- ...Y así llegué a mi puesto. La verdad es que aún no asimilo todo esto -la voz femenina de la megafonía del tren advertía que ya habíamos llegado a nuestro destino. Y yo me había pasado todo el trayecto contándole mi vida al detalle a mi empleada. ¿En serio? ¿Y mi privacidad? ¿Y mi intimidad?
- Vaya, es una historia muy interesante, Señor Espinosa -dijo Blanca sonriendo. Estaba muy interesada y entretenida con mis vivencias.
- Tutéame, por favor. No estamos en la oficina -me levanté y me puse la chaqueta esperando que la puerta se abriera.
- Disculpa, es que no me acostumbro a estar de charla con mi jefe... -Blanca imitó el gesto y nos dirigimos a la puerta -Dime, ¿dónde vas exactamente?
- A casa de Sara, ya te dije antes
- ¿Pero dónde vive ella? -miró su móvil y lo volvió a guardar en la chaqueta.
- Pues... No lo recuerdo bien -me había pillado. Hacía tanto tiempo que no iba que ni me acordaba.
- ¿Algo que recuerde cercano? La mejor forma de guiarse por Parla son los lugares importantes.
- Una estación de Tranvía, un estanco... ¡Y una Comisaría! Si, una Comisaría de la Policía Nacional.
- Vale, yo voy en la misma dirección. Podemos ir dando un paseo, si quieres...
- Acepto encantado.
Ya había anochecido en la ciudad. Las anaranjadas luces daban un aspecto casi rural a una calle peatonal recorrida por las vías del Tranvía que pasaba con su tintineo de campanas eléctricas cada cierto tiempo. La gente caminaba sin prisa por las aceras grises y miraban los escaparates de las tiendas con curiosidad. El camino, según blanca, eran unos diez minutos a pie bajando al lado de las vías.
- ¿Y tú? -miré a mi acompañante, que me devolvió la mirada -Sin saber cómo te he contado mi vida, pero tú no has soltado prenda.
- Ya, bueno, tampoco he tenido la ocasión -soltó una pequeña carcajada. Era cierto, yo parecía una cacatúa cuando arrancaba a hablar -Aunque coincido contigo en muchas formas de pensar. Aunque mi vida es algo diferente, sin duda.
- Te escucho.
- He tenido mis épocas de todo -perdió la mirada en algún lugar del cielo nocturno, pero yo seguía mirándola a ella. He de admitir que era preciosa -Y hombre, soy joven, me he dado más de un capricho. Mucho gilipollas con muchas ganas de... bueno, ya sabes.
- Si, te entiendo -seguía mirándola con atención. Si, estaba muy buena.
- Algún que otro tío por el que sentí algo decidió ser un poco soplapollas conmigo y me han hecho más de una putada, pero ahora tengo la suerte de tener a mi pareja -en ese momento bajó la mirada. Gesto extraño en una persona que habla de la persona a la que ama -y, no sé, he sentado la cabeza un poco. Quería estabilidad, soy una persona muy fiel y él me da la confianza para no tener que necesitar nada.
- ¿Y qué falla entonces? Si no es mucho preguntar, claro está -Blanca me miró extrañada, hasta que vio mi cara. Sabía que no me iba a engañar, así que volvió a bajar la cabeza.
- Bueno, es que... Es algo difícil de explicar -agitó la cabeza y miró su móvil un instante para guardarlo de nuevo -Es muy celoso, y quizá no da la mejor conversación del mundo. Aunque le quiero, sin duda.
- Lo importante es el sentimiento, si le quieres, ¿qué importa lo demás? -reí despreocupadamente -mírame a mí, caminando sin saber a dónde voy buscando la casa de la persona a la que amo. Una locura, no tiene otro nombre.
- Yo haría lo mismo, está claro -saqué una sonrisa a Blanca, y eso me hizo sentir mejor -Es normal hacer locuras, ¿no?
- Los locos somos mejores personas -y entre risas vi la Comisaría a lo lejos y mi GPS interno calculó la ruta. Ya sabía dónde estaba y cómo ir a casa de Sara.
- Ahí está la Comisaría -señaló Blanca -¿te ubicas ya?
- Si, yo giro por esa calle a la derecha -indiqué dónde tenía que hacer el cambio de dirección.
- Pues yo por esa misma calle, pero a la izquierda -dijo acercándose al gran cruce.
- Mañana por la mañana te veo en la oficina, Blanca -le di dos besos a mi acompañante y una tarjeta de contacto. Aún aparecía como agente de contabilidad. -Toma, por si necesitas un rato de charla.
- ¡Gracias! Pero dime, ¿tienes otra tarjeta?
- Esto... Si, aquí hay una -y le tendí las dos. Ella las cogió y en una de ellas, por la parte posterior, apuntó con bolígrafo su teléfono y su nombre.
- No es justo que me des tu número y no sepas el mío -me la guardó en el bolsillo interior y dio dos golpecitos en la chaqueta, justo donde había dejado la tarjeta.
- Hasta mañana -dije, dándome la vuelta.
- ¡Hasta mañana, Señor Espinosa! -gritó ella a lo lejos moviendo la mano.
Y enfilé en dirección a casa de Sara, con más temblores que un pecador en el confesionario.
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