jueves, 10 de noviembre de 2011

12. Juntos hasta el final

Llegamos tarde a casa. La gente se apelotonó a la salida y era difícil moverse entre las masas. Reinó el silencio en todo el viaje, incluso en la despedida. Mis padres se fueron en coche a casa, y sólo comentaban las jornadas de hoy, los mejores goles o lo bonito de la remontada azulona. Fue al llegar a casa cuando Sara me miró con ese rostro inexpresivo que le caracterizaba en los momentos más serios. Una chispa relucía en sus ojos.

- Ha sido un buen partido... -dijo, quitándose la ropa cabizbaja - bastante emocionante.
- Si... y ha perdido el Atleti, como siempre -repuse, intentando mejorar el humor de mi interlocutora
- Pero eso es evidente, sois unos paquetes -dentro de lo que cabe, pude sacar media sonrisa a ese rostro casi infantil y hacer brillar aún mas su mirada.

Y quiero hacer una parada en este momento. Fue aquí, viendo su rostro serio, pero con una sonrisa algo tímida, cuando puedo decir que me enamoré. No era su naturalidad casi enfermiza. No era su sentido del humor negro y algo cruel. No era su belleza oculta, su atracción mágica. No era su personalidad. No... Todo eso era sólo los detalles del sentimiento de ver que ella es también humana. Siempre, para mi, Sara fue una Diosa, un ángel bajado del Cielo puesto en la tierra sólo para mi, una estrella fulgurante en la gran bóveda celeste que brilla mucho más que el resto. Pero cuando de verdad esa Diosa, ese Ángel, esa Estrella, tocaba el suelo y me dejaba presenciarlo, entonces... entonces sentía el amor. La ternura me atrapaba, unas lágrimas inundaban mis ojos y la sonrisa se grababa en mi rostro. Nadie nunca me hacía sentir así. Era entonces cuando de verdad la necesitaba. Entonces amaba.

- Bueno, sabemos que el partido no lo ha ganado el Getafe -dije, acercándome a la semi desnuda figura de Sara - sino nosotros.
- Ha sido bastante bonito, que se remonte cuando hacemos esa promesa...
- Pero hemos de cumplir nuestras promesas, ¿no?
- Si...

Y volvió a reinar el silencio. Fundidos en un abrazo, nos quedamos callados durante un largo rato, en el que sólo la calle perturbaba la magia. Al rato, ambos nos levantamos y terminamos de prepararnos para irnos a dormir. No salió ninguna palabra de la boca de ninguno de los dos. Recuerdo que ya estábamos en la cama, acostados, y se hizo un ovillo cuando se arropó y puso su alarma. Yo me quedé sentado, mirando al infinito.

- ¿Sabes una cosa, Cerebro? -dijo el Señor Corazón - No entiendo el colapso que tienes en este momento. Y creo que hablo en nombre de todo el cuerpo cuando te digo que en esta ocasión no estás actuando correctamente.
- ¡Vamos, tío! -dijeron los pulmones - Estamos deseando que nos des motivos para actuar.
- Echo de menos su cuerpo -dijeron las manos, que yacían apoyadas sobre las piernas
- Quiero sentir su olor -repuso la nariz, que no quería aletear porque estaba triste
- ¿No recuerdas su media sonrisa? -añadieron los ojos, con lágrimas - Ha sido lo más hermoso que hemos visto nunca...
- Su voz cuando pone el tono tierno -los oídos pitaban de gusto - Es lo mejor. Escuchar la ternura salir de ella es tan perfecto...
- ¿Esperas que me vuelva loco ahora que veo que la estamos cagando? Creo que si queréis hablar de unión soy yo el que tiene la voz cantante.
- Nunca dices nada coherente.. -repuso el Corazón, extrañado
- Nunca me dais la oportunidad de hablar. Pensáis que soy un jodido salido que sólo pienso en estar activo, sea con las manos o sea con ella. Pero, ¿sabéis? No sé si será porque lo sabe hacer bien, o porque la influencia del Señor Corazón está haciendo mella en nosotros. Pero... es maravilloso. Por fin, después de tanto tiempo, me siento parte de este conjunto. No soy ese "problema" cuando estoy levantado, ni soy esa "molestia" cuando los pantalones aprietan. Soy el último escalón en la unión, yo os llevo a todos al éxtasis, yo os invito a soñar... Y por fin me siento bien.
- ¿Has escuchado, Cerebro? -dijo el Corazón sonriente - ¡Hasta el incoherente Pene está de acuerdo! ¿Cual es el problema?
- ¿Y Susana...? -dijo el Cerebro -¿Qué pasa con ella?
- Pues... -el cuerpo se silenció. No sabían responder.
- Susana ha sido mucho para nosotros. Nos ha llevado a los mismos límites, pero jugó con nosotros. ¿Es que de verdad os creéis que Sara no es capaz de hacer lo mismo? Quiero una vida tranquila, quiero tener el trabajo justo para vosotros, no tener que estar haciendo horas extra por nadie que no merezca la pena...
- Cerebro... -dijo Corazón - Ella... ella merece la pena.
- ¿Cómo estás tan seguro?
- No lo estoy. Pero, ¿qué sería de la vida si no hay riesgo? Y qué mejor riesgo de esta niña que trata de hacerse la dormida a tu lado, esperando que se lo digas.
- ¿A decirle qué, Corazón?
- Yo lo tengo en la punta -dijo la lengua. Incluso ella sabía lo que quería decir.
- Esta es la última oportunidad, cuerpo -dijo Cerebro -¿Nos arriesgamos?
- Cerebro -replicó el Corazón, latiendo con fuerza - Juntos hasta el final.
- Juntos hasta el final...

- ¿Sara? ¿Estás dormida?
- Estaba en ello -se dio la vuelta y me miró, arropada hasta el cuello -¿Qué ocurre?

Las manos reptaron entre las sábanas y se lanzaron a buscar a Sara y las piernas me movieron hasta quedarme a su altura. El Señor Corazón latía con ritmo para mover a todo mi cuerpo, era una actividad plena. Los oídos se centraron en su cuerpo, el olfato empezó a buscar olores, los labios pidieron a la lengua un poco de saliva para evitar estar secos y el Cerebro se volvió a activar. Percibió a través de los ojos la sonrisa y el brillo en los ojos de Sara, a través de las mano su piel de gallina, con el olfato su perfume de frambuesa y su olor característico, con los oídos su respiración acelerada y su corazón revolucionado.

- Sara...
- ¿Si?

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