jueves, 3 de noviembre de 2011

1. La extraña noche

Cuando iba en el tren de camino a casa, siempre miraba a las personas que me rodeaban, las analizaba. Es una manía que tenía desde pequeño, cuando mi padre me llevaba cada fin de semana a ver el fútbol.
Me encantaba pasar las tardes de sábado o domingo viendo los partidos bajo el calor de miles de personas apoyando a muerte a su equipo. Y siempre teníamos la suerte de ver partido todos los fines de semana porque en mi familia hay una gran rivalidad en cuanto a fútbol se refiere. Mi padre, de familia pudiente, era madridista. Mi madre se crió en el Valle del Kas, así que ella es del Rayo. Y yo... yo salí tocapelotas y me hice del Atlético. Colchonero hasta la muerte. Así que, según qué fin de semana, íbamos a un estadio u otro. Creo que sólo vi un par de partidos por televisión en aquella época.
Esa noche, la gente tenía mala cara. Recuerdo que era viernes, pero el hecho de que ya lloviera no le hacía gracia a ningún madrileño. Eran las siete, y fue en el Metro de Tribunal donde ella entró. Medía alrededor del metro setenta, pero con los tacones de aguja rojos parecía más alta. Unos pantalones negros pitillos se ajustaban a sus esbeltas piernas y moldeaban una cadera de curvas apetitosas. Una blusa, a juego con los zapatos, se escondía tras una chaqueta de cuero, pero dejaban ver un generoso escote. Para rematar, el cabello dorado caía suavemente sobre sus hombros, sus azules y brillantes ojos se posaron sobre mí y sus rojos labios esbozaron una sonrisa. Yo, medio hipnotizado, sonreí de igual forma. Esa noche vestía unos vaqueros normales, unas zapatillas Adidas normales y corrientes y mi camiseta a rayas rojas y blancas con el número 9 azul a mi espalda y el flamante apellido del "Niño" Torres rematando una elástica de hace algunos años, con una chaqueta de chándal que normalmente llevaba, de color negro.
Me levanté, medio hipnotizado, y me hice lugar entre las personas que abarrotaban el vagón. Parecía una aparición divina, un ser divino que había tomado este tren para llevarme al paraíso, una diosa del Olimpo que quería presumir de divinidad, una musa que...
- ¡Mira por dónde vas, pedazo de subnormal! - el chillido de aquella chica al pisarla me despertó de ese mágico trance
- ¡Disculpa! -respondí, un poco enfadado por esa reacción tan agresiva -No te había visto.
- ¿No me habías visto? Me cago en la puta, macho. ¡Que vas en el puto Metro!
- Qué mal hablada puede llegar a ser la gente...
- Todavía te parto la cara, gilipollas.

Y después de la amenaza escuché el silbido de las puertas del tren cerrarse. Si, mi diosa rubia se había bajado y se besaba con un maromo tatuado y más fibrado que mis cereales. Ahora estaba en medio del tren, con una chica gritándome, y sin saber qué hacer.

- Perdona de nuevo -dije, a modo de total disculpa, teniendo en cuenta que ya no tenía ningún motivo para no prestarle atención - Estoy pasando por un mal momento y no sabía cómo reaccionar.
- Pero no por ello tienes que ir así por el Metro, mamón -dijo ella, dejando ver una pequeña sonrisa -que luego vas pisando a la peña y la lías.
- Disculpa entonces. ¿Puedo hacer algo para enmendar mi error?

Y ahí estaba yo, como un gilipollas, en la puerta del Friday's, pidiendo mesa para dos. ¿Y cómo llegué hasta allí? Pues no sabría decirlo. Esa chica no era nada del otro mundo: Zapatillas viejas, vaqueros rotos y un jersey azul sin ningún dibujo. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta y su rostro era dulce, pero no era precisamente una cara digna de una epopeya o para hacer el más bello retrato jamás dibujado. Era... normal.
- Por cierto, no me has dicho tu nombre -pregunté, de forma educada, siguiendo al amable camarero con el sombrerito tejano.
- Sara. Me llamo Sara. ¿Y tú eres...?
- Pablo. Supongo que es un placer.

El suave sonido del roce de las sábanas con su piel desnuda era más que música celestial para mis oídos. Y mejor melodía eran sus gemidos de placer y su respiración entrecortada, mezclada con sus susurros llenos de palabras de pasión que hacían que mis sentidos se paralizaran por instantes. El sudor de su cuerpo resbalaba y se mezclaba con el mío, su mirada se clavaba en la mía, mis manos se perdían en sus incansables curvas, por sus pechos brillantes, por su ardiente cuello y por sus jugosos labios, cuyo dulce sabor se quedaba en mi boca y...

- ...y trabajo de dependienta en una librería pequeña. ¿A qué te dedicas tú?
- Eh, esto... - ¿Ya había llegado la comida? Increíble, qué rápidos... - soy funcionario público, un currito serio.
- ¿Y cuánto ganas? Si no te molesta contármelo, claro está.
- No mucho, y encima con los recortes cada vez las paso más putas.
- Espero que no sea demasiado impedimento tener que invitarme a cenar por un simple pisotón...
- ¿Eh? ¡No, tranquila! Puedo permitírmelo.

Soñé despierto. Nunca me había pasado. Pero después de comer me tomé mi Tiadipona y nos dimos los números de teléfono. Era la hora de dormir...


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