viernes, 11 de noviembre de 2011

17. Las cartas sobre la mesa

   - ¿No me vas a contar qué te ocurre, Pablo? -preguntó Sara, cuando monté en el coche de nuevo.
   - No es algo de lo que me guste hablar...
   - Pablo, por favor... - suplicó desde la ventanilla -deja que te acompañe.
   - Vendré a recogerte por la noche. No te despegues del móvil.

   Y con un rechinar de ruedas, mi fiel y negro corcel surcó la carretera buscando una salida. Salí buscando la autopista más cercana. No importaba el destino, no importaba el motivo, no importaba el precio. Tenía que cabalgar. Tenía que volar. Y para volar a veces hay que pisar el suelo. Con el pedal.
   La carretera desaparecía tras de mí, y mis ojos empapados dejaron de ser un problema para continuar el camino. Ya me había acostumbrado a llorar mientras conducía. Solía hacerlo para despejarme, para olvidar todo y empezar de nuevo. Era una especie de botón de Reset con forma de coche. Sólo en ocasiones especiales, y cuando era muy urgente, sacaba mi Mazda a quemar el asfalto. Desde siempre, mi conducción era temeraria, e incluso mi padre me pagó más de un día en el Circuito del Jarama para conducir bólidos y hacer esto que hago, sin peligro de matarme ni matar a nadie. Pero hoy no era el día de llamarle.
   Cuando creí haber fijado objetivo de ida y vuelta, reduje una marcha y el motor rotativo de mi RX-8 rugió con fuerza. Mi espalda se pegó al asiento y los coches que recorrían aquella autopista se quedaban atrás mucho más rápidamente. No miraba la aguja del cuentakilómetros, pero mi vista periférica y mi experiencia decían que debía haber superado los 200 kilómetros por hora hacía ya unos minutos. No bajaba el ritmo, tomaba las curvas amplias casi en derrape, sin miedo.
   A mitad de camino, la lluvia golpeó con fuerza sobre la luna de mi coche. Aunque era mi coche el que destruía cada gota que se atrevía a ponerse en su camino. Las formas finas del vehículo hacían deslizar la lluvia a través de sus líneas, y el limpiaparabrisas funcionaba a tope. Ni una tormenta podría parar mi viaje kamikaze.
   Llegué a mi destino cuatro horas después de salir. Una gran ciudad que no me había parado a mirar ni su cartel. Busqué una gasolinera para rellenar el depósito, hambriento de combustible, y aparqué cerca de un garito que parecía tener un buen ambiente. Había algunas personas fuera, fumando al refugio de un soportal, y unas chicas jóvenes trataban de impresionar a esos chicos con sus vestidos de noche y su estilo ardiente y empapado por la tormenta.
   Entré a aquel garito sin pensarlo, pero era más solitario de lo que pensé. Bastante amplio, con muchas mesas distribuidas por el local, y una barra sólo ocupada por el camarero de buena presencia y dos hombres que hablaban de fútbol tranquilamente. En una de las mesas, poco iluminadas, pude ver a un hombre con una copa mirar al infinito sin esperar ninguna compañía. Pedí una cerveza y me acerqué a él. Quería conversación.

   - ¿Está ocupado este asiento? -pregunté
   - ¿Qué más dará? -respondió, con un tono afectado por el Bourbon que tomaba
   - Necesito hablar con alguien -y me senté a su lado.
   - ¿De dónde vienes? -ahora tenía curiosidad. Era joven, tendría más o menos mi edad. Unas pobladas ojeras decoraban un rostro demacrado vestido de traje y con una maleta apoyada bajo la mesa
   - De Madrid
   - Un capitalino aquí... Muy raro, ¿no?
   - Cogí mi coche y aceleré. Me ha traído hasta aquí.
   - ¿Qué coche tienes?
   - Un RX-8
   - Vaya, bonito bólido.
   - Gracias. ¿Qué te trae por aquí? No parece que estés muy alegre...
   - No vengo aquí para sonreír, sino para curar mis penas en copas cargadas de Bourbon y de tristeza.
   - Te expresas muy bien, tío -dije, tratando de sonreír.
   - Soy escritor, a tiempo parcial con mi trabajo en la oficina -pegó un largo trago a su vaso y apuró los restos para tomar otra más
   - Espera, a esta invito yo.
   - Gracias, tío. ¿Cómo te llamas, y qué haces aquí?
   - Soy Pablo. Estoy mal por asuntos... sentimentales.
   - Bienvenido al club, pues. Mi ex me dejó sin nada más que dolor. Se llevó hasta mi inspiración.
   - Mi problema es que mi ex ha vuelto, a pesar de que yo me he enamorado de otra persona - Es muy triste tener que hablar con un desconocido borracho de mis problemas, pero... lo necesitaba.
   - Y estás liado, ¿no es así?
   - Exacto. Yo amo a Sara, pero mi ex... No sé, fueron muchos años.
   - No estoy para ayudarte, amigo -dijo, bebiendo del nuevo vaso que tenía -pero sólo he de decirte que tienes que tener paciencia.
   - No estás en situación de decirlo -repuse
   - Espero bebiendo porque el alcohol evita que piense tanto en lo desgraciado que soy.
   - Es muy triste decir cosas así.
   - ¿Qué digo, si no? Estoy en este oscuro garito, en esta oscura mesa, bebiendo siempre lo mismo...
   - ¿No has pensado en cambiar de lugar? - miré a todas partes -No sé, quizá este no sea tu lugar.
   - Este es el que mejor me viene.
   - ¿Te sientas siempre aquí?
   - Desde que ella me dejó...
   - ¿Y por qué no pruebas a cambiar de sitio? Este es muy tétrico...
   - Siempre le he dado vueltas a pasarme a aquella mesa de ahí -dijo, señalando una delante mía -Por lo menos tiene un foco, no es tan oscura...
   - Hazlo. Siempre viene bien un cambio de percepción.
   - Lo pensaré. Y tú mira en tu corazón. Ahí siempre está la respuesta.
   - Gracias -dije, y terminé la cerveza, dejando un billete en la mesa para que se cobrara -si el cambio te da para otra, tómala a mi salud.
   - No lo dudes.
   - Por cierto, ¿cómo te llamas? No me has dicho tu nombre.
   - David -respondió - Ha sido un placer.

   Me dio pena aquel hombre. Aunque una chica bastante atractiva se acercó cuando vio que el billete que yo había dejado sobre la mesa tenía un color anaranjado bastante apetecible. Por lo menos, esa noche, no estaría solo. Y, con suerte, no muchas más.
   Aceleré todo lo que pude, y me decidí a hablar con quien más lo necesitaba.

   - Buenas noches -dije yo mismo - ¿Qué tal le va?
   - Buenas noches, Pablo -dijo el Señor Corazón - Me alegra que quieras hablar conmigo directamente.
   - Ya iba siendo hora de tener una charla a solas, ¿no?
   - Lo era, lo era. ¿Qué te incomoda?
   - Susana o Sara. Sara o Susana...
   - Sabía que esa era tu preocupación -respondió orgulloso -porque me estás liando. No sé por quién latir.
   - Quería preguntarte a ti por quién debería.
   - Es una buena pregunta, Pablo. Pero muy difícil de responder. Los amores del pasado nunca mueren, sólo se hacen un lugar diferente.
   - Y Susana ha venido a recuperar su sitio... -dije, preocupado.
   - Y lo ha hecho, por lo que veo.
   - No quería ser así de explícito...
   - Tranquilo. En el fondo, yo soy tú. Y no está mal a veces hablar con el jefazo.
   - ¿El jefazo? -pregunté con curiosidad
   - Por supuesto. El Cerebro organiza, yo doy ritmo... cada uno tiene su función.
   - Vaya, un buen equipo...
   - Por un buen dueño. Aunque hay más de un rebelde.
   - ¿Rebelde? Yo noto mi cuerpo bien.
   - Que sea rebelde no significa que esté mal. Simplemente es muy tonto.
   - Vaya, no sabía que había relación...
   - Todo está relacionado. Si no fuera por la sangre que yo le dreno, no sería nadie por mucho que se motivara.
   - Vaya...
   - Pero volvamos al tema. ¿Qué piensas hacer?
   - Iré a casa de aquella que tú me digas -dije
   - Pero eres tú el jefe -respondió el Corazón - la decisión tienes que tomarla tú...
   - Si te pregunto es porque no sé qué hacer.
   - ¿A quién necesitas ahora mismo? -preguntó el Corazón, interesado.
   - No sé, necesito calma.
   - Susana es la respuesta.
   - ¿Si?
   - Claro. Ella sabe la rutina, no se sale de lo normal. Calma.
   - Pero... es lo que ella odia.
   - Entonces Sara. Es un ciclón, esa chica...
   - ¡Me estoy liando aún más!
   - Has venido a preguntar. Asume las consecuencias de que tus líos también me afecten a mí.
   - Lo siento...
   - No sientas. Soluciona. No sirve de nada que digas que estás arrepentido si no haces nada por solucionar tus problemas.
   - Entonces... ¿Sara o Susana?
   - No hagas lo que yo te diga. Haz lo que tú más desees. En el fondo, yo solo soy un músculo que bombea...

   Dejé mi mente en blanco. Incluso cerré los ojos. Dejé que me invadieran mis sentimientos y ellos tomaran el control. Fue instantáneo, y cuando abrí los ojos vi la luz...

   La luz de un camión que venía de frente.


Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario