martes, 11 de febrero de 2014

44. La realidad superó a la ficción

   Miré mi armario. No sabía que ponerme. Parecía una mujer. ¿En serio? Era una simple cena con una empleada, una amiga, ¿por qué tenía que decidir qué ponerme? No tenía sentido, pero después de las dudas que tuve aquella mañana en el trabajo de repente cada acto aquella tarde merecía un estudio intensivo. Al final, después de una ducha helada para calmar la libido y matar los malos pensamientos, elegí una camisa morada, unos vaqueros y mis zapatos negros, que aunque eran los que usaba para trabajar, eran bastante cómodos. La casa estaba impoluta, Nuka estaba dormido en el sofá y no sabía qué preparar de cenar, pero lo mejor sería improvisar sobre la marcha. Total, la cena ya era improvisada, ¿qué más daba si no le ofrecía un menú? Ya se me ocurriría algo.

   Habíamos quedado en Sol, así que me puse mi chaqueta negra, levanté mis solapas y fui dando un paseo, ya que estaba al lado de mi casa. Llovía con fuerza, la gente se refugiaba donde podía y para ser viernes había poca gente por la zona del centro de Madrid, pero también eran las ocho de la tarde y aún no era hora de ir a ningún sitio si no era a cenar. Llegué a la Gran Vía y cuando miré en dirección a la bajada que llevaba a Plaza de España me estremecí: me pareció ver coches destruidos, las luces con tanta lluvia parecía que eran llamas en los edificios y la gente que corría me asustó. Creí que venían a por mí. Pero no eran poseídos, no había ninguna catedral allí abajo y el ángel en vez de llegar volando con su armadura y sus alas venía en transporte público a unos cinco minutos del lugar en el que me encontraba.

   Sol era un hervidero, como siempre. Aquella enorme plaza, aunque lloviera o nevara, estaba siempre hasta arriba de gente, y más un viernes, cuando todo el mundo que no era de Madrid venía aquí a pasar la noche. Carteles humanos, enormes figuras infantiles en cuyo interior habitaba gente pidiendo dinero, algún loco que se atrevía a dar un discurso bajo el temporal y muchas parejas. Cosa que me recordó a Sara, a las ganas que tenía de estar con ella y de cenar juntos esta noche para después que Blanca y yo... ¡No, joder! Sara. Quería ver a Sara. Había quedado para cenar con una amiga a la espera de una llamada. Nada más. En pleno dilema, mirando al cielo que no dejaba de caerse encima mía, noté como dos brazos me rodeaban por el cuello y me apretaban contra un cuerpo notablemente femenino. Me extrañé por un momento, pero cuando vi sus cobrizos cabellos empaparse supe que Blanca ya estaba allí esperándome y me había encontrado antes que la encontrara yo, y la devolví el abrazo. La verdad es que me sentó muy bien.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Espero no llegar tarde -dije algo preocupado, ella estaba empapada.
- Solo llevo cinco minutos, pero me gusta la lluvia, por eso estoy así -se miró, parecía que se acababa de meter en una de las fuentes de la Puerta del Sol.
- Madre mía, te vas a tener que cambiar luego... -si, y darle motivos para que se desnude en casa. Bien, Pablo, bien. Un aplauso.
- Si, llevo ropa en el bolso -señaló su gran saco de cuero que llevaba al hombro -Me imaginaba que terminaría así.
- Eres previsora. Es bueno saberlo, en el trabajo necesito gente como tú -vamos, como agua de Mayo, chicas atractivas que me hagan dudar de todos mis principios y sentimientos por todas partes, será divertido ir a la oficina atado y amordazado.
- ¿Es que todas las empleadas se pasan por tu casa a cenar, señor Espinosa? -puso una sonrisa pícara, sensual. Estaba de broma, pero que se lo digan a mi Corazón.
- ¡No! No, no, claro que no -Oh, nervios, bienvenidos -Solo un fin de semana vino Ángel Luis Fernández para cenar, pero porque también es mi amigo.
- Una amistad extraña, para qué mentir.
- No es extraña, somos buenos amigos porque los acontecimientos nos unieron, no por nada -tenía razón. Mi jefe y yo nos convertimos de enemigos intratables a íntimos en una sola noche...
- Y que acontecimientos...
- Nada que no sepas ya -reí y comencé a caminar subiendo hacia Callao seguido de Blanca.

   Si algo tenía que admirar de Blanca es que, además de ser muy atractiva, me ofreció muy buena conversación. No éramos capaces de callarnos. Hablamos de todo de camino a casa. Dio tiempo a tratar temas de la oficina, de nuestras vidas personales, de política, de actualidad... y de sexo. Pensábamos de forma muy similar, pero la conversación era muy fluida. Me sentía muy cómodo con ella, y más cuando llegué de nuevo a la Gran Vía. Con el brillo de su chaqueta mojada bajo la luz de una farola sentí que su armadura brillaba impoluta en aquel lugar.

   Y llegamos a mi casa. Dejamos las empapadas chaquetas en el perchero y también los zapatos. Ella llevaba los tacones rojos, como no, y llevaba un vestido ajustado y corto, bastante sugerente y sensual, sin llegar a ser excesivo, de color negro, y con un pequeño cinturón rojo. Un generoso escote y sin mangas daban forma a la prenda, aunque su rostro estaba algo más desorganizado. Con la lluvia se había corrido un poco su maquillaje, y lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba el baño para poder arreglar el estropicio, aunque cuando salió fue sin maquillar. Ya habíamos hablado lo que me gustaban las mujeres al natural, y ella ganaba incluso más sin pintarse.

- ¿Qué hay de cenar, jefe? -preguntó mientras yo miraba los armarios con indecisión -¿algo en especial?
- Pues me puse a recoger y a prepararme y a lo tonto se me ha olvidado el tema de la cena... -en el fondo tenía razón -así que estoy mirando qué tenemos por aquí.
- Vaya, esto está lleno -se puso a mi lado y miró los armarios y la nevera conmigo -yo lo tengo fácil en casa: me preparo lo que hay. Pero habiendo tanto donde elegir...
- ¿Qué te parece un revuelto de setas, espárragos trigueros y huevos de primero? Se me da muy bien hacerlo
- ¡Me encanta! Perfecto, tú te encargas del primero. Yo del segundo. -Venga Pablo, y después el postre lo ponéis los dos, ¿verdad? Porque claro, qué menos.
- ¿En qué estás pensando? -saqué los ingredientes de la nevera sintiéndome atravesado por la mirada de Blanca, que seguía analizando las posibilidades con mis existencias.
- Algo ligero, es una cena, tampoco tenemos que ponernos tibios a comer... ¡Ya sé! -metió la mano en la nevera y cogió el paquete de filetes de pollo que tenía ahí -Filetes de pollo al ajillo y patatas fritas.
- Me parece perfecto, las patatas están ahí abajo -ella se inclinó para cogerlas con una pose demasiado sugerente y a mí casi se me caen los huevos... del cartón de huevos que tenía en la mano. Su vestido se levantó lo justo para dejarme ver algo más de los muslos y un poco de donde la espalda pierde su dulce nombre. Si, también vi su ropa interior negra de encaje. Estaba temblando mientras cortaba las setas. Empezaba a pensar que en cualquier momento me cortaría un dedo.

   El rato que estuvimos cocinando, para mí, fue bastante tenso. Cada vez que le pasaba el cuchillo o que nos cruzábamos, había algún roce entre nuestras manos o nuestros cuerpos, y cuando pasaba nos mirábamos y nos reíamos. Algo de tensión si había, pero tampoco quise darle mucha importancia. Si lo hacía, seguro que esto podría terminar peor, así que preferí no pensar en absoluto en ello.

   Preparé la mesa con todo lo necesario para comer. Platos, cubiertos, servilletas, vasos... y cerveza. Me gustaba cenar con cerveza, y ella no parecía poner pega ninguna. De hecho no la puso porque fue ella quien sugirió lo de la cerveza. Servimos todo y nos sentamos a comer el uno frente al otro, no antes de ponerle a Nuka su lata de comida de gato que tanto le gustaba. Algo que noté es que mi fiel compañero felino miraba todo el rato a Blanca, aunque no trató de acercarse. La contempló como algo habitual en mi casa, y eso me sorprendió.

- Bueno, ¿qué opina tu chico de esto? -pregunté a mitad del primer plato que, por supuesto, me había salido delicioso -Venir a cenar a casa de tu jefe, a solas... Sabiendo como es no le ha debido sentar muy bien.
- Cree que estoy con unas amigas -ella también disfrutaba de la cena -de hecho piensa que me voy a quedar a dormir en casa de una de ellas. Así que espero que me ofrezcas un buen plan, y que sea para ahora, y no para ayer...
- ¡Vaya, no me lo esperaba! -si, si, hazte el sorprendido y quita la sonrisa de niño tonto -Pues... Tengo cuantiosos juegos de mesa, una filmoteca llena de nuevos estrenos, libros de todo tipo y un minibar lleno de bebidas espirituosas. Salir no es factible, mira la calle...
- ¡Joder, qué tormenta! -los cristales temblaban por la lluvia y el golpe violento del viento en los vidrios, el temporal ya no era un leve contratiempo, sino un motivo para no poder pisar la calle -pues creo que asaltaremos tu minibar mientras vemos una película. ¿Qué te parece la idea?
- Está bien, y cuando termine y te sientas cansada puedes dormir en mi cama -es lo malo de no tener cuarto de invitados, que solo hay una cama. Malo según desde el punto de vista que se mire, claro está -tú te acuestas allí y yo duermo en el sofá con Nuka como hacemos a menudo.
- ¿No te supondrá ningún problema? -se sonrojó.
- Para nada, no te preocupes -sonreí. Si, que parezca que soy un buen anfitrión.

   Terminamos la cena y nos pusimos a recoger, pero ocurrió la tragedia. En la parte más alta de la nevera tenía un batido casero de frutas, y cuando fui a dejar los huevos Blanca se interpuso en mi camino, moví un poco la balda y la botella cayó encima mía. Mi pelo, mi cara, mi ropa, mi suelo... Todo lleno de batido. Y también Blanca sufrió las consecuencias. Su precioso vestido negro se llenó de fruta batida. Nos miramos y nos reímos.

- Deberías ducharte, Pablo -dijo Blanca mirándose -yo con cambiarme vale, pero tú... Tú pareces el postre -y comenzó a reírse. Yo también, pero lo mío era una risa nerviosa.
- Está bien, voy a ducharme. ¿Quieres que te deje algo para ponerte? -si, claro, ¿por qué no? ¿Y qué más?
- Pues con que me dejes una camiseta ancha estoy contenta -¡Claro que si! ¡Una camiseta! ¿Quieres también que yo no me ponga nada después de la ducha? Total, ¿para qué? Me estaba volviendo loco.
- Si, tengo una del Atlético de Madrid, ¿te vale?
- ¡Yo también soy del Atleti! -Que alguien traiga una tila a este Corazón, el pobre va a explotar.
- Está bien, te la dejo en la habitación. Yo cojo todo y me voy a la ducha. Nos vemos ahora.

   Agua fría. Si, empecé con una ducha de agua fría. Temblaba debajo de la alcachofa, pero necesitaba relajarme y a la vez, castigarme. ¿Cómo podía sentirme así? Era una amiga, por Dios, ¡una amiga! ¿Y sabéis lo que pensaba viéndola impregnada de batido? En quitárselo a lametazos. En hacerle un traje de saliva y en hacerla sentir mujer durante toda la noche. Y eso no concordaba con mis sentimientos, con Sara, con lo que sentía por Sara. Empecé a sentirme un monstruo, y más cuando miré a través de las mamparas opacas y casi me mato porque me pareció verme a mí mismo, desnudo, y con ese rostro pálido y esa sonrisa malvada. Quizá el monstruo solo se había ausentado, pero no se había ido...

   Salí de la ducha, aunque al final para relajarme de verdad si había puesto el agua ardiendo. Empecé a secarme con la toalla y por el frío mi propio cuerpo emitía vapor del calor de mi piel. Fue entonces cuando escuché un golpe y un grito. Asustado me puse solo los pantalones del pijama y salí corriendo del baño. En la cocina, Blanca estaba en el suelo con mi camiseta del Atleti puesta y con la mano en su tobillo. Por lo que vi, estaba recogiendo todo. El salón lucía impoluto, y la cocina aún tenía la mancha de batido en el suelo, la cual ahora también tenía el rastro del pie de Blanca.

- ¿Cómo puedo ser tan torpe? -dijo desde el suelo, con una mueca de dolor -Me cago en la puta...
- Joder, Blanca, ¿estás bien? -me agaché a su lado y su rostro cambió por completo cuando me vio. Primero fue de sorpresa, luego cambió a un semblante dubitativo y después se sonrojó y giró la cabeza. Es verdad, solo tenía los pantalones del pijama puestos...
- Si, si, aunque creo que me he torcido el tobillo, se me está hinchando... -era cierto, su tobillo derecho era un gran bulto.
- Espera, te llevaré a la cama, así te tumbas tranquila.
- No te preocupes, Pablo, es solo una... -no le di tiempo a seguir. Antes de que terminara la frase la había levantado en volandas y me dirigía a la habitación. Pesaba más de lo que pensé, pero porque estaba acostumbrado a Sara, ella no era tan alta como Blanca, y por eso me costó un poco más llevarla hasta allí.
- Iré a por una crema para eso, y también a por el mejor de los analgésicos. ¿Qué te gusta beber?
- Mientras no sean licores blancos, lo que quieras -ella sonreía pero no me miraba. El rojo de la camiseta era del tono del color de su rostro. Mostraba una media sonrisa, eso si podía verlo. Quizá se reía de mí, de mi cuerpo. Tampoco me podía quejar, me cuidaba, y había perdido bastante peso después de todo lo que me había ocurrido.
- Tengo una buena opción.

   Fui a la cocina, terminé de fregar y eché hielo en una cubitera, además de coger dos vasos anchos. También cogí Coca-Cola y del minibar saqué una botella de Jack Daniel's y otra de Ron Legendario. Cuando llegué lo dejé todo en la mesilla de noche y comencé a servir. Después, con mi combinado a mano, comencé a hacerle un masaje en el tobillo hinchado.

- ¿Este era tu verdadero plan? -dije, ya algo entonado después del primer cubata mientras seguía con el masaje -¿lesionarte en casa de tu jefe y que te invite a copas mientras te hace una cura?
- Es más bien una fantasía, ¿no crees? -se me erizaron los pelos de la nuca, aunque ella se reía -¡Mírame, Pablo! Estoy semi desnuda en tu cama, tú solo llevas los pantalones de pijama y estamos bebiendo, parece un sueño húmedo.
- Húmedo estoy yo, que todavía no me he secado -¿era tan evidente que no llevaba ropa interior? -Aunque si, quién lo diría...
- Qué rico está este ron... -que cambio de tema, Blanca... -¿puedo echarme otro?
- Bebe hasta acabar con las existencias, no te preocupes -"a ver si así te duermes más rápido y paso este calvario" pensé.

   Y de repente, un rayo iluminó la escena a través de la ventana, la luz se fue y el trueno nos dejó en el silencio más absoluto, solo roto por las gotas de lluvia repiqueteando en la ventana y los ruidos de la calle. Si, ahora si que parecía una fantasía. Saqué algunas velas a tientas que tenía en la habitación y las dejé sobre la mesa de noche. Después me tumbé al lado de Blanca y comenzamos a charlar mientras bebíamos. No sé como fue, pero al rato ella terminó acurrucada en mi regazo, tapados con la funda nórdica, mientras yo la rodeaba con mi brazo.

- Hacía muchísimo que no me sentía así de cómoda, Pablo -dijo ella con un dulce tono de voz -esto me transmite tanta paz...
- El sentimiento es mutuo, te lo aseguro -ya no le daba vueltas a nada. No sé si era el alcohol, la situación o que los filetes estaban pasados, pero sonreí por instinto. Estaba en una nube.
- ¿Te has dado cuenta lo mucho que conectamos? No sé, todo esto... No me esperaba terminar así, tumbada contigo...
- De hecho no esperaba ni que quisieras pasar la noche aquí -la miré. Sus ojos brillaban con el fulgor de las velas, su rostro era inocente y dulce, y si aún quedaban principios en mí, estaban haciendo que resistiera la tentación a besarla.
- ¿Por qué no? -no, era imposible no quedarse hechizado.
- Bueno, no sé... Soy tu jefe, después de todo -me temblaba la voz, no me había pasado nunca, ni con Sara -somos amigos desde hace poco, ¡ni me creía que aceptarías venir!
- ¿Y por qué no, Pablo? -cada vez estaba más cerca, ya sentía su aliento en mi nariz, un aliento sabor a ron con cola que me estaba paralizando.
- ¡Porque todo esto es extraño, Blanca! Vives con tu novio, estoy detrás de mi ex pareja, estoy en una situación sentimental que...

   No me dio tiempo a seguir hablando. Pasó su brazo por detrás de mi cuello y, evitando cualquier escape posible, me besó. Sus labios estaban húmedos por la bebida, pero ardiendo por el calor de la pasión que en esa estancia había. Mi primera reacción fue quedarme quieto, pero creo que me duró un par de segundos, porque por instinto coloqué mis manos en su cintura y la estreché contra mí para después recorrer con caricias su espalda. Era mágico, no era una simple noche de sexo sin compromiso. No, era mucho más. Cada beso que me daba hacía aflorar en mí un montón de sentimientos, un montón de sensaciones indescriptibles que hicieron desmoronarse todo lo que pensaba y sentía hasta ese momento.

   Poco a poco fui quitando su camiseta, y por lo que vi, ella ya se había quitado el sujetador. No me percaté de ello hasta que la tuve de frente. Era, literalmente, perfecta. Cada curva estaba en sintonía con la siguiente, su piel era suave y su mirada ardiente. Yo ya estaba tumbado debajo de ella, pero cambié la posición. Quería deleitarme, quería disfrutar de esas magníficas curvas con todos los sentidos. Cogí sus muñecas mientras iba bajando poco a poco por su pecho a besos. Sus suspiros se transformaron en pequeños gemidos que me hacían sentir cada vez mejor. Era imposible controlarse, yo quería más y más, y bajé hasta su ropa interior, la cual le quité lentamente para hacer que de verdad disfrutara.

   Después de un rato resistiendo sus arañazos y sus gritos de placer, me agarró y me tumbó en la cama con una fuerza sobrehumana. Ella cogió la botella de Jack Daniel's y la vertió por todo mi cuerpo. El frío licor me estremeció, yo estaba ardiendo, pero el placer que sentí cuando ella empezó a limpiar el whisky con la lengua era completamente inefable. No tenía palabras, y menos cuando llegó a la cadera, que me hizo retorcerme. Me agarraba al colchón, a las sábanas, donde podía, pero era imposible. ¿Y qué decir cuando se deshizo de mi pantalón? Nunca, nunca había gemido tanto como en aquella ocasión, y ni siquiera habíamos llegado a la mejor parte. Estaba acelerado, el Corazón latía a mil por hora, era una mezcla de pasión y de sentimiento que me llevó al éxtasis.

   Cuando subió yo ya estaba pegajoso por el whisky y sudando tanto como ella. ¡En los preliminares! ¿Qué cojones hacía esa chica para tenerme extasiado antes de empezar? Llegó hasta mi boca y me besó. Ahora sabía a Whisky, y no me importaba, me encantaba.

- Me encantas, Pablo -dijo ella mientras se colocaba para empezar con la mejor parte -eres capaz de hacerme enloquecer...
- Esto solo acaba de empezar... -jadeábamos a la vez. Frente con frente, ya sentía que estaba dentro -tú también me encantas, Blanca.

   Y ahí, encima mía, mientras se movía y gemía, pude ver claramente como extendía sus impolutas alas blancas tras un grito.


Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario