- Cariño -dije, sonriente
- Dime, mi amor -respondió ella, acariciándome
- Quiero que vengas conmigo. Tengo que ir de viaje de negocios, y me encantaría que estuvieras conmigo durante esa semana.
- Sería fantástico -respondió ella -pero... ¿y mi trabajo?
- Por favor, le has pedido más permisos a tu jefe que yo mismo, que soy funcionario. Es una ocasión especial...
- ¿Estás seguro? ¿Cual es el destino?
- Lo tienen que prefijar, porque hay varios lugares y van a mandar a varias personas. Lo sabré pronto.
- Está bien. Mañana mismo hablaré con mi jefe.
Y así fue. Partimos un lunes para volver un domingo por la noche, y llegamos a aquel hotel perdido en la ciudad. Y fue otra maravillosa de lo mismo: Paseos a la luz de la luna, cenas en preciosos restaurantes, y sexo pasional y desenfrenado.
Fue el sábado al volver al hotel. Fue entonces cuando me decidí. Después de una larga noche sin descanso, me dirigí a la maleta y tomé el estuche.
- Susana -dije, con la mejor de mis sonrisas - ¿me harías el hombre más feliz del mundo? ¿Te casarías conmigo?
- Pablo, yo... -su satisfecha sonrisa se transformó en un rostro inexpresivo, incluso triste - No puedo casarme contigo.
- ¿Por qué? -pregunté, anonadado.
- No me pidas una explicación. No puedo.
- Pero... ¿cual es el problema, amor?
- ¡No me vuelvas a llamar así! -gritó, buscando su ropa - Me marcho, Pablo.
- ¿Cómo?
- No te preocupes, ya me apañaré.
- Toma -dijo Sara, con la pastilla y la botella de agua en la mano -me desperté con tus gritos.
- Lo siento, Cariño...
- No tienes que disculparte. Tómate la pastilla y descansa, ya me encargo yo de que estés protegido el resto de la noche.
El trabajo fue horrible. Llovía a mares, no se podía ver casi nada por una bruma matinal que aguantó hasta la tarde y el frío calaba hasta lo más profundo mis huesos. Tiritaba por inercia, a pesar de estar a resguardo de los factores climatológicos. El señor Fernández, con su típico estilo duro y pasota, no vino en toda la mañana, y me permitió descansar mi orgullo y mantener mi estado anímico y no tumbarlo por los suelos.
No. No la había olvidado. Ahí seguía su recuerdo, ahí seguía su imagen y su perfección. Ahí seguía ella, hurgando en mi Cerebro y saliendo cuando menos la necesitaba. Aunque sentía que la necesitaba de nuevo. Volvió a despertar la necesidad en mi corazón. La necesidad de verla... y algo me decía que lo cumpliría.
Salí del Metro, y a pesar de todo, no encontré a Sara en la puerta. Esperé diez minutos, pero viendo el poco éxito, salí corriendo calle arriba. Por suerte, ella vivía ahora cerca de mi trabajo, y lo supe gracias a mis contactos en el ayuntamiento. Parecía un enfermo, pero lo necesitaba.
Subí las escaleras y llamé a aquella puerta de color blanco. Su voz decía "Ya va, ya va" detrás, y yo temblaba nervioso y expectante. Y se abrió la puerta. Me encontré con ese rostro angelical de nuevo, pero mejorado. Espera, yo ya había visto a esa persona antes...
- Te vi en el Metro hace una semana o así... -dije, algo asustado
- Si. Sonreí por inercia -respondió ella, algo cabizbaja - Fueron tantos años juntos que fue casi por costumbre. Pero se me olvidó que ya sería difícil que me reconocieras.
- Es cierto, te veo mucho mejor... -la miré de arriba abajo. Había cambiado notablemente.
- Es todo por el trabajo, y por Erik, que se ha ocupado de hacer de mi una buena modelo.
- ¿Quién es Erik? -pregunté.
- Creo que deberías pasar. Tengo muchas cosas que contarte...
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