sábado, 5 de noviembre de 2011

3. Puedes pasar

Abrí la puerta y entró sin más. Dejó dos bolsas en la mesa baja y el bolso en la mesa grande. Esa tarde vestía unos pantalones pitillos rojos, unas botas militares negras y un jersey con un ángel calavérico en la parte delantera. Cuando se quitó las botas, se sentó en el sofá y puso los pies sobre la mesita. Cogió el mando, puso la televisión y comenzó a hacer zapping. ¿Lo más curioso? Nuka. Se acercó con una chulería digna de un gato, tanto por lo felino como por lo madrileño, y miró a Sara. Ésta le miró y se quedaron así durante minutos.

- ¿Miau? -maulló Nuka, altivo
- Miau -respondió sonriente Sara, que bajó los pies y se centró en el gato.
- Miaaaaaaaau -Nuka parecía ponerse nervioso ante la nueva visitante.
- Miau Sara, toma - y sacó de su bolsillo un caramelo blando.

Nuka subió al sofá, se sentó al lado de Sara, se comió el caramelo y comenzó a ronronear como si no hubiera mañana. Sara volvió a poner los pies en la mesa y acarició a Nuka suavemente. ¿Y dónde estaba yo durante toda esta escena? Sujetando la puerta, mirando atónito cómo se había metido como un vendaval y se había apoderado de mi sofá, de mi televisión, de mi mesita e incluso de mi propio gato.

- Hola Sara. Puedes pasar -espeté desde la puerta, cerrándola poco a poco.
- He traído unos litros. ¿Te gusta la cerveza? -dijo ella mientras cambiaba de canal. Ni me miró.
- Si, bueno, iré a por vasos...
- Qué pijo. ¡Abre el puto litro y dale un buen trago!
- Pero...
- Ni pero ni ostias. No me seas maricón.

Vale. Lo acepto. Me crié en una familia pudiente de la clase media-alta, iba a ver el fútbol a los estadios con asientos de primera todos los fines de semana y veraneaba en los mejores hoteles en los destinos más suculentos. Mi padre nos invitaba a comer y cenar cuando a mi madre no le apetecía cocinar y hasta mis calcetines eran de marca. No era de salir con mis amigos a beber litronas a un parque, prefería ir a locales a tomar algunas copas. Tuve un pasado de bien, ¿por qué ahora tenía que cambiar? Pero abrí con suavidad aquella botella marrón con la pegatina verde y un nombre más parecido a un maullido que a una marca de cerveza. Acerqué la boca de la botella a la mía y levanté el brazo.
Qué sensación, qué vorágine de emociones, qué placer oculto y mundano más etéreo que había subestimado durante mi vida de snob de segunda clase, ¡qué increíble! Cada burbuja golpeaba mi lengua y garganta suavemente mientras el sabor de la cerveza se apoderaba de mis sentidos y me dejaba inconsciente en un mundo extrasensorial más allá de la percepción humana. ¡Ni el mismísimo H. P. Lovecraft podría imaginar un mundo así de psicodélico! ¡¡Ph'nglui mglw'nafh Cerveza en mi casa wgah'nagl fhtagn!!

- Pásamelo cuando termines -las palabras de Sara me sacaron del extraño trance. Qué coño
llevaba aquel litro de cerveza?
- Es que es la primera vez que bebo una cerveza de la botella... -dije, casi con tono infantil,
esperando poder quedarme con dicho litro.
- No me jodas, ¿en serio? -dijo Sara, que se levantó y se acercó a mi - ¿Eres un niño pijo de verdad o qué?
- No, hombre. Es que, bueno... Siempre salía con mis amigos por locales, nunca compré un litro para bebérmelo así. Siempre que comprábamos botellas, de lo que fuera, las servíamos en copa.
- Pues nada, quédate ese. He traído otros cinco. Te vas a hinchar.

Eran ya las diez de la noche. El gato estaba durmiendo en mi cama y yo estaba en una furiosa, horrible y atroz pelea de cosquillas con Sara, que trataba de hacerme un candado para evitar mis arremetidas, mientras yo me retorcía en una agonía irrisoria de la que no podía escapar. La muy zorra tenía mucha fuerza, y yo tampoco era un mastodonte como para poder zafarme fácilmente. Nos quedaban aún dos litros de cerveza, pero no fue eso lo que nos afectó, sino la botella de Ron Miel que tenía en mi pequeño mini-bar y que nos tomamos a chupitos mientras jugábamos a "Yo Nunca". Estaba pasándomelo como un enano, y hacía años que no lo pasaba así.
- Maldita sea, ¡suéltame! -gritaba desesperado, entre mis risas nerviosas -¡Suficiente! ¡Para!
- Jamás -sus risas eran una mezcla entre niña divirtiéndose y malvada bruja de cuento - Estás muy gracioso cuando sufres.
- Me vas a matar a este paso, ¡detente!
- ¡Eres un jodido niño pijo! ¡Te voy a exterminar a cosquillas!

Te daré un dato bastante interesante, querido lector. El 90% de las batallas de cosquillas entre dos personas de sexo contrario suelen terminar en beso y en sexo apasionado. Yo estaba en una batalla de cosquillas, ella era del sexo opuesto... ¿Cual era el problema? Pues que en un momento dado, su móvil sonó e inmediatamente salió corriendo, sin siquiera despedirse.

Y ahí estaba yo, borracho y descamisado, con un litro de cerveza en la mano y con una erección que no cesó en toda la noche, ni a la mañana siguiente. Toda la mañana siguiente...


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