miércoles, 2 de noviembre de 2011

Prólogo

Era una fría noche de Noviembre, las gotas de lluvia repiqueteaban contra el cristal de mi ventana y lancé mi mano contra la mesilla de noche en busca de aquel bote de pastillas que siempre me acompañaba, pero no estaba ahí. Me levanté de un salto cuando no las noté entre mis dedos. Siempre estaban ahí, nunca faltaban a su cita con mis pesadillas, pero hoy llegaban tarde para salvarme una noche más. En un estado de cólera, las busqué por toda la habitación. Parecía un vendaval, un tifón. Levantaba ropa, cajones, armarios, el canapé... Pero no estaban. Mi Bentazepam no estaba ahí, mi Tiadipona no estaba en la mesilla, y yo me estaba volviendo loco.
Después de revolver hasta el último rincón de mi apartamento, volví a la cama e intenté reconstruir lo que había hecho durante el día. Intentaba pensar envuelto en mis blancas sábanas... pero tampoco podía. Porque aún olían a ella. Ese toque dulzón de su perfume seguía impregnando todo a mi alrededor. Inspiraba y me hechizaba, mis párpados en una reacción suave se cerraban, mi sonrisa aparecía entre el sudor y mis sentidos se calmaban... y mis terrores se agudizaban.
Grité. Grité con todas mis fuerzas hasta que el último aliento que solté sabía a sangre. Después, sumido en el dolor, me sumergí en mi mar de lágrimas, agarrado a mis rodillas y temblando como si estuviera desnudo en el Polo Norte. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y las articulaciones, todo me daba vueltas. Prefería arder en el fuego del Infierno, pero dudo que fuera peor que ese momento.
¿Dónde estaban mis pastillas? Bueno, creo que para saber ese detalle lo mejor sería remontarse al principio, al motivo por el que las tomaba.

- Sufre usted de terrores nocturnos -dijo el doctor, mirando los resultados de las pruebas.
- Suena muy peliculero, pero... ¿Es grave, doctor? - pregunté algo asustado.
- Bueno, puede pasarlo bastante mal, pero el tratamiento podrá hacerlo todo más llevadero - de un gran armario, el doctor sacó una caja blanca con una franja marrón que la atravesaba. Con letras rojas, la palabra "Tiadipona" daba nombre a mi nuevo acompañante y mejor amigo - Deberá tomar regularmente este medicamento. Si se encuentra muy mal, tómelo cada ocho horas. Si no, con una por la noche será más que suficiente. Y si se encuentra demasiado mal, no piense que este medicamento funcionará. Tenga una reserva de Metildiazepinona a mano en caso de emergencia.
- ¿Metildiazepiqué? Discúlpeme, doctor, pero soy un tipo demasiado sencillo que no le ha dado aún por ponerse a estudiar medicina para comprender cada palabra que me dice... - Ahora que lo pienso... ¿por qué puedo llegar a ser tan bien hablado cuando realmente quiero ser borde y antisocial?
- Valium. Es Valium. Pero estoy acostumbrado al término farmacológico original. Espere, voy a darle una receta...

Mi nombre es Pablo Espinosa, tengo 23 años y trabajo en una sección del Ayuntamiento de Madrid de la que no me apetece hablar en absoluto. Vivo en la capital, en un suculento apartamento en la destartalada Calle de la Estrella, a escasos minutos de la mítica Gran Vía y de la majestuosa Plaza de Callao. Hago malabares cada mes para mantenerme, pero puedo decir que vivo bien. Es más, me he comprado un coche nuevo por mi cumpleaños: Un RX-8 de color negro, aunque no lo uso a menudo, porque voy en transporte público al trabajo.
Y sobre mi vida personal... no me gusta hablar demasiado.

Vale. Es mentira. Te contaré cada detalle si estás atento y prestas atención. Porque fue esa noche cuando algo extraño me ocurrió... pero eso será en otro momento. Creo que esto no está mal como prólogo de esta trepidante aventura romántica...


Todos los capítulos ordenados y actualizados, aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario