viernes, 18 de noviembre de 2011

29. Es el fin, y el principio

   - No es lo que parece -dije, acercándome a Sara para abrazarla
   - No, claro que no -respondió, empujándome -No ha sido nunca lo que parecía.
   - ¿A qué te refieres?
   - Has jugado a dos bandas. ¡Por eso no te deshacías de ella!
   - ¿Estás loca? -estaba empezando a ponerme nervioso, ¿dónde estaba mi Tiadipona cuando más la necesitaba...? - ¡Si me ha besado ella!
   - Tampoco te has resistido...
   - No quería hacerla daño, por eso no la he pegado un empujón, pero era lo que quería hacer.
   - Si, ahora busca una excusa -sacó de la mochila la copia de las llaves de mi casa y las tiró al suelo -Llegas un poco tarde. Ya no me valen.
   - No, Sara -dije mientras ella volvía a la boca del Metro -No te vayas, no es lo que parece...
   - ¡Espinosa! -la voz del señor Fernández no pudo esa vez sacarme del sopor. Pero si su puñetazo. Caí al suelo y noté como mi ojo izquierdo se iba hinchando por momentos.
   - ¿Pero qué hace, desgraciado? -grité poniendo mi mano en el ojo
   - Si, ha sido él -dijo Susana, agarrada al brazo del señor Fernández -el muy hijo de puta me besó a traición...
   - ¿¿Qué?? - De acuerdo, fue aquí donde todo perdió de verdad el sentido.
   - Trato de ser amable, abro mi corazón para usted y me traiciona de esta forma, robándole un beso a la mujer de la que llevo hablándole todo este tiempo...
   - ¿Era ella? Oh, dios mío...
   - Nos veremos el lunes, Pablo Espinosa -añadió el señor Fernández, tomando a Susana por la cadera y comenzando a caminar - Y haré lo posible porque sea la última vez que nos veamos...

   ¿Podría haber algo peor después de todo lo ocurrido? Si. Empezó a diluviar. Y yo, sin paraguas, y con el ojo hinchado, aún no me había levantado del suelo. Aunque, realmente, me daba igual. Ese día volví a pie a casa.
   El camino se hizo interminable. Llegué alrededor de cuatro horas después a casa, empapado. Mi cara mezclaba el agua de lluvia con el sudor de mi cuerpo por la caminata y las lágrimas que me recorrían, además de algo de sangre de mis manos que se hirieron al caer. Al restregármelas por la cara para secarla, la sangre se quedaba pegada en mi prominente barba, dándome un aspecto más tétrico si cabe.
   Cuando abrí la puerta, noté el olor de la lasaña inundando mi casa. Y no se me ocurrió nada mejor que caer de rodillas en el suelo y volver a llorar. Ella siempre estaba aquí para comer conmigo, pero hoy se había marchado, quizá para no volver nunca más...
   Así que me cambié, me lavé la cara y serví dos platos. Uno para mí, y otro para Nuka, que pareció disfrutar más que yo de la lasaña, que yo no pude terminar.
   Inmediatamente después me fui a dormir, pero no lo conseguí. Era imposible, el frío me había atrapado y no encontraba el calor por ningún lugar. Estuve un rato viendo la tele en el salón, y cuando noté que me pesaban los párpados me metí en la cama sin pensarlo y me quedé dormido.

   ... Corrí sujetando a Sara, hasta que tropecé con los trozos de un banco de aquella inmensa Catedral. Dejé caer su cuerpo, pero con un gesto hábil ella cayó de pie, y yo me di de bruces contra el suelo de mármol. Entonces se acercó a la puerta y, antes de que yo pudiera acercarme pasa salir, la cerró en mis narices de un golpe. Ya no había escapatoria. Caería con la enorme Catedral allá donde el destino dictara. Era mi final...

    Era una fría noche de Noviembre, las gotas de lluvia repiqueteaban contra el cristal de mi ventana y lancé mi mano contra la mesilla de noche en busca de aquel bote de pastillas que siempre me acompañaba, pero no estaba ahí. Me levanté de un salto cuando no las noté entre mis dedos. Siempre estaban ahí, nunca faltaban a su cita con mis pesadillas, pero hoy llegaban tarde para salvarme una noche más. Y tampoco estaba Sara para ofrecérmelas... En un estado de cólera, las busqué por toda la habitación. Parecía un vendaval, un tifón. Levantaba ropa, cajones, armarios, el canapé... Pero no estaban. Mi Bentazepam no estaba ahí, mi Tiadipona no estaba en la mesilla, y yo me estaba volviendo loco.
Después de revolver hasta el último rincón de mi apartamento, volví a la cama e intenté reconstruir lo que había hecho durante el día. Intentaba pensar envuelto en mis blancas sábanas... pero tampoco podía. Porque aún olían a ella. Aún olían al perfume de frambuesa de Sara. Ese toque dulzón de su perfume seguía impregnando todo a mi alrededor. Inspiraba y me hechizaba, mis párpados en una reacción suave se cerraban, mi sonrisa aparecía entre el sudor y mis sentidos se calmaban... y mis terrores se agudizaban.
Grité. Grité con todas mis fuerzas hasta que el último aliento que solté sabía a sangre. Después, sumido en el dolor, me sumergí en mi mar de lágrimas, agarrado a mis rodillas y temblando como si estuviera desnudo en el Polo Norte. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y las articulaciones, todo me daba vueltas. Prefería arder en el fuego del Infierno, pero dudo que fuera peor que ese momento.
   Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Tenía que luchar por recuperarla... y sólo tenía una persona que podría ayudarme.

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