Buenas noches.
Ya sé que un e-mail no es una solución adecuada a estas cosas, pero me veo en la obligación de hacerlo así, por la cuenta que nos trae.
He estado pensándolo durante un tiempo, y creo que no deberíamos vernos más. El motivo es sencillo, que tú existas me trae problemas con la persona a la que amo, y como comprenderás, prima su bienestar al tuyo. Con esto no quiero decir que no me importes, simplemente que ella me importa más que tú. Por lo tanto, me harías un favor dejando de aparecer por la puerta de mi trabajo, por la puerta de mi casa o por cualquier lugar que sabes que frecuento, porque te he visto espiarme más de una vez.
Ha sido maravilloso en general, pero sabías que después de marcharte del hotel ya nada sería lo mismo. Y entiende que yo haya seguido mi vida al igual que tú seguiste la tuya. Esto era cosa de cada uno, y cada uno lo ha hecho a su manera.
Aunque he de decirte que aquel tiempo contigo fue maravilloso. Fuiste la primera, fuiste mi amor desde siempre y nunca me fallaste. Me hiciste ver que el paso del tiempo tenía sentido si era contigo a mi lado, me sacaste la sonrisa en los peores momentos y fuiste el motivo principal para irme a la cama. Compartir mis noches contigo fue lo mejor que me pudo pasar entonces, y es algo que no olvidaré nunca.
Gracias por todo, y mucha suerte. Te la mereces.
Hasta Siempre
Pablo
En un e-mail pude expresar todo lo que sentía, y eso me ayudó a dar un paso difícil. El paso de decirle adiós a mi pasado y comenzar un nuevo presente para un mejor futuro. Bendito Internet, qué fácil hacía las cosas cuando uno lo necesitaba.
Por supuesto, no recibí la respuesta. Ella leía su correo todas las mañanas, recordaba su costumbre de verla al ordenador cuando me despertaba para ver si tenía alguna noticia de sus hermanos, perdidos por el mundo trabajando en diferentes ámbitos. Pero pude suponer que después de todo, lo último que quería era saber de mí.
- ¡Espinosa! -Del salto le di un golpe a la mesa y un poco de café salpicó mi camisa
- Oh, mierda...
- Siempre le veo perdido ahí y siempre tengo la misma reacción. Discúlpeme -dijo, sacando unos pañuelos.
- No tiene importancia. Ahí tiene los informes que me pidió -respondí, restándole importancia a la mancha de café que había en mi camisa nueva
- No venía a hablarle de eso - dijo- aunque gracias, me ha hecho un favor terminándolos tan pronto.
- ¿Qué ocurre, señor? -pregunté
- Verá, es que... Bueno...
- No se preocupe -dije, levantándome y dirigiéndome hacia la cafetería con él -Sabe usted que hay confianza.
- Hoy he quedado con la chica que le dije - pidió dos cafés y dos dulces, que pagó de su bolsillo.
- ¡Qué bueno! Me alegro de que le vaya bien en ese asunto.
- Es una suerte, la verdad...
- Quiero un informe completo de lo que ocurre hoy con ella, ¿entendido?
- Está bien -contestó el Señor Fernández - Pero mañana no vendré a la oficina. ¿Cuándo se lo entrego?
- Ayer
Sueño cumplido: responder con su misma medicina. El señor Fernández no pudo evitar reírse, y no le molestó en absoluto. Así que, con una sonrisa, volví a mi puesto de trabajo.
Ese día fue bastante tranquilo en cuanto a trabajo se refiere. Mis compañeros pasaban a saludar, y mientras charlaba con ellos iba dando los últimos retoques a todo el trabajo de la semana. Me pasé más tiempo tomando café o paseando que trabajando, y esas cosas siempre eran divertidas. Y salí sonriente a la puerta.
Pero ahí estaba ella. Susana, con un vestido rojo ajustado, una chaqueta de cuero negra y los tacones a juego con el vestido y los labios, esperaba impaciente mi salida del trabajo. Intenté hacerme el sueco, pero se me lanzó sin miramientos.
- Pablo, por favor, espera - me decía, tirando de mí
- Te lo dije, Susana. Te lo puse en el e-mail. ¡Te pedí que no volvieras por aquí!
- Por favor, es lo último que te voy a pedir...
- ¿Qué quieres? -dije, dándome la vuelta.
- Si es cierto que esto se acabó... deja que me de un último placer.
Y me besó sin reparo alguno. Yo traté de evitarlo, pero la veía tan frágil que no quise hacerla daño y esperé con semblante serio y sin corresponderlo a que terminara. Apartó su rostro del mío y miró detrás mía, más sonriente aún. Y cuando me di la vuelta...
Ahí estaba Sara.
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