martes, 15 de noviembre de 2011

26. Quién lo diría

   - ¡Espinosa!
   - ¡Joder, señor Fernández! -respondí asustado -Si me grita de esa forma, un día me va a matar del susto.
   - Perdone, Pablo -dijo. Espera. ¿Me llamó Pablo?
   - No, no se preocupe. ¿Se encuentra bien? - Seguro que no. ¡Me había llamado Pablo!
   - Bueno, he tenido un mal fin de semana...
   - Vaya... No quería hacerle recordarlo.
   - No, no se preocupe...
   - ¿Quiere usted un café y me cuenta? Quizá así, después de desahogarse, ambos podamos trabajar mejor.
   - ¿Qué le hace pensar que usted trabajará mejor?
   - Sabiendo que mis superiores están mal, no puedo trabajar bien...
   - Está bien, vayamos a por ese café.

   Yo no me lo podía creer. Ángel Luis Fernández, el jefe de mi departamento de cuentas, estaba contándome sus problemas sentimentales. El "Señor del Pasado" por sus coletillas me hablaba de lo mal que lo pasaba, y tenía sentimientos más allá del amor por el trabajo bien hecho y la presión a sus trabajadores. Me tuve que tomar una pastilla por la mezcla de sentimientos como la impresión, la euforia y la risa contenida, pero con un sentimiento de empatía bastante profundo.

   - Verá, soy un tipo soltero y triste. Tenía mujer y tengo dos hijos, a los cuales veo a menudo, pero ya no es lo mismo. Tienen un padrastro que les quiere, y ellos ya apenas se acuerdan de su padre. ¿Puede imaginarse lo mal que puedo pasarlo cuando pienso que ni mis propios hijos me quieren?
   - Bueno, señor Fernández, yo le aprecio y estimo mucho -dije, para apaciguar los ánimos
   - Usted no es mi hijo, sólo un funcionario más de este sitio.
   - Ya, pero detrás del funcionario trabajador también hay un ser humano con sentimientos, y para mí es usted un tipo con mucha valía que se ha ganado el respeto de sus trabajadores con mano dura, pero atención plena y bastante fiabilidad.
   - El problema no es ese, Espinosa -dijo, bebiendo de su taza - Mis problemas van más allá. Verá, hay una chica, un cielo de mujer, que me atrae desde hace tiempo.
   - ¿Y cual es el problema?
   - Pues que hago todo lo posible por quedar con ella, pero o no tiene tiempo o me lanza largas. ¿Lo ve normal?
   - ¿Tiene ella pareja, señor? -pregunté, analizando la situación
   - No, en absoluto. Lo dejó con su anterior novio recientemente.
   - Quizá lo que le ocurre es que no desea tener una relación ahora, que quiere relajarse...
   - Pero yo no puedo vivir sin ella...
   - ¿De qué la conoce?
   - Pues fue una coincidencia. Yo iba a coger un avión y ella caminaba radiante por el aeropuerto. Nos quedamos mirándonos el uno al otro y ella chocó contra un escalón un poco traicionero, tropezando. Me acerqué a ayudarla con sus cosas esparcidas por el suelo, y nos dimos el número de teléfono para quedar.
   - Y quedaron, ¿no?
   - No exactamente. El trabajo me quitó mucho tiempo, pero no hace mucho recibí una llamada suya, y hemos quedado varias veces desde entonces.
   - Eso siempre son buenas noticias.
   - ¿Usted cree?
   - Bueno, piense que ya ha tenido más de una cita con ella. Peor hubiera sido no haberla tenido, ¿no cree?
   - Si, en eso tiene razón.
   - Vuelva a quedar con ella, sea más directo, más decidido. Seguro que así mejora su relación.
   - Tendré que probar.
   - Piense que el "No" ya lo tiene. ¿Por qué no luchar por el "Si"? Es mucho más grato.
   - Tiene razón. Lucharé.
   - Me alegra saber que tiene en cuenta mis consideraciones. ¿Puedo tomarme el resto del día libre?
   - No. Quiero los balances para la semana pasada.

   Volví a casa alegre. A pesar de tener mucho trabajo, el señor Fernández cambió por completo. Mostraba una sonrisa radiante, y yo me alegraba mucho por su cambio de humor. Además, Sara también parecía muy animada, y por ello fuimos a pasear por Madrid por la tarde. Compramos pasteles, tomamos algo en un restaurante bonito... Fue una tarde fantástica.
   Hasta que llegamos a casa. En el portal, sonriente, estaba Susana esperándonos.

   - Hola Pablo -dijo, alegre -Pasaba por aquí y me decidí a esperarte para saludar.
   - Hola, Susana -respondí. Sentía, con perdón de la expresión, los cojones en la garganta -No tenías por qué molestarte...
   - Después de lo del sábado, no quería perder el contacto.
   - ¿Lo del sábado? -Sara me miró extrañada. Oh, oh...
   - Si, luego te lo explico, Cariño.
   - Más te vale - dijo, y salió disparada al portal. Subió sola.
   - Te dije que no te acercaras, que debía ser un secreto...
   - Pero no podía esperar a verte de nuevo.
   - Pues haciendo estas cosas, no me volverás a ver -dije entrando en el portal y dejándola, mirando. Su rostro cambió la expresión, pero me daba igual. Me importaba un poco más Sara, que ahora no debería estar muy contenta...



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