domingo, 13 de noviembre de 2011

21. Un simple aviso

   - Ronda de reconocimiento -dijo Cerebro, mientras yo miraba por la ventana a la mañana siguiente - Quiero ver si hay algún problema por ahí abajo.
   - Todo en orden en el grupo de la piernas, señor -dijeron los pies como portavoces -estos zapatos nuevos son comodísimos, y los pantalones que has elegido hoy no traen problemas. 
   - Sistema digestivo OK -dijo el estómago -Ese donut y ese café para desayunar ya están dirigiéndose a sus respectivas zonas de excreción.
   - Brazos bien -dijeron las manos - aunque sujetar la cabeza mientras miramos por la ventana es poco productivo, así que en cuanto termine el informe regresaremos al teclado.
   - ¿Qué tal estás, Corazón? -preguntó el Cerebro - Desde el día del problema con el camión no eres el mismo.
   - Si, estoy más callado -dijo Corazón, con voz grave -porque creo que ya no tengo más que decir.
   - ¿A qué te refieres? Tu opinión siempre es importante.
   - Lo sé, sé cuales son mis funciones. Pero digamos que ya tengo mis procesos establecidos, ya hemos conseguido lo que queríamos, no tengo por qué hacer más ruido...
   - Eso lo dudo, Corazón. ¿Qué sería de mí sin ti?
   - Un órgano inútil molestando para caminar -respondió Corazón al Pene, que reposaba tranquilo
   - Bueno, sólo quería saber cómo te encontrabas, y si seguías latiendo tan fuerte como antes -el Cerebro parecía preocupado, a pesar de todo
   - Eso siempre, pero el hecho de preguntarme a mí la decisión y no a ti me chocó bastante...
   - ¿Por qué?
   - Porque yo no tengo respuestas...
   - Eso es mentira, Corazón -dijo el Cerebro, centrándose en su compañero situado en la caja torácica -Tú tienes la última palabra, al fin y al cabo. 
   - ¿Y por qué yo? Sólo soy un músculo que drena sangre.
   - Eres más que eso. ¿De qué me serviría a mí actuar tan sistemáticamente si no es por una apetencia, por una pasión, por una meta?
   - ¿Y qué tiene que ver eso?
   - Que es por ti por quien tenemos un motivo para actuar, para reaccionar, para luchar. ¿Es que no lo entiendes, Corazón? Tú eres nuestro motor.
   - No me veo tan importante, después de todo.
   - Quizá tengas un mal día. 
   - O una mala vida...
   - No digas eso nunca, Corazón -respondió Cerebro, dando la orden de volver al trabajo a todos - Siempre hay un motivo por el que vivir, incluso para querer morir.

   El día transcurrió sin demasiados altercados. Era viernes, la gente pasaba animada a través de los pasillos y yo deseaba salir de ese cubo al que llamaban despacho para llegar a casa y ver a Sara. Esa tarde tenía más ganas de verla que nunca, ya que por alguna extraña razón yo estaba un poco ausente. El señor Fernández me dio algo de trabajo, y me dijo que me tomara mi tiempo. Era la primera vez que no tenía que volver al pasado para entregarle material, y me sentí cómodo. Tanto que no me di cuenta hasta pasados diez minutos que todo el mundo se había marchado ya. 
   Salí a la puerta, y el día estaba nublado. Las calles estaban transitadas y ahí, entre la marabunta de gente agolpándose en la calle, vi su cabellera rubia recogida en una coleta. Su ojo derecho estaba amoratado, su labio partido y cosido y algunas vendas en ciertas partes de los brazos y el cuello. Se acercó a mí, pero me saludó de lejos.

   - Susana, por Dios -dije acercándome a ella y abrazándola de forma instintiva - ¿Qué ha pasado?
   - Oh, nada -dijo ella, sonriente - Tuve una discusión.
   - ¿Con quién? -Si Sara era capaz de llegar a estos límites, tenía miedo de hacer que me odiara...
   - Con Erik. Ya le hice saber quién es la persona a la que de verdad amo...
   - ¿Él te hizo esto?
   - No, sólo lo del ojo y lo de los brazos. El resto fue un accidente con el coche.
   - No entiendo...
   - Unos chicos volcaron mi coche con su furgoneta. Salieron y me dijeron de parte de Sara que no me acercara a ti o sufriría las consecuencias.
   - Siento mucho todo esto, de verdad... Se lo tuve que contar.
   - Lo comprendo, no te preocupes -me acarició suavemente, y su mano vendada me hizo sentir horrible -pero no tienes la culpa de que ella sea así o haga esas cosas.
   - Deberías hacerle caso, sólo por tu seguridad.
   - No me importa mi vida si tú no eres parte de ella...
   - ¿Por qué no quieres comprender que ya no eres parte de mi vida, Susana?
   - Porque sé que mientes. Y lucharé.
   - Yo te pido que pares. Si no puedes por ti, al menos, hazlo por mí...
   - Me pides demasiado, Pablo.
   - Lo suficiente para saber que estás a salvo. 
   - Lo pensaré. No te prometo nada. Sólo mi Corazón tiene la respuesta.
   - Pues escúchalo con calma, y ten cuidado. Hasta luego.

   Iba en el Metro, y volví a fijarme en los rostros de las personas que iban sentados allí. Todos sonreían, charlaban sobre el tiempo, sobre fútbol y el partido de la Selección Española de ese domingo. También hablaban de la crisis, del cambio de gobierno y de las tetas de la morena que ocupaba el último asiento del vagón. A mi alrededor, la vida fluía tranquila. Y mi corazón latía igual que siempre. Con las mismas ganas de ver a Sara que tenía cuando salí del trabajo.
   

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