lunes, 24 de febrero de 2014

52. Romper con todo

- Bienvenido a mi pequeño infierno -dijo Sara cuando me llevó a su habitación, si es que se le podía llamar a eso "habitación". Una cama bastante pequeña y deshecha, aunque acorde al tamaño de su dueña, una mesa con dos sillas de plástico y un armario con la puerta rota decoraban un cuarto cuya ventana daba al patio interior de un bloque en medio de un barrio oculto -no es mucho, pero es íntimo.
- ¿Íntimo? Yo diría que es más bien pequeño...
- Estoy pagando una miseria para estar aquí, y encima tengo Internet con el precio. ¿Qué más puedo pedir?
- Puedes pedir mucho más, Sara -me senté en una de las sillas que crujió cuando apoyé mi peso en ella.
- Me conformo con esto, la verdad. ¿Qué quieres de comer? Puedo prepararlo ahora mismo...
- ¿No quieres ir a comer fuera? -dije, mirando alrededor. Sentía que si hablaba muy alto me escucharían todos los vecinos del edificio.
- Me apetecía estar contigo aquí, espero que no te importe... -se sentó en su cama y me miró. Por suerte parecía estar tranquila, y no quería cambiar eso.
- No, no, está bien. Pero pidamos algo de comer, ¿te parece?
- ¡Comida china! -Sara se levantó alegre y se dirigió a la puerta -iré al salón y usaré el teléfono fijo para pedir. ¿Lo de siempre?
- Si, claro, lo de siempre -sonreí y se marchó devolviéndome la sonrisa. Justo en ese momento, sonó mi móvil -¿dígame?
- Hola Pablo, soy yo -escuché a Blanca entre los ruidos de una cocina en plena actividad -la comida está casi lista, ¿qué te han dicho en el médico?
- Luego te cuento, voy a comer con Ángel Luis... Siento no haberte avisado antes.
- Vaya... tranquilo, lo guardaré para la cena -su voz sonaba triste después de la noticia -te lo guardaré para cenar.
- Perfecto, muchas gracias.
- Luego nos vemos, adiós -colgó el teléfono sin dejarme siquiera despedirme. Me sentó bastante mal, la verdad.

   Sara volvió al rato y dijo que no tardarían mucho. Estuvimos charlando sobre su despido, y me dijo que no le importaba, que esa mañana había estado echando algunos currículum en los establecimientos cercanos a ese barrio y que antes o después la llamarían por su experiencia. Parecía algo preocupada por ese tema, aunque yo conocía bien a Sara y sabía que estaba preocupada por algo más que por no encontrar trabajo.

- ¿Qué te ocurre? -pregunté con preocupación y me senté con cuidado a su lado en la cama. Crujió también, al igual que la silla.
- Bueno... Mira alrededor -no costaba mucho hacerlo, con nada podías hacer un recuento de lo que ahí había -no estoy acostumbrada a esto. Solía estar en una casa, con todo lo que tiene sin tener que compartirlo con dos tíos raros y una lesbiana, y solía dormir en una cama grande, y acompañada...
- Después de todo -miré a la cama, y después a Sara -la cama es más pequeña, pero la compañía con la que dormías está contigo.
- Si... Pero entiende que aún me cueste confiar en ti.
- Sara, te he dicho la verdad -no era capaz de mirarme a los ojos, pero estaba claro que me estaba escuchando -nunca te engañé y nunca quise hacerte daño. Todo fue un asqueroso malentendido, una zorra que lo planeó todo...
- Mírame a los ojos, Pablo -otra vez me sentí atravesado por su mirada vidriosa por las lágrimas -Mírame y júrame que no me engañaste con ella.
- Sara, te lo juro -temblé un poco al principio, pero eso si lo puedo jurar. Nunca la engañé con Susana, y técnicamente ahora no estábamos juntos, así que tampoco era engaño -Créeme, por favor... -y yo también me eché a llorar.

   La balanza se inclinó un poco más. No podía evitarlo, era imposible. Lo que yo sentía por Sara no podía cambiar de la noche a la mañana. Lo que luché, lo que viví... Todo eso hizo mella en todo mi ser y me hizo sentir de nuevo tan enamorado de Sara como siempre había estado, me sacó del estado de trance en el que me encontraba. Eso... y su beso. Su beso que me devolvió a la vida y, definitivamente, decantó mi balanza del todo. Blanca no sabía besarme como Sara lo hacía. Me tumbó sobre aquella cama y se sentó encima mía. De nuevo sentí aquel fuego que solía atraparme cuando ella me dominaba, cuando ella tomaba control de todo lo que nos unía, y me dejé llevar. Retiré su camiseta y ella tiró de mí hasta dejarme sentado y quitarme la mía. Todo el tiempo que habíamos pasado separados se reflejó en un momento de pasión. Quería ponerme encima, pero no había manera. Entre el tamaño de la cama y que Sara demostró todo lo salvaje que podía ser, no era capaz. Me quitó los pantalones y se quitó los suyos, estaba muy delgada, pero yo también, y cuando ya se nos iban las manos llamaron a la puerta de la habitación. Ella gritó con rabia y me arañó en el pecho, llegando incluso a hacerme sangre. Se levantó y abrió la puerta, sin más.

- ¿Qué coño quieres? -exclamó en alto al tipo con gorra en la puerta.
- La comida... -levantó una bolsa con miedo y Sara la cogió con violencia. Se dio la vuelta para dejarla en la mesa, haciendo que la mirada del repartidor se posara en su trasero y en mi evidente erección bajo mi ropa interior -son dieciséis con ochenta...
- Toma -ella le dio un billete de veinte euros y cerró la puerta en su cara -¡quédate el cambio!
- Cielo, tu mala hostia me pone... -la miré y se volvió a sentar encima de la ya mencionada erección que encajó bastante bien en lo poco que cubría su tanga.
- Ah, ¿si? -me agarró del cuello y se acercó a mí rostro, mientras que con la otra mano iba quitando mis calzoncillos del camino que seguía mi erección -pues demuéstralo.

   Me agarré a sus caderas, sabía que venía el vendaval, y ella comenzó a moverse lentamente. No dejaba de mirarme, ni de morderse el labio. Sus movimientos empezaron a describir curvas, era como si bailara encima mía, y yo empezaba a perder la cabeza. Cuando me levantaba para intentar besarla, ella hacía fuerza en mi cuello que mantenía agarrado y me dejaba tumbado de nuevo. Su sensual movimiento de cadera cambió, ahora saltaba poco a poco para salir y entrar un poco, y cuando quise darme cuenta estaba moviendo yo también las caderas bajo sus gritos de placer y los crujidos de la maltrecha cama. Cuando no pude más la levanté en volandas y la tiré sobre la cama, la cual sentí que se rompía un poco con el golpe. Arranqué su sujetador y su tanga y ella mi ropa interior. Nos había dominado la bestia, y volví a entrar salvajemente agarrándola de las muñecas y mordiendo su cuello con el correspondiente grito. Yo no me andaba con gilipolleces, yo embestía con fuerza y ella parecía agradecerlo, aunque me devolvió el mordisco en el cuello y en el labio haciéndome sangre de nuevo. No recuerdo cuanto tiempo estuve ahí, pero en cuanto ella se sintió aprisionada me tiró al suelo y se lanzó con un salto desde la cama sobre mí. Yo la cogí al vuelo y la levanté en volandas, cosa que ella no se esperaba. De ahí la llevé contra el armario y cogida en brazos seguí con mis embestidas. Sara gritaba de placer, y yo también. Sus arañazos eran profundos, pero no me importaba, yo seguía golpeando con fuerza. La dejé caer y la di la vuelta para seguir por detrás, cogiendo sus muñecas y poniéndolas contra las puertas del armario para que no se moviera. Seguimos y seguimos hasta que nuestros gritos nos indicaron que estábamos a punto de llegar, y así fue. Terminamos a la vez contra aquel armario cuya puerta, al apartarnos, terminó de caer.

- Necesitaba esto -Sara comía desnuda en la mesa, y yo con ella
- Dímelo a mí, que estoy sangrando...
- Ya sé que soy muy bestia, te he dejado fino con los arañazos -miró mi espalda y pasó su mano por toda ella. Cuando quitó la mano estaba empapada en sangre y se limpió con una servilleta -debería curarte eso.
- Ahora nos damos una ducha, tranquila.
- Mi pregunta ahora es... -miró a la habitación -¿cómo explico yo esto?
- Pagaré yo los desperfectos -la cama partida por la mitad, el armario destrozado y los vecinos mirando por la ventana con una mezcla entre curiosidad, miedo y morbo.
- Oye, Pablo -Sara y su dulzura siempre podían conmigo -¿podría dormir esta noche contigo?
- Pues... -recordé las palabras del doctor y sonreí -haz la maleta, quiero que vuelvas a casa.



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