- ¿Esperas que te voy a dejar ahí, sabiendo cómo te trata? -estaba bastante enfadado, porque había discutido con mi suegra a gritos y porque la maleta y la mochila pesaban bastante - No, ahora me enfadará muchísimo si vuelves en alguna ocasión.
- ¿Crees que eres mi padre? -preguntó, algo enfadada - No deberías tratarme como una cría...
- No. No me creo tu padre. Por eso vas a llamarle y decirle que venga a cenar a casa esta noche. Por lo que me has dicho, él tiene un poco más de conversación que su mujer.
Eran más o menos las nueve de la noche. La cena estaba lista, las cosas de Sara ya se habían hecho un hueco en mi armario y esperábamos impacientes a que sonara el timbre.
- ¿Qué dijo tu padre? -pregunté, mirando al reloj
- Vendría más o menos a esta hora. No creo que tarde mucho más.
En efecto, sonó el telefonillo minutos después. Abrí la puerta y vi por fin al padre de Sara. Metro ochenta, pelo corto y vestía de traje. Su rostro era igual que el de Sara, y también sonriente. Se podía adivinar a la legua quién era.
- Bienvenido -dije, tendí mi mano al invitado - Soy Pablo.
- Encantado, Pablo -respondió, estrechándola con fuerza - Soy Pedro, el padre de la señorita huidiza.
- Hola papá... -respondió tímidamente Sara.
- Pase, la cena está servida -dije amablemente.
Comenzamos a comer y a charlar de forma amena y animada. Pedro era un tipo en carácter muy parecido a su hija, pero tenía el toque de seriedad que todo padre ha adquirido con la experiencia. No era muy aficionado al fútbol, prefería otros deportes no tan seguidos. Además trabajaba también en el centro, en una oficina, de la que acababa de salir de trabajar.
Fue al traer el café cuando la conversación se centró en el tema más importante que había que tratarse.
- Vamos a ver, Sara -dijo Pedro, algo preocupado - No puedes irte así sin avisar, sabes que me preocupa que no vengas a dormir a casa.
- Papá, ya soy mayorcita para saber dónde tengo que dormir y con quién -respondió -además, el sueldo que estoy ganando será para ayudar en las cosas de casa.
- Si lo sé, hija. Pero tampoco es plan de invadir la casa de una persona sin más.
- Por mí no es problema -repuse -la verdad es que yo también necesitaba un poco de compañía.
- Háblame de ti, Pablo -dijo Pedro, que ahora dirigía la mirada directamente a mí - ¿Con quién quiere vivir mi hija para que tenga que montar un numerito en mi casa?
- Quiere vivir con un funcionario trabajador que quiere compartir lo poco que tiene con la persona a la que ama, que es esta chica a la que pisé un día en el Metro.
- Mira que hay formas y formas de conocer a gente nueva -dijo Sara - y nos conocimos porque éste iba pendiente de otra.
- Vaya... ¿Por algo en especial? -preguntó Pedro, con curiosidad.
- Era muy... vistosa.
- Una rubia tetona -dijo Sara, tomando un poco de café.
- Bueno, hija, eso lo miro hasta yo...
- Hombres. Todos iguales -y se levantó para llevar todo a la cocina para recoger.
- Bueno, Pablo. Al fin solos... -dijo Pedro, que me miró seriamente - Aburrido y muy visto, pero tengo que hacerte las típicas preguntas y darte la típica charla de padre preocupado.
- Adelante.
- Mi hija es lo más preciado que tengo. Quizá te contó un poco lo ocurrido conmigo y mi mujer...
- Si, me ha hablado de ello -dije -y le admiro por lo que hizo.
- Quiero que comprendas que he sacrificado mucho por ella, y no quiero que lo pase mal.
- Le comprendo, Pedro. No voy a permitir que le pase nada. ¿Cree que le abriría la puerta a mi casa a cualquiera?
- Me alegra saber que no es una cualquiera para ti.
- Si lo fuera, esta conversación no estaría teniendo lugar.
- Cierto... Entonces no tengo nada más que añadir, por ahora. Tienes mi beneplácito.
Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.
- Bienvenido -dije, tendí mi mano al invitado - Soy Pablo.
- Encantado, Pablo -respondió, estrechándola con fuerza - Soy Pedro, el padre de la señorita huidiza.
- Hola papá... -respondió tímidamente Sara.
- Pase, la cena está servida -dije amablemente.
Comenzamos a comer y a charlar de forma amena y animada. Pedro era un tipo en carácter muy parecido a su hija, pero tenía el toque de seriedad que todo padre ha adquirido con la experiencia. No era muy aficionado al fútbol, prefería otros deportes no tan seguidos. Además trabajaba también en el centro, en una oficina, de la que acababa de salir de trabajar.
Fue al traer el café cuando la conversación se centró en el tema más importante que había que tratarse.
- Vamos a ver, Sara -dijo Pedro, algo preocupado - No puedes irte así sin avisar, sabes que me preocupa que no vengas a dormir a casa.
- Papá, ya soy mayorcita para saber dónde tengo que dormir y con quién -respondió -además, el sueldo que estoy ganando será para ayudar en las cosas de casa.
- Si lo sé, hija. Pero tampoco es plan de invadir la casa de una persona sin más.
- Por mí no es problema -repuse -la verdad es que yo también necesitaba un poco de compañía.
- Háblame de ti, Pablo -dijo Pedro, que ahora dirigía la mirada directamente a mí - ¿Con quién quiere vivir mi hija para que tenga que montar un numerito en mi casa?
- Quiere vivir con un funcionario trabajador que quiere compartir lo poco que tiene con la persona a la que ama, que es esta chica a la que pisé un día en el Metro.
- Mira que hay formas y formas de conocer a gente nueva -dijo Sara - y nos conocimos porque éste iba pendiente de otra.
- Vaya... ¿Por algo en especial? -preguntó Pedro, con curiosidad.
- Era muy... vistosa.
- Una rubia tetona -dijo Sara, tomando un poco de café.
- Bueno, hija, eso lo miro hasta yo...
- Hombres. Todos iguales -y se levantó para llevar todo a la cocina para recoger.
- Bueno, Pablo. Al fin solos... -dijo Pedro, que me miró seriamente - Aburrido y muy visto, pero tengo que hacerte las típicas preguntas y darte la típica charla de padre preocupado.
- Adelante.
- Mi hija es lo más preciado que tengo. Quizá te contó un poco lo ocurrido conmigo y mi mujer...
- Si, me ha hablado de ello -dije -y le admiro por lo que hizo.
- Quiero que comprendas que he sacrificado mucho por ella, y no quiero que lo pase mal.
- Le comprendo, Pedro. No voy a permitir que le pase nada. ¿Cree que le abriría la puerta a mi casa a cualquiera?
- Me alegra saber que no es una cualquiera para ti.
- Si lo fuera, esta conversación no estaría teniendo lugar.
- Cierto... Entonces no tengo nada más que añadir, por ahora. Tienes mi beneplácito.
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