- Los informes, señor Espinosa -Blanca llevaba hoy una blusa roja, unos pantalones ajustados negros y unos tacones rojos. Tacones rojos... Ay - he hecho también unos balances de los patrimonios inmobiliarios.
- Perfecto, Blanca -la miré desde mi gran escritorio en mi flamante despacho -y puedes llamarme Pablo, no pasa nada, no te voy a poner ninguna falta.
- Perdone, pero en el trabajo usted es mi jefe y yo su empleada -dejó todo en la mesa sonriente- y tengo que respetar a mis superiores.
- Está bien, está bien... -resoplé. Tenía tanta confianza con ella que actuar me resultaba ridículo -quiero que realice un par de gráficas de los gastos realizados en el último mes, señorita Gonzalez.
- De acuerdo, jefe -se dio la vuelta y no pude evitarlo. El Cerebro se dio cuenta de que aquella orden no la había enviado él y rectificó a tiempo cuando ella volvió a mirarme. ¡Estaba mirándole el culo! -¿para cuándo quiere que se lo entregue?
- Para... Para ayer, claro -despejé mi mente un instante y añadí -pero a la hora del descanso, búsqueme y desayunaremos juntos.
- ¡Hecho!
- Escuchadme todos, panda de desobedientes malnacidos -el Cerebro gritó al cuerpo cuando Blanca cerró la puerta tras de si -¿a qué cojones jugáis? ¿Cuándo he dado yo la puta orden de mirar el trasero de la Señorita González?
- Señor, pensé que fue usted -los ojos se excusaron, eran los principales responsables -recibimos el impulso y actuamos en consecuencia.
- Yo en cuanto los ojos miraron ahí me aceleré -el Corazón estaba tratando de relajarse como podía -de repente todo el cuerpo me ha empezado a pedir sangre a lo bestia...
- Odio esta ropa, estoy erizada por los estímulos y me hago daño -el pelo hablaba de su vello de gallina, que empezaba a relajarse poco a poco.
- Bien... -con las señales adecuadas, el Cerebro relajó a todos los implicados en este acto pervertido -creo que tengo una teoría...
- Pues si me dices quién es, de lujo -dijo el Corazón -así le dejo de mandar sangre.
- ¡No me jodas! ¡Que no cese la sangre! ¡GUAU, QUÉ CULO!
- Lo sabía, ¡lo sabía! - el Cerebro estaba muy enojado -¡Corazón, cesa el sangrado al Pene!
- Está bien, jefe.
- ¡No! No jodáis, ¡por fin vuelvo a sentirme vivo! -los gritos del Pene eran de felicidad, aunque se fue deshinchando poco a poco.
- Pene, imbécil, ¡los estímulos de este tipo solo están reservados a Sara! -el Corazón seguía drenando sangre, pero dudaba de las reprimendas del Cerebro al Pene -¡Corazón, déjale seco!
- El caso, jefe... -todos se callaron -es que me ha llamado la atención.
BUM. Eso es lo que noté dentro de mí. "No, no, Pablo" Me levanté de mi mesa y comencé a caminar por mi despacho de forma nerviosa. "Es una empleada, es una buena amiga, una confidente, ¡nada más! ¡Has conseguido una oportunidad con Sara! ¿La vas a desperdiciar por una empleada? No. Me niego. Esto no va a ocurrir. Tomaré café con ella, hablaré con ella de Sara, ella me hablará de su novio y fin." Si. Me estaba convenciendo a mí mismo. Esto solo podía ser un malentendido, sigo siendo un hombre y es normal que si una chica es de buen ver, se la mire. ¿Pero pensar en algo más? ¡Ni de coña!
-... y se fue antes de terminar el partido -estábamos en el bar de la esquina tomando un café. Blanca sonreía, parecía encantada con la historia de la jornada del otro día en el Calderón -así que estoy esperando una llamada.
- ¡Eso es fantástico, Pablo! -respondió alegre -Me alegra que todo te salga bien.
- Bueno, no cantemos victoria todavía -bebí un sorbo a mi café. La temperatura de mi bebida era cercana a la del núcleo solar, así que rápidamente cogí el vaso de agua que siempre pedía y calmé el fuego que ardía en mi lengua -es una oportunidad, no tengo la seguridad de que todo salga bien.
- Eso es cierto... Ojalá todo saliera bien... -bajó la mirada. Algo le ocurría.
- ¿Qué ocurre? -¿qué pasa? Soy muy curioso.
- Nada, déjalo. No tiene importancia. -Psicología femenina: Si le digo que tiene razón y cambio de tema me arrancaría la cabeza por cualquier tontería. Tomen nota, lectores.
- Venga, Blanca, cuéntame...
- Bueno, es una discusión con mi chico, eso es todo -ella no se atrevía a tocar el vaso de su café. El camarero se reía de forma maléfica tras la barra al vernos sufrir con ese café hirviendo -es algo habitual, no lo tengas en cuenta.
- ¿Habitual? ¿Discutís habitualmente? -vale, la cosa empezaba a ponerse fea.
- Quizá más de lo habitual. No le gusta que tenga a hombres como amistad, no lo entiende.
- ¿Es que quedaste con algún amigo?
- No, volví en el tren contigo y le hablé de ti -me hizo sentir mal. Fui motivo de una discusión.
- Soy tu jefe, ¿no entiende eso?
- Eres mi jefe de puertas para adentro, pero...
- ¿Pero?
- Pero te considero una persona en la que confiar fuera de la oficina -eso me alegró un poco más -y si quiero que seas mi amigo. Te sabes mi vida, me sé tu vida... ¿Por qué no?
- Yo también lo pienso, Blanca -me había cogido desprevenido -Yo también lo pienso...
- Me alegra poder contar contigo, Pablo.
- Eh, ¿por qué no cenas esta noche en mi casa? -espera, espera, ¿qué? Para el carro, amigo. ¿De dónde coño saqué eso?
- Pues... -se quedó en silencio un momento -¡Claro! ¿Por qué no? Iré a Parla, me arreglo y quedamos por aquí.
- ¡De lujo! -¿cómo que de lujo? ¡Que alguien me controle! -Y si quieres, puedo llevarte a Parla cuando terminemos en coche.
- Está bien. Terminemos estos cafés y volvamos al trabajo, que esta noche lo vamos a pasar muy bien.
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