viernes, 11 de noviembre de 2011

16. Heridas del pasado

Buenos días, Cariño
Hoy llegaré tarde a casa. Voy a ir a casa de mis padres y no sé cuánto tardaré, así que no me esperes para comer. He dejado algo de comida precocinada en la nevera para que no tengas que ponerte a cocinar después de trabajar. Llámame si lo necesitas, tengo el móvil aquí.
Te amo
Sara

   Con esta nota me desperté aquella mañana, con el cuerpo más que cansado y con unas ganas tremendas de volver a irme a dormir. La noche había sido movidita, pero era hora de levantarse y arreglar el estropicio del salón y la habitación.
   Los daños materiales no eran cuantiosos. El cuadro con el escudo del Atleti se había caído al suelo y el cristal se había roto, había una botella de Vodka negro derramada por toda la mesa y la ropa estaba revuelta por todas partes. Tomé más tiempo en limpiar las manchas negras que tintaban el mantel y el suelo, y en recoger los cristales. Volví a colgar el cuadro, a pesar de ser notable que el cristal estaba incompleto.
   Estaba terminando cuando escuché el timbre de la puerta.

   - ¿Quién es? -dije, desde detrás de la puerta.
   - ¡Pensé que no estarías! ¿Puedo pasar? Traigo pasteles.

   - ¡Alerta roja! ¡Alerta roja! -Cerebro se puso a la defensiva y organizó al cuerpo - Necesitamos energía en todas las partes del cuerpo y un refuerzo en mis funciones. ¡Corazón, drena más sangre!
   - ¿Cómo quieres que drene más? -dijo Corazón, agotado -Estoy destrozado de ayer. ¿¡Qué coño pinta ella aquí!?
   - No lo sé, te juro que no lo sé - espetó el Cerebro, que dio orden de abrir la puerta a las manos - Pero espero que todas las oraciones que tengo en la base de datos y todo el trabajo que he hecho no se vaya al traste...

   - Vaya -dije, al abrir la puerta - Eres la última persona que esperé ver aquí...
   - Es normal -dijo Susana, sonriente, con una bolsa de "La Gloria", nuestra pastelería favorita - Pasaba por La Elipa y compré pasteles, ya sabes...
   - Si, yo voy a menudo. Pasa, prepararé café.

   Vale. ¿Qué pintaba Susana aquí? Miles de preguntas surcaban mi cabeza mientras llenaba la cafetera con mezcla y la cerraba. No entendía nada. Ella misma había dicho que todo había terminado, incluso yo mismo pensé que no volvería a verla. Pero ahí estaba, sentada en el sofá, en el mismo sitio que siempre ocupaba cuando vivía aquí, acariciando a Nuka de la misma forma que hacía años atrás y con la misma sonrisa que siempre tenía en el rostro. Sentí que todo lo que me ocurrió fue un sueño, y que volvía a mi vida cotidiana...

   - ¿Qué te trae por aquí? -dije, sirviendo el café en la mesita y sentándome a una distancia prudencial de ella
   - Pues, no sé. Estaba dando una vuelta tranquilamente y pensé que podría pasar a saludarte...
   - Después de afirmar que era el adiós definitivo -repliqué - y cerrarme la puerta en las narices, no pensé que te volvería a ver...
   - Me equivoqué, Pablo -cabizbaja, dejó de acariciar a Nuka, que ronroneaba sin parar -Me di cuenta que si te necesito.
   - ¿Y Erik? -pregunté- ¿Dónde te has dejado al Superman?
   - No le volví a ver desde que nos cruzamos en el Metro.
   - ¿Pero no vivía contigo? Me echaste de tu casa porque venía él...- Espera, espera, esto empieza a oler muy mal...
   - No, imbécil. Era una excusa para que te fueras y pudiera parar de sufrir. No quería seguir discutiendo.
   - ¿Y por qué? ¿A qué coño vienen todo esto?
   - No lo sé, joder -se levantó, y se acercó a la ventana - ¿Crees que yo he elegido lo que siento?
   - Está claro que si.
   - No, no está claro. Me comporté como una cría, salí corriendo en vez de enfrentarme a mi vida, a mi realidad. Erik era una aventura, pero tú eras seguridad, eras mi vida...
   - Y me dejaste tirado en Venecia con el anillo de pedida - me empezaba a enfadar.
   - ¡No puedes hacerte a la idea de lo que es, Pablo! - con su grito, vinieron los lloros - ¡No puedes ni imaginar lo que es sentir esto por dos personas diferentes!
   - Pero es normal que, cuando eliges, pierdas a una de las dos personas - Inimaginable. Estaba aguantando sin hundirme cada acometida.
   - Si, lo sé. Te perdí. Me arrepentí desde el instante que abandoné Venecia. No me lo perdonaré jamás.
   - ¿Y crees sinceramente que después del error que cometiste yo sonreiré como si nada ocurriera y volvamos a estar bien?
   - No -dijo Susana, entre lágrimas - Yo quiero demostrarte día a día lo que significas para mí.
   - Tengo pareja - dije, mirando el móvil - Llegas tarde.
   - Nunca es tarde, Pablo - dijo ella, que cogió su bolso y se dirigió a la puerta -Y te lo demostraré.
   - Susana, ¿por qué ahora decides que todo ha cambiado y que vas a luchar por mí? - pregunté desde la puerta, con las lágrimas esperando salir disparadas por las avenidas de mis mejillas.
   - Porque viniste a verme... Y sentí que nunca te habías ido. Y él hace tiempo que no viene, y no le echo de menos.
   - Necesito pensar, márchate - y cerré la puerta lentamente, escuchando el tímido "Te quiero" que Susana me dijo antes de desaparecer de mi vista.

   Y entonces corrí a mi habitación, cogí las llaves de mi RX-8 y salí disparado al garaje. Allí, flamante y solitario, reposaba mi coche, que no había sido tocado en semanas, más concretamente desde que Sara apareció en mi vida, y aceleré con fuerza. El depósito estaba llena y la Gran Vía, despejada.
   Bajé hasta la Cibeles, giré a la derecha y seguí en dirección a la carretera cuando alcancé Atocha. El cuentakilómetros no bajaba de los 180 por hora, y yo veía borroso debido a las lágrimas. Quería llegar, necesitaba llegar, y en menos de quince minutos alcancé aquel pueblucho de las afueras. Tuve que preguntar a mil personas cómo alcanzar su barrio, pero en veinte minutos estaba en ese portal. Fue entonces cuando me tomé dos pastillas de Tiadipona y llamé desesperado con mi móvil.

   - Hola amor -dijo Sara, con tono alegre -¿Qué tal la mañana?
   - ¿Estás en casa de tus padres? - mi tono de voz era deprimente, y un tanto preocupante.
   - Si, aquí estoy, ¿qué ocurre? -preguntó con la preocupación evidente.
   - Estoy abajo.

   Sara bajó corriendo y miró a todas partes. Me enfadé mucho porque no era capaz de verme, pero se me olvidó el detalle de que nunca le dije que tenía coche. Así que toqué el claxon y ella se acercó a la ventanilla. Me pidió que bajara, así que puse las luces de emergencia y me bajé del coche. Entonces ella acarició mi rostro empapado por los lloros y me abrazó.

  Y... me calmé.


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