lunes, 3 de marzo de 2014

54. Sabor a sangre

- ¿Dónde tienes las pastillas? -Sara buscó por el salón mientras yo estaba tumbado en el sofá. Nuka se tumbó en mi estómago y ronroneó como siempre, pero yo no estaba para cuidar de mi gato. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad -No las encuentro...
- En... en la cha... En la chaqueta, Sara -me costaba articular cada palabra, estaba sintiendo que mi Corazón quería explotar -date prisa, por favor, me voy a morir aquí...
- ¿Por qué debería ayudarte? -la miré, teniendo ella las pastillas en la mano, mirándome con rencor -¿después de estar con otra mientras querías volver?
- Te explicaré después... por favor... dame una...
- Y ahí está la gilipollas ilusionada porque todo parece volver a la normalidad -empezó a pasear frente al sofá mientras me retorcía angustiado, ya empezaba a sudar -cuando el subnormal de turno se estaba haciendo otros planes por si salía todo mal, ¡y sin cortarte un pelo te la has traído a casa!
- No tenía dónde ir... te juro que te lo explicaré... ¡no me hagas esto! -empezaba a ahogarme y a llorar, de forma nerviosa. Sentía que me iba a dar un infarto ahí mismo.
- ¡Déjate de idioteces, Pablo! -me gritó y tiró las pastillas a la cocina. Vi cómo volaban sobre mi cabeza casi a cámara lenta, mi salvación giraba en el aire hasta chocar contra alguna pared -Me he sentido utilizada, como nunca nadie me ha utilizado jamás.
- Necesito... una pastilla... -rodé y me dejé caer del sofá. Nuka, con su natural habilidad gatuna, saltó de mi estómago a la mesa de café y de ahí al suelo, y curiosamente hizo lo nunca visto: se erizó y bufó a Sara, que dio un paso atrás.

   Y de repente me vi tirado en un suelo marmóreo, iluminado por velas azules, y a mi derecha estaba ese gran altar. De nuevo, en mi sueño, pero estaba despierto. Lo sentía como si fuera real. El frío se adueñó de mi cuerpo malherido y temblé con violencia. Me di la vuelta y vi a Sara, si, pero de sus brazos y hombros había unos hilos, y encima de ella, volando con sus oscuras negras, estaba él... Bueno, yo. Si es que a eso lo podía llamar "yo".

- ¡Basta ya! -mi grito estaba ahogado por el sabor a sangre de mi boca y mis nulas fuerzas -¿por qué quieres matarme, hijo de la gran puta? ¿No has tenido suficiente con dejar que me atropellaran en la puta Gran Vía, eh?
- Lo pensé después, la verdad -mi otro yo sujetaba los hilos con habilidad, de hecho parecía que Sara hablaba, pero no sonaba nada -si te hubiera matado ahí... ¡me hubiera perdido todo esto!
- Juro que acabaré contigo -me di la vuelta como pude y empecé a arrastrarme, buscando algo que me pudiera ayudar.
- Jurar, jurar... ¿Quién eres tú para jurar nada? ¡Eres capaz de sustituir al amor de tu vida por una cualquiera! -sabía que me seguía, y que hacía que Sara me siguiera.
- No la sustituí, subnormal. ¡No esperaba todo esto! -cada vez me costaba más arrastrarme, y sentía cómo iba dejando un rastro de sangre por donde iba -Compartimos un sentimiento, y una necesidad, ¡pero yo no dejaba de pensar en Sara!
- ¡Eso es mentira, bastardo! -sentí un puntapie en el costado y como una costilla crujía -Te estuviste planteando dejarla desde que Blanca apareció.
- ¿Pero cómo no me lo voy a plantear? -a lo lejos vi un cáliz en el suelo, y me fui acercando poco a poco -Estaba luchando por mí, la traje a mi casa porque su novio la maltrató y Sara parecía reticente, ¡pero sólo me lo planteé! Iba a convivir con ella y ante todo surgen dudas, joder...
- Y me encantaba sentir tus dudas, Pablo -ese ser seguía parloteando, pero sentía su voz más lejos, cuando casi había alcanzado el cáliz -era gratificante verte sufrir porque no sabías qué hacer. ¡Y Blanca se acaba de ir y seguro que la echas de menos!
- Eres del todo imbécil -y de nuevo sentí un puntapie, esa vez en la boca, y noté uno de mis dientes partirse sonoramente en mi boca. Sangraba, y mucho.
- Me encanta jugar con Sara, llevar los hilos y ver cómo te destruye -su risa retumbó por toda la estancia, y entonces encontré una de mis pastillas al lado del cáliz, y fue acercando la mano ensangrentada hacia ella -¡se ha convertido en mi mejor aliada!
- ¡Déjala! ¡Deja a Sara ya, bastardo! -me di la vuelta y me metí la pastilla en la boca, y bebí del cáliz para tragar mejor -¡Ella me ha defendido!
- Quería quitarse a esa zorra de encima antes de deshacerse de ti -Sara seguía hablando sola sin emitir ni una sola voz, pero mi otro yo bajó hasta quedar a su lado -y ahora te estoy haciendo pedazos con ella...
- Si me quieres a mí, mátame a mí, pero déjala en paz -me erguí como pude y me quedé sentado en el suelo -esto es entre tú y yo.
- Bien, entonces dime... ¿Quieres morir rápido o lento?
- Que sea rápido -acepté mi destino. Él estaba armado con su espada y yo solo tenía el cáliz del que había bebido para tragar la pastilla.
- Pobre diabla -mi otro yo acarició su rostro, aunque ahora la cara de Sara era de preocupación -es guapa, ¿verdad?
- Es preciosa, lo mejor que me ha pasado -ella abrió los ojos al oír eso, si es que podía oírlo -daría mi vida por ella, la amo con todo mi corazón y la única forma que tengo de que dejes de joderla es que me mates. Así que vamos, hazlo.

   Sara desapareció tragada por las sombras del lugar. Dejé de verla en cuanto mi otro yo desenvainó su espada y caminó hacia mi maltrecho cuerpo. Cuando llegó hasta mí, apuntó su hoja a mi pecho y puso su afilada punta sobre mi corazón, y fue empujando poco a poco. Yo me dejé caer a la misma velocidad al suelo y sentí mayor presión. La mirada de mi otro yo era de triunfo, de satisfacción. Por fin iba a conseguirlo, por fin iba a matarme, y esta vez sujetó el mango de su arma con las dos manos, preparado para ensartarme. Yo cerré los ojos, sabía mi destino, lo acepté... Y sonreí. Sabía que Sara se sentiría mejor si yo desaparecía. Me había portado como un ser horrible y despreciable, ¿qué mejor castigo que éste? Ahora solo quedaba esperar, y cerré los ojos...


   Sentí un golpe en el rostro, y con el calor en la mejilla abrí los ojos de nuevo. Mi otro yo miraba a todas partes, y yo volví a sentir el golpe, pero en la otra mejilla, y su rostro se movió al compás del mío. Con el tercer golpe se le cayó la espada, y con el cuarto cerré los ojos dolorido... y los volví a abrir tirado en mi cocina. Sara estaba llorando encima mía, dándome de bofetones. Sentía el dolor agudo en las costillas, y el sabor a sangre en la boca y el diente roto cayendo lentamente por mi lengua, de camino al esófago... Y cuando se atrancó en mi garganta y sentía que me ahogaba, me incorporé con violencia y tosí con fuerza, haciendo que el diente saliera disparado contra el suelo, seguido de una considerable cantidad de sangre. Respiré hondo... y Sara me abrazó llorando.

- Lo siento, lo siento, lo siento, joder... -apenas podía hablar, y notaba que mi camisa empezaba a estar empapada de lágrimas -estás vivo, joder, pensé que te perdía de verdad... Siento haberte pegado, estaba rabiosa, pero no sabía qué más hacer -balbuceaba, le costaba respirar -y cuando has dicho que me amabas me he dado cuenta... lo siento muchísimo, joder... ¡Pablo, por Dios, háblame!
- Necesito... necesito... -Sara me miró a los ojos. Se estremeció. Debía tener una cara horrible... -necesito descansar.
- Te llevo a la habitación. Vamos. Te voy a cuidar, estarás bien, te lo juro... -y me ayudó a levantarme para llevarme a la cama.


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