martes, 8 de noviembre de 2011

8. Naturalidad

- ¡Espinosa! - el grito del Señor Fernández me sacó del trance - ¿Dónde está el balance?
- Esto... - salté sobre la silla y empecé a revolver los papeles que ocupaban mi mesa.
- ¿Vuelve usted a estar despistado en horario laboral? ¿Sabe la concentración que requiere todo este trabajo?
- Si señor, el balance no puede andar muy lejos... - seguí revolviendo papeles buscando aquel asqueroso balance. Lo encontré al rato.
- Quiero los informes de los proveedores.
- ¿Para cuándo los quiere, señor?
- Para antes de ayer.

Números, letras, miles de trámites, finanzas, dinero, tinta, papel... ¡Y con todo esto no da para comprarse una casa en el Cielo! ¿Y para qué querría una casa en el Cielo? Empezaba a desvariar por momentos, y eso no era bueno para mi salud.
Pero si hay algo que respeto a muerte es mi hora de salida. Y a las tres menos cinco apago el ordenador, cojo mis cosas y salgo por la puerta. Y eso hice aquel día. También solía coger el Metro nada más salir, pero tampoco me esperaba que lloviera de esa manera... Mientras me ponía la chaqueta, se acercó un encapuchado. Vaqueros ajustados, jersey negro ancho y con la capucha puesta. No podía verle la cara, porque estaba a más altura, pero me asusté cuando se puso delante mía.

- ¿Qué quiere? -pregunté casi gritando, ya que el sonido de la lluvia repiqueteaba contra todas partes y hacía difícil escuchar lo que había a unos pocos metros a la redonda.
- Salí antes para traerte un paraguas - Levantó la cabeza y sacó del bolsillo un pequeño paraguas que me entregó - Es grande, cabemos los dos.
- ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando? -Me enfadé, pero creo que no podía ocultar la sonrisa que me produjo ver a Sara, empapada, esperándome a la salida del trabajo.
- No, hoy he salido un poco antes. Mi jefe me dio permiso. Me apetecía verte...
- Creo que has sido lo mejor del día.
- ¿Sólo del día?
- ¿Dije día? Quería decir de toda mi vida.

Llegamos a casa empapados, a pesar de que la parada de Metro quedaba a escasos minutos de mi casa. Colgué mi chaqueta, dejé el paraguas en la bañera y cogí el jersey empapado de Sara para meterlo en la secadora. Fue cuando estaba metiendo la prenda cuando vi el brazo desnudo de Sara meter el resto de su ropa. Entre risas escuché sus suaves pasos y me di la vuelta para contemplar su cuerpo desnudo saltar por encima del sofá, asustando a Nuka, que salió corriendo. por el golpe. Después, se encendió la televisión.
Ese fue el momento más natural que he tenido en mi vida. Me acerqué con algo de cerveza y la vi tumbada, con toda la tranquilidad del mundo, viendo la tele. Parecía que el hecho de tener a un hombre (y a un gato) mirándola no la inquietaba en absoluto. Pero más absurdo fue cuando tocaron el timbre de la puerta y se dirigió hacia ella. Salió un corto "Sara, que estás..." cuando abrió la puerta.

- Hola Pa... ¿hola? -Sandra, mi vecina, no tuvo un mejor momento para traerme la olla. Miró de arriba abajo el desnudo cuerpo de Sara y se quedó anonadada.
- Soy Sara. ¿Querías algo?
- ¿Está... Está Pablo aquí? Venía a traerle su olla... -se había quedado en blanco.
- Dámela, yo la llevo a la cocina -Sara cogió la olla y se dirigió a depositarla en su lugar. Cuando se apartó, Sandra pudo verme con el mismo rostro de estupor.
- Hola, Sandra -dije en voz alta, pero temblorosa -¿qué tal tu marido? ¿Bien?
- Si, si... muy bien -respondió con la misma voz.
- ¿Le gustó el guiso?
- Mucho, si. Gracias por la olla.
- Bueno, ya está en su lugar -dijo Sara, volviendo a la puerta con la misma naturalidad con la que se fue - Muchas gracias por traerla hasta aquí, Sandra, y espero verte pronto. ¡Hasta otra! -y cerró la puerta.

- Buenas noches a todos -el Señor Cerebro hizo su llamamiento - Quiero un informe general del estado corporal inmediato. Os iré nombrando uno a uno. ¡Pies!
- Calentitos, señor.
- ¡Piernas!
- Bien, aunque atrapadas.
- ¿Atrapadas?
- Si, por otras piernas.
- Vaya por Dios... ¡Estómago!
- Digiriendo la pizza.
- Bien, bien. ¡Costillas!
- Recomponiéndonos del ataque, señor.
- Cosquillas... ¡Hígado!
- Mátame...
- Vale, lo de siempre. ¡Brazos!
- Estamos rodeando al objetivo.
- ¿Eh? -el tono de voz del Cerebro cambió radicalmente
- Si, señor. El brazo derecho está atrapado por una cabeza ajena, pero yo estoy acariciando su espalda para buscar puntos débiles.
- Corazón... ¿qué estás haciendo? - con el tono típico de un padre enfadado, se dirigió al centro de la caja torácica.
- ¿Es que no te das cuenta, Cerebro? ¡Mira qué fuerte estoy latiendo! ¡Es increíble! Además, deberías escuchar eso...
- ¿El qué?
- Es otro corazón latiendo. Está siguiendo mi ritmo. Estamos conectados... -sonaba feliz.
- Estás revolucionando al cuerpo...
- ¿Estás seguro? Creo que no has terminado el informe...
- Oh, es verdad... Esto...
- ¡Esto es el jodido paraíso! Dejadme, que yo puedo con esto y más.
- Deberíamos descansar, por lo menos ir a dormir. Has hecho mucho esfuerzo...
- ¡Estoy hecho una rosa! Y casi literalmente, tengo el capullo rojo...
- ¡Pene! -gritaron Corazón y Cerebro - ¡Sé educado!


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