miércoles, 9 de noviembre de 2011

11. ...Y ganó el amor

Era un viernes más. Estábamos Sara y yo viendo la televisión cuando de repente sonó el teléfono. Fui a levantarme para responder, pero ella fue más rápida y se lanzó al aparato.

- ¿Si? -preguntó de forma dulce al descolgar.
- ...
- Si, pero recojo el recado yo misma.
- ...
- ¡Sara! ¿Y usted?
- ...
- ¡Ah! Un placer.
- ...
- Algo así.
- ...
- No lo sé, no hablarán tan a menudo...
- ...
- Es que yo no...
- ...
- ¿Qué? ¡Entonces estoy ahí de fijo!
- ...
- No, de ese no...
- ...
- Pues si, ¿qué pasa? ¿Es que es malo?
- ...
- Está bien, allí nos veremos. ¿A qué hora?
- ...
- ¡Perfecto! Allí estaremos.
- ...
- Igualmente, un beso.
- ¿Quién era, Cariño? -pregunté cuando terminó la llamada.
- Se llamaba Alfonso, y nos ha invitado a ver al Atleti este domingo.
- ¿Alfonso?
- Si, Alfonso. ¿Le conoces?
- Joder, es mi padre, claro que le conozco...

Y si, querido lector. Eran las ocho y media de la noche de aquel oscuro domingo, iluminado por las farolas, los coches y las luces del Coliseum Alfonso Pérez. Qué casualidad, Alfonso y Aroa, mis padres, aguardaban en una de las puertas de acceso al estadio. Mi padre era alto, con el pelo corto y canoso y con un rostro similar al mío, pero con barba, también canosa. Vestía con una chaqueta larga y unos vaqueros, y en la solapa de la chaqueta pude ver el pin de oro del Real Madrid que siempre portaba en los partidos en los que su amado equipo no jugaba. Mi madre no era tan alta, pero disfrutaba de un cuerpo ejemplar para la edad que tenía, y ni corta ni perezosa portaba la camiseta de su amado Rayo Vallecano. Y ahí estaba yo, con mi camiseta rojiblanca, todo un orgullo... de la mano de una chica sonriente que, sobre su jersey, presidía la camiseta azulona del Getafe.

- ¡Menuda estampa! -dijo mi padre, abrazándome - Cuatro madrileños, cuatro clubes de Madrid y cuatro aficiones distintas. ¡Quién lo diría!
- Me cae bien la chica -repuso mi madre, también sonriente - Vine aquí hace poco también, a ver cómo ganábamos...
- Menos lobos, Caperucita -respondió Sara - A la vuelta os la devolveremos.
- Os toca venir al Valle del Kas, nena. No es tan fácil.
- Bueno, dejemos de discutir y ocupemos nuestras localidades antes de que todos los aficionados empiecen a amontonarse en las puertas.

Mi padre consiguió asientos en el mejor lugar, y pudimos disfrutar del partido desde la mejor panorámica. El estadio no llegó a llenarse, pero tampoco hacía falta para disfrutar de una buena jornada. Mi Atleti partía como favorito, y los jugadores parecían querer comerse ese estadio. Pero, apoyados por mi amada Sara, los jugadores del Getafe se asentaron bien en el campo para dar un buen espectáculo de fútbol.
El partido empezó de cara para mis colchoneros, tanto que a la media hora de partido Falcao transformó un penalti que acarreó la expulsión de Lopo. Viento en popa y a toda vela para los Indios. Fue entonces cuando mi padre, con su clase y estilo, se dirigió a una Sara nerviosa y atacada por la superioridad del contrario.

- Bueno, Sara -dijo mi padre, tras beber de su refresco - ¿cómo conociste a Pablo?
- Ah, fue en el Metro -respondió ella - Me pegó un pisotón de la hostia.
- Mi hijo siempre tan patoso... -repuso mi madre, que me dio una colleja
- ¡Lo siento, mamá! Tenía mis motivos para andar sin cuidado.
- ¿Cuales eran? -preguntó mi padre.
- Iba mirando a una rubia despampanante -añadió Sara.
- No era una rubia cualquiera... -dije, melancólico
- ¿Era...? -dijo mi madre, preocupada.
- Si. Pero bueno, caso cerrado, no quiero darle más vueltas al asunto.
- El caso es que discutimos -prosiguió Sara - y le saqué una cena en el Friday's por la cara. Oye, ya que me llevo el pisotón, por lo menos que me lo pague como es debido...
- Y la invité a cenar por un simple pisotón... - ¡Es que es absurdo! Pero bueno, mejor eso que nada.
- ¿Y desde cuándo estáis juntos? - preguntó mi madre, con curiosidad.
- Pues... - Pequeño detalle sin importancia: No habíamos hablado eso.
- Esto... -Sara tampoco supo responder.
- Vamos a ver, que esto merece una aclaración -dijo mi padre, desde su asiento - ¿Me estáis diciendo que lleváis un tiempo juntos, que incluso Sara ha hablado conmigo por teléfono desde tu casa, y no puedo llamarla "nuera" aún?
- Tampoco lo hemos hablado en ningún momento, papá -respondí
- Pues va siendo hora de que mováis el culo. Los dos -dijo mi madre, hasta cabreada.
- Yo... ¡Árbitro, hijo de puta, eso es falta! -el grito nos sorprendió a todos
- ¿Tú qué, Sara? -dijo mi madre -No es plan de echarle la novia a mi hijo como cuando era pequeño, pero Cielo... me lo dejáis a huevo los dos.
- Mamá, por favor... -si, parecía un niño.
- No quiero que me salgan las cosas mal, Aroa. Eso es todo.
- Hagamos una cosa, Sara -dijo mi madre -¿confías en tu Geta tanto como en Pablo?
- Supongo que si, aunque confío más en Pablo.
- Mira, es sencillo: Si el Getafe pierde o empata, no le doy más vueltas al tema. Pero si ganáis, esta noche habláis sobre salir en serio.
- Creo que ese fue el motivo por el que me casé con ella, por su originalidad -dijo mi padre, entre risas.
- Bueno... es muy arriesgado -dije yo -Lo tienen muy jodido.
- ¿Qué? - gritó Sara -¡Por mi santo coño que esta noche tú y yo salimos de aquí como novios! ¡Dale Geta, que esta es nuestra ocasión!
- ¿Dónde te criaste, niña? -preguntó mi madre
- En Parla. Vamos, Abdel, cabrón, que tú si que sabes darle...

Y... Gol del Getafe. Abdelaziz Barrada botó una falta que terminó en el fondo de las redes y puso el empate en el marcador. Y llegamos al descanso con ese marcador. No recuerdo mucho de las conversaciones del intermedio, pero mi padre estaba sonriente. Muy sonriente. Sólo me acuerdo de lo que me dijo al bajar a por más bebida y comida:

- Hijo, he visto algo en ella que no tiene ninguna de las personas que han pasado por tu vida. Lucha. Lucha a muerte, no te rindas, y menos si tu batalla es por ella.
- Pero... ¿por qué por ella?
- En cuarenta y cinco minutos de juego he visto más cosas a su favor que en Susana durante seis años.
- Tengo que hablar con vosotros sobre Susana. Hablé con ella hace unos días.
- ¿Y qué tal?
- Me estuvo engañando con otro...
- ¡Más razón para luchar por Sara!
- ¿Eh? ¿Qué tiene que ver?
- Cometerás fallos, hijo. Muchos. Algunos ensuciarán tu nombre hasta el extremo de no poder limpiarlo nunca. Pero luchar por lo que quieres a pesar de lo que has hecho o lo que te han hecho limpiará tu alma. ¿Qué más da que el resto no lo vea? Tú serás mejor. Ese es el hecho.
- Gracias por estas palabras, papá.
- Llámame cuando las necesites, sabes que en casa siempre tienes una cama y un plato de comida. Bueno, mejor dicho... tenéis.
- Aunque suene raro... es la primera vez que quiero que pierda el Atleti.
- No lo veo tan fácil, hijo. El Getafe está con diez, notarán pronto el cansancio.

Tres minutos después de empezar la segunda parte, Barrada pone un centro corto desde el lateral del área para que Míchel lo peine de cabeza y adelante a los azulones en el marcador. Dos a uno para el Getafe y Sara daba saltos de alegría. Yo tenía una sensación extraña, era una mezcla entre el sufrimiento colchonero y un alivio. Quizá esta noche habría esperanza para un nuevo futuro.
- Bueno, bueno... -dijo Sara, mirándome de forma pícara - ¿qué le pasa a tu Atleti? Estamos con uno menos y os hemos cascado otro.
- Cuestión de tiempo -respondí, tratando de parecer cercano a la postura del fan nervioso -seguimos siendo favoritos. Deja que Falcao caliente...

Y si, ahí estaba Domínguez, que desde la frontal del área disparó con ganas, rebotando el balón en un defensa e impidiendo al portero responder bien al rechace. Empataba a dos el Atleti en el Coliseum, y Sara volvió a su asiento. Se mordía las uñas, no podía más.

- Vaya, vaya, vaya... -dijo mi padre, sonriente - El partido por el Amor se está haciendo un duro acontecimiento...
- ¿Seguro que Pablito será capaz de dejar de lado su orgullo colchonero? Yo le veo preocupado...
- Mamá, por favor, no molestes...
- Llevo un día de fútbol de la ostia -repuso ella -Tu padre me ha llevado esta mañana a ver al Madrid, y verle casi bailar con los siete chicharros que le ha cascado al Osasuna. Pero después lo ha arreglado llevándome a ver al Rayo. Menuda le ha caído a la Real...
- ¿Por eso traes la camiseta? -preguntó Sara
- ¡Claro! Si hemos llegado hace un rato...
- Eso... Eso ha sido penalti -dijo mi padre, cortando la conversación
- ¿Qué? -Sara miró al campo de nuevo -¡Penalti, penalti! Joder, ¡qué bueno!
- Vamos, hombre, ¡eso no ha sido penalti! -repliqué.
- Puede que en las botas de Diego Castro tengamos la respuesta a esta historia... -dijo mi padre, que se levantó para ver el disparo.

Efectivamente, Diego Castro puso el balón en el círculo de la pena máxima y tomó carrerilla. Courtois, el jovencísimo portero colchonero, miraba al ejecutor con confianza. Era un momento épico, Sara temblaba y yo también. Un disparo podía significar el comienzo de algo más grande. Tomó aire y se acercó al balón en carrera... Rasa y al palo derecho. Courtois se lanzó al izquierdo.
Sara saltó de su asiento, al igual que los miles de seguidores del Getafe que poblaban el Coliseum esa noche. Mi padre aplaudía y mi madre acompañaba a Sara con sus abrazos. La gente estaba feliz, y yo, que debería estar saliendo del estadio por deshonra colchonera... me quedé.

Ocho minutos más el descuento. El marcador no cambió. Tres a dos a favor del Getafe. ¿Y cómo selló el partido Sara? Con un beso apasionado.

Jamás olvidaré ese partido. Otra derrota de mi Atleti. Manzano diciendo que hay que sentir la camiseta y el atletismo dolido. Pero... había ganado el amor.

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