pude y me quedé sentado en el suelo -esto es entre tú y yo.
- Bien, entonces dime... ¿Quieres morir rápido o lento?
- Que sea rápido -acepté mi destino. Él estaba armado con su espada y yo solo tenía el cáliz del que había bebido para tragar la pastilla.
- Pobre diabla -mi otro yo acarició su rostro, aunque ahora la cara de Sara era de preocupación -es guapa, ¿verdad?
- Es preciosa, lo mejor que me ha pasado -ella abrió los ojos al oír eso, si es que podía oírlo -daría mi vida por ella, la amo con todo mi corazón y la única forma que tengo de que dejes de joderla es que me mates. Así que vamos, hazlo.

   Sara desapareció tragada por las sombras del lugar. Dejé de verla en cuanto mi otro yo desenvainó su espada y caminó hacia mi maltrecho cuerpo. Cuando llegó hasta mí, apuntó su hoja a mi pecho y puso su afilada punta sobre mi corazón, y fue empujando poco a poco. Yo me dejé caer a la misma velocidad al suelo y sentí mayor presión. La mirada de mi otro yo era de triunfo, de satisfacción. Por fin iba a conseguirlo, por fin iba a matarme, y esta vez sujetó el mango de su arma con las dos manos, preparado para ensartarme. Yo cerré los ojos, sabía mi destino, lo acepté... Y sonreí. Sabía que Sara se sentiría mejor si yo desaparecía. Me había portado como un ser horrible y despreciable, ¿qué mejor castigo que éste? Ahora solo quedaba esperar, y cerré los ojos...


   Sentí un golpe en el rostro, y con el calor en la mejilla abrí los ojos de nuevo. Mi otro yo miraba a todas partes, y yo volví a sentir el golpe, pero en la otra mejilla, y su rostro se movió al compás del mío. Con el tercer golpe se le cayó la espada, y con el cuarto cerré los ojos dolorido... y los volví a abrir tirado en mi cocina. Sara estaba llorando encima mía, dándome de bofetones. Sentía el dolor agudo en las costillas, y el sabor a sangre en la boca y el diente roto cayendo lentamente por mi lengua, de camino al esófago... Y cuando se atrancó en mi garganta y sentía que me ahogaba, me incorporé con violencia y tosí con fuerza, haciendo que el diente saliera disparado contra el suelo, seguido de una considerable cantidad de sangre. Respiré hondo... y Sara me abrazó llorando.

- Lo siento, lo siento, lo siento, joder... -apenas podía hablar, y notaba que mi camisa empezaba a estar empapada de lágrimas -estás vivo, joder, pensé que te perdía de verdad... Siento haberte pegado, estaba rabiosa, pero no sabía qué más hacer -balbuceaba, le costaba respirar -y cuando has dicho que me amabas me he dado cuenta... lo siento muchísimo, joder... ¡Pablo, por Dios, háblame!
- Necesito... necesito... -Sara me miró a los ojos. Se estremeció. Debía tener una cara horrible... -necesito descansar.
- Te llevo a la habitación. Vamos. Te voy a cuidar, estarás bien, te lo juro... -y me ayudó a levantarme para llevarme a la cama.


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martes, 25 de febrero de 2014

53. Hora de salir

   De todas las magníficas ideas que has tenido a lo largo de tu vida, Pablo Espinosa, esta es la que podría doctorarte con honores en la Universidad del Retraso Mental Avanzado. Pero para qué mentir, me has impresionado. Esto es algo divertido para mí, porque lo que vas a vivir hoy es puro sufrimiento, y qué cojones, seguramente esta noche y durante muchas más dormirás solo. Bueno, solo no. Dormirás conmigo. ¿Crees que una mierda de pastillas te van a salvar de mí? No, amigo, no. Estás muy equivocado. Las drogas me potencian, y que te dejen más gilipollas de lo que ya eres solo me beneficia. Estás perdido, Pablo...

- Joder, ¿quieres callarte de una puta vez?
- Esto... Solo le dije que era un euro con treinta y cinco... -el farmacéutico me miraba asustado. Pero no tanto como Sara.
- Oh, eh... -me acerqué al hombre que me atendía bajo la mirada de toda la Farmacia -sufro de doble personalidad. Mi doctor dijo que era temporal, lo siento muchísimo.
- Tranquilo, no pasa nada -metió el medicamento en la bolsa y me la dio junto con el cambio, y me marché de aquel lugar seguido por Sara, que seguía estupefacta.
- ¿Qué cojones te ha pasado? -abrí la puerta del coche y la miré queriendo aparentar que no me pasaba nada, aunque si me pasaba
- No sé, supongo que estaba escuchando a la gente de alrededor y me puse nervioso -la mentira no se te da nada bien, amigo mío -Estas jodidas pastillas me están afectando.
- ¿Y cuándo podrás dejar de tomarlas? -ambos cerramos la puerta y metí las llaves en el contacto.
- Cuando me sienta mejor. Espero que dentro de poco...

   ¿Dentro de poco? Ya te gustaría, pedazo de subnormal. Vas a vivir pegado a esas pastillas, vas a vivir conmigo, ¡vamos a ser muy buenos compañeros de piso! Tú y yo, juntos, peleando siempre. ¿Te imaginas las escenas cotidianas? Eso si, tú serás la mujer. Y te azotaré cuando te portes mal. Y siempre te estás portando mal...

- Más te vale que te calles o te juro que vas a pagarlo. ¡No me voy a dejar vencer por ti!

   Ah, ¿no? Pablo, Pablo... Yo hace mucho que gané, hace mucho que te gané. ¿No lo ves? Estás hablando solo, gritando a la luna de tu coche y a punto de atropellar a dos viejos que están cruzando el paso de peatones. Esta te la aviso, a la próxima no.

- ¡Joder, Pablo, frena! -y frené a milímetros de la pareja de ancianos. Sara estaba agarrada donde podía, y yo respiraba de forma acelerada -¡Nos vamos a matar como sigas hablando solo y haciendo estupideces!
- Necesito una pastilla... -cogí la caja y me tomé una Tiadipona. Me sentí más tranquilo al instante, quizá por la costumbre.
- En serio, Cariño, esto es grave...
- El doctor me ha dicho que es temporal. Me tomaré otra, mejor -recordé que en casa esperaba Blanca y me tomé otra más. Necesitaba sentirme drogado.

   Drogadicto. Eres un drogadicto. Toxicómano, adicto, un yonki. Oh, si, me encanta, te has degradado al máximo, ¡has conseguido excitarme! Venga, Pablito, sube a casa, este momento será épico. Yo te llevo hasta la puerta y abro, no te preocupes. Mira a Sara, qué sonrisa, me encanta verla así de feliz... Se va a llevar una verdadera decepción, y lo sabes. Mírala, te está acariciando el rostro preocupada. ¿Sabes por qué? Porque me está viendo a mí. Venga, que llega el gran momento... Deja que lo disfrute en primera persona... Serás tú el que lo haga todo. Adelante, entra.

- Sara, antes de abrir -recobré el conocimiento justo cuando metí la llave en la cerradura -antes de entrar, quiero que me prometas que, pase lo que pase, esto no ha sido algo que he buscado.
- ¿A qué te refieres, Pablo?
- A esto... -y abrí -Hola Blanca, he llegado, y traigo visita.
- ¡Ah, hola! -su voz sonó en el descansillo, y cuando miré de nuevo a Sara estaba pálida -¿quién es?
- Es Sara -esa no era mi voz, ese no era yo... -y ha vuelto a casa.
- ¿Quién coño es esa, Pablo? -Sara no quería entrar.
- Ah, si, se me olvidó comentarte que me la he estado follando estos días que tú no estabas -¡no! ¡Ese no soy yo! Recupera el control... -te repito que no lo he buscado, Cielo. Pero quiero solucionar este entuerto, y para eso necesito que pases.
- Estás loco, Pablo -Sara me miraba a la cara, y veía en mí mi gran problema.
- ¡No, Sara, es solo temporal!
- ¿Qué es temporal, Pablo? -Blanca entró en escena. Recordadme que apuñale a mi doctor repetidas veces con un bisturí.
- El médico me ha diagnosticado doble personalidad temporal debido a mis actuales problemas emocionales -me apoyé en el marco de la puerta y respiré hondo. Las pastillas no estaban funcionando -os pido amablemente a las dos que os sentéis en el salón y que me escuchéis, tengo que hablar con vosotras.

   ¡Bueno, par de zorritas! Bienvenidas a mi guarida. Ese par de chochos bien follados va a escuchar lo que digo ahora mismo porque aquí manda ni nabo grande y jugoso, el cual las dos os habéis comido con ganas. El gilipollas aquí presente se cree un héroe juntándoos a las dos gatitas para que luchen por él, pero lo divertido es que os veo las caras y solo siento odio. Personalmente a mí el odio me la pone muy dura, y solo tengo la tentación de meteros en la cama y montarme un trío tan épico que no os olvidéis de mí jamás, pero...

- ¡Joder, basta ya! -grité y me eché las manos a la cara, bajo la mirada de Sara y Blanca, que no podían creer lo que oían -Eso no soy yo, las pastillas no están haciendo efecto, y para nada es lo que yo pienso.
- Así que para eso me has traído aquí -Sara se cruzó de brazos y miró a un lado -para ver si con un poco de llantina y de intentar quedar bien podías llevarnos al catre a las dos, porque vamos, mucho no te ha costado...
- ¡Para nada, Sara! -aparté las manos de mi cara y golpeé la mesita, que dio un bote y sobresaltó a las dos chicas y a Nuka, que pasaba por allí -Venía a dar una sencilla explicación de lo que ha ocurrido durante este tiempo y arreglar todo esto.
- Pues estoy esperando, Pablo -Blanca seguía cruzada de brazos mirándome desde una esquina.
- Vale, empiezo. Si de repente digo algo fuera de lo común, no soy yo. Sabéis como soy, y sabéis que no soy capaz de decir nada como lo que he dicho hace un momento, es efecto de las pastillas.
- Que empieces, tío -Blanca gritó, y a esto reaccionó Sara mirándola.
- ¿Te quieres calmar? -¡me estaba defendiendo! buena señal -Tiene problemas, ¿vale?
- Si, ya te digo que si los tiene. No sabe con quién ha estado jugando...
- Espera, espera, ¿eso es una amenaza? -Sara se levantó de su asiento -Espera... Yo te he visto antes...
- Vivo por Fuentebella, claro que te sueno -cosas de parleñas. Y yo ahí, mirando, luchando contra aquello que se hacía sitio por salir -y este gilipollas nos ha engañado a las dos.
- Cuidado con lo que dices, guapa -Sara me miró de nuevo -Te habrá engañado a ti, pero a mí este no me torea, y en cuanto lo haga me largo.
- Sara, me dejaste cuando Susana me besó, y eso por suerte ya lo hemos hablado. Pero después estuve mal, muy mal. Necesitaba las pastillas a todas horas, solo era capaz de ahogarme en lágrimas, y cuando solucioné el problema con Fernández y me ascendieron ella era una de mis empleadas. Y entonces un día entró en mi oficina provocando con esas tetas que tiene y ese culo y me la puso enhiesta. ¡Mírala! ¿No te la follarías? ¡Yo lo he hecho!
- ¡Pablo! -Sara me sacó del trance, y lloré. Acababa de hacerlo de nuevo.
- Así que eso era, ¡solo me querías para follar! -Blanca se metió en la habitación sin cerrar la puerta y empezó a meter sus cosas en la mochila.
- ¡No, Blanca! No era solo eso -miré a Sara -yo te echaba de menos, yo te quería, y te quiero, pero ella vino a casa y me conquistó... No sé cómo pasó, pero me vi en la cama con ella y todo parecía indicar que tenía que pasar, ¡pero ella era solo una amiga! ¡Le conté lo nuestro y me aconsejó seguir adelante!
- Espera, espera, ¿ella sabía de mi existencia? -Sara ya estaba enfadada, pero ahora estaba rabiosa. Se levantó y miró a la habitación -Y aún sabiendo que yo estaba en su vida, que había una persona, ¿fuiste tan zorra de venir a por él?
- ¡Me invitó a cenar! ¡Y yo tenía novio! -Blanca salió de la habitación y le gritó a Sara. Mala idea, Blanca.
- ¿Y teniendo novio eres tan guarra de meterte en su cama? Dime Cielo, ¿cómo ocurrió? -si algo me estaba ayudando a salir adelante era saber que Sara estaba conmigo.
- Bueno, cenamos juntos, se me cayó el batido encima y cuando me estaba duchando para quitármelo ella se resbaló limpiando y se hizo daño en el tobillo.
- ¡No me jodas! ¿Y caíste en esa mierda? -empezó a reírse sonoramente. Blanca parecía muy enfadada, y yo empezaba a asustarme -"Oh, Pablo, estoy herida, ayúdame, mi hérore..." Cariño, a veces eres muy pavo.
- ¿De qué coño vas, hija de la gran puta?
- ¡Chicas, silencio! -grité yo, y muy alto. Nuka estaba escondido detrás de un mueble y temblando. Me acerqué a él y lo acaricié un instante. Ronroneó y lo cogí para llevarlo a la habitación y cerrar la puerta. No se merecía sufrir esto -La ocasión nos invitó a ambos a dar el paso, y después de problemas con su ahora ex, me la traje a casa porque no tiene dónde vivir.
- Espera, que esta también me la sé -Sara se levantó y se acercó a Blanca -No tienes dónde vivir, pero llamaste a Pablo para que te recogiera, le lloraste un poquito y con la excusa de que ibas a buscar dónde vivir te viniste aquí. ¿Me equivoco?
- Yo quería buscar un sitio donde vivir, pero fue él quien me lo propuso -Blanca era notablemente más alta que Sara, y se acercó un poco más haciendo que ésta tuviera que levantar la mirada -y tenía la esperanza de que no aparecieras nunca más para quedarme con él.
- Pues mira dónde estoy, zorra -Sara sacó la mejor de la sonrisas y le dejó paso hacia la puerta -y tú estás en el sitio equivocado.
- Eres un cabrón, Pablo -Blanca cogió su mochila del suelo y se dirigió a la puerta -has jugado conmigo como te ha dado la gana.
- No estaba seguro -bajé la cabeza -y tenía miedo por si no volvía a sentir lo mismo por ella -en ese momento cogí la mano de Sara -pero poco a poco me he dado cuenta de que ella es la persona a la que amo. Y quería solucionar esto cuanto antes. Mejor ahora que cuando hubiera avanzado más y te hubiera hecho falsas ilusiones...
- El loco y la zorra juntos de nuevo en su puto agujero de mierda -Blanca abrió la puerta de casa y echó un vistazo a todo, además de escupir en el suelo -pediré el traslado a otro departamento ahora mismo. Has sido lo peor que me ha pasado en la vida.
- Eh, zorra, ya sobras aquí -Sara se dirigió a la puerta y la fue cerrando -no nos vuelvas a molestar, ¿vale? ¡Suerte! -y cerró la puerta en sus narices.


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lunes, 24 de febrero de 2014

52. Romper con todo

- Bienvenido a mi pequeño infierno -dijo Sara cuando me llevó a su habitación, si es que se le podía llamar a eso "habitación". Una cama bastante pequeña y deshecha, aunque acorde al tamaño de su dueña, una mesa con dos sillas de plástico y un armario con la puerta rota decoraban un cuarto cuya ventana daba al patio interior de un bloque en medio de un barrio oculto -no es mucho, pero es íntimo.
- ¿Íntimo? Yo diría que es más bien pequeño...
- Estoy pagando una miseria para estar aquí, y encima tengo Internet con el precio. ¿Qué más puedo pedir?
- Puedes pedir mucho más, Sara -me senté en una de las sillas que crujió cuando apoyé mi peso en ella.
- Me conformo con esto, la verdad. ¿Qué quieres de comer? Puedo prepararlo ahora mismo...
- ¿No quieres ir a comer fuera? -dije, mirando alrededor. Sentía que si hablaba muy alto me escucharían todos los vecinos del edificio.
- Me apetecía estar contigo aquí, espero que no te importe... -se sentó en su cama y me miró. Por suerte parecía estar tranquila, y no quería cambiar eso.
- No, no, está bien. Pero pidamos algo de comer, ¿te parece?
- ¡Comida china! -Sara se levantó alegre y se dirigió a la puerta -iré al salón y usaré el teléfono fijo para pedir. ¿Lo de siempre?
- Si, claro, lo de siempre -sonreí y se marchó devolviéndome la sonrisa. Justo en ese momento, sonó mi móvil -¿dígame?
- Hola Pablo, soy yo -escuché a Blanca entre los ruidos de una cocina en plena actividad -la comida está casi lista, ¿qué te han dicho en el médico?
- Luego te cuento, voy a comer con Ángel Luis... Siento no haberte avisado antes.
- Vaya... tranquilo, lo guardaré para la cena -su voz sonaba triste después de la noticia -te lo guardaré para cenar.
- Perfecto, muchas gracias.
- Luego nos vemos, adiós -colgó el teléfono sin dejarme siquiera despedirme. Me sentó bastante mal, la verdad.

   Sara volvió al rato y dijo que no tardarían mucho. Estuvimos charlando sobre su despido, y me dijo que no le importaba, que esa mañana había estado echando algunos currículum en los establecimientos cercanos a ese barrio y que antes o después la llamarían por su experiencia. Parecía algo preocupada por ese tema, aunque yo conocía bien a Sara y sabía que estaba preocupada por algo más que por no encontrar trabajo.

- ¿Qué te ocurre? -pregunté con preocupación y me senté con cuidado a su lado en la cama. Crujió también, al igual que la silla.
- Bueno... Mira alrededor -no costaba mucho hacerlo, con nada podías hacer un recuento de lo que ahí había -no estoy acostumbrada a esto. Solía estar en una casa, con todo lo que tiene sin tener que compartirlo con dos tíos raros y una lesbiana, y solía dormir en una cama grande, y acompañada...
- Después de todo -miré a la cama, y después a Sara -la cama es más pequeña, pero la compañía con la que dormías está contigo.
- Si... Pero entiende que aún me cueste confiar en ti.
- Sara, te he dicho la verdad -no era capaz de mirarme a los ojos, pero estaba claro que me estaba escuchando -nunca te engañé y nunca quise hacerte daño. Todo fue un asqueroso malentendido, una zorra que lo planeó todo...
- Mírame a los ojos, Pablo -otra vez me sentí atravesado por su mirada vidriosa por las lágrimas -Mírame y júrame que no me engañaste con ella.
- Sara, te lo juro -temblé un poco al principio, pero eso si lo puedo jurar. Nunca la engañé con Susana, y técnicamente ahora no estábamos juntos, así que tampoco era engaño -Créeme, por favor... -y yo también me eché a llorar.

   La balanza se inclinó un poco más. No podía evitarlo, era imposible. Lo que yo sentía por Sara no podía cambiar de la noche a la mañana. Lo que luché, lo que viví... Todo eso hizo mella en todo mi ser y me hizo sentir de nuevo tan enamorado de Sara como siempre había estado, me sacó del estado de trance en el que me encontraba. Eso... y su beso. Su beso que me devolvió a la vida y, definitivamente, decantó mi balanza del todo. Blanca no sabía besarme como Sara lo hacía. Me tumbó sobre aquella cama y se sentó encima mía. De nuevo sentí aquel fuego que solía atraparme cuando ella me dominaba, cuando ella tomaba control de todo lo que nos unía, y me dejé llevar. Retiré su camiseta y ella tiró de mí hasta dejarme sentado y quitarme la mía. Todo el tiempo que habíamos pasado separados se reflejó en un momento de pasión. Quería ponerme encima, pero no había manera. Entre el tamaño de la cama y que Sara demostró todo lo salvaje que podía ser, no era capaz. Me quitó los pantalones y se quitó los suyos, estaba muy delgada, pero yo también, y cuando ya se nos iban las manos llamaron a la puerta de la habitación. Ella gritó con rabia y me arañó en el pecho, llegando incluso a hacerme sangre. Se levantó y abrió la puerta, sin más.

- ¿Qué coño quieres? -exclamó en alto al tipo con gorra en la puerta.
- La comida... -levantó una bolsa con miedo y Sara la cogió con violencia. Se dio la vuelta para dejarla en la mesa, haciendo que la mirada del repartidor se posara en su trasero y en mi evidente erección bajo mi ropa interior -son dieciséis con ochenta...
- Toma -ella le dio un billete de veinte euros y cerró la puerta en su cara -¡quédate el cambio!
- Cielo, tu mala hostia me pone... -la miré y se volvió a sentar encima de la ya mencionada erección que encajó bastante bien en lo poco que cubría su tanga.
- Ah, ¿si? -me agarró del cuello y se acercó a mí rostro, mientras que con la otra mano iba quitando mis calzoncillos del camino que seguía mi erección -pues demuéstralo.

   Me agarré a sus caderas, sabía que venía el vendaval, y ella comenzó a moverse lentamente. No dejaba de mirarme, ni de morderse el labio. Sus movimientos empezaron a describir curvas, era como si bailara encima mía, y yo empezaba a perder la cabeza. Cuando me levantaba para intentar besarla, ella hacía fuerza en mi cuello que mantenía agarrado y me dejaba tumbado de nuevo. Su sensual movimiento de cadera cambió, ahora saltaba poco a poco para salir y entrar un poco, y cuando quise darme cuenta estaba moviendo yo también las caderas bajo sus gritos de placer y los crujidos de la maltrecha cama. Cuando no pude más la levanté en volandas y la tiré sobre la cama, la cual sentí que se rompía un poco con el golpe. Arranqué su sujetador y su tanga y ella mi ropa interior. Nos había dominado la bestia, y volví a entrar salvajemente agarrándola de las muñecas y mordiendo su cuello con el correspondiente grito. Yo no me andaba con gilipolleces, yo embestía con fuerza y ella parecía agradecerlo, aunque me devolvió el mordisco en el cuello y en el labio haciéndome sangre de nuevo. No recuerdo cuanto tiempo estuve ahí, pero en cuanto ella se sintió aprisionada me tiró al suelo y se lanzó con un salto desde la cama sobre mí. Yo la cogí al vuelo y la levanté en volandas, cosa que ella no se esperaba. De ahí la llevé contra el armario y cogida en brazos seguí con mis embestidas. Sara gritaba de placer, y yo también. Sus arañazos eran profundos, pero no me importaba, yo seguía golpeando con fuerza. La dejé caer y la di la vuelta para seguir por detrás, cogiendo sus muñecas y poniéndolas contra las puertas del armario para que no se moviera. Seguimos y seguimos hasta que nuestros gritos nos indicaron que estábamos a punto de llegar, y así fue. Terminamos a la vez contra aquel armario cuya puerta, al apartarnos, terminó de caer.

- Necesitaba esto -Sara comía desnuda en la mesa, y yo con ella
- Dímelo a mí, que estoy sangrando...
- Ya sé que soy muy bestia, te he dejado fino con los arañazos -miró mi espalda y pasó su mano por toda ella. Cuando quitó la mano estaba empapada en sangre y se limpió con una servilleta -debería curarte eso.
- Ahora nos damos una ducha, tranquila.
- Mi pregunta ahora es... -miró a la habitación -¿cómo explico yo esto?
- Pagaré yo los desperfectos -la cama partida por la mitad, el armario destrozado y los vecinos mirando por la ventana con una mezcla entre curiosidad, miedo y morbo.
- Oye, Pablo -Sara y su dulzura siempre podían conmigo -¿podría dormir esta noche contigo?
- Pues... -recordé las palabras del doctor y sonreí -haz la maleta, quiero que vuelvas a casa.



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domingo, 23 de febrero de 2014

51. Sin cita previa

   Me levanté de la cama aquella mañana tan nublada como mis pensamientos. Blanca dormía desnuda en mi cama, y yo me puse los pantalones de pijama que tenía en el suelo. Volví a dormir bien, y eso era un alivio, después de todo, pero esa precisa mañana yo no pensaba en eso. Lo que hice fue coger mi móvil y dirigirme a la pequeña terraza. Hacía frío, y yo solo tenía puestos unos pantalones, pero me daba igual, tenía que hacerlo. Tenía que darme una dosis de tortura y era la forma más rápida. Miré mi móvil y busqué su nombre en la agenda. Fui recorriéndola poco a poco con el dedo hasta que llegué a la "S" y la encontré.

- Buenos días, preciosa -dije, con la voz bastante afectada por el alcohol y los gritos de la noche anterior -¿cómo te va la mañana?
- Buenos días -respondió ella, con un tono de voz alegre -me has pillado a un rato de entrar al curro. ¿Qué tal has dormido hoy? Se te nota algo afónico.
- Hoy he dormido algo mejor, por suerte para mí -su voz me hacía sentir vivo, el calor que sentía cuando me lo decía en la cama, y no por teléfono -pero bueno, me encuentro algo mal, así que hoy iré al médico a ver qué me dice.
- En cuanto sepas algo, llámame, ¿vale? -sonaba preocupada, y que se preocupara por mi (como creo que ya he dicho varias veces) me hacía sentir mejor.
- Claro, claro. ¿Qué tal has dormido tú?
- Llevo un tiempo sin apenas dormir, Pablo -era algo que noté, pero tampoco quería entrar mucho al trapo -le llevo mucho tiempo dando vueltas a tantas cosas que... No sé, no soy capaz de pegar ojo.
- Te comprendo perfectamente, estoy igual, por eso voy al médico hoy.
- Oye... ¿quieres que nos veamos hoy después del médico? -parecía una niña pidiendo un caramelo, y yo me derretía a pesar del frío.
- Claro, me encantaría. ¿Hoy no trabajas? 
- Me han despedido... El día del partido no fui a trabajar, y terminaba el contrato el día que comimos juntos. Prefirieron no renovarme... 
- Lo siento muchísimo, Sara... -estaba bastante preocupado, para qué mentir -¿y qué tienes pensado hacer?
- No lo sé, de verdad que no. Luego hablamos, voy a entrar a por algunas cosas al Paro. ¿Me llamas cuando salgas del médico? 
- Claro Cielo -cagada enorme -luego te aviso.
- Pasa un buen día, Amor.

   Colgó ella. Y me dejó colgado a mí. De nuevo, bajo la capa de nubes de mi amada Madrid, la balanza se había vuelto a equilibrar, y de nuevo había cambiado de lado de forma drástica. Me quedé un rato enorme ahí mirando al infinito cuando la puerta se abrió. Blanca, rascándose los ojos y vistiendo mi camiseta de pijama, me sacó del trance.

- ¿Qué haces ahí, Pablo? -dijo cuando me vio -hace mucho frío.
- Quería ver cómo estaba el día -claro que si, campeón -y despejarme un poco. Hoy iré al médico, pediré cita de urgencia.
- Está bien... ¿Pero qué te ocurre?
- Nada, que me quedé sin pastillas.

   Me metí en la ducha y me quedé mucho tiempo ahí. Estaba bastante relajado, tranquilo, y necesitaba un poco de paz. Me había metido en una situación bastante jodida de superar, y lloré. Lloré en silencio para no llamar la atención de Blanca, que estaba haciendo el desayuno en la cocina. Cuando conseguí calmarme terminé de enjabonarme y me vestí. Y después de un delicioso desayuno bajé al garaje y me subí al coche en dirección al médico. Por suerte, cuando llegué y pedí cita, tenía un hueco libre.

- Buenos días, Pablo -mi doctor me conocía bien, eran muchos años pasándome consulta -qué, ¿cómo van esos terrores nocturnos?
- Mire, de eso venía yo a hablarle. Hace dos noches me desperté en medio de la Gran Vía después de una horrible pesadilla, y casi me ve en la morgue y no aquí.
- Joder, eso no es bueno -el médico abrió los ojos como platos -dime ¿qué viste en esa pesadilla?
- Era mi propia voz poniéndome a parir. No sé, estoy asustado.
- ¿Tomas las pastillas? -dijo mientras anotaba rápidamente en su ordenador
- Bueno, hasta hace un par de semanas si, pero dejé de tomarlas porque me encontraba mejor...
- Vaya... ¿Estás pasando por alguna situación emocional de tensión? -si, mi doctor me conocía.
- Es una historia muy larga. Todo mi mundo se vino abajo en menos de diez minutos pero poco a poco lo estoy reconstruyendo, aunque ahora... Ahora me encuentro en una encrucijada.
- Eso suena a mal de amores.
- Lo es. Mi pareja me dejó y cuando tengo la oportunidad de arreglarlo aparece alguien que me hace sentir si no igual, mejor que ella. 
- La hostia, ¡con lo bonito que es tener una sola mujer en la vida! 
- Suerte que tendrá usted.
- Desde luego. Con mi novio no me pasan estas cosas.
- ¿Novio? -eso me descuadró.
- Si, bueno, estoy casado con mi chico, todo de lujo, y eso que pasé por algo similar, pero no estamos hablando de mí.
- Qué suerte tiene usted...
- Sin duda. Creo que usted tiene un problema grave, Pablo, un principio de doble personalidad, pero creo que es algo temporal -el doctor miró la pantalla de su ordenador y tecleó de nuevo -lo que debes hacer, hasta que solventes tu problema emocional, es seguir tomando las Tiadiponas. Lograrás mantener una estabilidad y podrás dormir. Pero deberías plantearte en tomar una decisión, y rápido.
- Gracias, doctor.
- Para eso estamos.
- Y sabiendo que usted pasó algo igual... ¿Qué me recomienda?
- Bueno, en eso... -cogió la receta, la firmó y la selló -Mi decisión fue sencilla. Tenía a los dos delante, los miré y supe con quién quería estar.
- Eso es muy arriesgado...
- Desde luego. Pero cuando lo haces, te sientes más tranquilo. Te lo aseguro.
- Gracias otra vez.
- Anda, recupérate.



jueves, 20 de febrero de 2014

50. Tú y yo

   Llegamos a casa después de cruzar de nuevo el centro de Madrid. Pasé antes por una gasolinera para alimentar a la bestia, ya que había hecho bastantes kilómetros y bastante rápido, y ya pedía algo de comida. Lo aparqué en el garaje y subí la mochila de Blanca mientras ella me seguía en dirección al ascensor. Lo que había en su interior podría describirse como una olla a presión de sentimientos. Mi capacidad analítica se había ido al carajo cuando la miré al salir del coche. Era muy extraño, no sabía cómo se sentía ni cómo podía hacer que se sintiera mejor. En el fondo de su ser si había alegría, pero también había dolor. Era tan extraña la mezcla de sentimientos que cuando la dije que ya estábamos llegando me sonrió con ganas, pero estaba llorando. No sabía cómo actuar.

   Cuando llegamos a casa Nuka me maulló desde el sofá. Solía hacerlo cuando venía solo o cuando quien me acompañaba era un habitual, como si viviera allí. Eso me sacó de sitio. ¿Cómo era capaz Nuka de maullarle así a Blanca? Si solo la había visto una vez... Llevé sus cosas a la habitación, y cuando volví se había tumbado en el sofá, y entonces si que me sorprendí: Nuka, el "valiente", se había tumbado en el estómago de Blanca. Ella mientras acarició su lomo, y el gato no hacía más que ronronear. No me lo podía creer.

- Nuka, hora de cenar -dije mientras vaciaba una lata de comida de gato en su cuenco y le rellenaba el del agua -deja que Blanca descanse.
- Venga, pequeño, luego te acaricio un rato más -Nuka le lamió la nariz y se dirigió a su comida -es un amor de gato.
- Mi fiel compañero de piso -me senté a su lado y ella instintivamente se acomodó sobre mí, apoyando su cabeza en mi regazo -Ya llevamos unos cuantos años juntos. Pero como no hace ejercicio, el muy cabrón está engordando...
- Déjale, el verdadero dueño de la casa es él...
- Es mi compañero de piso, nada más -eso me había cabreado -no es dueño de nada.
- Es un gato -ella miró al gato de reojo -tú eres su mascota, de hecho, tú eres su sirviente. Piénsalo bien. Esta es su casa porque él no sale de ella, tú le das de comer, de beber, le acaricias, le sirves de almohada y le llevas al veterinario.
- Joder, tienes razón... -puto gato. Tantos años y ahora empezaba a cabrearme verle comer tan tranquilo en su cuenco.
- Tú no tienes un gato. El gato te tiene a ti.
- Al menos tengo el consuelo de que no soy su único sirviente... -miré a su magullado rostro y ella dejó ver una media sonrisa.
- Si voy a convivir contigo será en calidad de sirviente de Nuka, ya me estoy acostumbrando a eso.
- Como en tu casa, si es que podemos decir que es nuestra y no de ese felino asqueroso...
- ¿Nuestra...? -se hizo el silencio. Ya me había ido de la lengua, por supuesto.
- Bueno, si estás como en casa y ambos vivimos aquí, es nuestra, ¿no? -intenta arreglarlo, palurdo.
- Yo solo estoy aquí temporalmente hasta que encuentre algo...
- No tiene por qué...
- ¿Cómo? -¡Otra vez, Pablo!
- No sé, puedes estar el tiempo que quieras, ¡incluso podemos compartir piso!
- Pero solo hay una habitación... -A ver cómo cojones arreglas esto, majo.
- Hasta ahora no hemos tenido problemas en lo de dormir juntos... -¡Di que si! ¡Un aplauso al soplapollas de Pablo Espinosa por su gran interpretación! "Quiero dedicar este premio de la Academia..."
- Pero... ¿Y Sara? -que alguien traiga un desfibrilador, a este tío le va a dar un ataque -¿cómo están las cosas con ella?
- No hablemos de Sara -no, para qué... -ahora vamos a pasar un tiempo tú y yo. Y es lo que importa ahora mismo: Tú y yo.
- Tú y yo... -Blanca se acomodó un poco mejor y acarició mi brazo -pensé que no querías más "Tú y yo".
- ¿Por qué dices eso? -la miré a los ojos y acaricié su rostro. Ella me lanzó una mirada vidriosa por las lágrimas.
- Porque no me has besado al llegar, y te has burlado de mí antes con la canción, y...

   No dejé que siguiera dudando que no quería nada con ella. La besé con toda la intensidad que había dentro de mí, borré por un momento las dudas, puse todo el peso de mi balanza en el lado de Blanca y me dejé llevar. Ella era lo que necesitaba, ella era quien estaba en mi casa, deseando tenerme, y no le dejé con las ganas de que me tomara. Cuando la besé decidí tumbarme sobre ella, pero fue ella la que se adelantó y me fue empujando poco a poco contra el sofá hasta quedarse encima mía. Sus besos eran increíbles, no era simplemente algo bonito, era mucho más. Cada beso que me daba hablaba de más cosas que todas las líneas que he escrito de mi historia, cada caricia era un verdadero viaje por un paraíso más allá de lo terrenal, de lo imaginable. La pasión no era un método, sino un medio. Un medio para hacer que ella y yo voláramos más allá de los límites. Mi Corazón latía sin parar, cada vez más acelerado, cada vez más fuerte, golpeando fuerte contra la caja torácica, casi llamando a la puerta de su también acelerado Corazón. La abracé, la abracé con toda mi energía y ella tomó con sus suaves manos mi rostro para devolverme la energía en forma de beso. Lo que daba, lo recibía. Lo que entregaba me era devuelto, y eso me hacía sentir mejor que nunca.
   Justo después de terminar ese beso ella me miró a los ojos, y sentí como miraba dentro de mí, dentro de lo que soy, de lo que sentía. Sabía que tenía dudas, pero también sabía que podía poner definitivamente todo el peso en su lado de la balanza, y sonrió. Sonrió con la felicidad que tan contento me hacía sentir a mí. De repente su sonrisa se tornó en una algo más macabra y su mirada cambió. Su lado salvaje estaba tomando posesión de su dolorido cuerpo. Se levantó del sofá y con el dedo me indicó que la siguiera. Ahora era mi lado salvaje el que se estaba adueñando de mí, y la seguí. Entró en la habitación y desapareció de mi vista. Entré buscándola, pero ella me encontró a mí, y se lanzó encima mía empujándome contra la cama, que crujió bajo nuestro peso. Ahora sus besos eran casi irracionales, el mensaje tan complicado que trasmitían se convirtió en mordiscos, era animal. Yo dejé que mi bestia interior me llevara y cuando quise darme cuenta en mis manos descansaban los jirones de lo que era su camiseta, y su respiración era agitada, casi entre gruñidos. Me agarró de las muñecas y me dominó por completo, nos retorcíamos por ser dueños de la situación, pero cuando me fui a lanzar con fuerza para ponerme encima encontré una resistencia: mis manos estaban esposadas al cabecero de mi cama. La bestia se fue un momento para mirar a Blanca sonreír encima mía y morderse el labio inferior.

- ¿Cómo cojones has...? -ella puso su mano en mi boca, no dejándome hablar.
- Las tenía en la mochila, preparadas por si algo así ocurría -seguía mordiéndose el labio, y eso me ponía cada vez más -ahora mi jefe está esposado a su cama y su pobre empleada va a tener que castigarle por lo que ha hecho en el coche...
- ¡Era una canción! -traté de moverme, pero ella había afianzado bien su posición.
- Shhh, cállate, cuanto más te quejes, peor será...

   Levantó mi camiseta y volvió a besarme, para después ir bajando por mi cuello. Yo solo era capaz de sentir escalofríos, y más cuando mordía o chupaba para dejar una marca en mi cuerpo. Mi respiración se tornó en gemidos, y en gritos cuando alcanzó mis caderas, en las que descubrió miles de puntos débiles que yo no recordaba tener ahí. Terminó de desnudarme y subió hasta mi entrepierna. Y entonces si que grité. Yo no imaginaba que eso fuera tan, tan placentero. Me faltaba la respiración, y mi animal hacía lo posible para soltarse, pero seguí atado hasta que ambos terminamos de divertirnos.
 
- Recuento de daños, gente -el Cerebro estaba mareado, solo escuchaba quejidos de dolor y a algunas partes del cuerpo ni las escuchaba.
- Necesitamos más oxígeno -los pulmones suspiraron con rabia -¡no podemos seguir con este ritmo!
- ¡Plaquetas por la zona de las costillas! -la piel estaba demasiado saturada, no sabía dónde actuar -hay varios arañazos profundos y tenemos que hacer cicatrizar esas heridas.
- ¡Corazón, rápido! -las órdenes del Cerebro no eran del todo claras -¿quieres relajarte y empezar a trabajar?
- Cerebro, ¿qué cojones te ha pasado? ¡Durante esta última hora y media no has sido tú!
- Lleva sangre a los brazos, están doloridos por estar esposados.
- ¡No me cambies de tema, Cerebro! -Corazón parecía enfadado -¿Qué ha pasado? ¿Tenía que ver en algo de este el Pene?
- A mí no me mires, estoy destrozado... ¿De dónde coño habéis sacado a esta pantera? ¡Me ha mordido!
- Cuando el Cerebro nos diga qué ha pasado, empezaremos a trabajar -el Corazón fue tajante. Todos estaban pendientes de las palabras del jefe.
- No he sido yo... He perdido el control... Las órdenes venían de arriba, han prescindido de mi uso.
- ¿De arriba...? -el Pene tembló asustado -¿Quieres decir que no has sido racional en ningún momento?
- Yo... Yo acabo de llegar. Lo siento, chicos.



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