Cuando llegué al final de la Gran Vía pude verlo, en el centro de Plaza España. Era una enorme Catedral. Parecía recién salida del suelo, las piedras se agolpaban a lo largo y ancho de la plaza como si hubiera emergido literalmente de la tierra, y las balas y disparos correspondían a soldados valientes, que se lanzaban de lleno en una escalada casi suicida entre las rocas. De ellas salían otras personas, vestidas de civiles, que les atrapaban en masa y los devoraban sin contemplaciones.
Si quería acceder a la Catedral, debía ser rápido. Por el suelo encontré un cuchillo de guerra, un fusil de asalto y varios cargadores, además de una pistola. Me lo coloqué bien en el cuerpo y, cuando un soldado corría perseguido por varias personas pasaron por delante mía, salí corriendo a través de las piedras para llegar hasta mi objetivo.
Me acerqué a la carretera y abatí a tres personas con el fusil. Los soldados disparaban sin mirar, pero yo tenía cabeza y sabía cubrirme. Tuve que saltar detrás de un trozo del monolito central de la Plaza para cubrirme de los disparos de las balas trazadoras que acabaron con unas veinte personas que corrían en mi dirección. Seguí avanzando cuando los gritos de los soldados avanzaron también. Estaba en tierra de nadie: Vestido de civil parecía un enemigo más, pero estaba armado y disparaba también a los civiles que nos atacaban. Todo era una locura.
Había un nido en los subterráneos de la plaza, de la cual salían cientos de personas a cada minuto. Los soldados reprimían y eran reprimidos en masa en ese lugar, el cual rodeé sin miramientos. Mi objetivo estaba en el centro. Seguí abatiendo a aquellos que me perseguían y a aquellos que se abalanzaban sobre mí. En un momento dado, un niño saltó sobre mi espalda y trató de morderme el hombro, pero volé su cabeza con mi pistola antes de que pudiera hacerlo. Estaban poseídos, sus ojos eran totalmente blancos y no atendían a palabras. Por eso el ejército seguía disparando, a pesar de todo.
Llegué a las puertas, y allí tuve un percance: Me resbalé, y me hice una herida tremenda en la rodilla, la cual sangraba sin cesar, y más con la lluvia que cubría todo. Rompí mi chaqueta y, con un nudo, practiqué un simple cabestrillo al refugio de unas rocas. Los soldados no llegaban hasta aquí, algo se lo impedía, pero yo corrí a pesar del dolor y entré, guiado por una fuerza que me atraía sin poder evitarlo.
De estilo gótico, y sólo iluminado por unas velas en las paredes, aquella Catedral aterraba a cualquier ser racional que se atreviera a entrar. Ahí dentro el sonido de fuera no era más que un rumor, y a lo largo de la planta retumbaba la voz de un predicador encapuchado que se encontraba tras un altar. en el que reposaba un cuerpo femenino. El Cristo estaba al revés, y todos los allí presentes también llevaban grandes túnicas con densas capuchas.
Recitaba con calma, y hablaba de forma lenta, pero poderosa. Y sus palabras eran rotundas:
- ¡Ay de la Tierra y de la Mar! Porque el Diablo mandó la bestia con furia, porque sabe que se acerca la hora. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, porque es número de hombre, y su número es el Seiscientos sesenta y seis.
Entonces, todo el mundo se levantó y comenzó una oración silenciosa, y todo empezó a temblar. Corrí a través del pasillo hasta el altar, donde pude ver el cuerpo que reposaba sobre el Altar. Era Sara, desnuda, con los ojos cerrados. Y pude contemplar cómo el predicador levantaba un cuchillo para el sacrificio de la misma. Yo fui más rápido y disparé a matar. El predicador cayó abatido, y me acerqué a Sara corriendo. Ella abrió los ojos, pero... los tenía completamente blancos. Escuché aplausos detrás mía y me giré sin pensarlo. Un hombre con una capa roja aplaudía y se reía. Era el Señor Fernández.
- Bravo, Espinosa -dijo, sonriente - Has realizado el sacrificio correctamente.
Miré de reojo al predicador, y vi la figura mutilada de Susana, cuyos balazos en la cabeza y el cuerpo emanaban sangre. Cuando quise darme cuenta, me di la vuelta y vi que el Señor Fernández comenzaba a mutar. Se volvía más alto, le brotaban unas alas negras de la espalda y su rostro se tornaba el de un demonio. Sobrevoló toda la Capilla y se tomó más de un sacrificio humano. Yo empecé a disparar al blanco volante, pero era más rápido y conseguía esquivar las balas.
Fue entonces cuando Sara se levantó y me mordió en el cuello. Sentía la sangre fluir por la herida que me estaba provocando, e intentar zafarme de ella, pero era imposible. Con una fuerza enorme, sentí que ella misma me quitaba el arma que llevaba en la mano y me tumbaba sobre el Altar. En lo alto, el señor Fernández blandía una espada enorme, y se lanzó en picado contra mí para ensartarme, pero nadie contó con mi factor sorpresa: Me giré, dejé que atravesara la mesa y le clavé el cuchillo oculto en mis pantalones en el cuello. El demonio gritó, pero eso no me evitó sacar la pistola que aún conservaba y disparar repetidas veces contra su cabeza. El ser cayó rendido contra el suelo, y de nuevo todo volvió a temblar.
Sara me miró horrorizada. Desnuda, con la boca llena de sangre y llorando de terror, se quedó paralizada al ver la escena. Sus pupilas volvían a mostrar los dos círculos de color miel que indicaban que la posesión había terminado. Sentimos cómo la Catedral pretendía volver al subsuelo, y en una reacción casi heróica salté sobre el cuerpo del Señor Fernández, cogí a Sara en volandas y salí corriendo por las inmensas puertas antes de que todo desapareciera por aquel hueco.
Desperté sudando y gritando. Sara estaba a mi lado con un paño y una botella de agua.
- Llevas gritando más de una hora -dijo cuando me desperté -estaba algo asustada...
- Debe ser un problema tenerme así todas las noches -respondí, y tomé una pastilla
- No, no lo es. No quiero que te pase nada malo.
- Es normal que tenga pesadillas... o terrores nocturnos... o recreaciones de películas de Hollywood ambientados en Madrid y con Heavy Metal de fondo.
- Creo que, como tú no vas a poder dormir, y yo me he desvelado, me vas a deleitar con tu sueño...
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