miércoles, 12 de febrero de 2014

45. Sacados de un sueño

   Abrí los ojos. Después de meses, después de tanto tiempo sufriendo para conciliar el sueño y sintiendo que me volvía loco cada vez que me acostaba en esa cama, esa mañana simplemente abrí los ojos y miré al techo. Había dormido del tirón, había dormido plácidamente y había descansado tanto que no me acuerdo si esa noche llegué a tener sueño alguno. No había sol aquella mañana, las nubes cubrían el cielo, pero lo justo para que algo de luz blanca bañara mi cuarto. Las sábanas tenían un dulce olor a whisky, y las sentía pegajosas, pero no me preocupaba. Cuando miré a mi lado vi aquellos dos ojos miel mirarme con una mezcla de dulzura y curiosidad. Blanca me abrazaba y me acariciaba el rostro, llevaba un rato haciéndolo, y al mirarla solo supe sonreír. Ella también sonreía, una de esas sonrisas que no se pueden contener, que no tienen sentido pero que a la vez le dan sentido a todo, que aunque duelan las mejillas, sigues sonriendo. 

- Buenos días -era más un susurro que una voz. Hizo que cada vello de mi desnudo cuerpo se erizara, era como la brisa matutina que golpea tu rostro cuando sales a la calle en una mañana de primavera, que trae el olor del césped recién cortado. Aunque en este caso olía a ron.
- Buenos días, preciosa -acaricié su rostro, primero con un dedo, y luego con toda la mano. Ella giró la cabeza para quedarse a merced de la caricia, cerrando los ojos, disfrutando del roce de mi piel contra la suya -¿qué tal has dormido?
- Hacía meses que no dormía tan bien -volvió a mirarme y yo volví a paralizarme, no era capaz de articular palabra. Era maravillosa -¿cómo has dormido tú, Cielo?
- Yo ya no me acordaba de lo que era dormir bien, hasta esta noche -miré a la mesilla de noche y ahí estaban mis Tiadiponas, pero no quería cogerlas, no las necesitaba -estoy tan relajado...
- Yo también lo estoy -se arropó y se volvió a acurrucar en mi regazo -no quiero que este momento termine nunca.
- ¿En serio? -me costaba hablar. Estaba afónico, la noche anterior fue maravillosa, y entre el alcohol que bebí y lo mucho que grité, no era capaz de sentir mis cuerdas vocales -¿tanto deseas quedarte aquí?
- No quiero irme. Quiero que pasen los días sin más, que la luna venga y se vaya junto a la oscuridad, y que tú y yo sigamos aquí tumbados.
- Ojalá pudiera ser así... -miré al techo y ella me abrazó más fuerte. Mucho más fuerte. Tanto que sentía su latido retumbando junto al mío. Su cuerpo desnudo quería acoplarse al mío, y yo quería dar forma a ese puzzle en el que nos habíamos convertido.

   Pasaron unos minutos allí, respirando al unísono, abrazados sin pensar en nada más, cuando ella se movió y se sentó encima mía. Volvió a mirarme con la pasión que me había mirado la noche anterior, una mirada que era capaz de atravesarme por completo, de destruirme y de recomponerme al instante, de matarme y devolverme a la vida, una mirada que decía más palabras que un libro entero. Se mordió el labio y se lanzó a besarme, un beso dulce y tranquilo, sin prisa, disfrutando de cada instante, de su sabor, de su calor. Acaricié su espalda desnuda y sentí como temblaba de placer, sentí como se movía al son de esas caricias, como adaptaba su cuerpo para dejar vía libre a mis manos para recorrerla. Sus caderas se movían como las olas en un mar en calma que van a morir a la orilla con parsimonia, poco a poco, sin apenas hacer ruido. Los suspiros, de nuevo, se volvieron gemidos, y los míos también. Mis caricias se convirtieron en arañazos, y ella se agitaba más y más. Me besó con más pasión, con más energía, y el fuego dentro de mí me hizo tirarla a mi lado y seguir yo encima. Ella me devolvió los arañazos con más profundidad, y los gemidos se volvieron gritos. Los suaves movimientos de su cadera desaparecieron en mis violentas embestidas, cada vez más rápidas y fuertes. Los besos ahora eran mordiscos, las miradas eran de dos animales salvajes. Eso se había convertido en una batalla sangrienta que terminó con un grito ahogado de ambos, el éxtasis, la explosión de sensaciones que nos provocó terminar aquel salvaje acto con jadeos y sudando. Nos miramos de nuevo, volví a ver en ella a la dulce Blanca y la besé con ternura. Había sido, de nuevo, maravilloso.

- Iré a preparar el desayuno -dijo, después de un rato allí tumbados besándonos -Tú podrías cambiar las sábanas, están sucias...
- Si, llenas de whisky, ron, sudor... ¿y eso rojo? -pregunté, al ver que había manchas algo extrañas.
- Creo que me he pasado... -Blanca corrió al baño -¿Tienes agua oxigenada? ¿Y algodón?
- Está en el armario del baño, en la balda de abajo, ¿por qué lo dices? -ella volvió con todo en la mano, desnuda, y se puso de rodillas detrás mía.
- Quieto, Pablo, esto te va a picar -y cuando puso el algodón en mi espalda noté un fuerte escozor. Se me erizó todo el cuerpo -Joder, qué bestia soy...
- Y tanto, esto escuece -los algodones que Blanca dejaba al lado estaban impregnados de rojo. Estaba cada vez más asustado -¿dejarán cicatriz?
- No son tan profundos, pero la herida no te la quita nadie... 

   Cuando terminó la cura quitamos las sábanas y las cambiamos por unas limpias. Luego, desnudos, recogimos un poco la habitación. Sentía una gran confianza con ella, la suficiente como para no tener que vestirme. Después ella cogió mi mano, me sonrió y me llevó a la ducha. Cerró la mampara y encendió el agua caliente. Aquel momento fue bastante gratificante, hasta que sentí el calor en las heridas en la espalda. Blanca cogió jabón y las lavó de nuevo para curarlas, pero después tomó mis manos, las llenó de gel y me hizo enjabonarla todo el cuerpo mientras yo hacía lo mismo. Después usamos nuestros propios cuerpos como esponjas mientras nos besábamos. Aquello era maravilloso, mágico, indescriptible. 

   Al salir, ella preparó la comida, porque ya era mediodía, y yo recogí el salón. Fue entonces cuando, de repente, nuestro mundo se vino abajo. Nuestros dos teléfonos móviles sonaron a la vez. Nos miramos y la sonrisa desapareció. Ella cogió el suyo y se metió en la habitación, y yo cogí el mío y miré la pantalla... Era Sara.

- ¿Dígame? -respondí temblando, no me esperaba su llamada.
- Hola Pablo, soy yo -su voz era de pocos amigos. Ya sabía que no iba a ser amistosa -te llamaba para decirte que mañana al mediodía tengo un hueco para comer, así saldamos la deuda.
- Está bien, mañana a las dos te espero en el Friday's de la primera vez. ¿Te parece bien? -a mí no me parecía bien. De repente eso no tenía sentido alguno.
- De acuerdo, allí estaré. Hasta luego. -y colgó el teléfono. En ese instante Blanca salió de la habitación con una lágrima en su rostro.
- ¿Qué ocurre, Cielo? -dije yo acercándome a ella para abrazarla.
- Era mi novio -temblaba tanto como su voz -dice que vuelva a casa. Ha llamado a mis amigas y le han dicho que no me han visto en toda la noche...
- ¿Quieres que te lleve? -su temblor pasó a mí, estaba acojonado -Nos vestimos en un momento y te llevo en coche.
- No, Pablo, iré yo -me miró. Sus ojos rojos me hacían sentir fatal, pero no quería insistir.
- Está bien. Con cualquier cosa, cualquiera -me acerqué a ella un poco más -avísame, ¿de acuerdo?
- Te tendré informado -y me besó antes de volver a la habitación a vestirse.


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