Terminé de comer, recogí lo que había puesto y, viendo que aún era pronto, cogí a Nuka, dejándolo a un lado, y levanté en volandas a Sara para llevarla a la cama, donde yo también descansaría un rato.
- ¿Qué tal el trabajo? -su voz era una mezcla de susurro, gemido y gruñido. Estaba bien dormida...
- Agobiante. Tenía ganas de volver a casa para verte.
- Pues aquí me tienes...
- Si, y vamos a dormir -dije, tumbándola sobre el lecho.
- Eso me gusta más -respondió sonriente, aunque con los ojos cerrados.
Cubrí su cuerpo con la sábana y me cambié para acompañarla en su dulce sueño. Cuando me dejé caer sobre la cama, reptó como pudo hasta abrazarse y acurrucarse en mi regazo. Y, después de quedarme sonriente unos minutos, caí dormido.
Me desperté con un sobresalto. Sara ya no estaba a mi lado, y hacía algo de frío, quizá porque las ventanas estaban abiertas. Ya había anochecido, y la oscuridad poblaba mi casa, aunque había un atisbo de luz en el salón. Lo más llamativo era escuchar a Nuka, que maullaba sin parar.
Me levanté de la cama y fui al baño. Sara estaba tumbada en el sofá, viendo la televisión, pero no dijo nada a pesar de saludar. Al salir del baño fue cuando todo cambió: Frente la televisión estaba Susana, sonriente, mirándome. En sus manos vendadas reposaba un bate de baseball ensangrentado y en su rostro había una sonrisa más que diabólica.
- Se te olvidó cambiar la cerradura, Cariño -dijo Susana, apagando la televisión manualmente y dejando todo a oscuras, sólo iluminado por las luces de la calle.
- ¿Qué has hecho? -pregunté asustado, tanteando cada rincón de la habitación. Busqué el interruptor, pero no funcionaba la luz.
- Me he tomado mi vendetta personal. ¿Crees de verdad que iba a dejar que esa zorra se quedara contigo? - la voz de Susana sonaba cerca, muy cerca.
- ¡Maldita seas! ¿Qué le has hecho? - me lancé contra el sofá y pude rodearlo para ver a mi amada.
- ¿Yo? Nada malo. Apalearla hasta que se dejó de mover.
Sara yacía inerte en el ensangrentado sofá. Su cuerpo estaba completamente deformado y amoratado, tanto que tuve incluso ganas de vomitar. El brazo derecho estaba partido, los dedos de la mano izquierda parecían colgar de la propia piel y el cráneo estaba hundido completamente, emanando sangre de la gran grieta que coronaba su cabeza.
Me levanté, lleno de furia, y me lancé a la caza de Susana a ciegas por mi casa. Su voz me llamaba dulcemente, tentándome, y yo la seguía sin pensar. Quería matarla, quería hacerle pagar lo que le había hecho a Sara. Corriendo por la casa, tropecé con algo. Miré que era, y pude ver los restos de un Nuka partido por la mitad, cortado con el mismo cuchillo que ahora Susana tenía en la mano, a la cual podía ver sentada encima mía. Su mirada amoratada era la mejor muestra de locura que había visto jamás. El miedo me inundó, y empecé a llorar de forma nerviosa.
- Tranquilo, Cariño -repetía Susana, acercando el cuchillo a mi cuello - No pasa nada, tranquilo. Escúchame, Amor. Vamos, tranquilo... Despierta.
¿Despierta?
Con un grito ahogado salté sobre la cama, llevándome por delante a Sara, que trataba de calmarme. Rápidamente ella cogió mis pastillas y me las tendió, con una botella de agua.
- ¿Qué ha pasado? - dijo, nerviosa -Joder, estaba acojonada...
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