La catedral seguía en pie mientras los fragmentos caían. Esquivé dos trozos de piedra maciza que se rompieron contra el suelo resquebrajando la marmórea superficie que había bajo mis pies. Sara ya no estaba allí, había desaparecido. La busqué desesperadamente por todo el lugar, pero era imposible buscar nada allí. Primaba salir, tenía que abrir las puertas y correr lejos del derrumbe inminente. Corrí por el pasillo saltando por los escombros, uno tras otro se iban quedando tras de mí. Cuando estaba alcanzando ya la salida, miré arriba y vi cómo una grandísima parte del techo se venía encima de las puertas. Era ahora o nunca. Aceleré aún más mi paso y salté para atravesar los portones hacia la salida.
Rodé por las escaleras de la entrada principal hacia el suelo de la Plaza de España. Había sentido en los pies el golpe de la caída del techo, pero por suerte y, a pesar de las magulladuras, había sobrevivido. Miré al techo y las gotas de lluvia me golpearon con violencia. Lo que empezó siendo un leve chubasco se había convertido en una tormenta casi apocalíptica. Después de todo lo que había vivido, me quedé ahí tumbado, empapándome y respirando hondo. El cielo también se me caía encima, como mi forma de ver la realidad. Cuando decidí levantarme, una luz salió de la puerta de la Catedral. Lo más curioso es que, por fuera, estaba exactamente igual que cuando entré. De la luz apareció una figura caminando. Vestía una túnica blanca bajo una armadura de oro y diamantes, empuñaba una descomunal espada en una mano y llevaba un cuerpo arrastrando por el suelo con la otra, y sus alas blancas se extendieron nada más salir de la estancia. Miró al frente y después al cielo. Su cabello cobrizo brillaba, y sus dorados contrastes parecían estar en armonía con la armadura. Me incorporé, y pude distinguir el rostro de Blanca mirarme fijamente. El cuerpo que arrastraba era el del Señor Fernández vestido con una túnica de cultista. No reaccionaba. Me intenté levantar, pero estaba demasiado magullado. Fue en ese instante cuando dos pares de manos me levantaron del suelo y me pusieron en pie. Eran soldados, los mismos soldados que vi al entrar, que me sonreían.
- Has actuado como un héroe, Pablo Espinosa -la voz de Blanca era imponente. Me sobresaltó, pero me acerqué poco a poco seguido por cientos de soldados -Entraste en la Catedral solo, luchaste contra el Demonio que había dentro de Ángel Luis y lo sacaste, y tuviste fuerza como para salir con algunas heridas que yo mismo curaré -y puso su mano en mi pecho. Mi cuerpo brilló y mis heridas cerraron y cicatrizaron al instante.
- ¿Dónde está Sara? -pregunté casi desesperado -¿qué le ha pasado a Sara?
- Una ilusión -Blanca agachó la cabeza -Era una ilusión creada por el Demonio, que sigue vivo.
- ¿Y dónde está ese Demonio? -cerré los puños con fuerza. Si Blanca no me decía dónde estaba, el Demonio lo haría.
- En el Ángel Caído -Blanca caminó a través de los soldados y comenzó la marcha -y espero de vosotros, valientes supervivientes, que lleguéis allí y acabéis con la verdadera amenaza. Así conseguiremos paz y Pablo, respuestas -los soldados gritaron eufóricos. Estaban preparados para la batalla.
- Tenemos que subir toda la Gran Vía -dije, mirando el estado de la ciudad. La calle estaba llena de vehículos destrozados, cristales rotos y llamas que ni por la lluvia torrencial eran capaces de sofocarse.
- Si, y llegar hasta la Puerta de Alcalá, la primera línea de defensa -Blanca subió la calle, y todos la seguimos -Acabo de ver la zona. Esa zona me recuerda demasiado a... Bueno...
- ¿A qué, Blanca? -pregunté algo atemorizado.
- Cuando lo veas, lo sabrás. Ahora, coge algún rifle, un casco y corre -Blanca me miró y me acarició -estos hombres y los que encuentres por el camino te seguirán al mismo Infierno. Y es allí donde os dirigís.
- Pues si tengo que arder en el Infierno para recuperar a Sara -cargué mi fusil y me puse un casco -que así sea. ¡Soldados, a tomar Madrid!
Corrí. Solo escuchaba los gritos y los disparos cuando atravesaba la mítica calle madrileña. Por las calles anexas aparecían más soldados que se unían a nuestra triunfal carga. Los enemigos caían en veintenas, y a la altura del Edificio Metrópolis la columna de poseídos era casi insalvable. Disparamos a discreción, y cuando pensamos que no podríamos con ellos tres vehículos aparecieron por la calle de al lado abriéndonos paso a través de las líneas rivales. Pisé muchos cadáveres mientras corría, pero divisar Cibeles a lo lejos me hizo sentir más motivado. Allí había una base militar con muchos soldados esperando instrucciones. Al ver la carrera de sus compañeros dudaron un segundo, pero inmediatamente persiguieron la estela que los tres coches dejaban tras de si. Y allí estaba, la Puerta de Alcalá.
Sobre el mítico monumento había bestias aladas. Los poseídos se nos echaban encima y aquellos seres sobrevolaron a nuestro pelotón levantando por los aires a muchos soldados que destrozaban a mordiscos o que usaban como proyectil contra más compañeros. En nuestra triunfal carga de cientos, pasamos a ser miles. La batalla era cruel, y las bajas eran cuantiosas en ambos bandos. No había tregua. Era ganar... o morir. Y yo no iba a morir en esa ciudad apocalíptica.
- ¡Disparad contra los que vuelan! ¡No dejéis que sigan ahí arriba! -grité con fuerza. Los soldados que corrían en medio de la formación y que no tenían a tiro ningún poseído levantaron los cañones de sus armas y cubrieron el cielo de metralla. Antes de caer, las bestias aladas acabaron con otras muchas vidas, pero la salva de disparos nos dio ventaja sobre los poseídos, que ahora se veían superados en fuerzas por los vehículos que aparecían por los laterales. Ni acorralados se rendían, pero el último cayó acribillado por el fuego de fusiles.
- Señor, todo despejado -dijo un soldado que se acercó a mí por detrás. Tenía galones, parecía un líder y se notaba en su forma de plantarse delante mía -esperamos sus órdenes.
- ¿Por qué me seguís? -pregunté jadeando. Había sido una carrera agotadora.
- Si usted fue capaz de entrar solo en la Catedral y salvar el primer punto caliente sin ayuda, no hay mejor líder que usted en nuestra cruzada. Soy el Teniente Sánchez, y después de un breve reconocimiento de las bajas, creo que soy el superior de todo este grupo de locos que se atreve a desafiar a la muerte.
- Creo que entonces me debo a su experiencia -dije, cogiendo una cantimplora de agua que un soldado me ofreció.
- Creo que nos debemos a su fuerza y su fe -el Teniente Sánchez se sentó a mi lado.
- Si es así, las puertas del Retiro están ahí. Tenemos que correr hasta el lago y seguir la calle hasta el Ángel Caído.
- Los últimos informes recibidos indican que no hay poseídos dentro -miró un pequeño mapa que extendió en el suelo en el espacio que quedaba entre nosotros. Por suerte, estaba plastificado y el agua resbalaba por su superficie -pero en el lago y de camino a la estatua hay seres mucho más grandes y poderosos que simples humanos sin cabeza. Tienen armas de fuego y contundentes. ¿Qué propone, señor?
- Señor... -todavía no me creía que estuviera al mando de más de dos mil soldados armados -Hasta ahora, ¿qué ha funcionado?
- Correr y matar, señor.
- Pues corramos y matemos. No nos queda otra. -Miré hacia las puertas de hierro del gran parque. Estaban abiertas.
- Está bien. Daré orden a todo soldado que siga vivo en los restos de esta ciudad atrapada que entre en el Retiro por cualquier puerta y que lleguen a la estatua. ¡Radio aquí y ahora!
- Aquí tiene, señor -un soldado alcanzó un aparato grande de radio al Teniente y éste habló a través de él.
- A todas las unidades, disponibles o no, diríjanse inmediatamente a la estatua del Ángel Caído del Parque del Retiro. Allí está la base enemiga y allí entraremos. Busquen una entrada, me da igual si entran por la puerta, escalan la verja o la vuelan en pedazos, pero quiero que todas las fuerzas que pisan esta puta ciudad lleguen allí armadas y listas para morir. ¡Es una orden!
- Ganar o morir, Teniente Sánchez... -me levanté del suelo y tomé de nuevo mi fusil.
- ¡Ganar o morir! -gritó él con el aparato aún en la mano. Los demás soldados se levantaron al compás y se prepararon -Señor Espinosa, suba a ese vehículo y motive a sus soldados.
- ¿Cómo? Nunca he soltado un discurso motivador...
- El truco -me dijo, acompañándome y ayudándome a subir al techo del vehículo -es decir lo que ellos quieren oír, y decirlo con el corazón en la mano. ¡Adelante, confiamos en usted!
Desde el techo del vehículo blindado podía ver una gran masa de soldados agolpándose a lo largo de la calle. Los cadáveres eran evidentes manchas rojas en el suelo de asfalto que se deslizaban con el agua buscando algún lugar para depositarse. Desde mi posición, el Retiro tenía un aura oscura. Si uno se fijaba bien, diría que la tormenta surgía de ahí. El Teniente Sánchez se subió al techo conmigo con un megáfono que me entregó, además de la radio, que colocó encendida al lado del altavoz. Ese discurso se escucharía en toda la resistencia de Madrid. Y yo tenía que hacerlo. Suspiré. Pensé en Sara, en todo lo que había pasado, y miré al cielo. Un pequeño, aunque perceptible rayo de sol golpeó mi rostro. Sonreí, y pulsé el botón del megáfono.
- Quien viviera en Madrid la recordaría como una bella ciudad. ¿Qué queda de ella? Lo que nosotros queramos que quede. Si amáis vuestra ciudad, vuestra patria y más importante aún, vuestra vida, hoy es el día de demostrarlo. Todos juntos marcharemos hacia el Ángel Caído en busca de nuestro gran enemigo. Él controla a los poseídos y a las bestias que dentro aguardan tenernos a tiro para destrozarnos. Pero no le daremos esa satisfacción. ¡Nos bañaremos en su sangre! -los primeros gritos surgieron. Los soldados que quedaban sentados se levantaron y empuñaron sus armas -La Catedral era solo un pequeño foco. ¡Ésta es la verdadera batalla! ¡Es ahora o nunca, damas y caballeros! No sé mucho de técnicas militares, de hecho aún no sé cómo salí vivo de la Catedral -algunas risas dieron un toque de esperanza en los rostros de los soldados -pero si que sé lo que voy a hacer. Voy a acompañarles a la victoria si llegamos hasta nuestro destino, y si no lo conseguimos lideraré una nueva batalla en el Infierno. ¡Si nos quieren ver arder, tendrán que luchar! -las tropas gritaron y levantaron sus brazos. Se sentían confiados -Hoy es un día que aparecerá escrito en los libros militares. Hoy, aquí, se hará historia. Así que, señoras y señores. Ustedes deciden -cogí mi arma y la apreté con fuerza -O se dan la vuelta y se convierten en los cobardes de la batalla de Madrid, ¡o me siguen a la victoria para ser eternos! -solté el megáfono que se estrelló y se convirtió en pedazos al llegar al suelo, me di la vuelta y salté del vehículo al suelo. Entonces comencé a correr hacia la puerta.
El cansancio no podía conmigo, el agua me tenía calado hasta los huesos y el suelo roto me impedía correr con toda mi capacidad. Durante un instante me vi solo corriendo de nuevo hacia la Catedral, pero algo me sacó del trance. El grito unánime de los miles de soldados que arrancaron a correr tras de mí. Mi discurso había funcionado. Los primeros batallones me adelantaron y entraron sin pensar en el parque, y a mi lado se colocó el Teniente Sánchez. En su rostro había violencia, venganza, sed de sangre... Y esperanza. Y eso me hizo avanzar con más fuerza.
En la puerta ya había un grupo de seres de tres metros de alto con grandes tentáculos que cargaron contra nosotros. No duraron ni dos minutos. Parecía que todos los que podíamos disparar no fallamos. Los pedazos destrozados saltaban de sus cuerpos y nos salpicaban con violencia. Cayeron con un estruendo, y sin embargo los soldados seguían cargando. Los que iban pasando iban cerciorándose de que esos cuerpos no se iban a levantar. Yo iba rodeado de compañeros, que se ponían en medio si algún golpe de aquellos extraños seres se dirigía a mí. Me sentía arropado. Sabía que llegaríamos.
El primer punto de control era el lago de las barcas. Allí había un enorme ser demoníaco que mediría unos seis metros de alto y ocupaba todo lo ancho del cruce, impidiéndonos avanzar. Sus brazos eran dos enormes cuchillas afiladas, y su boca tenía incontables dientes dispuestos a triturar. Además, de diferentes huecos de su cuerpo, aparecían pinchos y agujeros de los cuales brotaban copias suyas que caían al suelo y cargaban contra nosotros. Las pequeñas copias eran fáciles de matar, pero aquella cosa enorme tenía una piel muy robusta. Las primeras líneas de soldados cayeron partidas por la mitad, salpicando de sangre caliente a sus compañeros de atrás. La carga amainó su velocidad, pero no su fiereza. Disparamos sin cuartel, pero durante un par de minutos de descarga de munición tuvimos que retroceder, ya que esa cosa parecía no querer morir y seguía dando a luz a sus extrañas copias. La siguiente fila cayó pasto de sus cuchillas y sus dientes, y quedé al descubierto. Esa criatura de mil ojos me miró y levantó su brazo en mi dirección. Yo era su víctima. Pero cuando el brazo de aquel ser se puso por encima de su cuerpo para ensartarme, una trazadora cruzó el cielo y golpeó la cuchilla hasta que cayó al suelo arrancada a balazos. A nuestra izquierda, otro grupo de soldados liderados por un tanque sobre el cual temblaba entre disparos una ametralladora ligera avanzó hasta llegar a la bestia. "¡Atrás, corred!" el Teniente Sánchez dio la orden y todos corrimos volviendo en nuestros pasos hasta que el gran estruendo nos hizo darnos la vuelta. Aquel ser acababa de volar en pedazos de un cañonazo del tanque. Los trozos sanguinolentos tintaron de rojo toda aquella parte del parque.
Nos acercamos al tanque y, empuñando el mango de la ametralladora, distinguí la figura del Señor Fernández con una gorra de corte militar y un enorme puro que me sonrió.
- ¡Espinosa! -dio una calada y me miró desde arriba -¿Has sido tú el del discurso?
- He sido yo, Ángel Luis -respondí mirando en la dirección a la que dirigíamos la carga, que en ese momento estaba vacía -¿Lo has oído?
- Si no, no estaría aquí subido, ni daría pie a este bebé a escupir -y acarició su arma montada -traigo otros seiscientos soldados dispuestos a morir. ¿Quieres que avancemos? -todos los soldados de detrás se prepararon para correr. Era mi oportunidad.
- ¡TENÍAIS QUE HABER SALIDO AYER!
Las orugas del tanque arrancaron a toda potencia y todos proseguimos la carga triunfal hacia aquella estatua. Por debajo de los gritos se escuchaban los disparos a las bestias aladas y a los grupos de poseídos que habían entrado saltando las rejas del recinto. Las fuerzas enemigas se elevaron, y los demonios de dos metros se abalanzaban sobre nosotros con sus poderosos latigazos, aunque caían bajo el fuego de la ametralladora ligera de Fernández y los disparos de los miles de soldados que nos seguían.
A pesar de las cuantiosas bajas llegamos a aquella plaza redonda donde la imagen del Ángel Caído coronaba la matanza que allí estaba ocurriendo. De varias entradas subterráneas que se habían abierto allí aparecían bestias de todo tipo, imposibles de explicar, completamente inefables, que nada más llegaban a la superficie acababan con la vida de muchos compañeros. Por suerte para nosotros, el mensaje emitido por la radio que empuñó hacía media hora el Teniente Sánchez, que seguía corriendo a mi lado, había sido escuchado. Varios carros de combate y miles de soldados ya disparaban antes de que nosotros llegáramos por esa calle. El número de tropas enemigas era elevadísimo, pero estábamos haciendo presión y no eran capaces de salir de aquella rotonda. Cada bestia que caía era un paso más a la victoria, pero el enemigo aún no había enseñado el as que tenía en la manga. El suelo comenzó a temblar debajo nuestra, y en una de las zonas boscosas colindantes a las calles principales un rugido aterrador se elevó sobre el sonido de los disparos. Todos miramos en aquella dirección. Del suelo emergió un Demonio más alto que las cuatro torres de la Castellana. De figura humanoide con cuernos, cuerpo musculoso, patas de cabra y dos alas que podrían arropar un tercio del parque, se levantó con lentitud y volvió a rugir con rabia.
- ¡Artillería, disparad a esa cosa! -el Teniente Sánchez volvía a tener la radio en la mano -Necesitamos apoyo aéreo, de tierra y de Dios si es que me está escuchando. ¡Esa cosa debe caer!
Cuando los cañones de los seis tanques que allí había golpearon en sus piernas el Demonio emitió un gemido, pero eso no cesó su avance, que con su pezuña aplastó uno de los que más cerca se encontraba y también a otros tantos soldados que no pudieron correr para salvarse. Cuando el fuego más poderoso se centró en esa cosa, nos dimos cuenta de que habíamos caído en la trampa: por detrás de todos los frentes los demonios nos habían rodeado, y desde la plaza los seres que brotaban del suelo empezaban a separarnos. "Divide y vencerás". Y nos estaban venciendo. Las bajas ya se contaban por cientos con cada arremetida de aquella cosa, que sangraba a borbotones con cada disparo de tanque.
- ¡Espinosa, señor! ¿Qué hacemos? -el Teniente Sánchez disparaba a los poseídos que se nos echaban encima.
- Rezar, teniente -grité -rezar porque esa cosa no nos pise mientras las bestias nos comen.
- ¡De aquí solo nos saca un milagro! -gritó Fernández que cambiaba el cargador de su ametralladora ligera.
Y el milagro apareció. Un rayo de luz iluminó toda la plaza, y de ese rayo de luz bajó Blanca con sus alas desplegadas, rebanando la cabeza del gran Demonio de un sablazo. El ser, por suerte cayó de espaldas, pero su cabeza aplastó a soldados y poseídos por igual. El ángel aterrizó frente a mí y quitó con un hábil movimiento de su espada a todos los enemigos que se nos echaban encima.
- ¡MILAGRO! -gritó Fernández, que se quitó la gorra y se le cayó el puro de la incredulidad.
- Pablo, solo tú puedes acabar con todo esto -dijo Blanca, que señaló con su espada a la entrada más cercana a la zona subterránea -ese túnel está vacío y te llevará hasta el gran enemigo.
- ¿Yo solo? -no podía creerme lo que me decía. ¿Otra vez yo solo?
- Si. Toma esto -Blanca cogió su espada y me la ofreció -la necesitarás.
- Esto... -cogí la espada. Pesaba. Mucho. Y estaba empapada de sangre de Demonio que resbalaba por su resplandeciente metal -no sé como usarla.
- Sabrás usarla cuando llegue el momento -Blanca levantó su mano derecha y una lanza dorada cayó del cielo. Cuando la empuñó, colocó su otro brazo como si tuviera un escudo y con una brillante luz apareció un pavés que cubría todo su cuerpo -aguantaremos aquí, pero no tienes mucho tiempo.
- ¡Vamos Pablo! -gritó Fernández -te cubro para que entres.
- Teniente Sánchez, de la orden de mantener la posición -dije con la espada en la mano -espero verle cuando salga de ahí.
- ¡Suerte señor! -gritó, y cogió de nuevo la radio -¡A todas las unidades! ¡Mantened la puta posición! ¡Os ordeno no morir!
Y bajo el fuego de las balas trazadoras del arma de Fernández, corrí hacia el túnel que se cerró tras mi paso. Del estruendo de la calle pasé al más sepulcral silencio. Unas pequeñas velas azules guiaban un camino oscuro y apestoso que llevaba a una sala más iluminada al final. Pisé trozos de los enemigos que caían antes de salir, y crujían al pisarlos. Quería no hacer ruido, pero era imposible. Cada paso emitía un estruendoso sonido, así que decidí caminar con más rapidez para no dejar que mis compañeros cayeran en vano. Entonces llegué a la sala iluminada. Una estancia circular de piedra blanca pulida estaba iluminada por velas azules y símbolos grabados en las paredes con sangre. Tenía el tamaño de la plaza, y en el centro, en una elevación escalonada y bajo el resguardo de cinco columnas había un altar. Estaba vacío.
Caminé empuñando la espada hacia el centro de la estancia y empecé a subir las escaleras que daban al altar. Al subir del todo pude ver los sellos profanos que había grabados en la piedra inmaculada que formaba el altar. Las velas que iluminaban esa zona se encendieron cuando llegué, y se agrandaron toda las demás, dando más luz a la escena. Por una de las puertas escuché el crujido de unos pasos y me puse en guardia. De ella emergió una figura encapuchada portando un cuerpo. Ese cuerpo era el de Sara, la verdadera Sara, y el hombre de la túnica comenzó a subir las escaleras en dirección al altar. En aquel silencio sepulcral solo se escuchaba el latido acelerado de mi corazón, mi respiración fuerte y los pasos subiendo hacia mi posición. Cuando llegó, el encapuchado, lejos de mí, dejó el cuerpo de Sara tumbado sobre el altar. Cuando me quise dirigir a él caminó a la misma velocidad en la misma dirección, dejando siempre el altar entre ambos.
- Tú eres el causante de todo esto, ¿verdad? -paré mi marcha y él hizo lo mismo -vas a acabar con esta masacre, y me voy a llevar a Sara a buen recaudo.
- Qué ingenuo eres, amigo mío -el encapuchado guardó las manos en los bolsillos. Su voz me era tremendamente familiar -Tú realizarás el sacrificio y estaremos completos.
- ¿Quién estará completo, hijo de puta? -grité. Sara se estremeció, pero seguía inconsciente.
- Tú y yo, por supuesto -repuso. Temblé. Esa voz familiar... ¿Dónde la había escuchado?
- Solo me completaré si acabo contigo y con todo esto.
- La pregunta es... ¿Serías capaz de atravesarte a ti mismo con la espada?
- ¿Cómo...? -mi enemigo tomó su capucha, pero antes de quitársela supe quién era. Ya había oído esa voz... En mis grabaciones o vídeos. Era yo. Con ojeras y despeinado, pero era yo. La palidez de su cara le daba un aire tenebroso, y cuando se quitó la túnica llevaba puesta mi ropa habitual, solo que en su cintura descansaba una espada como la mía, pero de acero oscuro.
- ¿Sorprendido? -se reía por lo bajo
- Venga, ¿quién coño eres tú? Deja de jugar -íbamos dando vueltas al altar, evitándonos por éste.
- Soy tú. Bueno, tu otro tú -respondió sonriente -soy tu grito por la noche, tu necesidad por las pastillas y tus dudas. Soy tu egoísmo, tu amor por el alcohol y tu crueldad.
- Mi lado oscuro...
- Que friki suena eso, pero dime, ¿no es todo esto muy friki? -si, en el fondo tenía razón -te falta el heavy metal. ¡Qué cojones! ¡Pongamos Heavy Metal! -y el riff de una canción comenzó a sonar en la estancia -me encanta esta canción. Trata sobre mí.
- "Sad But True", de Metallica -adiviné al instante -la conozco.
- Es nuestra favorita, ¿recuerdas?
- Y antes de que termine te habré aniquilado.
- ¿Estás dispuesto a matar una parte de ti? -su pregunta me causó dudas -¿estás dispuesto a acabar conmigo?
- Aquí y ahora -grité.
- Pues bien, aquí no hay espacio, bajemos y empecemos.
Bajé las escaleras con él al lado, que blandió su espada como yo lo hacía. Cuando llegamos abajo nos miramos un instante. Yo notaba en mi rostro la preocupación, pero en el suyo solo podía ver la crueldad y el placer de hacer daño. Yo fui el que lanzó la primera estocada, y él la paró con gracia, lanzándome otra y cortando mi costado. Sangraba abundantemente, me dolía.
- "I'm your dream, make it real..." ("Soy tu sueño, hazlo real") -dijo cantando al compás de la canción -me parece que esto va a terminar demasiado pronto...
- ¡Acabaré contigo! -me abalancé sobre él y desvié su espada, aunque no lo suficiente. Consiguió colocarse, pero cuando volvió a ponerse en guardia vio que le había hecho un corte en el pecho.
- Vaya, el mojigato quiere ser un héroe... -tocó su herida, y su sangre era negra. Chupó sus dedos y se lanzó contra mi golpeándome con fiereza. Yo no era capaz de arremeter, solo podía repeler sus golpes, era muy fuerte -¡Venga, devuélveme el golpe!
- ¡No te saldrás con la tuya! -con una finta me deshice de él y corté su espalda. Al hacerlo se estremeció y gritó. Todo tembló con el grito. Si era tan fuerte, yo debía ser igual que él.
- Maldito seas, Pablo -su voz contenía un tono demoníaco ahora, y de su espalda herida brotaron dos alas de demonio -¡Esto acaba aquí!
Saltó y movió sus alas con fuerza levantando el vuelo. Las velas de alrededor se movieron, pero no se apagaron. Comenzó a girar alrededor mía, pero yo mantuve la posición hasta que se tiró en picado contra mí. Bloqueé su golpe y me mantuve en pie, pero me arrastró varios metros para atrás. El choque de las espadas emitía chispas y un chirrido horrible que a ambos nos molestaba. Empujó con fuerza su espada y me tiró para atrás, pero me zafé de su nueva arremetida con un grácil gesto. Me levanté y decidí no dar más tiempo a mi enemigo. Cuando estuve en pie él ya estaba volando para volver a caer en picado sobre mí, y así fue, se lanzó con un grito. Yo esperé. Esperé... Y cuando su hoja estaba ya en mi cara giré y le ensarté con mi espalda. Su fuerza en la caída hizo el resto y se llevó sus entrañas negras por el camino. La caída fue atronadora, y el sonido fue seco. Su espada se deshizo y sus alas dejaron de moverse y se pudrieron. Su cuerpo comenzó a burbujear y se deshizo en una negra masa pegajosa en el suelo. Las velas azules se volvieron velas normales, y el ambiente se aclaró un poco.
Solté la espada y subí al altar, recogiendo a Sara, que seguía inconsciente. La levanté en volandas y volví a la superficie. Cuando llegué al final el túnel se abrió y la luz del sol me cegó, pero continué andando. Cuando salí y me adapté a la luz pude ver que las nubes se disipaban y el sol brillaba con fuerza. Al bajar la mirada no me sorprendió lo que vi, sino lo que escuché. Vítores y gritos, canciones y risas. Los soldados estaban recogiendo cuerpos y descansando de la cruda batalla. Quedaban un par de cientos, pero estaban muy orgullosos de lo allí conseguido. Fernández, el Teniente Sánchez y Blanca charlaban con oficiales del ejército, a los que me acerqué. Cuando estuve al lado, el Teniente corrió y cogió a Sara pidiendo a gritos un médico, que vino enseguida seguido de soldados con una camilla. Casualmente conocía a los oficiales. Un hombre de cabellos canosos, bigote blanco y porte clásico, un hombre con aire latino y fina barba recortada y una mole de músculos con corte militar y cara alegre.
- ¡Pablo! ¡El héroe de esta batalla! -el Cerebro sonrió -Lo que hoy has conseguido ha sido memorable.
- Estamos reventados, pero has hecho lo que debías -el Corazón se acercó para darme la mano, pero antes llegó el tío grande y musculoso y me abrazó con fuerza.
- ¡Eres el puto amo! ¡Vaya par de huevos que tienes! -sus gritos no perturbaban la felicidad que allí había.
- Creo que eres tú el que los suele tener y no yo... -dije antes de que me soltara, y Blanca se acercó a mí.
- Valiente guerrero, genial líder... Mi trabajo no es nada si el tuyo no hubiera salido bien. ¿Has vencido a tus demonios?
- Se ha quedado hecho una masa negra ahí abajo... -la miré. Lucía impresionante a pesar de las manchas de sangre y los rotos en su ropa que dejaban ver algo de su escultural cuerpo -¿Por qué tú?
- No entiendo esa pregunta -dijo Blanca extrañada.
- ¿Qué haces tú aquí? -ella se encogió de hombros.
- La respuesta solo la tiene el jefe -dijo el Cerebro acercándose a mí -y sabes que sus respuestas nunca son claras.
- Jodido subconsciente... -golpeé una piedra cercana que rebotó en el cadáver de un poseído.
- ¡Señor, está abriendo los ojos! -Sánchez me sorprendió con su grito, pero me acerqué corriendo a Sara seguido por todos los que me acompañaban -se está recuperando.
- ¡Sara, mi amor!
Ella abrió los ojos y me miró... Y sonrió.
Abrí los ojos con la primera luz del día. Estaba empapado en sudor, pero me sentía relajado y descansado. Después de mucho tiempo, había conseguido dormir bien. Sonreí. Era sábado, y no tenía que ir a trabajar. Me quedé mirando al techo durante largos minutos. Disfrutaba ahí tumbado, aunque sudado. Nuka maulló a los pies de mi cama y miró a mi izquierda. Yo también miré y me asusté: Las sábanas blancas se habían teñido de rojo sangre. Mi costado había dejado de sangrar, pero una herida algo profunda recorría mis costillas.
La batalla contra mis terrores... había acabado.
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