lunes, 17 de febrero de 2014

48. La balanza

   Llegué a casa a eso de las cuatro. Había disfrutado de una velada maravillosa, a pesar de tener el corazón algo dividido. Después de tratar los problemas que nos separaron, la conversación fue más fluida y mucho más profunda. Tras eso la invité a unas copas y terminamos recordando viejos momentos y hablando de fútbol como cuando todo estaba bien. Eso avivó la llama, y creo que no solo la mía. Esa tarde, si tuviera que comparar lo que sentía por Sara y Blanca con una balanza, el peso cedía por el lado de Sara. Todos los recuerdos, todos los sentimientos y aquella magia que nos unió resurgió en el lugar en el que empezamos, y yo sentí de nuevo las ganas de volver con ella, pero ciertamente aún sufría el hecho de que otra persona se había hecho un hueco en mi maltrecho Corazón. Tenía que hacer que la balanza cediera del todo.
   Pero no podía ser tan fácil, y de hecho, no lo fue. Llegué a casa y me tiré en el sofá con la sonrisilla típica que se queda cuando mezclas alcohol con buenas sensaciones, y Nuka se acurrucó en mi estómago y me miró con cara de "Eh, cabrón, estate quieto, que quiero echarme la siesta", y decidí que no era tan mala idea. Y en cuanto cerré los ojos para dejar que el sueño me llevara, el móvil vibró. Nuka gruñó, lo tenía pegado a la pata y empezó a golpearlo con la cabeza para tirarlo del bolsillo de la chaqueta, pero yo lo cogí a tiempo. Era Blanca. Y me dio un vuelco al corazón. ¿Por qué ahora? Aunque... Aunque si tenía muchas ganas de hablar con ella.

- Hola preciosa -dije, acariciando a Nuka con la mano libre mientras se volvía a dormir -¿cómo estás?
- Pablo, por favor, ayúdame -me levanté de golpe, provocando el bufido de mi gato, su mirada de asesino en serie y su desaparición por la puerta de la habitación. Ella lloraba, parecía también tener miedo por el tono de su voz -Te necesito, ha ocurrido algo horrible...
- ¿Dónde estás? -me levanté de golpe, empezaba a preocuparme mucho -Voy a por ti ahora mismo.
- Estoy en Parla, no me queda mucha batería -me costaba entenderla -Te espero en la estación de Renfe.
- Ya salgo.

   ¿Para qué tengo un coche rápido? Para cosas como esta. Hice rugir el motor de mi Mazda y salí a toda pastilla hacia Parla. Por suerte ya me sabía el camino por Sara, y me aventuré por la carretera de Toledo saliendo desde Plaza Elíptica. Volé. Adelanté a dos coches que iban pegados al carril izquierdo y golpeé el volante para hacer sonar el claxon y que supieran lo hijos de la gran puta que son por ir pegados a la izquierda. El indicador de velocidad no bajaba de los doscientos kilómetros por hora y las revoluciones iban a tanta velocidad como mi Corazón, que no dejaba de latir. Era todo adrenalina. Estaba infringiendo leyes como para acabar sin carnet y pagando una pasta, pero me daba igual. La clave era llegar en el menor tiempo posible, y así fue.
   Diez minutos para hacer un camino de unos veinticinco. Sentí hasta peligrar mi vida en la entrada a la ciudad, una difícil incorporación no muy bien pedaltada que da a un puente que pasa por la misma carretera que yo recorría y que terminaba desembocando en una carretera mal asfaltada de dos carriles que después pasaban a tener solo uno tras la primera rotonda. Ahí reduje la velocidad, ya había llegado, ahora solo quedaba seguir recto hasta la estación de trenes situada a unos pocos minutos de donde yo estaba. Estaba tan acelerado que me salté un paso de peatones en rojo y un chico de pelo rubio mal peinado, barba y de gran tamaño me dijo algunos improperios cuando casi lo atropello. Paré en la estación y allí estaba Blanca, que al verme salió corriendo hacia el coche. Yo puse las luces de emergencia dejando el Mazda algo mal aparcado y salí del vehículo para recibirla con un abrazo. Llevaba una mochila, unos pantalones de chándal, unas zapatillas viejas y un jersey rojo. Estaba despeinada y cuando miré su rostro tenía el labio partido y el ojo morado, además de ser evidente que había estado llorando. En cuanto la miré, giró la cabeza, no quería que la mirara.

- ¿Qué cojones, Blanca...? -me temblaban las manos, verla así me hacía sentir destrozado.
- Me ha echado de casa, yo me había mudado con él pero cuando ha sabido que estuve contigo... -volvió a llorar y la abracé -no podía mirarle igual, de repente era un extraño, un enemigo, y he terminado contándoselo...
- Vamos a la Comisaría, esto tienes que denunciarlo -seguía temblando, y no hablo de ella. Hablo de mí -ese hijo de la gran puta no se va a salir con la suya.
- No, Pablo, se acabó -se descolgó la mochila y la abrió. Tenía algo de ropa y los tacones rojos -es toda mi ropa, ¿sabes? Ya no queda nada mío allí.
- ¡Pero no puedes dejar que te haga esto y ahora irte sin más! -me costaba no llorar.
- ¡Le he engañado! ¡Esto es lo mínimo que me merecía! -Blanca tenía una voz muy dulce, pero así de enfadada no parecía la misma -He cogido mis cosas y me he marchado, ¿qué más quieres? Ha dicho que no quiere verme más y yo le he dicho que el sentimiento es mutuo. Fin de la historia.
- Eso lo hablaremos más adelante -empecé a pensar en soluciones rápidas -¿dónde viven tus padres? Puedo llevarte allí.
- En las Canarias. Me echaron cuando terminé los estudios por una discusión, y conocí a mi novio por Internet. Me mudé con él y encontré el curro en la oficina hace unas semanas...
- Joder... -seguí pensando en soluciones, y la única que se me ocurrió era muy arriesgada.
- Con que me lleves a algún hotel cerca del trabajo me vale mientras busco otro sitio donde vivir -ella buscó su cartera y miró dentro -aunque tengo que pasar por un cajero, estoy sin blanca.
- Déjate de gilipolleces, te vienes a mi casa -Si. Lo había dicho... -No voy a dejar que gastes tu sueldo en un hotel.
- En serio, Pablo, no quiero molestarte, no tienes por qué hacerlo -guardó sus cosas de nuevo en la mochila y me miró, y ese temblor volvió a dominarme -Y hay hostales muy baratos en el centro. No te preocupes.
- Blanca, me la suda -cogí su mochila y me dirigí al maletero -vas a venir a casa y listo. Venga, sube, salgamos de aquí.

   Y fue cuando ella subió y yo me dirigí a mi asiento cuando mi temblor aumentó hasta el punto de que se me cayeron las llaves al suelo cuando fui a meterlas en el contacto. Al mirar por la ventanilla vi como, entre la gente que salía del tren, aparecía Sara. Por suerte, no miró al RX-8 que salió escopetado por la calle de al lado. La balanza no sabía hacia qué lado decantarse.


Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario