sábado, 12 de noviembre de 2011

20. Una mala reputación

   Era un sinvivir. Todas las tardes igual. Salía de trabajar y ahí estaba ella. Cada día me perseguía de una forma más original, llegando incluso a llegar a mi portal, suplicándome poder subir a mi casa, a pesar de mi natural insistencia por dejarme en paz.
   - Por favor, amor -me decía, abrazándome mientras yo trataba de zafarme - Dame una oportunidad, sabes que soy mejor que ella...
   - No, solo eres capaz de superarla en lo pesada que eres y en inmadurez. ¡Déjame ya en paz!
   - Sabes que volveré... -dijo desde el portal, mientras se cerraba
   - No me hagas ser cruel, Susana...

   Su obsesión había alcanzado un límite inimaginable, insospechable. Jamás pensé que podría llegar a hacer esas cosas, y menos por mí. En el fondo, Susana era arrogante y egoísta, pero su pasotismo evidenciaba su falta de carácter, y su poca regularidad hacían de estos ataques un raro fenómeno en su comportamiento. 
   Joder, parezco psicólogo, pero estaba claro que ella lo necesitaba. Y con todo eso, incluso yo creía necesitarlo.

   - Te noto raro, mi amor -me dijo Sara tras la cena. Por algún motivo, no quería dejar que sospechara sin fundamento para que no se preocupase. 
   - Yo me encuentro bien -dije, sonriente
   - No lo parece. ¿Ha ido bien el trabajo?
   - Si, como siempre - respondí, recogiendo mi plato de ensalada sin siquiera haber terminado.
   - Hay algo que ronda en tu cabeza que no te permite estar del todo bien - dijo, acompañándome a la cocina
   - Muchas cosas, el trabajo está más jodido que nunca. El señor Fernández ya quiere cosas para la semana pasada, y la presión me puede.
   - Pablo, te conozco. Tu trabajo te la trae al pairo. Si lo haces, bien. Y si no, lo haces mañana. No, te preocupa algo más...
   - ¿Por qué eres capaz de ver esas cosas en mí? - En serio, me preocupaba quedarme sin intimidad...
   - Porque soy muy detallista, y más si es el amor quien me mueve a fijarme. Está todo en tu mirada.
   - ¿Mi mirada? -repuse, perplejo
   - Si. Los ojos son los espejos del alma, y sólo con mirarte a los ojos sé qué te ronda. Solo que has estado esquivando mi mirada desde que has llegado...
   - No lo creo.
   - Te has dormido la siesta, cosa que no haces nunca porque prefieres hacer planes conmigo. Te has levantado y te has puesto a limpiar, cosa que siempre dejas para el fin de semana. Cuando quería estar contigo a solas para echar un... bueno, ya sabes, te has puesto a jugar con Nuka. ¿Quién en su sano juicio se pone a jugar con el gato pudiendo follar durante horas?
   - Vaya, ni me había dado cuenta...
   - Vamos, Pablo, suéltalo...
   - Está bien... Es por Susana.
   - Sabía que aún dudabas -dejó con un golpe el plato sobre la mesa y se fue a por su chaqueta - No sé por qué aún confiaba en ti...
   - ¡No! No, Sara, no -la tomé del brazo y, como siempre que hablábamos de algo importante, la senté en el sofá - Susana está muy... pesada. Tú estás en casa, pero ella ha estado estos días viniendo a buscarme, sólo para insistir en que vuelva con ella...
   - ¿Y por qué no me lo dijiste? -preguntó enfadada Sara
   - Sencillo: Porque quiero solucionar esto yo solo. Creo que le he dicho a ella cosas más bonitas sobre ti que a ti misma, sólo para que se de cuenta de la persona que amo eres tú...
   - No te preocupes, Cielo -me dijo, relajándose -Ahora que me lo has dicho, tomaré cartas en el asunto.
   - No quiero que esto termine mal...
   - Y no lo hará. Tranquilo. 
   - No sé yo...
   - ¿Confías en mí, Pablo?
   - Sólo confío en ti.
   - Está bien. Mañana no salgas hasta pasada media hora. Haz tiempo.
   - Pero...
   - Tranquilo. Esa zorra va a saber por qué en Parla tenemos tan mala reputación...

   Y así hice. El señor Fernández se extrañó, pero ahí seguía yo, terminando el balance presupuestario que me mandó para el mes pasado. Creo que ha sido la única vez que he visto una sonrisa en su rostro. Media hora después, salí de la oficina y miré a todas partes. No había nada. Ni Sara, ni Susana. Aunque si había... una Ambulancia marchándose.
   Volví a casa lo más rápido que pude, y al abrir la puerta allí estaba Sara, tranquila, cocinando, como si nada hubiera ocurrido.

   - Sara, ¿qué le has hecho a Susana? -pregunté asustado
   - ¿Yo? Nada. Llevo aquí desde que terminé de trabajar...
   - ¿Y dónde está Susana?
   - Ah, ¿no fue a por ti hoy? -dijo sonriente, y con un tono sarcástico que la evidenciaba - ¡Qué pena! Se habrá encontrado con algún problema de camino...
   - ¿Qué le has hecho? Esto no es así...
   - Ya te dije que yo, nada -se acercó y me besó dulcemente -Pero bueno, una tiene contactos... Está bien, sólo ha sido escarmentada. Y de mi parte, tú no tienes nada que ver...
   - Me das un poco de miedo.
   - ¿Es que eso no te gusta? -y entonces me agarró de la pechera de la camisa y me lanzó contra el sofá -porque ya deberías estar temblando... Si quiero ser peligrosa, soy letal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario