- Olvídalo -dije, cogiendo la foto y guardándola en mi bolsillo.
- Perdona... - Sara cambió. Supuse que su reacción sería la chulería gatuna digna de una madrileña castiza, pero simplemente cogió el trapo y siguió limpiando.
- No quería parecer borde... Lo siento -me excusé casi en shock, esa chica tan tierna no podía ser la Sara que yo conocía.
- Tranquilo, quizá he sido yo quien te ha molestado.
- No, no lo has hecho -dije, acercándome a ella.
- Lo mejor será que me vaya.
Cogió su chaqueta de color negro, sus zapatillas y se dirigió a la puerta. Cabizbaja, buscó sus cosas dentro de su mochila y se cercioró de que lo llevaba todo, pero cuando tomó el pomo de la puerta yo tomé su muñeca. Ella me miró, sus ojos brillaban con ganas de llorar, y mi rostro serio y preocupado no ayudaba a mejorar su estado de ánimo. No sabía qué la motivaba a estar así, pero yo no iba a dejar que ella estuviera mal.
La llevé al sofá, volví a dejar sus cosas sobre la mesa grande y llamé a Nuka, que vino raudo a mi aviso y se tumbó al lado de nuestra invitada. Cuando ya estábamos acomodados, metí la mano de nuevo en mi bolsillo y saqué aquella foto vieja. De fondo, un bello canal veneciano brillando bajo las luces de la ciudad, y sobre aquella góndola un beso centraba la atención de aquel que fotografiaba y de aquel que mira el papel impreso en una tinta que expresa amor, felicidad, una unión fabulosa, fantástica, infinita e inmortal. Una química no propia de dos seres humanos, un sentimiento dibujado en la retina de ese trozo de papel. En esa foto salía yo... besando a Susana. Su cabello rubio brillaba bajo la pura luz de la más bella Luna italiana, y su rostro moldeado en mármol posaba sus labios sobre los míos, parecía hecha para ese momento... Sara miraba la foto con el mismo rostro inexpresivo que la acompañó desde que le arrebaté la foto de sus manos, y me miró. Supuse que esperaba una explicación.
- Es Susana -dije, mirando de nuevo la foto - la única persona que ha tenido a bien quererme como algo más que una rata de biblioteca.
- ¿Puedo preguntarte qué ocurrió? - preguntó Sara
- Claro. Esta foto fue tomada un rato antes de que todo terminara. En nuestro hotel de cinco estrellas en la ciudad de los canales, yo preparé las cosas para una velada de lujo. Que concluiría con un detalle que jamás olvidaría.
- ¿Qué detalle? -tras la pregunta, me levanté y me dirigí a mi caja fuerte en la habitación. De ella saqué aquel estuche pequeño y lo llevé al salón. Me senté de nuevo a su lado y se lo mostré: Aquel anillo de oro con un bello diamante que me costó tanto conseguir.
- Era una pedida de matrimonio. Llevábamos juntos casi ocho años, y yo quería unirme más aún a ella. Llegamos después del paseo en góndola al hotel, tuvimos una suculenta cena e hicimos el amor a la luz de las velas. Cuando terminamos, y después de un rato abrazados, saqué el estuche y se lo pedí. Ella me miró, sonrió, se vistió y se marchó. No he vuelto a verla desde entonces, y fue hace más o menos un año - En ese momento me acordé de una frase que escuché en una canción perdida en mi memoria: "Una lágrima en un párpado que busca una salida, y piensa en sus mejillas como una avenida". Si, después del relato, tenía los 'Ojos Tristes'.
¿Y qué hizo ella? Tomó la foto y el estuche, el cual cerró, y lo metió en su mochila. Después volvió al sofá, se sentó a mi lado y tomó mi cabeza, la cual llevó a su regazo y se tumbó lentamente, dejando que yo también me adaptara a su cuerpo estirándose a lo largo del sofá. El latido de su corazón era todo el sonido que en ese momento pasaba por mi hogar. Ni Nuka hizo un solo gesto.
Pom pom... El calor de su pecho abrió mi mente. Pom pom... Mis manos recorrieron sus caderas y su vientre... Pom pom... Busqué en sus ojos una mirada complaciente... Pom pom... De bondad era esa chica un recipiente... Pom pom... Ella latía y yo sentí mi corazón inerte... Pom pom...
Me desperté ya de noche. Estaba acostado en mi cama, con la ropa que llevaba pero sin zapatillas. Me dolía la cabeza, sentía que otro terror se apoderaría de mi cuerpo en breve, y por eso lancé mi mano como siempre hacia mi mesita de noche, pero retrocedí. Entre la mesita de noche y mi posición estaba ella, durmiendo, al resguardo de mis sábanas. No me había dado cuenta que su brazo se perdía bajo mi camiseta, y sus dedos me hacían inocentes cosquillas al moverme. Me estaba abrazando antes de que yo despertara. Tenía los ojos hinchados, quizá de llorar. Tenía los Ojos Tristes...
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario