- Si, el encontronazo en el Metro fue algo fortuito -respondió - Madrid es muy grande, pero seguimos viviendo en la misma ciudad.
- ¿Es que pretendías no tener que volver a verme?
- Pablo, ¿qué esperabas? ¿Que aceptara ser tu esposa sin más? Es un paso muy importante.
- Bueno, son seis años, creo que ya es tiempo para pensar que se pueden estar muchos más...
- Si... Siempre y cuando no te estén engañando...
- ¿Eh? -tuve que dejar el café sobre la mesa -¿engañando?
- Pablo, yo... Yo conocí a Erik poco después de hacer tres años. Y desde entonces, fue mi amante.
- ¿Tu... amante? -Necesitaba urgentemente un poco de yeso para arreglar al Señor Corazón, que acababa de partirse - ¿Quieres decir que estuve tres años siendo un segundo plato?
- No es eso, joder -respondió, con lágrimas en los ojos - No podía seguir viviendo en ese cuento de hadas tan continuado, tan lineal.
- ¡Eramos felices, joder!
- ¡Estábamos estancados en una asquerosa rutina! - su grito retumbó en todo el apartamento - Todos los putos días, después de trabajar, me iba a tu casa y preparaba la comida para mi novio. Dábamos paseos por los mismos sitios, cenábamos en los mismos sitios, salíamos con la misma gente... ¡Un puto círculo vicioso!
- ¿Y por qué no me dejaste? -la voz se quebró a la mitad, me quedaba sin fuerzas
- Porque me dabas seguridad. Porque si Erik no estaba, tú seguirías estando. Porque eras mi primer amor, y eso no se marchaba, aunque mi sentimiento por Erik era mucho mayor. Lo retuve para llevar una vida, más o menos, decente. Pero cuando todo estalló, tuve que elegir en un minuto... y le elegí a él.
- No lo entiendo... si tanta seguridad te daba, ¿por qué te marchaste?
- Porque casarme contigo supondría hundirme del todo. Ahora soy feliz, Pablo, ¿no lo entiendes?
- No, no lo entiendo. No después de seis años de relación. Aunque ya veo que tres de ellos fueron una mentira...
- ¡No fueron una mentira, Pablo! -estaba muy nerviosa, tanto que se le cayó un poco de café al suelo - Tuve que elegir, tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida, y todo por no hacerte daño. ¿Te gustaría haberte casado conmigo y enterarte años después que no puedes ni entrar por la puerta de los cuernos que tienes? Yo te quería, claro que te quería, pero no quería seguir estancada.
- ¿Y por qué no me pediste cambiar? ¿Por qué?
- Porque Erik ya me daba lo que tú no serías capaz de darme tú. Lo que me dabas tú y lo que no hacías.
- Debería haberme quedado con la duda... Debí haberme quedado con la puñetera incertidumbre...
- Tú me has buscado, tú has venido. Creo que es obvio que te merecías una explicación. Ahora... -se levantó y se dirigió a la puerta, para abrirla e invitarme a salir -tienes que irte. Erik vendrá en un rato. No quiero que coincidas con él.
- ¿Este es el adiós definitivo? -dije, desde detrás de la puerta.
- Será lo mejor para los dos.
- Está bien...
- Adiós, Pablo.
- Adiós, Susana.
Y la puerta se cerró en mi cara. Con la chaqueta en la mano, salí a la calle. La noche ya había caído en Madrid, al igual que la tormenta, que cubría de agua cada rincón de la ciudad. Caminé calle abajo, a coger el Metro delante de mi trabajo, porque era mejor combinación. El sonido que me rodeaba era el de la lluvia repiquetear contra los charcos, el de las pisadas de la gente refugiándose de la lluvia, y voces mezclarse con el agua. Todas hablaban del mal tiempo, del partido de esa noche, de dónde cojones estaba... Espera...
- ¡Llevo desde las tres de la puta tarde buscándote, y van a ser las seis! -Me gritaba Sara, llorando y golpeándome en el pecho - ¿Dónde cojones te has metido?
- Estaba haciendo cosas... Y no te vi al salir. Por eso me fui.
- ¿No te dio por pensar que estaba ya en casa esperándote, gilipollas?
- ¿Estabas en mi casa?
- ¡Te había preparado la puta comida!
- ¿Cómo pasaste a mi casa? -pregunté, extrañado, y dolorido en general
- Recé porque Sandra tuviera las llaves de tu casa y, sabiendo la confianza que tenéis, sabía que tendría una copia. Estuve dándole de comer a Nuka y te preparé sopa y algo de carne que había comprado, pero empezaste a tardar... y yo empecé a preocuparme...
- ¿Por qué no me llamaste al móvil?
- ¡No tenía saldo! Y no sabía dónde recargar...
- ¿Y por qué no me llamaste con el teléfono fijo de mi casa?
- ¡Estaba muy nerviosa, joder!
- Anda, vamos a casa. Creo que necesito esa sopa...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
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