- En su mesa, señor -dije, sonriente, a pesar del susto.
- ¿Y desde cuándo están ahí? -preguntó extrañado
- Desde ayer.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien en el trabajo. Trabajaba con un objetivo: salir de allí lo antes posible. ¿Y por qué? Bueno, querido lector. ¿Qué mejor que llegar a casa y tener la mesa preparada, el gato cuidado, todo recogido y a la persona que amas esperándote para comer? Llegaba una media hora antes del trabajo y se encargaba de todo. Aunque durante algún momento de la comida me pregunté qué sería de ella en su anterior residencia, ya que se pasaba los días en mi casa. No me importaba, pero supuse que sería algo digno de hablar.
- Cariño -pregunté cuando terminé de comer aquel delicioso Rissotto - ¿Dónde vives?
- Pues... -se quedó callada y se limpió los restos de sus comisuras - vivo con mis padres. Pero ellos tampoco se preocupan demasiado si aparezco o no.
- A mí me encanta que estés aquí -dije, había que poner seriedad en el asunto - pero no creo que a ellos les guste que estés aquí tanto tiempo.
- No sabía que te molestara...
- En absoluto, amor. Pero ya que vas a estar aquí tanto tiempo, por lo menos dilo. Tampoco es algo tan preocupante, ¿no?
- En absoluto, pero... no quiero hacerlo sola.
- ¿Aún no te acuerdas lo que te dije?
- ¿Qué?
- Que no tenía pensado dejarte sola nunca...
Salí en la estación de Renfe de aquel villorrio de las afueras de Madrid. La imagen que daba era muy bonita, pues dos Tranvías de color verde y blanco se adueñaron de los andenes plagados de personas que esperaban y corrían para entrar en aquellas serpientes metálicas. Gente de todas las etnias, y mucho color. Sara no parecía muy contenta, aunque tomó mi mano y caminó decidida avenida abajo. Era peatonal, sólo atravesados por las vías, y bien decorado con césped y algunas plazas de estilo moderno, aunque con algún detalle antiguo. Bajando la calle pasamos al lado de la majestuosa Iglesia, bastante antigua, pero imponente al fin y al cabo.
- No te voy a mentir -dijo Sara, caminando deprisa - no me gusta este lugar. Por eso trabajo en Madrid.
- Pues a mí me resulta un lugar bastante bonito -dije - y está lleno de color y gente de todo tipo.
- Está lleno de pokeros -repuso ella -esto da asco.
- ¿Qué es un pokero? - pregunté con curiosidad
- Un cani, los chulos imbéciles que van con la gorrita sintonizando la TDT y todo el puto día en chándal, se sienten los dueños de la ciudad cuando no son más que basura.
- Oh, vaya -repuse - Con lo cómodo que es un chándal...
- No me jodas, Pablo...
- No, ahora no. Estamos en la calle.
Llegamos a un barrio muy diferente a la imagen que estaba teniendo de la ciudad, más cercano a un lugar de menor nivel. Muchos parques entre bloques, mucho extranjero y tiendas pequeñas de todo tipo. Es más, me pareció ver un Sex Shop.
Sara llegó hasta un portal situado entre dos bloques, con un pequeño parque ajardinado, y abrió la puerta. Seguí su rastro hasta el tercer piso, donde se dirigió a una de las entradas e introdujo otra llave. Por fin, accedimos a su piso. Era muy pequeño, contaba con tres habitaciones, un baño diminuto y un salón-comedor que daba al parque ajardinado.
- Cogeré lo más necesario -dijo Sara, sacando una maleta de su armario - no creo que tarde demasiado. Siéntate en el sofá y espérame.
- ¿Necesitas algo de ayuda? -pregunté
- En absoluto. No sabes dónde están las cosas. Si quieres algo de beber, ve a la nevera.
- Está bien.
Me dirgí a la cocina y saqué de la nevera una lata de cerveza. Desde que estaba con Sara, era una de mis bebidas más tomadas a diario. Y la disfruté mientras la veía sacar frenéticamente ropa del armario y meterla en aquella gran maleta. Cuando estaba sacando las cosas de un cajón de la mesita de noche, levantó la cabeza alarmada.
- Oídos a Cerebro, ese es el sonido de la llave abriendo la puerta.
El sonido de la puerta al abrirse aceleró aún más si cabe el ritmo de Sara de sacar cosas y guardarlas en la maleta. No miró orden, no miró sucio o limpio, no miró necesario o estorbo. Se centró en meter cosas y terminar cuanto antes. Los pasos fueron de la entrada a la cocina, y después al salón donde se encendió el televisor. Ya terminada la maleta, Sara metió en su mochila algunos objetos de más valor, como un ordenador portátil, una cámara de fotos y una caja de madera, y se dirigió al salón.
- Me voy, Mamá -dijo Sara, tímidamente - Me voy a vivir a otro sitio.
- Vale -dijo su madre - pero tráeme tabaco antes.
- No -respondió Sara - Me marcho del todo.
- ¿Cómo que no, niñata? - la madre, enfurecida, se levantó - ¡Aquí harás lo que se te ordene!
- ¡No! ¡Me voy y ya está!
- ¡No te vas a mover de esta casa! - y la madre se lanzó contra su hija, puño en alto. Pero, por supuesto, me interpuse en su camino.
- ¡Señora! -grité, sujetándola, aunque sólo miraba con ansia asesina a Sara - ¡Tranquilícese!
- ¿Y quién cojones eres tú? - me gritó su madre, con un enfado monumental.
- Soy Pablo, el novio de Sara, y va a venir a vivir conmigo porque le viene mejor para ir al trabajo y porque, por lo que veo, no se encuentra muy cómoda estando aquí.
- ¿Y quién coño te crees que eres para decir dónde tiene que vivir mi hija?
- Pablo, por favor, para... -Sara estaba destrozada -dejaré mis cosas en la habitación y ya está...
- No. Ve hacia la puerta.
- Pablo...
- Sara, no hay réplica -dije, y miré a su madre -Mire, señora. No tengo el gusto de conocerla más personalmente, pero viendo lo visto creo que lo más conveniente es que Sara se quede conmigo a vivir. Yo trataría de hacerlo mejor, pero acaba de demostrarme que he de llevármela casi por la fuerza para que no sufra más estos ataques.
- Eres otro subnormal más. Se cansará de ti y volverá, así que deja de hacerte el machote porque no vas a ganar nada -dijo su madre, algo más tranquila después de mi respuesta - Dentro de una semana o dos estará durmiendo en su habitación, como siempre. No me preocupa.
- Eso habrá que verlo... -y cogí la maleta y cerré la puerta tras de mi. Con Sara de la mano.
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