Eran las doce de la mañana, y me quedaban dos horas antes de que tuviera lugar la comida con Sara. Me desperté con un horrible dolor en el brazo y la muñeca. Después del incidente de la noche anterior me había tomado un Valium y había sacado del cajón de la mesilla de noche las esposas, que aunque solían tener una función algo más erótica, esa noche sirvieron para que yo no saliera de mi cama. Dejé la llave en el propio cajón al que podía acceder aún esposado, y era todo una buena idea, pero me olvidé de que soy alguien que se mueve mucho en la cama, y había retorcido el brazo de todas las formas posibles para encontrar una posición de comodidad que encontré de forma forzosa por el efecto del Valium. El dolor era bastante punzante en ciertas partes del hombro, me costaba moverlo, pero por suerte solo fue un simple contratiempo.
Ya en la ducha empecé a pensar en todo lo que me había ocurrido en alrededor de veinticuatro horas. Había pegado una patada a mis principios, había cortado mi corazón en dos pedazos que se desmoronan y mis demonios solo se habían escondido en un rincón para hacer un contraataque mucho más poderoso. No sabía a qué me iba a enfrentar, no sabía cómo afrontar todo lo que me estaba ocurriendo, solo sentía el agua caliente recorrer mi cuerpo buscando el fatal destino a través del desagüe. Después me sequé, me lavé los dientes, me peiné y me vestí con calma. Aún me quedaba una hora. Ese día decidí llevar una camisa negra, una americana azul oscura y unos vaqueros ajustados, además de los zapatos. Bajé en el ascensor al garaje y ahí estaba, mi amado RX-8, en su placentero sueño antes del rugido de su potente motor. Lo arranqué y salí del subsuelo para que la lluvia volviera a empapar la encerada superficie negra de mi vehículo, al cual dirigí a través de las calles de Madrid hasta mi destino. Aparqué cerca, para alivio mío, y puse el debido ticket de aparcamiento en el salpicadero, a la vista de cualquier guardia que quisiera multarme.
- Tengo una reserva a nombre de Pablo Espinosa -dije al camarero con el sombrero de copa -era para las dos.
- Si, aquí está -respondió el camarero y me sonrió -y supongo que usted es Pablo Espinosa. ¿Cuántos comensales serán?
- Dos, seremos dos -miré hacia la puerta, pero Sara no estaba aún ahí -mi acompañante estará al llegar, pero yo prefiero esperarla ya sentado.
- Claro, señor -el camarero cogió dos menús y me dirigió a una mesa que, por suerte, estaba a la vista desde la entrada -¿qué desea usted para beber?
- Una Coca-Cola... -y antes de que lo apuntara corregí -no, no. Mejor Coca-Cola no. Tráeme para empezar un Jack Daniel's doble. Luego si eso ya tomaré el refresco.
- Claro, señor, ahora mismo se lo sirvo -y se marchó presto al recado. Lo que más me extrañó fue que me miraba cohibido, incluso diría que tenía miedo al verme. No sabía por qué. Volvió a los cinco minutos con mi bebida, la cual dejó en la mesa. -Aquí tiene. Si necesita cualquier cosa, avíseme y le atenderé encantado.
- Pues no te vayas muy lejos -la voz salía de detrás del camarero -Coca-Cola con Vainilla, y no escatimes con la vainilla.
- Claro, señorita, ahora mismo -el camarero volvió a salir corriendo hacia la barra, dejando a Sara detrás suya. Ella se sentó justo frente a mí y dejó su mochila y su chaqueta al lado suya. Cuando me miró, se estremeció -¿Pablo? ¿Estás bien?
- ¿Por qué no iba a estarlo? -bebí un largo trago de whisky, dejando el vaso a la mitad -Estoy teniendo lo que llevo deseando desde hace mucho tiempo, la posibilidad de hablar contigo después de tanto tiempo.
- No, no, Pablo, no me jodas -Sara se acercó un poco y me miró más atentamente con aquellos ojos que podían atravesar paredes por su intensidad -estás horrible...
- ¿A qué te refieres? Yo estoy bien -me costaba mantener la mirada con ella, era algo sobrenatural -he tenido una mala noche, sin duda, pero eso no quita que esté bien.
- ¿Sigues con las pesadillas? -preguntó Sara dejando su móvil en la mesa y dando las gracias al camarero por la bebida, en la cual flotaba una guinda roja.
- Bueno, pensé que había mejorado, pero me he visto en difíciles tesituras -volví a beber del vaso y cuando lo apuré, el camarero vino a tomar nota, la cual ya teníamos pensada previamente. También pedí otra Coca-Cola con Vainilla, ya había tenido mi dosis de analgésico por ese día -estoy sufriendo episodios de sonambulismo.
- No jodas, eso es gordo -Sara parecía de verdad preocupada, cosa que me alegró -deberías tener cuidado, tío.
- Bueno, cambiemos de tema -dije, ya con la bebida en la mano -¿qué tal el trabajo?
- Un puto asco -Sara cogió la guinda de su bebida y la miró abstraída -sirve bebida allí, toma nota aquí, corre a la cocina, lava platos... Y cuando termines toma un sueldo de mierda para tu mierda de habitación en un barrio perdido de la mano de Dios.
- ¿Por qué no vuelves con tus padres? -ella empezó a comer la guinda y al ver como la posaba en sus labios y la mordía me invadió un calor que tensó mis músculos y erizó mi vello corporal.
- Por mi madre, ya sabes cómo es -terminó de degustar su dulce y aparté la mirada cuando me la devolvió porque hasta yo notaba lo evidente de mi calentón en mi rostro -Prefiero vivir en un antro antes que allí.
Los entrantes llegaron y la conversación era banal y sin ningún sentido. Hablé con ella de temas que nunca habíamos tratado como la política, economía, actualidad e incluso hablamos de muebles. Todo era frío, sentía en aquella comida un absurdo trámite para no volver a saber de ella, y no quería. Bueno, creía que no quería, vivía en la duda, aunque yo solo quería saber cómo reaccionaría ella al plan inicial antes de que Blanca me trastocara todos mis pensamientos.
- Bueno... Creo que tengo que hacer lo que venía a hacer desde el principio -Sara bajó la mirada y jugueteó con el tenedor -lo que venía a hablar contigo no era del resto de cosas que jamás hemos tratado, era de lo ocurrido, y deberíamos empezar para poder solventar todo esto.
- Las apuestas son las apuestas. Me sigues pareciendo un completo gilipollas por haberme engañado, pero venga, suéltalo -Sara no me miraba a los ojos.
- Nunca te engañé, Sara. Nunca -recordé a Blanca y sentí un escalofrío, pero pude continuar -Susana me acosó, me venía a buscar, me seguía y joder, ¡hasta se enrolló con mi jefe para joderme el trabajo!
- No me termino de creer esa historia... -miró a otro lado, y llamó al camarero para que rellenara su vaso.
- Lo bueno es que ahora podríamos quedar con Ángel Luis, mi jefe, y que él te lo cuente -Sara terminó sus entrantes y miró el móvil. Hacía lo posible para evitar el contacto visual conmigo, y eso me enervaba.
- Con lo mal que te caía...
- Hasta que conoció la verdad de Susana, de por qué se había juntado con él -yo también miré mi móvil, el cual no tenía ningún tipo de notificación, y volví a guardar en el bolsillo de la americana -sus motivos eran principalmente joderme a mí y en segundo lugar, aprovecharse del buen dinero que gana el Señor Fernández.
- Si, si era una zorra, eso sin duda... -Sara dejó de juguetear con todo lo que tenía alrededor y apoyó su rostro en sus manos -pero es que lo vi, ¡vi cómo la besabas!
- ¡No, Sara! ¡Ella me besó a mí! -golpeé instintivamente la mesa y ella me miró, quedándose atónita -había visto a Susana herida, también luchar, y la noche anterior le mandé un mail diciendo que se había acabado, y fue cuando ella se presentó en mi trabajo y me besó delante tuya y del Señor Fernández...
- Yo fui porque tú me avisaste de que fuera, por eso me jode tanto -ahí el que estaba atónito era yo -me llevaste a tu trabajo para que viera cómo te enrollabas con ella.
- Sara... Yo no te mandé ningún mensaje -abrió los ojos sorprendida -apenas tuve tiempo en toda la mañana para mirar mi correo, menos para mandarte un mensaje para que vinieras...
- Me dijiste que fuera para ir a comer juntos -Sara buscó el mensaje y me lo enseñó -¡era un mensaje tuyo!
- Si, ese es mi correo, pero yo no mandé ese mensaje, te lo juro. Solo otra persona tiene mi contraseña...
- ¿Susana...?
- Maldita sea, ¡esa zorra está invadiendo mi intimidad! -me puse muy nervioso, era algo que no podía aguantar, que se colaran en lo que es mío.
- Tranquilo, Pablo, cuando vuelvas a casa cambia las contraseñas y revisa a ver si ha hecho algo más -la voz de Sara era la que usaba cuando me despertaba de un terror nocturno, la voz casi somnífera que me relajaba de inmediato -joder, si que estaba loca...
- Solo quiere joderme, y ahora estoy intentando arreglar todo...
- Bueno... vas por buen camino, pero todavía queda mucho por hacer. Ahora, comamos. En otra ocasión seguiremos hablando de este tema.
- ¿Otra ocasión? -la miré y una pequeña sonrisa se asomó por mis labios
- Hombre, no creo que en una sola comida todo se arregle, ¿no?
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