jueves, 10 de noviembre de 2011

15. El roce de tu piel

 Pedro salió satisfecho. Había conocido a su nuevo yerno, y su sentimiento era evidente: estaba orgulloso. Yo me alegré al ver cómo abrazaba a su hija y le decía que las puertas de su casa seguía abierta por si en algún momento necesitaba volver, aunque decía que por lo que podía ver, no sería necesario.
   Sara y yo terminamos de recoger y nos tumbamos para ver la televisión un rato. A la mañana siguiente era fiesta, y ninguno de los dos teníamos que trabajar, así que teníamos toda la noche. Nuka dormía tranquilo en una esquina, y la película que ponían esa noche en la tele era un poco aburrida, así que me quedé mirando a la pantalla por costumbre.

   - Buenas noches, equipo -dijo Cerebro -Me siento orgulloso del éxito que estamos teniendo. Sin vosotros, todo este trabajo no tendría sentido.
   - Yo he de añadir -Corazón, desde su lugar, palpitó más fuerte - que desde que Sara nos acompaña, me siento más joven y más capaz de guiaros hasta un triunfo palpable. Llevaré el ritmo de todo esto con ganas.
   - Y yo he de añadir que necesito un apoyo urgente ya
   - ¿Qué ocurre, Pene? -dijo el Corazón, extrañado.
   - Ojos, queridos, ¿podéis fijarme en la retina?
   - ¡Marchando! -dijeron los ojos, que dirigieron su mirada a la entrepierna.
   - Informe de situación -dijo Cerebro
   - ¿Te lo digo o lo sientes tú? -repuso Pene, subiendo el tono -Esas caricias a mí me terminan conquistando...

   Fue sin más. Cuando quise darme cuenta, la mirada de Sara me estaba hipnotizando. Sus manos recorrían mi cuerpo suavemente, y se tumbó sobre mí para besarme apasionadamente. El calor se fue apoderando de todo mi cuerpo y empecé a actuar por instinto. Mis manos recorrieron sus piernas, subieron lentamente hasta su culo, el cual agarré con fuerza. Ese fuego que tenía dentro estaba volviéndome loco, y Sara lo notó. Con mi gesto, dejó de besarme y me miró sorprendida. Pero después se lanzó contra mis labios como si quisiera absorber hasta mi alma desde mi boca. Ese beso no era pasional, era salvaje. Perdí mi mano por su espalda y su pelo, con el deseo a flor de piel. Nuestra respiración se transformó en una melodía de suspiros e hiperventilación. Con fuerza levanté la camiseta que cubría su cuerpo, y con un gesto hábil y rápido con una mano desabroché su sujetador para que, con la otra mano, lo quitara y lo lanzara por ahí. Ella tiró de mi camiseta y terminó por rasgarla incluso, pero en ese momento no me importaba. Sólo me importaba el roce de su piel con la mía. Sentía sus pechos pegados contra mi, y sus manos revolver mi pelo desmesuradamente. Sentía sus besos húmedos en mi boca, en mi cuello, y sentía arder su cuello cuando lo besaba.

   - ¿Aquí o en la cama? - más que voz, era un gemido. Y eso me puso aún más.
   - En los dos.

   Me senté y dejé a Sara tumbada, para poder arrancarle aquellos vaqueros que tanto me gustaban. Le quedaban de lujo, pero pasó por mi cabeza la frase de "Esa prenda quedaría mejor en el suelo de mi habitación". Yo lo dejé en el suelo del salón, al igual que ese tanga rojo que le cubría lo poco que quedaba de cuerpo con ropa. Entonces me deleité con sus piernas, ardientes y temblorosas por el placer, hasta que volví a llegar a su entrepierna. Ella sólo supo agarrar mi cabeza con una mano, agarrarse al sofá con la otra y gemir descontroladamente.

   - No puedo -decía como podía - si sigues así no podré controlarme...
   - No lo hagas -repuse, quitándome los pantalones.

   Yo empecé, pero fue ella quien terminó el trabajo, para poder jugar con su boca mientras yo me encontraba de pie. Me pilló desprevenido, no esperaba que lo fuera a hacer, y casi me fallan las piernas de placer. Cuando sentí que tampoco podía controlarme, ella misma se levantó y me sentó en el sofá con un empujón. De rodillas sobre mí, y a tientas en la oscuridad, tomó mi pene y suavemente lo introdujo dentro de ella.
   No puedo describir con palabras aquella sensación. Sentía que mi cuerpo ebullía pasión por todos sus poros. Cada acometida, ya fuera suya o mía, implicaba un conjunto de sentimientos que a mí me hacían perderme, aunque lo que más podía escuchar eran sus gemidos, ahora más cercano a los gritos. Me miraba, la miraba, y no teníamos que mediar palabra.
    Con un gesto hábil, deposité a Sara sobre el sofá y me puse sobre ella para continuar con nuestro acto salvaje. Con acometidas fuertes, pero con un ritmo lento, hacía el amor de la forma más placentera que sabía, y ambos lo estábamos disfrutando.

   - Pablo... -me susurró Sara, que me tomó del cuello con ambas manos y dijo -más rápido. Hazme gritar...

   Mis caderas eran una vorágine, un no parar. Sudaba, ese ritmo era inhumano, pero no podía parar. Ella misma me lo pedía, y trabajé con todo mi empeño en ello. Estuvo mirándome a los ojos todo el rato, me provocaba, y yo enloquecía por momentos. Me controlaba, pero no pude más cuando ella cerró los ojos y gritó con fuerza indicando que estaba terminando. Creo que yo hice algo similar, porque también terminé.
   Después de un rato tumbados sobre el sofá, respirando como podíamos, me levanté del sofá y miré a todas partes. Nuka no estaba en su esquina, la ropa estaba tirada por los lugares más insospechados. Incluso mis pantalones habían tirado un cuadro de la pared.

   - ¿Muchos destrozos? -Sara se recomponía con la respiración algo entrecortada
   - Los justos. Nada importante. Espero no haber traumatizado a Nuka...
   - Se ha ido en cuanto ha visto mi camiseta volar. Le vi pasar a nuestro lado en dirección a la habitación.
   - Vaya -dije a Sara, acercándome y levantándola en vilo del sofá - ahí mismo tenía pensado yo llevarte...
   - ¿Es que quieres más? -volvió a mirarme así. Volvió a provocarme.
   - Te lo dije... Quería hacerlo en los dos sitios.

   Y Nuka tuvo que volver a su esquina del salón para no presenciar aquel acto más digno de dos bestias que de dos personas.


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